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Universidad de Barcelona de Geografía e Historia |
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CALÍGULA |
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La atrocidad de sus palabras hacia más odiosa aún la crueldad de sus acciones. Nada encontraba tan laudable y hermoso en su propio carácter como lo que llamaba su "insensibilidad" (adriatrepsia). Habiéndole reconvenido su abuela Antonia, no se limitó a no hacerle caso, sino que le dijo: "Recuerda que todo me está permitido y contra todos".
Cuando dio la orden de matar a su primo Tiberio Gemelo dijo al asesino: "Dame un antídoto contra Tiberio".
Cuando desterró a sus hermanas les dijo en tono amenazador: "No tengo solamente islas, sino también espadas".
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Cada diez días formaba la lista de los prisioneros que quería hacer ejecutar, y a esto llamaba "ajustar sus cuentas".
Con frecuencia injuriaba a todos los senadores a la vez, llamándolos "confabulados de Sejano" (Sejano había sido la "mano dura" del reinado de Tiberio. N.A.) y "delatores de su madre y hermanas". Furioso en cuerta ocasión porque la multitud favorecía, en el circo, el partido al que él era contrario, exclamó: "Ojalá tuviera el pueblo romano una sola cabeza, para poder cortarla yo de un solo golpe".
El populacho reclamaba que se lanzase a las fieras un criminal llamado Tetrinio, y entonces Calígula dijo: "Los que piden esto son otros tantos Tetrinios".
Más de una vez se le oyó lamentar en público que no hubiese ocurrido en su reinado ningún terremoto ni calamidad pública de gran importancia, mientras que en el de Augusto hubo la derrota de Varo y en el de Tiberio se derrumbó el anfiteatro de Fidena: "A mi reinado -decía el insensato- lo amenaza el olvido por ser demasiado feliz".
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Por eso deseaba frecuentemente sangrientas derrotas, hambres, pestes, vastos incendios y toda clase de cataclismos.
Un soldado experto en cortar cabezas de un solo tajo ejercía ante él su habilidad en todos los prisioneros que le presentaban. Cuando inauguró el puente de Puzzoles, invitó a los que estaban en la orilla a reunirse con él, y de pronto mandó arrojarlos abajo. Algunos se agarraron a los barcos, y los hizo tirar al mar a golpes descargados con garfios y remos. Durante una comida pública en Roma, habiendo un esclavo arrancado de un asiento una incrustación de plata, mando en el acto al verdugo que le cortase las manos, se las colgase al cuello y le pasease así por todas las mesas, con un cartel que dijese la causa del castigo.
En medio de una espléndida comida en compañía de los cónsules comenzó de pronto a reir a carcajadas: Los cónsules, sentados a su lado, le preguntaron con acento adulador de qué reía: "Es que pienso -contestó- que con una señal puedo haceros estrangular a los dos ahora mismo".
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Su envidiosa malignidad se extendía a todo el género humano y a todos los siglos. Derribó las estatuas de los grandes hombres, que Augusto había trasladado del Capitolio, donde había poco espacio, al vasto recinto del Campo de Marte, y de tal manera dispersó los restos que, cuando quisieron restaurarlas, no pudieron encontrarse completas las inscripciones de que estaban adornadas. Prohibió que en adelante se construyesen, sin permiso suyo, la estatua de ningún hombre vivo. También quiso destruir los peoemas de Homero, y preguntaba: "¿Por qué no he de poder hacer yo lo que hizo Platón, que desterró a los poetas de su república?"
Poco faltó para que hiciese desaparecer de las bibliotecas las obras y retratos de Virgilio y Tito Livio, diciendo que el uno carecía de ingenio y de saber y el otro era historiador charlatán e inexacto. En fin, más de una vez dijo que iba a convertir en una cosa inútil toda la ciencia de los jurisconsultos, pues él se constituiría en único juez de todos los litigios que sucedieran en Roma.
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Prohibió a los romanos más nobles que usasen las antiguas distinciones de sus familias, para humillarlos y hacer que todos resultasen iguales ante él. Había llamado al rey Ptlomeo y le recibió muy bien; pero cierto día en que se celebraban juegos le hizo matar repentinamente, por el solo delito de haber llamado la atención general al entrar en el teatro, con el brillante color de púrpura de su manto.
