Universidad de Barcelona de Geografía e Historia  

 

 
 

 

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ANDERSEN EN ESPAÑA
 
 
     
 

Hans Christian Andersen nació en Odense (Dinamarca) y vivió una infancia de pobreza y abandono. A los 14 años se fugó hasta Copenhague, donde trabajó para Jonas Collin, director del Teatro Real, que le pagó sus estudios. Aunque desde 1822 publicó poesía y obras de teatro, su primer éxito fue Un paseo desde el canal de Holmen a la punta Este de la isla de Amager en los años 1828 y 1829, un cuento fantástico que imita el estilo del escritor alemán E. T. A. Hoffman . Su primera novela, El improvisador, o Vida en Italia (1835), fue bien recibida por la crítica. Viajó por Europa, Asia y Africa y escribió muchas obras de teatro, novelas y libros de viaje.

Pero son sus más de 150 cuentos infantiles los que le han establecido como uno de los grandes autores de la literatura mundial. . Entre sus famosos cuentos se encuentran El patito feo, El traje nuevo del emperador, La reina de las nieves, Las zapatillas rojas, El soldadito de plomo, El ruiseñor, El sastrecillo valiente y La sirenita.

Hemos creído interesante rescatar el artículo de Nigel Dennis, profesor de Lenguas Modernas de la Universidad de Otawa, sobre el viaje de Andersen por tierras hispanas. Una pequeña joya que tenemos el placer de difundir...

 
     
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Aunque Hans Christian Andersen sea famoso por haber escrito cuentos de hadas, fue también uno de los más intrépidos viajeros del siglo XIX. Su labor como reportero merece ser destacada y resulta lamentable que su sensible y perspicaz observación de la vida y costumbres extranjeras haya sido subestimada, porque los libros de viajes forman una parte importante de su obra.

En 1862, cuando España no estaba acostumbrada a los turistas y era un país desconocido para la mayoría de los daneses, Andersen aguantó las incomodidades de los trenes y diligencias durante los cuatro meses que pasó descubriendo y anotando los más notables aspectos de la vida española. La historia de su estancia en España la cuenta en su libro 'I Spanien' (En España), que aunque publicado en 1863 y traducido a varios idiomas extranjeros no tiene todavía versión española.

 

Andersen mantuvo desde niño cierto interés por España. Guardaba vivos recuerdos de los españoles que estuvieron en la isla de Fyn en 1808 y dos piezas teatrales suyas representadas en 1836, 'Spanierne i Odense' (Los españoles en Odense) y 'Fem og Tyve Aar Derefter' (Veinticinco años después), refieren los amorosos contactos entre los soldados hispanos alojados en Odense y las señoritas danesas de la ciudad. Era bastante lógico, por tanto, que Andersen soñara con visitar el país encantado más allá de los Pirineos, como describió a España en un poema escrito en 1838. Dos veces planeó viajar a este país, en 1846, en que, ya en la frontera, renunció entrar ante el calor abrumador, y en 1860, cuando la noticia de una epidemia de cólera le indujeron a posponer su viaje. Cruzó por fin la frontera dos años después, en 1862 en compañía del joven estudiante Jonas Collin, nieto de su principal bienhechor, con quien llegó a recorrer casi todo el país viajando en tren, diligencia y vapor costero.

Andersen viajando supone una paradoja, ya que si bien era infatigable aventurero, ávido de experiencias y panoramas nuevos, capaz de soportar las mayores incomodidades con tal de seguir caminos que ni el más osado inglés del siglo XIX se hubiera atrevido a explorar; era por otra parte, hipocondriaco y enfermizo, víctima de un eterno dolor de muelas y con la aprensión constante de estar próximo a sucumbir en alguna espantosa catástrofe. Siempre que viajaba llevaba una soga muy larga en prevención de un posible incendio y en una carta escrita por Charles Dickens a un amigo en 1857 se dice cómo Andersen, durante un paseo en diligencia por Londres, escondió su dinero en las botas por temor a ser robado, ya que al parecer veía ladrones por todas partes.

 

Hizo sus primeros viajes huyendo, en parte, de la desfavorable crítica literaria de Copenhague y respondiendo a sus deseos de ver algo nuevo. Gracias a las cartas que escribía a sus amigos de Dinamarca contando sus impresiones, pronto se evidenció que poseía un extraordinario talento de periodista. Hallamos en Andersen la capacidad de expresar sucinta y gráficamente lo que veía junto con el delicado sentido del humor y el entusiasmo juvenil de sus mejores escritos de viajes. El libro titulado 'El bazar de un poeta', donde cuenta la excursión que realizó en 1840 y 1841 al Cercano Oriente, a través de una Bulgaria sublevada, es, quzá, el más afortunado.

