"No hay duda de que los grandes monarcas de la rama carlista fueron don Carlos V -el de la primera guerra- y don Carlos VII -el de la tercera-. Pero la línea sucesoria pasa por otros dos personajes que también merecen un comentario histórico.
A la muerte de Carlos V, en 1855, le sucedió su hijo mayor, que se intituló Carlos VI, aunque fue más conocido por el título nobiliario de conde de Montemolín. Capturado por las fuerzas isabelinas después de la intentona del general Ortega en San Carlos de la Rápita, en 1860, se vio obligado a firmar un documento en el que abdicaba de sus derechos a la Corona de España. Su hermano Juan ostentó también la pretensión a la Corona de España, pero sus veleidades liberales hicieron que fuera repudiado por la mayoría de los carlistas. Fue entonces cuando Carlos VI volvió por los fueros de la legitimidad, alegando -con razón- que el documento de su renuncia a la Corona le había sido arrancado por la fuerza. Veamos como algunos documentos de la época narran estos avatares de la sucesión carlista.
El manifiesto por el que el conde de Montemolín renunciaba a sus derechos a la Corona de España está firmado en Tortosa -donde estaba detenido- el día 23 de abril de 1860, y dice así:
"Yo, don Carlos Luis de Borbón y Braganza, conde de Montemolin, digo y a la faz del mundo público y solemnemente declaro: Que i´ntimamente persuadido por la ineficacia de las diferentes tentativas que se han hecho en pro de los derechos que creo tener a la sucesión de la Corona de España y deseando que, por mi parte, ni invocando mi nombre, vuelva a turbarse, la paz, la tranquilidad y el sosiego de mi patria, cuya felicidad anhelo, de "motu proprio" y con la libre y espontánea voluntad, para que en nada obste la reclusión en que me hallo, renuncio solemnemente y para siempre a los enunciados derechos; protestando que este sacrificio que hago en aras de mi patria es efecto de la convicción que he adquirido en la última fracasada tentativa de que los esfuerzos en mi pro se hagan ocasionarán siempre una guerra civil que quiero evitar a toda costa. Por tanto, empeño mi palabra de honor de no volver jamás a consentir que se levante en España ni en sus dominios mi bandera, y declaro que, por si desgracia, hubiera en lo sucesivo quien invoque mi nombre, lo tendré por enemigo de mi honra y de mi fama. Declaro asimismo que, al instante que llegue a gozar de plena libertad, renovaré esta voluntaria renuncia, para que en ningún tiempo pueda ponerse en duda la espontaneidad con que la formulo. ¡Que la dicha y la felicidad de mi patria sean el galardón de este sacrificio."
De todas formas, el sacrificio duraría poco. Una vez puesto en libertad, el conde de Montemolín volvió al exilio, y aconsejado por los carlistas, firmó en Colonia, el día 15 de junio del mismo año 1860, el documento de retractación, del tenor siguiente:
"Considerando que el acta de Tortosa, de 23 de abril del presente año, es el resultado de circunstancias excepcionales y extraordinarias que, meditada en prisión y firmada en completa incomunicación, carece de todas las condiciones legales para ser válida; que por este hecho es nula, ilegal e iirratificable; que los derechos a los que se refiere no pueden recaer sino en los que lo tienen por ley fundamental, esto es, por la ley de donde emanan y que, por lo mismo, son llamados a ejercerlos en su lugar y día; atendiendo al parecer de jurisconsultos que he consultado y a la reprobación reiterada que me han manifestado mis mejores servidores, vengo a retractar la dicha acta de Tortosa de 23 de abril del presente año y declaro nula en todas sus partes y como no avenida."
A esta retractación no era extraña la conducta de su hermano, don Juan de Borbón, que hacía constantes profesiones de liberalismo que escandalizaban a los antiguos carlistas. Así, en uno de sus manifiestos a la nación española ponderaba las ventajas del sistema liberal y defendía la libertad individual y la libertad de prensa. El periódico carlista "La Esperanza" replicó a estas declaraciones manifestando que: "Lo que conviene a don Juan de Borbón, como a todos los príncipes que toman su rumbo, es ir a una casa de locos. Si la hubiera especial para bobos, aún nos parecería mejor."
Poco después, un hecho inesperado ocasionaba una grave crisis en el movimiento carlista. El conde de Montemolín fallecía en 1861 -al parecer, de tifus-, en su residencia de Trieste, de una forma repentina y misteriosa. Unos días antes había muerto su hermano el infante don Fernando, y pocos días después, la condesa de Montemolín. Se habló de envenenamientos, de misteriosas venganzas, de intrigas palaciegas... Lo cierto es que la causa del carlismo hubiera tenido dificil futuro sin la decisión de la princesa de Beira, viuda de don Carlos V, quien consiguió la abdicación de don Juan en su hijo mayor, Carlos, entonces un niño de corta edad (había nacido en 1848), el futuro rey Carlos VII. Cuatro años después, en 1864, éste lanzaba su famosa "Carta a los españoles" en la que afirmaba el principio de la legitimidad de ejercicio: el rey que faltaba a los principios que le consagraban, por este solo hecho dejaba de ser rey. Y por ello, en la carta que don Carlos dirigía a su padre, le manifestaba: "El partido carlista exige, con justa razón, saber quien es hoy su jefe; y si usted, renunciando a sus derechos no quiere serlo, lo soy yo desde este moemnto."
Y en el solemne Gran Consejo del Partido Carlista que tuvo lugar en Londres el 20 de julio de 1868, se resolvió, por aclamación, consagrar como legítimo pretendiente a don Carlos, que tomó el nombre de duque de Madrid. Con este nombre sería conocido antes de ser jurado como Carlos VII por los partidarios del carlismo."