Si encontraba a un hombre cuya hermosa cabellera realzase su gallardía, en el acto le mandaba afeitar la parte posterior del cráneo. Un tal Ecio Próculo, hijo de un centurión, había recibido por su belleza y estatura el nombre de Colosseros (Amor Coloso). Le vio Calígula sentado en un banco del anfiteatro y le hizo bajar a la arena, obligándole a combatir primero con un tracio gigantesco y después con otro gladiador completamente armado. Próculo venció a los dos, pero el emperador mandó inmediatamente agarrotarle, vestirle de harapos, pasearle así por las calles mostrándole a las mujeres y degollarle en seguida. Tal era su envidioso odio, que se extendía a todo y a todos.
En sus despilfarros superó la locura de los mayores pródigos que han existido. Inventó una nueva especie de baños, de manjares extraordinarios y de banquetes monstruosos. Se lavaba con esencias unas veces calientes y otras frías; tragaba perlas de crecido precio disueltas en vinagre; hacía servir a sus convidados panes y manjares condimentados con oro, y decía que solo se podía ser dos cosas: ahorrativo o César.
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Durante muchos días arrojó al pueblo, desde lo alto de la basílica Julia, enormes cantidades de moneda pequeña. Hizo construir naves liburnesas de diez filas de remos, con velas de diferentes colores, y guarnecida la popa con piedras preciosas. Encerraban estas naves baños, galerías y comedores, gran variedad de vides y árboles frutales. Nada ambicionaba tanto como ejecutar obras que se considerasen irrealizables. Construía diques en el mar profundo y agitado. Hacia dividir las rocas más duras. Elevaba llanuras a la altura de las montañas y arrasaba los montes al nivel de los llanos, todo esto con increible rapidez, castigando la lentitud con pena de muerte. En fin: en menos de un año malgastó los inmensos tesoros que había ahorrado Tiberio César, que ascendian a dos mil setecientos millones de sestercios.
Agotados los tesoros por el frenético ritmo de los gastos y reducido a la pobreza, recurrió a la rapiña y se mostró ingenioso y sutil en los medios de explotar a sus súbditos: el fraude, las ventas públicas y los impuestos.
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En los últimos tiempos su pasión por la riqueza se había trocado en frenesí, y con frecuencia paseaba descalzo sobre inmensos montones de oro colocados en una extensa sala, y algunas veces se revolcaba sobre ellos.
No soportó más que una vez las fatigas militares, y ésta sin desearlo. Habiendo ido a visitar el río Clitumno, en Italia, y el bosque inmediato, avanzó hasta Messania. Allí le aconsejaron completar la guardía bavara que entonces le rodeaba, y por ello emprendió una expedición a Germania. No perdió un momento y mandó venir de todos lados legiones y tropas auxiliares; hizo levas rigurosísimas; ordenó todo género de bastimentos en cantidades nunca vistas, y se puso en marcha, caminando unas veces con tal rapidez que, para seguirle, las cohortes pretorianas tenían que cargar las insignias en los bagajes, en contra de la costumbre. Pero otras etapas las cubrió con tanta flojedad y molicie que se hacia llevar por ocho esclavos en una litera, y los habitantes de los pueblos vecinos recibían orden de barrer los caminos y rociarlos para quitar el polvo. Llegado al campamento, quiso mostrarse general rígido y severo, despidiendo ignominiosamente a los legados que habían llegado tarde con las tropas que debían llevar. Cuando revistó el ejércitó licenció, con el pretexto de que estaban viejos y extenuados, a la mayor parte de centuriones antiguos, cuando les faltaban a algunos muy pocos días para cumplir su tiempo. A otros los acusó de avaricia, y redujo a seis mil sestercios el precio de los veteranos.
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Sus hazañas se redujeron a una ridiculez: a recibir la sumisión de Adminio, hijo de Cynobelino, rey de los britanos, que, expulsado por su padre, había venido a refugiarse a su lado con escasos hombres. Entonces, como si hubiese subyugado a toda Britania, escribió Calígula a Roma pomposas cartas y mandó a los correos imperiales que fuesen a Roma montados en carros de triunfo y diesen sus cartas a los cónsules en persona, en el Templo de Marte y en presencia de todos los Senadores.
