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Universidad de Barcelona de Geografía e Historia |
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El griego Plutarco (c. 46-125), es el autor del texto que vamos a presentar seguidamente. Sabemos que fue sacerdote del templo de Delfos y que pasó los últimos años de su vida en Queronea, donde ocupó un cargo municipal. Muchos de sus tratados se basan probablemente en sus notas de clase. Plutarco era considerado por sus alumnos como un maestro genial: guía, filósofo y director espiritual.
Entre sus trabajos destacan las biografías recogidas en Vidas paralelas, sobre personalidades griegas y romanas; cuatro biografías individuales y veintitrés pares de biografías. Muchas de estas últimas, como las de Licurgo de Esparta y Numa Pompilio, los generales Alejandro Magno y Julio César , y los oradores Demóstenes y Marco Tulio Cicerón, van seguidas de una breve comparación. La primera traducción de este libro de Plutarco a una lengua europea la hizo el español Juan Fernández Heredia, en el siglo XV. Shakespeare se basó en una traducción inglesa de Plutarco para escribir sus obras de "historia romana", como Coriolano, Julio César y Antonio y Cleopatra.
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Quinto Sertorio nació en la ciudad de Nursia, en el país sabino, y no de oscuro linaje. Huérfano de padre, no le quedó más cariño familiar que el de su madre Rea. Siendo joven mostró excelentes condiciones para la abogacía, pero más adelante sobresalió por sus hazañas guerreras. Se comportó heroicamente durante la guerra en que los cimbros y los teutones atacaron los territorios de Roma, y después de dar muchas pruebas de arrojo sirvió como espia, disfrazándose de bárbaro, empresa arriesgada que le valió grandes elogios. Con esto se atrajo la confianza de Mario, que a la sazón era general. Pero más celebradas fueron aún sus primeras hazañas, que realizó estando en Hispania, al salvar a la guarnición romana de Catulo de manos de los íberos, que ya se habían sublevado y pasado a cuchillo a muchos hombres. |
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Hízose con esto Sertorio muy celebrado en Hispania, con cuya fama volvió a Roma, donde desempeñó brillantes servicios en la guerra que contra la ciudad sostenían los campesinos marsos, que estaban en rebelión por no habérseles querido conceder el derecho de ciudadanía. En la lucha Sertorio perdió un ojo, y después se jactaba de ello con buen humor diciendo que los demás, al acabar la guerra, han de dejar los laureles, los cascos y demás insignias de su mérito, mientras que él llevaba siempre encima las señales de su heroísmo.
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Cuando estalló en Roma el conflicto entre Mario y Sila, Sertorio se afilió al partido del primero, que era democrático, frente a Sila, que quería restablecer la autoridad de la aristocracia y de los senadores. Las guerras enetre Sila y Mario fueron muy crueles, y al mismo tiempo estalló en Oriente una grave sublevación contra Roma, acaudillada por el rey Mitrídates VI, que tenía sus dominios en las orillas al sur del Mar Negro (el reino del Ponto). Sila fue enviado a combatirle, y después de crueles luchas consiguió una victoria provisional sobre Mitrídates, el cual podía considerarse un segundo Aníbal y no había de ser vencido hasta la época de Pompeyo. Pero mientras Sila estaba ausente de Roma el partido de Mario asaltó el poder y cometió crueles venganzas y asesinatos contra los aristócratas. Roma se veía desgarrada por los mismos romanos y atravesaba una de sus épocas mas vergonzosas. Mario, antes tan valiente al luchar contra los bárbaros, se había deshonrado por los excesos que sus partidarios cometieron en la Ciudad Eterna.
Aunque Sertorio figuraba entre los partidarios de Mario, hizo todo lo que estuvo de su parte para evitar las atrocidades que cometían sus amigos políticos. Desengañado al fin al ver a los marianistas, de demócratas se habían transformado en fieras, aprovechó una ocasión en que estaban todos reunidos en un mismo campamento y los hizo asaetear, en número no inferior a cuatro mil. Poco después moría Mario, despreciado por todos los ciudadanos. Pero el poder continuaba en manos de los enemigos de Sila y de los senadores, que estaban diezmados y aterrorizados. Sila, victorioso de Mitrídates, regresaba de Oriente y marchaba sobre Roma, que no tardaría en ser testigo de la más violenta represión.
