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Universidad de Barcelona de Geografía e Historia |
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CARLOS II, EL HECHIZADO. |
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Queremos comenzar este capítulo de nuestra página con las palabras del eminente historiador John Lynch sobre el monarca español Carlos II: "Carlos II fue la última, la más degenerada, y la más patética víctima de la endogamia de los Austrias. Cuando sucedió a su padre Felipe IV el 17 de septiembre de 1665, solo tenía cuatro años de edad y era un niño enfermizo, retardado en su desarrollo por el raquitismo y retrasado mental. Durante los 39 años que vivió padeció una crónica falta de salud, graves trastornos psicológicos y frecuentes ataques de melancolía aguda, que intentaba exorcisar por medios espirituales, lo que le valió el sobrenombre de el Hechizado. Vivió a la sombra de la muerte y fue incapaz de ejercer la responsabilidad del gobierno. También fue incapaz de engendrar hijos y sus dos matrimonios fueron cuando menos estériles, si es que llegaron a consumarse. La monarquía se veía bajo los efectos de dos aflicciones mortales: un monarca débil y un problema sucesorio." |
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Se ha repetido hasta la saciedad y sin faltar a la verdad que Carlos I (el emperador) fue militar, político y rey, que Felipe II, su hijo, solo fue rey, que tanto Felipe III como Felipe IV apenas fueron reyes y que el patético Carlos II no llegó a ser ni hombre...
Y es que ciertamente la vida del último de los austrias se encuadra en lo que bien hubiera podido ser una tragedia shakesperiana, pero si bien la figura física de Carlos II puede inspirar un rechazo inmediato, su labor política incomprensión y sus relaciones amorosas perplejidad, ante el drama de su enfermedad, posiblemente una alteración cromosómica congénita conocida como Síndrome de Klinefelter, el monarca solamente puede inspirarnos comprensión, solidaridad y tristeza.
El 6 de noviembre de 1661 Mariana de Austria, sobrina y esposa de Felipe IV de las Españas daba a luz, rodeada de todas las reliquias que el lector pueda imaginar, al futuro Carlos II. Y es que ciertamente, la situación era para implorar cualquier auxilio divino (pues con el humano contaban desde tiempo atrás), dado que seis de los ocho hijos que había tenido la pareja se habían malogrado a la hora de nacer. Ni que decir tiene, que la única culpabilidad existente ante esta aparente "maldición bíblica" debemos buscarla en la pésima política de los Austrias a la hora de contraer matrimonio.
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La "bárbara consanguinidad" que decía Marañón fue la forma elegida por esta casa real para esposarse, o lo que es lo mismo, no se casaban más que con miembros de la familia, lo que provocaba sobre los recien nacidos la herencia absurda de generaciones idénticas y enfermizas. Un ejemplo bastará para hacernos una idea; el futuro soberano descendía de Juana la Loca por sus ocho bisabuelos.
Cualquiera de los hijos bastardos de Felipe IV (conocidos 43), concebidos con mujeres ajenas a la familia, hubieran sido intelectualmente más capaces para reinar que el futuro Carlos II.
Unos días después del nacimiento de nuestro personaje la "Gaceta de Madrid" se descolgó con el siguiente texto: "El 6 de noviembre nació un robusto varón, de hermosísimas facciones, cabeza proporcionada, grandes ojos, pelo negro y algo abultado de carnes". La realidad era muy diferente, el embajador francés escribió a su país: "El Príncipe parece bastante débil; muestra signos de degeneración; tiene flemones en las mejillas, la cabeza llena de costras y el cuello le supura" y más adelante afirma, "asusta de feo".