Poco después, no sabiendo a quién combatir, hizo pasar al otro lado del Rin algunos germanos de su guardia con orden de ocultarse. Hecho esto debían venir a anunciarle atropelladamente, después de comer, que se acercaba el enemigo. Así lo hicieron y, lanzándose en seguida al bosque inmediato con sus amigos y una parte de los jinetes pretorianos, hizo cortar árboles, los adornó como trofeos y volvió a su campamento a la luz de las antorchas, reconviniendo a los que no le habían seguido, como tímidos y cobardes.
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En cambio, aquellos que contribuyeron a esta farsa de victoria recibieron de su mano una condecoración inventada por él, a la que dio el nombre de "exploratoria" y en la que estaban representados el sol, la luna y los astros.
En otra ocasión mandó marchar secretamente a algunos jóvenes rehenes (muchos reyes cedían a sus hijos para que se educaran en Roma, eso condicionaba su fidelidad al Imperio. N.A.) y después, abandonando de repente a su numerosa reunión de invitados, persiguió a aquellos desgraciados con la caballería, como fugitivos. Los alcanzó y los trajo cargados de cadenas. En tan repugnante comedia había de quebrantar también las leyes de la humanidad. Después escribió a Roma un severo edicto, riñendo a los senadores y diciendo que solo pensaban en banquetes cuando el César estaba en Germania peleando con los bárbaros.
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Por último se adelantó hacia las orillas del océano a la cabeza del ejército, con gran abundancia de balistas y máquinas de guerra, como si meditase alguna gran empresa y sin que nadie sospechase su designio. De pronto mandó a los soldados recoger conchas y llenarse con ellas el casco y ropas, llamándolas "despojos del dios Océano, debidos al Capitolio y al Palacio Imperial". De tal manera esvarnecía a la majestad del pueblo y a tantos y tan valeroso guerreros que le habían precedido, regando la tierra con su sangre.
En su desfile de triunfo, que fue tan ridículo como sus "victorias", hizo figurar un puñado de tránsfugas galos, a los que mandó teñir la cabellera de rubio como si fuesen germanos, eligiéndolos altos y robustos, o, como decía en griego, axiotriambeutoi ("triunfales"), y así dio otras órdenes y consignas igualmente ridículas y ultrajantes.
Antes de partir de las Galias concibió el abominable proyecto de exterminar a las legiones que en otro tiempo se habían sublevado después de la muerte de Augusto y que sitiaron a su padre Germánico y a él mismo cuando era niño.
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Aquella venganza retrospectiva fue odiosa a todo el mundo; pero nada pudo impedirle que diezmara a aquellos soldados, condenando a muerte a uno de cada diez. Pero cuando vio que los legionarios, sintiéndose rodeados por la caballería, sospechaban alguna infamia y comenzaban a escabullirse, se retiró, tomo el camino de Roma y descargó su furur contra el Senado, al que amenazó abiertamente, con objeto de separar la atención pública del vergonzoso espectáculo de su conducta.
Después de morir se encontraría en su palacio un cofre grande, lleno de venenos diferentes. Claudio, su sucesor, mandó arrojarlos al mar, que, según dicen, quedó de tal manera emponzoñado que la marea arrojó a la playa gran cantidad de peces muertos.
Digamos ahora algo de su persona: era alto, palido y grueso; las piernas y el cuello muy delgados; los ojos hundidos, deprimidas las sienes, ancha y abultada la frente, escasos los cabellos y enteramente calva la parte superior, con el cuerpo muy velludo. Por esta razón era delito capital mirarle desde lo alto cuando pasaba, o pronunciar en su presencia la palabra "cabra". Su semblante era horrible y repugnante, y procuraba hacerlo más espantoso aún, estudiando delante de un espejo todos los medios posibles de terror.
