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  Universidad de Barcelona de Geografía e Historia  

 

 
 

 

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EL PROBLEMA DE LA
 SUCESIÓN EN LA CORONA
DE ESPAÑA (de los Austrias
a los Borbones)
  Para Anna  

Pedro Voltes se graduó en cinco Facultades hispanas. En 1948 entró en el claustro de la Universidad de Barcelona, y desde 1967 se convirtió en catedrático de Historia Económica en la misma. En 1952 ganó el Premio Aedos de Biografía con la que dedicó al archiduque Carlos de Austria, y que se publicó con el prólogo de Jaime Vicens Vives, de quien fue ayudante varios años.

En el capítulo de hoy hemos transcrito el capítulo segundo del libro "Felipe V" de Voltes. La amplitud de formación y la capacidad de transmitir del autor es bien palpable desde el primer momento. Consideramos este texto muy interesante para estudiosos o para todos aquellos que quieran acercarse a este periodo histórico.

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"El problema de la sucesión del rey Carlos II de España comenzó a cobrar forma y urgencia cuando se hizo cada vez más probable que el último soberano de nuestra Casa de Austria moriría sin hujos. En 1689 publicó el rey, viudo de su primera esposa, su compromiso matrimonial con la princesa María Ana de Neuburg, o Neoburgo, cuñada del emperador Leopoldo de Austria, el cual había sido, a su vez, cuñado del rey Carlos II y yerno de Felipe IV, en dos bodas anteriores de las tres que contrajo. Los pintores han sabido recoger la figura alta, el busto lleno, la rubia cabeza de la reina, que tiene la esbeltez de una yegua de gran raza.

El casamiento había sido apoyado por el emperador y, en Madrid, por la reina madre, Mariana de Austria. Pronto reprocharon en España a la nueva reina su nerviosismo, su energía acaso altanera, su gritona violencia de carácter y sus altibajps de humor. Tampoco tardaron en darse cuenta de que padecía ataques epilépticos, cosa que sus valedores se habían callado muy bien antes de la boda. Entre éstos y los accesos de cólera que le provocaba cualquier contradicción, lanzando vajillas por los aires y soltando tacos en alemán -y pronto en castellano-, dio tema abundante de conversación a los desocupados de Madrid.

 

 

Porque, además, la primera desocupada de España era la reina. Por la capital corría un epigrama que decía: 'Tres vírgenes hay en Madrid: la librería del cardenal, la espada del duque de Medina Sidonia... y la reina nuestra señora', aludiendo a la ignorancia pomposa de Portocarrero, arzobispo de Toledo, y a la vana fanfarronería del magnate andaluz..., además, claro está, de las escasas huellas que dejaban en doña María Ana las largas y frías noches compartidas con el rey.

Por lo demás, la reina nunca dejó de manifestar el mayor respeto a su pobre marido, y no era para menos, porque la figura de Carlos II inspiraba compasión, tristeza, incluso protesta, pero nunca burla (basta para tener una idea observar la foto de la izquierda, donde puede verse al soberano. N.A.). No es del caso resañar ahora los ardides y embelecos con que la reina, asesorada por sus consejeros, pasó unos años fingiendo embarazos y abortos, con los cuales su esposo se fue alegrando y entristeciendo, el pueblo se distrajo de pensar en cuitas más inmediatas y las naciones extranjeras quedaron expectantes y entretenidas por sus permanentes desavenencias ante dicho asunto.

No debe entenderse que las potencias europeas codiciaban poner mano en el patrimonio español por pura avidez de poseerlo. En realidad, ninguna de ellas podía admitir que otra heredase a solas las grandes posesiones españolas y reconstruyese con éstas y con las suyas propias un conglomerado colosal del estilo del imperio de Carlos V. Por otra parte, como luego volveremos a decir, la ciente industria de la Europa occidental necesitaba introducir sus manufacturas en la América española, para lo cual le era preciso trastocar el gobierno de Madrid y alterar el sistema de mercado reservado que éste había impuesto en ella.