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Vanos fueron los esfuerzos de los marianistas para oponerse a la entrada de Sila en Roma. Éste venció a sus enemigos, restableció la autoridad del Senado y castigó a los demócratas con horribles suplicios. Después fue nombrado dictador con poder para legislar y reorganizar la República, y dió a Roma una fuerte constitución aristocrática. Los jefes de la resistencia marianista tuvieron que huir, entre ellos estaba Sertorio, que, con sus partidarios se refugió en Hispania.
Cuando se acercaba a sus costas sobrecogiéronle temporales en un país montañoso, y allí, para poder tomar tierra con tranquilidad, pagó tributo a los bárbaros. Sus amigos se lo reprocharon y Sertorio les contesto:
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- Con este tributo no rindo pleitesía a los íberos, sino que compro la ocasión, que es lo que escasea a los que intentan cosas grandes.
Así continuó ganando a los bárbaros con dádivas, y, apresurándose, ocupó Hispania. En ella había naciones florecientes, pero estaban desorganizadas y odiaban el nombre romano, que les había dejado muy mal recuerdo por la codicia de los pretores que Roma había enviado antes. Alivió de tributos a la multitud y suprimió la molestia de los alojamientos, obligando a los soldados a construirse barracas y tiendas de campaña en las afueras de los pueblos, y fué el primero que dió el ejemplo de hospedarse en ellas. Para tomar precauciones contra un posible ataque de Sila en Hispania hizo vigilar el paso de los Pirineos por medio de su lugarteniente Livio Salinator, que mandaba seis mil infantes. A pesar de estas fortificaciones, uno de los generales de Sila logró forzar los Pirineos y proseguir su marcha hacia el sur. Entonces Sertorio, refugiándose con parte de sus tropas en Cartagena, pasó a África en busca de refuerzos, y al no hallarlos, debido a la hostilidad de sus habitantes, regreso con sus naves a Hispania y quiso atacar en combate naval a Anio, almirante de Sila, en aguas de la isla de Ibiza. Pero como las fuerzas de éste eran mucho mayores, resolvió pasar de nuevo a la Península.
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Llamado por los lusitanos, se presentó en su territorio y no tardó en ser reconocido general, sujetando a su obediencia aquella parte de Hispania. Las gentes del país le seguían con verdadera adoración, porque le creían dotado de facultades sobrenaturales. Es cierto que Sertorio usó de artificios para engañarlos, y el más famoso fue el de la cervatilla. Un cazador íbero le había regalado una cría de ciervo, recién nacida, que Sertorio recibió con placer, recompensando al que se la dió, y como supiese que los nativos del país eran inclinados a la superstición, amaestró al animalillo e hizo creer a los demás que era un regalo de Diana y que tenía mágicas virtudes. Así, cuando recibió algunas noticias de batallas por medio de mensajeros, ocultaba a la persona que traía el mensaje, y sin que otros lo supieran, daba la noticia al pueblo diciendo que la cervatilla se la había comunicado. Así tuvo a los hispanos dispuestos a obedecer en todo, persuadidos que no eran mandados por un jefe extranjero, sino por un dios.
Y aunque esto no fuese cierto, parecía en efecto que Sertorio estuviese ayudado por alguna fuerza sobrenatural.
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En cierta ocasión, organizando una guerra de emboscadas y sorpresas con un puñado de valientes a los que llamaba "sus romanos", que no pasaban de cuatro o cinco mil, hacia frente a los generales y a las legiones que enviaba Sila, con efectivos de más de cien mil hombres. Así venció a Cota, en combate naval; a Fufidio, gobernador de la Bética; a Domicio Calvino, procónsul de la Hispania Ulterior, y dio muerte a Torcio, otro de los generales que le envió Metelo, y a Metelo en persona, estratega de los más acreditados en aquel tiempo, después de cuya derrota Roma no tuvo más remedio que enviar contra Sertorio a Pompeyo el Grande. El secreto de los triunfos de Sertorio consistía en saber imitar la táctica de los guerreros hispanos, que no presentaban batalla campal más que cuando les favorecía el terreno, y aparecían y desaparecían como si se los tragase la tierra, junto a los pantanos, en los bosques y desfiladeros, cuando el enemigo menos lo esperaba. De esta manera podía decirse que para Sertorio el huir era como si persiguiese, y llevaba a los generales romanos la ventaja de estar habituado a todo género de fatigas, largas marchas, y a contentarse con la intemperie, con dormir en el suelo y comer cualquier grosero alimento, imitando la frugalidad de los íberos.