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No estaba sano de cuerpo ni de espíritu. Atacado de epilepsia desde sus primeros años, no por esto dejó de mostrar ardor en el trabajo desde la adolescencia, aunque experimentaba síncopes repentinos que le privaban de fuerza para moverse y estar de pie, y de los que se recuperaba con dificultad. Excitábale especialmente el insomnio, pues no podía dormir más de tres horas, y éstas ni siquiera con tranquilidad, sino turbado con extraños ensueños, entre otros el de que le hablaba el mar. La mayor parte de las noches, cansado de velar en su lecho, se sentaba a la mesa o paseaba por las galerías esperando e invocando la luz.
A estos extravíos de espíritu debe atribuirse el que este Emperador padeciese dos defectos opuestos: excesiva confianza y excesiva cobardía. Este hombre, que tanto despreciaba a los dioses, cerraba los ojos y se envolvía la cabeza al más ligero relámpago, al más insignificante trueno, y cuando aumentaba el estruendo se encondía debajo de su lecho. Después de un viaje a la isla de Sicilia, tras haberse estado burlando de los milagros y prodigios, huyó temblando de Mesina ante el espectáculo del Etna que arrojaba llamas.
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No cesaba de proferir terribles amenazas contra los bárbaros, y un día que se encontraba en un estrecho camino al otro lado del Rin, en medio de las tropas que estaban agrupadas en torno de su carro, alguien dijo: "No sería ahora pequeña la alarma si de súbito se presentase el enemigo".
Calígula, al oir aquello, montó en el acto a caballo y huyó hacia el río. Allí encontró el puente obstruido por los criados y bagajes del ejército, y en su impaciencia se hizo transportar a brazo por encima de todas las cabezas. Poco después, como se hablaba de una sublevación general en Germania, solamente pensó en huir y mandó equipar nuevas naves, no teniendo otro consuelo que la esperanza de conservar las provincias de ultramar si los vencedores se apoderaban de los Alpes, como los cimbros, o de Roma, como los galos en tiempos de Camilo. Tal era su miedo.
Creemos que ese mismo temor fue, sin duda, lo que sugirió a sus asesinos la idea de decir a los soldados, que comenzaban a amotinarse, que Calígula se había suicidado al tener noticia de una derrota. A pesar de su cobardía, se atrevió a sacar de su sarcófago la coraza de Alejandro Magno y exhibirse con ella en público.
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No desdeñaba el estudio de las letras y demás artes liberales, pero siempre con afectada pedantería. Despreciaba a Séneca, cuyo estilo le parecía "arena sin cimientos" y "pura amplificación de retórica". Y cuando se disponía a hablar en público decía: "Ahora voy a disparar los dardos de mis desvelos" (pues preparaba los discursos por la noche, alejado de todo bullicio). Cuando tenían que ser juzgados en el Senado acusados ilustres, preparaba discursos en pro o en contra, y según el discurso que le gustaba más los condenaba o los salvaba, pues nadie se atrevía a oponerse a una de estas oraciones pronunciada por el imprevisible César. Toda la clase ecuestre tenía obligación de acudir entonces a escucharle. Otras artes menos dignas practicó, y con increible entusiasmo, siendo gladiador, auriga, cantor o bailarín... |
Tanto le apasionaba el canto y el baile, que no podía dominarse y cantaba delante de todo el mundo junto con el actor que estaba en escena. Una noche hizo llamar a tres consulares, que llegaron sobrecogidos de terror; creían que los iba a apresar o a mandarlos al suplicio; pero en realidad era para que le viesen representar una función de teatro. Sin embargo, Calígula, que había aprendido tantas cosas, no sabía nadar. Era tan adicto al partido de los aurigas verdes, que comía muchas veces con su caballeriza, y regaló a uno de ellos, después de un banquete, un millón de sestercios.
Quería tanto a su caballo, llamado "Incitatus" (Espoleado) que mandó construirle una caballeriza de mármol, un pesebre de marfil, mantas de púrpura y gualdrapas adornadas con perlas; le dio casa completa, con esclavos, muebles y todo lo necesario, y hasta se dijo que le quería nombrar cónsul.
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Estas extravagancias y horrores hicieron concebir a algunos ciudadanos el proyecto de matarle. Se descubrieron dos conjuraciones, y mientras algunos de los conspiradores que quedaban ocultos vacilaban aún, dos romanos se comunicaron su designio y lo pusieron por obra, favorecidos ocultamente por sus libertos más poderosos y por los prefectos del pretorio, que, señalados ya, aunque injustamente, como cómplices de un atentado, odiaban a Calígula. El César llevó su audacia hasta desenvainar la espada ante ellos y decirles: "Estoy pronto a darme la muerte si creéis que la merezco".