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El pueblo hispano, al que dificilmente podían engañar los cantos de sirena de los cortesanos que se definían como "comunicadores de los asuntos de la Corte" no tardó en sacar chascarrillos y coplas sobre el recién nacido. Como simple ejemplo apuntamos una que podía escucharse por las diferentes tabernas del reino:
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"El príncipe al parecer, |
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por lo endeble y patiblando, |
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es hijo de contrabando |
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pues... no se puede tener." |
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Y es que con cuatro años el príncipe Carlos seguía mamando de sus nodrizas y no era capaz de sostenerse en pie. Una descripción nos lo presenta de esta manera: "Es de pelo lacio, tez color aceituna. ojos saltones y mirar estúpido. Su nariz cuelga como una glándula carnosa desde la frente a la boca, el labio inferior cae flácido sobre la mandíbula, y el prognatismo de ésta llega a ser tan pronunciado que nunca ha podido cerrar la boca ni masticar debidamente los manjares".
Se decidió entonces recluir al niño y apartarlo de las miradas de los extraños, sin embargo el vergonzante anonimato concluyó fulminantemente el 17 de septiembre de 1665 cuando murió su padre, contaba entonces Felipe IV con 60 años de edad pero aparentaba "no menos de ochenta". Su gobierno se cerraba con un buen número de crisis políticas y una esplendorosa era de literatos y pintores. |
La reina consorte Mariana quedó como regente y vigilante del heredero al trono, el príncipe Carlos, hasta que éste cumpliera los 14 años de edad. Aunque el poder real no recaía en una sola persona sino en un Gobierno de regencia que estaba constituido por el Presidente del Consejo de Castilla, el vicecanciller de Aragón, el Arzobispo de Toledo y el Inquisidor General entre otros...
Como explica John Lynch en su libro titulado "Los Austrias", de obligada lectura para entender ese periodo histórico: "En un principio la reina gobernó con la ayuda de sus consejeros oficiales, pero no tardó en buscar un apoyo más personal. Dado que era débil de carácter y escrupulosa de conciencia, era inevitable que buscara el consejo de su confesor, no solo sobre los asuntos de fe y de moral, sino también respecto a las cuestiones de gobierno. Su confesor era John Everard Nithard (o Neidhard), un jesuita austriaco que había acompañado a Mariana a España cuando contrajo matrimonio con Felipe IV". |
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Lynch continua diciendo: "Nithard era un buen teólogo, piadoso y ascético, pero no tenía experiencia en la política y no estaba capacitado para el cargo. Mariana confió en él y le promocionó. Así, pasó del confesionario al Consejo de Estado, al cargo de Inquisidor General, a la Junta de Gobierno y, finalmente, se convirtió en Primer Ministro. Al igual que los validos anteriores, Nithard era ante todo amigo y confidente de su patrono real y, luego, con el total apoyo de aquél, jefe del gobierno".
La decisión de la regente motivó el disgusto de don Juan José de Austria, llamado por sus coetáneos "el hijo de la tierra". Este personaje no era más que uno de los hijos bastardos de Felipe IV, hijo que había sido reconocido por el soberano por razones que los historiadores no han sido capaces de precisar exactamente. Sea por la razón que fuese, el hijo ilegitimo del rey y de una célebre actriz del momento llamada María Calderón, alias "la Calderona", creció como hijo de rey y así fue criado en una provincia adecuadamente alejada de la Corte. A los trece años se le nombró Gran Prior de la Orden de San Juan, pasando a residir en el Palacio Real, donde tomó plaza junto a los miembros del Consejo del Reino.
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Cuando Carlos II subió al trono su hermanastro contaba con treinta y cinco años y ni que decir tiene que las relaciones entre la regente y Juan José de Austria eran gélidas. Gelidez que se acentuó cuando "el hijo de la tierra", cansado de la incompetencia de Nithard amenazó directamente a Doña Mariana en estos términos: "Si el próximo lunes ese cura no ha salido de Palacio para siempre, entraré con mis hombres el martes y lo tiraremos por el balcón".
Como las amenazas de este personaje no podían tomarse a chanza la regente envió a su protegido inmediatamente a Roma, donde fue nombrado cardenal y pudo dedicarse el resto de sus días a escribir su autobiografía, una pequeña obra de tan solo veinticinco volúmenes.