Pero si por una parte Sertorio había aprendido a combatir como los hispanos, había enseñado a estos a vestir como los romanos. Les dió túnicas, adornó sus cascos con oro y los inició en otras muchas cosas que los romanos usaban, como un maestro va educando poco a poco a sus discípulos, por lo que los hispanos acabaron por quererle en extremo y estarle agradecidos de las muchas novedades que introducía en el país. Pero lo que más les cautivó la voluntad fue la disposición que tomó con los niños, porque reuniendo en Huesca, ciudad grande y populosa, a los hijos de los más principales e ilustres de aquellas gentes, les enseñó maestros en todas las ciencias. En realidad aquellos niños los conservaba consigo como rehenes; pero además los instruía para que, al llegar a la edad varonil, participasen del gobierno y de las magistraturas. Los padres entretanto estaban sumamente satisfechos al ver a sus hijos asistir decorosamente a las escuelas, vestidos con togas de púrpura, y Sertorio pagaba sus gastos, los examinaba personalmente muchas veces e incluso les repartía premios, adornando sus cuellos con aquellos colgantes que solo usaban los hijos de los nobles romanos.
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Acostumbraban los íberos ofrendar su vida a su jefe, cuando le escogían por amigo. Aquel pacto heroico se llamaba entre ellos "libación sobre el sacrificio", y cuando tenían algún general fabuloso, como había acontecido con Viriato, muchos de ellos se dejaron matar por él. Entonces, cuando Sertorio estuvo en Hispania, cada jefe íbero solía tener unos cuantos escuderos y hermanos de armas dispuestos a dar la vida por él mediante aquel pacto. Pero Sertorio los tenía a miles, y en cierta ocasión, habiendo sido derrotados cerca de una ciudad, teniendo a los enemigos que los atacaban antes de huir, los íberos se fueron pasando de mano en mano a su general, después de haberle alzado en hombros, y cuando estuvo a salvo se dieron ellos a la fuga.
Cuando ya se decía que Pompeyo estaba en marcha hacia España para atacarle, llegó a las filas de Sertorio un marianista llamado Perpenna con la pretensión de hacer por su cuenta la guerra a los generales del bando aristocrático.
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Pero sus hombres se indispusieron con él pidiéndole que los dejara ponerse a las órdenes de Sertorio, pues de contrario no le obedecerían. Perpenna se vió forzado a consentir, pero desde aquel momento abrigó un resentimiento secreto contra Sertorio por la superioridad que demostraba en atraerse gentes a su autoridad.
Mientras hizo la guerra a Metelo, los enemigos de Sertorio pudieron decir que llevaba ventaja, porque su contrincante era viejo y estaba cansado; pero cuando le sustituyó Pompeyo, entonces se puso de manifiesto la superioridad de Sertorio sobre éste, y en la misma Roma le declararon como uno de los más diestros generales de su edad. Las ciudades que en un principio, atraídos por la fama de Pompeyo, pensaban en pasarse a su lado, acabaron por cambiar de propósito. A ello contribuyó no poco el éxito habido en la batalla de Laurón, en que Pompeyo, creyéndose sitiador, se transformó en sitiado, siendo aquella una de las más hábiles maniobras militares de Sertorio. Antes de que sucediera lo irremediable, Pompeyó se retiró a sus bases y abandonó a los lauronitas a su suerte. También venció a los pompeyanos en la batalla de Sucro (Júcar), en que Pompeyo quiso batirse para no dar gloria a Metelo si acaso éste salía vencedor. Pero fué vano empeño, porque no le arrebató una victoria, sino una derrota, que tuvo que cargar sobre sus espaldas.
