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La Muerte de Marx
     

Hemos seleccionado esta carta de Friedrich Engels a su amigo Sorge, datada el 15 de marzo de 1883 (a las 11.45 de la noche), para dar a conocer la muerte del filósofo alemán, Karl Marx.

Karl Marx (1818-1883), nacido en Tréveris fue el creador junto con Friedrich Engels del socialismo científico (comunismo moderno) y uno de los pensadores más influyentes de la historia contemporánea.

Sus doctrinas, comentadas por la mayoría de los socialistas después de su muerte, fueron retomadas por Lenin en el siglo XX, y el desarrollo y aplicación que el político ruso hizo de ellas fue el núcleo de la teoría y la praxis del bolchevismo y de la III Internacional.

     
     
     
 

Londres 15 de Marzo de 1883

 

 
 

Mi querido Sorge:

Tu telegrama me ha llegado esta noche. Gracias de todo corazón.

Me ha sido imposible tenerte regularmente al corriente sobre la salud de Marx a causa de las fluctuaciones continuas de su estado. He aquí brevemente lo esencial.

Poco antes de la muerte de su mujer, Marx había contaído una pleuresía, en octubre de 1881. Restablecido, se fue a Argelia, en febreo de 1882, pero viajó durante un tiempo húmedo y frío y llegó con una nueva pleuresía. En Argelia el tiempo fue abominable. Cuando Marx mejoró se le envió a Montecarlo, al iniciarse los grandes calores del verano, donde llegó atacado de nuevo de una ligera pleuresía. El tiempo fue también muy malo. En fin, luego que se restableció, partió para Argenteuil, cerca de París, a casa de su hija, la señora Longuet. Allí trató su bronquitis crónica con las aguas sulfurosas de Enghien. Aunque el tiempo fue detestable, la cura dio muy buenos resultados. Marx fue después por seis semanas a Vevey, de donde regresó a ésta en septiembre, casi en buen estado de salud, según parecía.

Se le había permitido pasar el invierno en la costa meridional de Inglaterra. Además, le repugnaba esta vida nómada inactiva, de tal modo que una nueva temporada en el sur de Europa le habría sido probablemente tan nociva desde el punto de vista moral como provechosa desde el punto de vista físico. Cuando la niebla hizo su aparición en Londres, se le envió a la isla de Wight.

Pero allí llovió continuamente. Hacia el año nuevo Schorlemmer y yo nos preparábamos a hacerle una visita, cuando nos llegaron noticias que hacían necesario inmediatamente el viaje de Tussy. Luego vino la muerte de Jenny, y Marx regresó con una nueva bronquitis. Después de todo lo que había sufrido y en vista de su edad, esta bronquitis era peligrosa. Sobrevinieron una multitud de complicaciones, particularmente un absceso pulmonar y una rápida disminución de sus fuerzas. A pesar de todo, la enfermedad parecía tomar un curso favorable y, el viernes último, el principal médico que le trataba (uno de los mejores de Londres, entre los jóvenes), que le había sido recomendado por Ray Lankaster, nos hacía concebir las más grandes esperanzas. Pero basta haber examinado al microscopio el tejido pulmonar, una vez en la vida, para saber cuán grande es el peligro, cuando la pared de una arteria se horada súbitamente, en una supuración pulmonar. Por esta razón, desde hace seis semanas me corría un sudor frío, cada mañana, al volver la esquina de la calle, pensando en que las cortinas podían estar corridas. Ayer, después del almuerzo, a las 2 y media -era el mejor momento del día para las visitas- llego y encuentro toda la casa en lágrimas: parecía que éste era el fin. Me informo. Trato de saber exactamente por qué se alarman y consuelo a las gentes. Marx había tenido una ligera hemoptisis, seguida de una asfixia súbita. Nuestra buena y vieja Lenchen, que le había cuidado como ninguna madre cuida a su hijo, sube y regresa diciendo que estaba como amodorrado. Me ruega que la siga. Cuando entramos, Marx estaba acostado, dormido, pero para no despertar nunca. No respiraba ya y su pulso había cesado de latir. Durante estos dos minutos se había apagado dulcemente y sin dolor.

Todos los acontecimientos, aún los más horribles, que se cumplen en virtud de las leyes de la naturaleza, llevan en sí mismos su consolación. Así en el caso presente. Puede ser que la medicina le hubiera podido asegurar aún dos o tres años de vida vegetativa, de la vida impotente del ser que, en lugar de desaparecer súbitamente, se muere lentamente para la mejor gloria de los doctores. Pero Marx no hubiera aceptado una vida así. Vivir con tantos trabajos inacabados delante y soportar el suplicio de Tántalo pensando en la imposibilidad de llevarlos a cabo, hubiera sido para él mil veces más penoso que la muerte dulce y rápida que lo ha sorprendido. "La muerte no es una desgracia para el que muere, sino para el que sobrevive", tenía costumbre de repetir con Epicuro. Y ver a este hombre potente, genial, no ser más que una ruina y arrastrar su existencia para la gloria de la medicina y para el gozo sarcástico de los filisteos a quienes había fustigado sin piedad en la plenitud de sus fuerzas, hubiera sido un espectáculo espantoso. Vale más que sea así, que haya desaparecido y que pasado mañana lo depositemos junto a la tumba donde duerme su mujer.

En mi opinión, después de todo lo que él ha sufrido y que los médicos no conocen tan bien como yo, no había otro desenlace posible.

¡Así sea! La humanidad ha disminuido en una cabeza. En la cabeza más genial que tenía actualmente.

El movimiento del proletariado seguirá su camino, pero ya no estará el jefe al que recurrían, en las horas críticas, los franceses, los rusos, los americanos, los alemanes, para obtener cada vez consejo más claro y seguro, que solo podían dar el genio y el conocimiento perfecto de las cosas.

Las celebridades de campanario, los pequeños talentos, si no los charlatanes, tienen el campo libre. La victoria definitiva es indudable, pero los zig-zags, las inevitables desviaciones temporales y locales, aumentarán considerablemente.

¡Vamos! Hay que apretar los dientes; no estamos aquí para esto. Y con todo, no será esto lo que nos haga perder el valor.

Tuyo

Friedrich Engels.

 
     

 

   
  Karl Marx (a la derecha) junto a sus tres hijas y su colaborador y amigo Friedrich Engels