Nadie le contestó a esta temeraria pregunta. Por fin convinieron atacarle a mediodía, a la salida del espectáculo de los juegos palatinos. Casio Quereas, tribuno de una cohorte pretoriana, solicitó el honor de descargar el primer golpe; era viejo y el César insultaba incesantemente sus canas, tratándole de cobarde y de cosas aún peores.
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Muchos prodigios anunciaron su futura muerte. En la ciudad griega de Olimpia una estatua de Júpiter lanzó una tremenda carcajada, y los que estaban allí huyeron locos de terror. El día de los idus de marzo (en el antiguo cómputo romano y en el eclesiástico, el día 15 de marzo, mayo, julio y octubre, y el 13 de los demás meses) cayó un rayo sobre el Capitolio en Capua, y otro en el templo de Apolo Palatino en Roma. Un astrólogo llamado Sila, al que Calígula consultó su horóscopo, le anunció como próxima e inevitable una muerte violenta. Los oráculos de Antium le dijeron: "Guárdate de Casio". Por esto hizo matar a Casio Longino, procónsul de Asia entonces, olvidando que Quereas se llamaba también Casio. La víspera de su muerte soñó que había estado en el Olimpo, junto al trono de Júpiter, y que este dios, empujándole con el dedo, le lanzó de nuevo a la tierra. Su amigo el histrión Mnester representó una tragedia que hallaron después ser la misma que se había representado el día que mataron a Filipo de Macedonia. En fin, pra la noche que siguió a su muerte se había preparado una tragedia en que actores egipcios y etíopes iban a representar escenas del Orco o país de los muertos. |
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Era el 9 de las calendas de febrero (año 41 de nuestra era. N.A.), cerca de la hora séptima, cuando, dudando de si se levantaría para comer, pues estaba empachado con la comida de la víspera, sus amigos le decidieron a hacerlo, y salió. Tenía que pasar por debajo de una bóveda donde unos niños estaban ensayando una comedia por encargo del César. Éste se detuvo para exhortarlos a que trabajasen bien. No están todos los autores de acuerdo acerca de lo que sucedió después. Unos dicen que, mientras hablaba con aquellos niños, Quereas, que estaba a su espalda, le hirió en el cuello con su espada gritando: "¡Haced lo mismo!", y en el acto el tribuno Cornelio Sabino le atravesó el pecho.
Parece ser que Sabino estaba rodeado de pretorianos participantes en la conjura, que no dejaron acercarse a nadie mientras asesinaban al tirano. Otros afirmaban que Quereas le tiró al suelo de un golpe en la mandíbula, y Calígula gritó que vivía aún. Entonces entre los demás le dieron treinta puñaladas. Sin embargo, al primer ruido acudió a defenderle la guardia germánica y los porteros con sus bastones y mataron a muchos de los conjurados, incluso a unos senadores que allí había, inocentes del plan.
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Calígula había vivido veintinueve años y gobernó tres, diez meses y ocho días. Su cadáver fue llevado secretamente a los jardines lamianos y, después de chamuscarlo en una pira hecha muy deprisa, lo enterraron cubriéndolo con un poco de césped. Más adelante, sus hermanas, de regreso del destierro, lo mandaron exhumar, lo quemaron bien y sepultaron sus cenizas. Se asegura que hasta este momento se oyeron espantoso ruidos en la casa donde fue asesinado, y los guardianes nocturnos de aquellos jardines decían haber visto horribles apariciones. Su mujer, Cesonia, pereció al mismo tiempo que él, y a su hija la estrellaron contra una pared.
De momento los romanos no querían creer la noticia de su muerte, temiendo que fuese algún artificio de Calígula para probar su fidelidad. Los conjurados pensaban que, desde entonces, no debía haber más emperador en Roma, y el Senado deseaba unánimemente volver al antiguo orden de cosas (la República. N.A.). Pero los pretorianos no tardaron en encontrarle sucesor (Claudio. N.A.).
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