Antes incluso de partir de Dinamarca, manifestó Andersen su intención de relatar su viaje a España; creía que el público danés lo esperaba y no quería decepcionarles. Algunas de las cartas escritas en España, aludiendo a hechos y sucesos que describió más detalladamente en su libro, se publicaron en periódicos daneses antes de que el escritor regresase, y cuando el libro apareció, en 1863, causó gran entusiasmo en sus lectores.

Andersen era una personalidad compleja, por lo que desborda el cliché de escritor para niños. Hijo de un zapatero remendón y de una lavandera, tuvo que luchar para superar su humilde origen, y aunque logró fama internacional, fue víctima de una soledad angustiosa, de cierta hipersensibilidad malhumorada y de toda una serie de complejos cuyo análisis todavía se nos escapa. No tenía familia, y aunque se enamoró varias veces, nunca se atrevió a casarse. Ya viejo, soportaba penosamente la soledad. Dueño de una sensibilidad enfermiza que le proporcionó toda suerte de aflicciones y depresiones, dos años antes de morir escribía a un amigo: 'A veces siento como si los músculos del vientre se hubieran roto por medio y yo me hubiera quebrado para después resultar unido de nuevo, pero con errores'.

 

 

 

Siempre padeció manía persecutoria, lo que le movió a buscarse el afecto de la gente y pruebas de su propia fama. De hecho, era enormemente vanidoso y mostraba suma satisfacción, por ejemplo, cuando relataba la reacción de ciertos extranjeros al enterarse de quién era él. Cuenta un amigo suyo que un día, paseando Andersen por la calle, vio a un conocido en la acera de enfrente. Andersen atravesó la calzada, se llegó al conocido y le espetó: '¡Ahora ya se me lee en España! Bueno, ya lo sabe usted. Adios'.

Esta vanidad desmedida camuflaba un hondo sentido de inferioridad, lo que presenta una dimensión social: le encantaba conocer personas de la familia real o de la aristocracia, a las que trataba con obsequiosidad servil. Pero también ofrece una cara más íntima y profunda: Andersen era consciente de su fealdad, se hizo retratar muchas veces, pero en pocas llegó a complacerle el resultado. Así escribía en su diario, el 22 de mayo de 1854, desde Dresde: 'Fui a que me fotografiaran y posé tres veces; me parecía un cascanueces mondo'.

 

Mucho le dolieron las risas suscitadas en el extranjero por su cuerpo larguirucho, sus narizotas y sus torpes movimientos, y en el libro sobre España describe su mortificación cuando un grupo de españoles se mofaron en Granada de su singular forma. Esto explica que una significativa parte de sus escritos se cimiente en tan privados complejos: los mofados y desdeñados personajes de sus cuentos son símbolos del autor, Andersen es la Sirenita, ese extraño ser que aparece en las profundidades del mar y jamás es aceptado por el mundo en que se mueve, y Andersen es asimismo el patito feo que se transforma en hermoso cisne.

Pocos europeos de su tiempo viajaron tanto como él. En su primer viaje al extranjero -1833-1834- recorrió Francia, Suiza, Alemania, Austria e Italia. En 1843 marchó a París, donde conoció a Balzac, Dumas padre, Heine, Victor Hugo, Lamartine y Alfredo de Vigny. Cuatro años después visitó Inglaterra y Escocia, y en 1866 volvió a España, pasando por Holanda y Francia, llegando incluso a Portugal, del que dejó vivo testimonio en su estupendo libro, 'Una visita a Portugal', publicado en 1868.

 

 

 

Si es cierto que Andersen gozaba de independencia económica y de cierto bienestar económico, el entusiasmo con que se dedicó a su carrera de viajero bohemio del siglo XIX subraya su espíritu aventurero y su insaciable curiosidad. No podemos menos de aplaudir su consideración del encanto y la poesía de los medios de transporte de entonces, como escribió en uno de sus libros: 'He oido a gentes que aseguraban que con el ferrocarril se ha perdido toda la poesía que había en el viajar y que el viejo y abultado sombrero de copa muy alto era hermoso. Respecto a lo último, he de decir que todo el mundo puede bajar en cualquier estación y esperar allí el próximo tren, si así lo prefiere por respeto a esa prenda. Y por lo que respecta a la poesía de viajar que se dice perdida, mi opinión es exáctamente la contraria: era en los pequeños coches de posta en que uno debía apretarse, donde no existía, extinguida para uno en la mejor temporada del año gracias al polvo y al calor y, en invierno, gracias a los malos caminos...'

La España descubierta por Andersen en 1862 era en parte atrasada y primitiva, más conservaba sus exquisitos encantos naturales. Andersen, lo mismo que los restantes pioneros decimonónicos del turismo, reaccionó entusiasmado y agradecido al espíritu y color de aquel país encantado más allá de los Altos Pirineos.

     
                         
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