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Por aquel entonces perdió Sertorio su famosa cierva, y andaba triste y cabizbajo porque al perderla no tenía el fingido oráculo con que solía engañar a los íberos. Por fin unos cazadores la encontraron, refugiada en el bosque, y reconociéndola por su color, como era muy mansa y estaba adiestrada, no les fué difícil cogerla, y se la llevaron a Sertorio anunciándole que la habían encontrado. Éste, como tenía costumbre, les mandó que lo tuvieran en secreto, y lo dispuso todo con artificio. Estábase celebrando una junta, cuando, con una señal convenida, mandó a los cazadores que soltasen a la cierva, que tenían ellos cerca de aquel lugar, y el animal echó a correr por entre la gente y, al reconocer a su amo, fue al encuentro de Sertorio y le puso la cabeza entre las rodillas, lamiéndole las manos, cosa que causó mucho asombro entre los circunstantes, y le tuvieron por un hombre elegido de los dioses.
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En los campos de Sagunto, Sertorio redujo a sus enemigos a la última escasez, y los vencía de nuevo obligándolos a retirarse, cuando, en un ataque audaz, quiso abrirse paso hasta el propio Metelo para acabar con él, y en efecto sus hombres consiguieron herir al viejo general de una lanzada. Pero esto reanimó a los hombres de Metelo, los cuales rechazaron a los hispanos cubriendo al mismo tiempo con los escudos a su jefe herido.
Sertorio había renovado su táctica de guerrillas, y cada vez que los romanos hacían un movimiento con respetables fuerzas, él las interceptaba, apareciéndose por todas partes, sin darles punto de reposo; y los sertorianos que servían en la marina hacían lo mismo por medio de sus barcos corsarios, de tal manera que lograron acosar a sus enemigos por hambre y obligaron por fin a Metelo y Pompeyo a separarse. El primero se retiró a la Galia, y Pompeyo tuvo que ir a invernar miserablemente entre los vacceos, en la meseta occidental.
El mismo Metelo manifestó cuánto miedo le inspiraba Sertorio, al ofrecer una gran suma y muchas tierras al que le quitase la vida, fuese noble o plebeyo, y si era emigrado, ofreció a establecerse de nuevo en Roma.
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| Prueba de la grandeza de ánimo de Sertorio se hallan en lo siguiente: otorgó el nombre de Senado a los senadores que habían huido con él de Roma, temiendo la implacable persecución de Sila; y queriendo continuar en Hispania el gobierno de Mario, aunque hubiese sido expulsado de la misma Roma, Sertorio hizo elegir cuestores y pretores y que todo se efectuase según las leyes de la república. En cuanto a los hispanos no los dejaba participar en el poder, sino que seguía considerándolos como simples provincianos de Roma y los cargos públicos los daba siempre a los romanos. Cuando, a pesar de la guerra, se carteaba con sus enemigos Metelo y Pompeyo les decía que ansiaba volver a Roma y que prefería ser allí el último de los ciudadanos, que el jefe de toda una nación en el destierro. ¡Tanto amaba a su lejana patria! |
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Casi todo el deseo que sentía de regresar a Italia era para ver a su madre, a la que amaba tanto, que cuando estando en Hispania le anunciaron que había muerto, estuvo siete días echado en el suelo, en su tienda, sin querer ver ni hablar a sus hombres, hasta que vinieron a buscarle y casi por la fuerza le obligaron a que se ocupase de los negocios públicos, que por entonces marchaban bien.
Mostróse también su grandeza de ánimo en la conducta que siguió con Mitrídates, rey del Ponto, que, rehecho del primer descalabro que Sila le había infligido, se disponía de nuevo a atacar a los romanos. Necesitaba dinero y entró en tratos con Mitrídates, que ambicionaba apoderarse de las provincias romanas y, además, del reino de Bitinia. Pero Sertorio no le autorizó a que ocupase en su nombre los territorios que ya habían sido de Roma, porque ella habría equivalido a una traición. Y cuando el rey del Ponto le sondeó en este sentido, le envió por respuesta que él deseaba la autoridad, pero no quería lograr aquel poder a costa de los territorios de la república; no quería que Roma experimentase pérdidas a trueque de que él mandase, pues era propio del hombre noble desear vencer con honra; pero con ignominia, ni siquiera salvar la vida.
Oyó Mitrídates esta respuesta con gran admiración y exclamó ante sus amigos:
- ¿Qué mandará Sertorio una vez sentado en el Palatino, si ahora, relegado a las orillas del Atlántico, se permite señalar límites a mi reino?