Sin embargo, la regente no estaba dispuesta a perder tan fácilmente la partida y nombró a Juan José de Austria Gran Vicario del Reino de Aragón, con residencia obligada en la ciudad de Zaragoza. Esta maniobra alejaba al bastardo de la Corte y dejaba a Doña Mariana las manos libres para elegir un nuevo hombre que llevara las riendas del gobierno.
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La regente demostró de nuevo su incompetencia al elegir para el cargo a una especie de aventurero llamado Fernando Valenzuela, el único mérito de este personaje fue la construcción del puente de Toledo. Una obra que, por su pretendida grandiosidad, se convirtió en el ridículo europeo y en la mofa de todas las Cortes del viejo continente, de tal forma que el embajador de Francia se permitió aconsejar a los madrileños: "Una de dos: vendan ustedes el puente... o compren otro río".
Mientras tanto Carlos II seguía creciendo, su educación fue un auténtico desastre. La reina le rodeó de religiosos que lo único que le enseñaron fue la doctrina católica, según explica el historiador Juan Balanso: "El rey, mucho antes de saber leer y escribir, contestaba de corrido las preguntas que se le hacian sobre doctrina". El propio biógrafo del rey, el duque de Maura escribió: "Lo único robusto de Carlos II hasta el último instante de su vida fue su conciencia, y no habría podido serlo si hubiese tardado en distinguir el bien del mal, tanto como las vocales de las consonantes".
Juan Balanso nos continua diciendo: "La ignorancia del soberano se mantuvo siempre en un grado sublime. A la edad de treinta años creyó hacer una gran cosa porque deletreaba una hora de historia todos los días, pero cuando el duque de Medinaceli, su ministro, le hablaba de los interesas de la nación, se ponía a mirar su reloj a cada momento y esperaba con impaciencia la hora de entregarse al reposo. Dato curioso: sin saber leer ni escribir, Carlos aprendió a contar hasta cien. Al realizar tan alabada hazaña contaba "solamente" nueve años... La Corte asombrada, se hacia lenguas de su inteligencia".
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Juan José de Austria gozaba de cierta influencia en Aragón y especialmente en Cataluña por la defensa que había realizado de sus fueros. El 11 de enero de 1677 el "bastardo" entró en Castilla con un ejército de 15.000 hombres. Los pocos ministros y nobles que todavía permanecían junto al rey Carlos lo abandonaron inmediatamente, de manera que, como suele ocurrir frecuentemente en la historia de Madrid, las tropas entraron en la villa sin resistencia alguna. La primera medida que tomaron los insurgentes fue la destitución y el alejamiento de Valenzuela, al que también se le privaron de propiedades y títulos. Finalmente acabó en las Filipinas, allí permaneció en prisión durante diez años para pasar después a México, donde murió en 1692.
El historiador John Lynch nos explica: "Por su recurso a la violencia y al terror, la revuelta de don Juan José de Austria y de la nobleza fue un auténtico golpe de Estado. Era la primera vez que un rey español moderno veía cómo le imponían un gobierno. A don Juan José de Austria no hay que considerarle como un valido, ni tan siquiera como un primer ministro. No había llegado para aconsejar al rey sino para coaccionarle y ahora podía hacerlo porque contaba con el apoyo de la mayor parte de la aristocracia".
Carlos II se había ocupado ocasionalmente de los asuntos de Estados, en aquellos momentos en que su débil salud se lo había permitido, pero generalmente su anormalidad, tanto física como mental le obligaron a ceder plenamente el gobierno a otras manos. De esta manera, Juan José de Austria contaba también con un cierto beneplácito real.
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El primer problema que había que solucionar era el de la descendencia real. Juan Balanso escribe lo siguiente: "Ante todo, urgía asegurar la sucesión. Bien es cierto que, excepto los españoles, nadie en Europa creía que Carlos II fuese capaz de tal proeza, pero nada se perdía intentándolo. [...] Como a doña Mariana, la reina madre, desde su retiro forzoso clamaba por una novia alemana, don Juan José se decidió justamente por todo lo contrario; es decir, por una princesa francesa: María Luisa de Orleans. [...] María Luisa de Orleans era en 1679 la princesa más linda de Europa. Eso no quiere decir que fuera una gran belleza, sino que el resto de las candidatas eran terriblemente feas".