Tanto en lo político-estratégico como en lo económico, aquellas potencias tenían, pues, interés altísimo en los acontecimientos de España, y no regateaban, para encauzarlos, gastos de sobornos, espías y agentes, además de tener en Madrid activas embajadas puestas a toda presión. Crecían éstas cada día en apremios para que el rey designase heredero, a medida que corrían las semanas y los meses sin que se vislumbrase una sucesión filial. Pasaba Carlos II los días o en cama, o yendo al consejo sin enterarse de nada y reuniéndose luego a matar el rato con sus enanos y bufones, todos pagados para dejar caer alguna idea intencionada entre bromas y veras, como vendidos estaban también los cortesanos y servidores.

   

Los aspirantes a la corona de España eran en estas postrimerías del reinado, Luis XIV, quien como esposo de la infanta María Teresa, hermana del rey de España, pretendía revalidar los derechos sucesorios de ésta y sus hijos; el emperador Leopoldo de Austria, nieto de Felipe III, y el príncipe José Leopoldo de Baviera, nieto de la infanta Margarita, hija de Felipe IV, sostenido por la reina Mariana de Austria.

Llegó a formalizarse en el exterior el reparto de los territorios españoles mediante el Tratado de la Haya de 1698, cuya eficacia se frustró por la muerte al año siguiente del príncipe de Baviera, a quien se había adjudicado España y las Indias. Hubo otro tratado de reparto en Londres (1700), donde se modificó el anterior, favoreciéndo al archiduque Carlos. En los círculos de Madrid que conservaban algún vestigio de dignidad, la noticia de estos tratados causó profunda repulsa y cólera, de las cuales participó el propio monarca, cuya precaria condición física no redundó nunca en actos impropios de su jerarquía.

En la superficie de este conflicto se registró además en estos años el truculento drama de los "hechizos" de Carlos II, el cual padecía sobrados desórdenes nerviosos desde la infancia sin intervención de brujería alguna. Los diversos intereses concitados por la herencia regia cristalizaron en dos grandes bloques: el austrófilo, capitaneado por la reina María Ana y la reina madre, el embajador austríaco, conde de Harrach, el conde Oropesa, el almirante de Castilla y otros nobles insignes, como en seguida detallaremos; y el francófilo, en el que militaban el cardenal Portocarrero, el inquisidor general, Rocaberti, y el embajador francés, duque de Harcourt. Los dos partidos entraron en el complot de los hechizos, manejado por el confesor del rey, padre Froilán Díaz, de suerte que los espectaculares exorcismos a que fue sometido el rey fueron alternándose, ora para favorecer los intereses del candidato francés, ora en beneficio del pretendiente austriaco.

El resultado fue aturdir y quebrantar al desdichado monarca y a todos los que estaban cerca de él, como ha referido Maura Gamazo con suprema autoridad, continuando trabajos valiosos de Cánovas del Castillo. Recojamos un resumen del relato pintoresco de éste último: "Se recibió en Madrid una información del obispo de Viena, donde se contenían graves noticias puestas por el demonio en boca de unos energúmenos a quienes él y su clero estaban exorcizando en aquella ciudad. Se deducía que el rey había sido hechizado por una mujer, de nombre Isabel, que vivvía en Madrid, en la calle de Silva.

 

Dio el embajador imperial la información al rey; pasó luego al Tribunal y se hicieron inútiles pesquisas. Parecía ya indispensable exorcizar al rey; se llamó para ello al mejor exorcista del Imperio, por nombre fray Mauro de Tenda, capuchino dotado de gran voz, con la cual atormentaba día y noche al pobre rey, llamando a voces a los demonios que se albergaban en su cuerpo.

Empeoró mucho Carlos II con el sobresalto, y como estaba en poder de diablos y exorcistas propenso a lo austríaco, era de temer que hiciesen pasar la corona al archiduque. Entonces un nuevo demonio, más audaz, y de inclinación francesa, se apoderó de una mujer y la condujo hasta el palacio, donde entró desgreñada y furiosa sin que nadie pudiese contenerla. Llegada a la alcoba del rey, éste no halló otro remedio para librarse de ella que poner por delante un relicario. Interrogóse a este nuevo demonio y acusó claramente de autores del hechizo a la reina y al almirante. Encolerizóse doña María Ana y no prosperó la intriga".

   
 
 
     
                         
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