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Pero a pesar de todo se firmó el tratado entre Sertorio y Mitrídates y se convino con juramento que el rey tendría la Capadocia y la Bitinia, enviándole Sertorio un general y soldados, y en que éste percibiría de Mitrídates tres mil talentos y cuarenta naves. Sertorio envió como general a Asia a Marco Mario, uno de los antiguos senadores fugitivos de Sila que se habían refugiado en Hispania, y después de tomar Mitrídates con su auxilio algunas ciudades de Asia, entraba en ella el romano con los fascios y las hachas, y el rey bárbaro marchaba detrás como si fuese un subordinado suyo.
Mientras de esta manera conquistaba prestigio en Oriente, a costa del poder de Roma (pues Mitrídates no fué vencido hasta que se dirigió al Ponto el propio Pompeyo y le hizo la guerra), en Hispania los partidarios de Sertorio comenzaron a enviarle y a sentir contra él rencores y odios. El principal causante de estas dificultades era el ambicioso Perpenna, quien, viéndose postergado, decía a todos:
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- ¿De que nos sirve haber huido de la tiranía de Sila, si hemos de obedecer a un hombre que domina a todo el mundo con su absoluto poder y no hace más caso de nosotros que de los propios barbaros?
Seducidos por estos discursos, aunque no se atrevían abiertamente a desobedecer a Sertorio, bajo mano entorpecían los negocios y agraviaban a los bárbaros, castigándolos duramente e imponiéndoles tributos, como si ello fuese orden del mismo Sertorio, de donde se originaban rebeliones en algunas ciudades. Sertorio tuvo que castigar con mano dura a los propios íberos, para evitar mayores males, con lo que su prestigio se vió aún más disminuído.
Entonces Perpenna creyó llegado el momento oportuno para preparar un complot contra la vida de Sertorio, en el que participasen otros jefes, entre ellos un tal Aufidio y otro llamado Grecino. Fingieron que acababan de obtener una gran victoria contra los enemigos, y enviaron cartas a su jefe por medio de uno de los conjurados, para anunciarle este pretendido triunfo. Sertorio se mostró muy alegre, y entonces Perpenna le convidó a un banquete para celebrarlo.
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Acudió a él el general sin sospechar nada, y, cuando ya habían comido y bebido mucho, los conjurados comenzaron a fingir embriaguez, promoviendo una reyerta y cruzándose muchas palabras desordenadas y ásperas. Sertorio, a quién repugnaban aquellas escenas, no queriendo abandonar la sala para que no lo tomasen a menosprecio sus amigos, se tumbó en el triclinio (lecho en el que los romanos se reclinaban para comer. N.A.), y entonces Perpenna dió la señal convenida dejando caer al suelo una copa de vino. Uno de los conjurados, llamado Antonio, que estaba en el triclinio junto al de Sertorio, saltó al suelo y, acercándose a él, que seguía tumbado boca arriba, le hirió en el pecho. Sertorio se volvió rápidamente al sentirse herido y quiso coger a Antonio, pero los demás conjurados se lanzaron contra él y le acribillaron a puñaladas. |
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La mayor parte de los íberos abandonaron al punto aquel partido y se entregaron a Metelo y a Pompeyo, enviándoles a tal efecto embajadores. Perpenna quiso, en su vanidad, seguir la resistencia como un nuevo Sertorio; pero pronto demostró que su envidia era superior a sus aptitudes, porque habiendo entrado en campaña contra Pompeyo, fue derrotado por éste. Entonces quiso congraciarse con el vencedor y le mostró toda la correspondencia secreta de Sertorio, en que había muchas cartas de nobles ciudadanos romanos que, desde Roma misma, le ofrecían que regresase y derribase a Pompeyo de su poder.
Pompeyo hubiese podido vengarse aprovechando aquellas denuncias de un traidor como Perpenna, pero quiso olvidarlo todo y mando quemar aquella correspondencia, sin leerla. Y a Perpenna le quitó la vida para que no siguiese con sus bajezas, envenenando la paz pública con sus delaciones. De los que conjuraron con él, casi todos tuvieron un final desastroso. Unos perdieron la vida a manos de Pompeyo y otros murieron en África luchando con los mauritanos.
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