Cuando la princesa, de tan solo 17 años de edad, fue informada de su futuro enlace con Carlos II de España por puras razones de estado lloró, berreó y pataleó de tal forma que "los guardias del Palais-Royal creyeron que ocurría una gran desgracia". Y para no faltar a la verdad tenemos que apuntar que eso era exáctamente lo que había ocurrido, obligando a la muchacha a casarse con un monstruo. |
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Se preparaban los trámites del matrimonio cuando unas fiebres acabaron con la vida de Juan José de Austria (el 17 de septiembre de 1679). Sin embargo, eso no frenaría las ambiciones francesas para que la casa de Borbón dominara España.
Por su parte, Carlos II se sintió entusiasmado cuando le mostraron un retrato de su futura esposa. De la primera entrevista ya como pareja, pues se casaron por poderes en Fontaineblau, se conserva una referencia escrita: "Al filo de las once sube Carlos II la escalera de la humilde morada del más rico labrador de Quintanapalla; sale María Luisa a la puerta de la habitación donde ha dormido que da al rellano; quiere postrarse de rodillas no lo consiente el rey, sino que la toma galantemente de la mano y la conduce a la sala contigua, habilitada para capilla. Sentados ambos se miran sonrientes, sin posibilidad de entablar diálogo pues no conocen más que sus respectivas lenguas, cuando, aproximándose, se ofrece obsequioso el embajador francés a servir de intérprete. Durante algunos minutos traduce Villars a cada cual lo que dice el otro, añadiendo a lo que escucha perfiles brillantes de su propia invención. [...] Terminada la breve ceremonia de la misa de velaciones almuerzan solos Sus Majestades, regresan a Burgos, sin admitir a nadie en su coche, y se encierran prestamente en sus habitaciones. [...] Al día siguiente, domingo, los monarcas salen para oir misa en el monasterio de las Huelgas y, tras un ligero refrigerio, retornan a su alcoba..."
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Al menos en apariencia, lo que toda Europa consideraba un imposible, parecía estar ocurriendo. El pueblo español se sentía emocionado al pensar que el soberano podría tener descendencia.
Sin embargo el tiempo fue pasando y aunque el duque de Medinaceli, primer ministro del reino, ahorraba al soberano cualquier posible trabajo o preocupación posibilitándole a que se dedicara a sus deberes conyugales, la reina no se quedaba embarazada y el pueblo comenzó a murmurar. Como es de costumbre comenzó a circular entre las tabernas una cuarteta tan ingeniosa como cruel: |
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Parid, bella flor de lis, |
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que, en ocasión tan extraña, |
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si parís, parís a España; |
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si no parís, a París. |
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Esta es la época de los Primeros Ministro y no de validos. John Fynch lo explica de esta manera: "Paradójicamente para abdicar la responsabilidad en un valido el rey necesitaba una dosis de determinación para sostener a su favorito frente a la oposición. Los nuevos ministros alcanzaron el poder no por designación personal del monarca, sino a través de una intensa intriga política. Los candidatos que lo conseguían lo hacían en función de un compromiso entre las necesidades del gobierno y las exigencias de la aristocracia. Por consiguiente, combinaban algunas cualidades de hombres de Estado, exigencia mínima en un país que se hallaba en una situación de depresión, y la posición social, condición para que fueran aceptados por los nobles. No eran esclavos de su clase, pero tenían que actuar dentro de la estructura social existente y esto era inevitablemente un obstáculo para la reforma".
