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  Universidad de Barcelona de Geografía e Historia  

 

 
 

 

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EL ASCENSO DE
CATALUÑA 3
     
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Las causas de aquellas entradas de oro son difíciles de determinar exactamente. No es imposible que puedan explicarse parcialmente por un excedente de la balanza comercial catalana con la España musulmana, pero se trata de una hipótesis gratuita, pues no hay textos que nos den indicación alguna de eventuales exportaciones. Se puede asegurar, por el contrario, que en gran parte resultan de la repatriación de los sueldos pagados a los guerreros catalanes que habían servido en los ejércitos de al-Andalus. La práctica de aquel mercenariado, altamente remunerador, comienza inmediatamente después de la toma de Barcelona por Almanzor, en el año 985. No hay duda de que muchos cautivos llevados a Córdoba decidieron alistarse en la milicia cristiana (el'ghilman') que constituía el cuerpo de élite de su vencedor. Es muy posible que hubiesen participado, junto a compañeros de armas navarros, vascos, leoneses y castellanos, en la gran campaña de 997 que debía coronarse con la toma de Santiago de Compostela por el propio Almanzor. Sea como fuere, la actividad era rentable y pronto los combatientes catalanes se reclutaron por ejércitos enteros: en 1.010, los condes Borrell, de Barcelona, y Ermengol, de Urgell, acompañados por sus obispos, barones y todas sus huestes (9.000 hombres según fuentes árabes), entran al servicio de un pretendiente al califato, Muhammad al-Mahdi, y, victoriosos, penetran en Córdoba y lo instalan en el trono. Por su intervención reciben, al menos, 100.000 dinares. Más adelante, a partir de 1.045, el incremento constante de la fuerza militar catalana permite otro tipo de operaciones: los condes de Barcelona y Urgell son capaces, tanto si usan la intimidación como si prometen su apoyo -normalmente, solo con garantizar la paz- de imponer tributos a los emiratos musulmanes vecinos (de Tortosa, Lleida o Zaragoza); a partir de entonces, el oro de esos tributos ('parias') alimenta con regularidad y abundancia la ceca de Barcelona.

 

 

 
  Viñeta del libro 'Nosotros los Catalanes' de F. Pérez Navarro y Jan.  

Lo anteriormente expuesto viene a demostrar que se produce un cambio en las relaciones de fuerza -que se podría datar aproximadamente en el año 1.000- entre la cristiandad y el Islam. Fenómeno de un alcance muy notable en la historia de la península y al que Cataluña contribuyó poderosamente. Pues, si los guerreros catalanes fueron tan cotizados como mercenarios y, más adelante, pudieron imponer su ley a los vecinos islámicos, ello se debió, probablemente, a que poseían una técnica de combate más avanzada y, sobre todo, a que iban mejor armados. Lo indudable es que la metalurgia catalana se había convertido, a partir de los últimos años del siglo X o los primeros del XI, en una gran productora de armas de alta calidad. Espadas, lanzas, cotas de malla, yelmos, se van citando en gran número en los legados testamentarios y son profusamente reproducidos en las miniaturas de los manuscritos de la época. En última instancia, el flujo de oro musulmán que convierte a la Cataluña del siglo XI en el Eldorado de Europa, no constituye otra cosa, indirectamente, que el salario de los herreros catalanes y el reconocimiento a sus capacidades técnicas.

En un plano más general, el rápido enriquecimiento que puede constatarse en esa época, en realidad no es más que el resultado del pertinaz esfuerzo que el pueblo catalán, en particular que sus estratos más humildes, mantuvo desde los tiempos de Carlomagno para salir de la miseria y la desgracia. Como a menudo sucede en casos semejantes, los progresos, imperceptibles al principio, se van acelerando y, por efecto de acumulación, acaban por engendrar una economía nueva, caracterizada por un nivel de producción más elevado, ampliamente proyectada hacia el exterior. Nueva economía, fuente en sí misma de hegemonía militar.

   
  Estatuilla de Carlomagno a caballo.  

Otra de las grandes consecuencias de las transformaciones que hemos visto reside en el desplazamiento del centro de gravedad de Cataluña. Éste, en los siglos IX y X, se situaba en la montaña, en la Cerdanya o el alto valle del Segre. A partir del año 1.000, las llanuras toman el relevo, como la del Vallès, por ejemplo, con su opulento monasterio de San Cugat, o la del Penedès, lugar de intercambios con el mundo islámico. Pero, y eso es lo más importante, Barcelona toma, de ahí en adelante y definitivamente, el rango de capital.

