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Universidad de Barcelona de Geografía e Historia |
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EL PROBLEMA DE LA
SUCESIÓN EN LA CORONA
DE ESPAÑA (de los Asustrias
a los Borbones) 2 |
Sin embargo, el bando francés acabó por salir triunfante. Portocarrero era su abanderado más fogoso: como arzobispo de Toledo, apadrinaba al candidato más libre de reproche de tratar con herejes; como cortesano, odiaba a la esposa alemana de Carlos II y a sus colaboradores. Tuvo el cardenal la hábil idea de que el rey pidiera un dictamen al Papa sobre quién había de ser su heredero, y si lo hizo así fue porque sabía lo que le contestarían desde Roma. El secretario Antonio de Ubilla cuidó de expedir la consulta con las mayores garantías de reserva. La respuesta papal fue la defensa más rotunda, absoluta y entusiasma de la candidatura de Felipe V.
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Nada faltaba, pues, para obtener que Carlos II se olvidase de su originaria propensión a favorecer al archiduque y firmase, el día 3 de octubre de 1700, el testamento que le redactó Ubilla, con su grupo francófilo. Su principal clausula decía: "Declaro de ser mi sucesor (en caso de que Dios me lleve sin dejar hijos) al duque de Anjou, hijo segundo del Delfín, y como tal le llamo a la sucesión de todos mis reinos y dominios, sin excepción de ninguna parte de ellos; y mando y ordeno a todos mis súbditos y vasallos de todos mis reinos y señoríos que en el caso referido de que Dios me lleve sin sucesión legítima le tengan y le reconozcan por su rey y señor natural, y se le dé luego y sin la menor dilación la posesión actual, procediendo el juramento que debe hacer de observar las leyes, fueros y costumbres de dichos mis reinos y señoríoa. Y, porque es mi intención, y conviene así a la paz de la Cristiandad y de la Europa toda y a la tranquilidad de estos mis reinos que se mantenga siempre desunida esta Monarquía de la corona de Francia, declaro, consiguientemente a lo referido, que en caso de morir dicho duque de Anjou, o en caso de heredar la corona de Francia y preferir el goce de ella al de esta Monarquía, en tal caso deba pasar dicha sucesión al duque de Berry, su hermano, hijo tercero de dicho Delfín, en la misma forma..."
El día 21 disponía el rey por codicilo (Codicilo: Antiguamente, y hoy en Cataluña, toda disposición de última voluntad que no contiene la institución del heredero y que puede otorgarse en ausencia de testamento o como complemento de él. N.A.) que si su esposa quisiera después de su desfallecimiento retirarse de la Corte y vivir en una ciudad de España o en cualquiera de los Estados de Italia o Flandes, se le diera el completo gobierno del lugar con sus ministros.
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El 26 de octubre agravóse el estado del rey y el 29 otorgó un decreto concediendo facultades al cardenal Portocarrero para ejercer el gobierno en su nombre, y se firmaron también los nombramientos de la junta que había de gobernar hasta la llegada del sucesor, componiéndola la reina, con voto de calidad; el cardenal de Portocarrero: el duque de Montalto, como presidente del Consejo de Aragón; don Manuel Arias, como gobernador del de Castilla; don Baltasar de Mendoza, como inquisidor general; el conde de Frigiliana, como consejero de Estado, y el de Benavente, como grande de España. A las tres menos once minutos de la tarde del día 1 de noviembre de 1700 moría el rey: "La opinión general es que ha muerto por obra de los hechizos, cosa que concuerda con lo que el demonio ha declarado en Viena y Madrid", escribía Harrach con toda seriedad, como si en Madrid hicieran falta otros demonios que los mismos políticos.
Tras una agonía en que repetía: "Ya nada somos, señora; ya nada somos", murió el rey, cinco días antes de cumplir treinta y nueve años. Los cortesanos no conocían el contenido de su testamento, y los salones próximos a la alcoba mortuoria estaban atestados de una multitud impaciente. Al cabo de horas de tensa espera, se abrieron las puertas de la antecámara; enmudecieron todos; prodújose el mayor silencio y aparecieron los miembros de la junta de gobierno, presididos por Portocarrero, con los presidentes de los Consejos de Castilla, Aragón e Indias, los consejeros de Estado, el inquisidor general y los dignatarios, que procuraban aparentar dolor por la desgracia. "Su majestad ha muerto", proclamó alguien, y por un instante se palpó casi el espeso silencio de la espera de que más se iba a saber a continuación.
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El anciano duque de Abrantes, que precedía al consejo, se adelantó con las manos extendidas y dando muestras de la mayor alegría hacia el embajador austriaco, conde de Harrach, que aguardaba en primer término:
-¡Tengo el mayor placer mi buen amigo!... -principió a decir el duque-. ¡Tengo la satisfacción más verdadera de mi vida en... de despedirme para siempre de la ilustre Casa de Austria!
Mientras el humillado y necio Harrach se apresuró a irse para ocultar su despecho, comenzaron todos a acercarse al victorioso Blécourt, con objeto de presentarle las felicitaciones viles en que son maestros los cortesanos.
Pongamos atención en que, como ha analizado en su libro sobre las Cortes, en 1990, Juan Luis Castellano, éstas no fueron consultadas en absoluto por Carlos II a propósito de su sucesión, probablemente por las presiones de la reina y del sector más integrista que temían perder el manejo del problema.
Luis XIV quedó atónito y sobrecogido -ya es notable- al conocer el testamento del rey de España, dícese que mientras se hallaba sentado sobre su orinal.
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La adjudicación universal y exclusiva de dicha corona al príncipe francés rebasaba grandiosamente las esperanzas concebidas en los años anteriores, atribuía al trono francés un patrimonio político y económico descomunal y, como era de temer, le atraería la cólera rencorosa de las potencias antaño acordes con Francia en repartirse la monarquía española, las cuales no podían tolerar en su mesa de juego fraudulento que uno de los jugadores se alzase con todo el dinero y hasta con la mesa. Más ¿no había que tomar por irresponsables tanto el acento globalizador y unificador del testamento de Carlos II como el dictamen categórico y tajante del Papa? Si diez años antes el bando francés hubiera previsto contar con dos bazas tan formidables, no hubiera de seguro entrado en convenios de reparto de España.
No se podía dudar de que sobrevendría una guerra amplia y cruenta, que sorprendería a Francia, cansada y empobrecida por las recientes; pero ¿cabía evitarla? Luis XIV, tan inclinado a tomar decisiones pronto y a solas, meditó largamente, consultó a su familia y consejo varias veces durante algunos días y no se precipitó a aceptar el legado español hasta que sucedieron dos cosas poco esperadas. Fue la primera, en una reunión del consejo, que el Delfín, mirado por todos como un bobo de poco peso, tomó la palabra en defensa de los derechos de su hijo con tanto calor, elocuencia y brio, casi dando puñetazos en la mesa y ofreciendo su propia vida para la guerra, que desde Luis XIV hasta el oyente más modesto quedaron todos suspensos y absortos, sin saber que replicarle, y su tesis salió vencedora.
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El segundo evento fue que constara en Versalles de modo muy vivo y convincente que en Madrid había un vasto partido que estaba esperando con impaciencia adhesión la llegada como rey del duque de Anjou. Numerosos mensajes significados y viajeros españoles de calidad acudían a Francia a atestiguarlo. No se podía pasar por alto sus manifestaciones. Sin embargo, en la corte francesa no se divulgó la inclinación del rey a aceptar toda la herencia española, y continuó allí varios días la duda desazonada sobre cuál sería la resolución final. |
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