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Luis XIV de Francia, viendo la precaria situación de España, decidió atacar de nuevo los Países Bajos y Cataluña, si bien el conflicto fue de poca importancia la impopularidad de la reina (francesa de nacimiento) llegó a límites preocupantes, impopularidad que se veía acrecentada por su falta de sucesión. Una carta del diplomático francés Rébénac a Luis XIV nos resulta muy significativa: "La reina me dijo que ya no era realmente virgen pero que, por lo que se imaginaba, creía que nunca tendría hijos [...] había un defecto atribuido a demasiada vivacidad por parte del rey que impedía que la cópula fuera perfecta".
Sin embargo un suceso inesperado agravó más aún la deteriorada situación hereditaria española. El 12 de febrero de 1689, tras diez años de residencia en España, la reina María Luisa murió de una forma inesperada e incluso misteriosa. Muchos atribuyeron las causas a razones gástricas debido a una serie de "pócimas" que la soberana tomaba para tratar de quedarse embarazada (sus ansias por dar un heredero al rey acabaron convirtiéndose en una obsesión para la monarca), otros muchos, y de manera más discreta, apuntaron la idea del envenenamiento.
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Como el problema de la sucesión al trono no se había solucionado, una comisión de Grandes de España se presentó al rey rogándole que eligiera sin tardanza entre las dos candidatas propuestas: María Ana de Neoburgo, princesa de Prusia y María Ana de Médicis. El monarca se decidió por la alemana pues venía de una familia famosa por su facilidad para conseguir descendencia.
La nueva reina entró en la península por La Coruña el 6 de abril de 1690. y se encontró con Carlos II el 4 de mayo en Valladolid. El historiador Carlos de Bocanegra escribe: "El encuentro fue un auténtico fiasco porque la imagen de María Ana de Neoburgo tenía poco que ver con el grabado que habían enseñado al rey pero, como estaban en pleno diluvio, la pareja se retiró rápidamente a sus habitaciones ya que no podían hacer muchas cosas más". Observamos, y que nadie considere esta consideración como una crítica a nuestro colega, que Carlos de Bocanegra no precisa la reacción que tuvo la alemana al conocer al rey... Hubiera sido curioso...
Carlos II nunca olvidó a su primera reina, casi podríamos asegurar que la amó. No ocurrió lo mismo con María Ana de Neoburgo, una mujer orgullosa y vanidosa que pretendía colocar a su familia en las altas instituciones de Castilla. Tampoco la reina madre congenió con ella, desde el primer momento la aborreció, hasta el día de su muerte, el 16 de mayo de 1696.
Como explica Juan Balanso: "La muerte de su madre cambió fundamentalmente la vida de Carlos. Ahora se encuentra dominado completamente por una mujer, su esposa, que le llevará por donde quiera. Casi todas las figuras históricas tienen detractores y defensores. María Ana de Neoburgo constituye una excepción: solo tiene detractores [...] a los treinta años Carlos II era un ser enclenque, agobiado hasta el máximo por sus taras morales y fisiológicas; con el tiempo, su enfermedad se desarrolló aún más, confiriéndole un aspecto monstruoso".
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Estaba claro que, aunque la reina fingiera diversos embarazos (llegaron hasta doce), tanto el pueblo como hasta el mismo rey comenzaron a sospechar que Carlos II no tendría descendencia propia -circunstancia que motivó al propio soberano a pensar, hasta el final de sus días, que estaba hechizado-. Se iniciaron entonces las intrigas palaciegas para determinar quien podría ser el sucesor de una monarquía que agonizaba.
Tres opciones se disputaban el trono de España, la que había apoyado la madre del rey y que pretendía que el sucesor fuera su bisnieto, el príncipe de Baviera. El llamado partido francés, favorable al duque de Anjou y el del partido alemán, propugnado por la esposa del rey.
Mientras tanto comenzaba en el Palacio Real una de las farsas más abominables de la historia de España. Leemos en palabras del historiador Juan Balanso: "El Palacio se llenó de frailes exorcistas y de curanderos maravillosos que remediaran la enfermedad del rey."
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Se hizo traer de Alemania a un capuchino especialista en maleficios. Un cronista de la época refiere uno de los "tratamientos" de esta manera: "En un lugar elegido para la impresionante ceremonia se colocaba un altar, frente a éste en un sillón era sentado el atemorizado Carlos II con un "dignum crucis" en la mano para que sirviese de defensa. Oficiaba el capuchino Tenda, que con espantosa voz y expresión de energúmeno profería conjuros e imprecaciones mientas agitaba sus manos, en las que sostenía el crucifijo y el hisopo. Viéndole en tal estado de furia podía pensarse que era él y no el rey el endemoniado".
Juan Balanso escribe al respecto: "De tales escenas salía el pobre soberano cada vez más triste, mas desanimado, más derrotado fisicamente. Ya apenas le sobresaltaban los gritos que lanzaba alrededor de Palacio la multitud hambrienta pidiendo pan y justicia."
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La situación de profunda crisis reinante en el Estado español puede contemplarse leyendo las palabras con que el embajador inglés informaba a su país: "Madrid es la ciudad más angustiada del mundo; la escasez de alimentos es tal que no pude ayer encontrar, ni aún pagando en oro, una libra de carne para mi comida. Desde hace tres meses no pruebo la mantequilla...", por su parte el embajador francés escribía a su país lo siguiente: "Examinando de cerca el gobierno de esta nación se hallaría que su desorden es excesivo, pero que el estado actual de las cosas no se puede cambiar, sin exponerse a inconvenientes más terribles que el propio mal..."
Uno de los mayores problemas con los que se encontraba esa España agonizante era el imperialismo francés. Cualquier vecino de Francia corría el riesgo de ser agredido, pero las tierras de Carlos II eran especialmente vulnerables por la situación de crisis interior. La aristocracia ya no desempeñaba una función militar y las defensas materiales eran casi inexistentes. Cuando en julio de 1691 se publicó un decreto ordenando un reclutamiento general, se contempló que el país no tenía ni tropas ni barcos suficientes para defenderse.
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En 1699 el rey era tan solo un despojo. La reina escribió a su familia: "Temo mucho el otoño. El aspecto del rey es cada vez más lamentable. Vive por un verdadero milagro, pero va perdiendo día a día salud y energías. Lo demuestran muchos síntomas como son: los ojos lacrimosos, el flujo de la nariz, la hinchazón de la lengua que le impide hablar claro, el color cadavérico de la cara, la pereza para andar y la destilación del pecho..."
En un momento de locura el rey marchó al Escorial y ordenó abrir las tumbas de sus antepasados, como si quisiera ver de cara a la muerte, una muerte que no tardaría en visitarle.
El 3 de octubre de 1700 presionado y coaccionado por su confesor y por el cardenal Portocarrero, nombró su sucesor en la figura de Felipe de Borbón, duque de Anjou, nieto de María Teresa, hija de Felipe IV y reina de Francia, una hermanastra que nunca conoció... el último clavo que le faltaba al ataud de España...
Juan Balanso describe así el momento de la muerte del soberano: "La agonia fue terrible. El desdichado creía ver salir brujas de debajo del lecho, que no eran sino perrillos falderos y piensa que le secaban el sudor manos de demonios que no eran sino religiosos y cortesanos..."
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El día 1 de noviembre de 1700, entre las dos y tres de la tarde el soberano sufrió una fuerte fiebre que acabó con su vida. La reina le sobreviviría cuarenta años confinada en Bayona por orden de Felipe V. Solamente en 1738, ya enferma, se le concedería el derecho de poder regresar a España e instalarse en un palacio en Guadalajara, donde moriría dos años después.
Con este triste capítulo se cerró la presencia de la Casa de Austria en España, la llegada de Felipe de Anjou provocó de inmediato una guerra civil entre los partidarios del Borbón y los que pensaban que el archiduque Carlos, legítimo heredero de la Corona, era el que debía gobernar. Fue la llamada Guerra de Sucesión... pero esa, esa es otra historia...
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