La vida social de los siglos IX y X fue inusitadamente tranquila. Nobles poco numerosos y respetuosos con la ley, campesinos pobres, pero libres en su gran mayoría. Entre unos y otros, pocos antagonismos, prácticamente ninguno. Por otra parte, ¿cuál hubiese sido el motivo del conflicto? En el siglo XI, la pujanza económica crea desequilibrios, aviva las desigualdades y provoca agudas tensiones.

La aristocracia se enriquece, ilimitadamente. Su nivel de vida se eleva, aprende el lujo, descubre gustos cada vez más caros. Gasta su nueva fortuna en compras de mercancías de precio muy alto, importadas del mundo musulmán o de más lejos todavía. Sedas, brocados, tapices, alfombras, joyas, adornos de todo tipo aparecen a partir de entonces en los testamentos, bajo nombres árabes sumariamente catalanizados: 'alifafas' (mantas de seda), 'almuzalias' (alfombras), 'bambeds' (vestidos o túnicas de seda), 'berreganos' (telas, tejidos de pelo de camello), 'bocherens' (trajes de seda de Bukhara), etc. Hacia fines de siglo, la riqueza en bienes muebles e inmuebles de algunos grandes barones es realmente fastuosa; tal es el caso de Arnal Mir de Tost, vizconde de Ager, y de su esposa Arsendis, cuyos testamentos, así como el inventario de sus bienes, nos han llegado hasta hoy (1.068-1.071). Los esposos, que poseen al menos 33 castillos, gozan de un guardarropa de ensueño: capas, mantones, túnicas de brocados y seda por decenas, abrigos y pellizas de armiño, de ardilla, de marta cibelina, camisas "de tipo andaluz" o "de tipo de Chipre", sombreros de fieltro, de martas o de ginetas, guantes de Lucques o del Puy. Los adornos no desmerecen en nada: diademas, collares, brazaletes, anillos, pendientes, todo ello de oro con piedras preciosas. Tampoco faltan los objetos de tocador: peines de marfil, espejos de la India. Los suelos están cubiertos de alfombras de Córdoba y de Castilla; los sillones, hechos con maderas de ultramar, están cubiertas con tapicerías de seda y bricado, cuando no telas traídas de Frisia y Alemania. Las camas permiten todas las voluptuosidades: colchones forrados de seda, mantas de lobo cerval, sábanas y fundas de almohada de seda de Bukhara. La vajilla (platos, griales, fuentes, copas) es de oro y plata, así como los cubiertos (cucharones y cucharas); los manteles y servilleteros provienen de Castilla o Andalucía. Citemos también (aunque la lista no es exhaustiva) los juegos y entretenimientos: un juego de tablas de plata, dos juegos de ajedrez, uno de cristal y otro de marfil...

   
  Monasterio de Sant Cugat (Barcelona).  

Una fortuna de este tipo no se acumula por milagro, aunque bien es cierto que una parte de la descrita proviene de las 'razzias' en tierra musulmana. Esto es cierto para Arnal Mir de Tost, pero este caso no es frecuente. Los condes de Barcelona mantienen una política pacífica con sus vecinos musulmanes; perciben tributos de ellos y en contrapartidas les garantizan la tranquilidad en las fronteras, y prohíben a la aristocracia que los agredan. Por ello, la violencia de los nobles, que no puede proyectarse en los campos de batalla del exterior, se expresa en el propio país, ya que no se puede saquear al sarraceno, se saquea al cristiano. Y, ¿a cuál? En principio, al vecino más cercano. Guerras privadas, inexpiables, entre linajes aristocráticos, de castillo a castillo. Luego, buscando los bienes del clero. La lista de posesiones catedralicias y monásticas asoladas, absolutamente saquedas por los barones y sus tropas, sería inacabable. Escuchemos como ejemplo las quejas del abad de Banyoles, cerca de Girona, cuya abadía "antaño opulenta, se ha visto, por la depravación de los barones, de los prelados (!) y por las incursiones de malhechores, reducida a un estado tal de devastación y destrucción que se encuentra hoy en día casi desprovista de alojamientos y habitantes, y expuesta a la escasez y la necesidad acuciante" (1.078). O las del abad de Sant Pere de Rodas, quien aseguraba que sus monjes se han visto en la necesidad de emndigar por los caminos, y pide, en una carta al papa, que excomulgue en masa a todos los hombres de aquel país (1.043). En lo que concierne a las comunidades rurales no resulta difícil imaginar su suerte.

   
  Monasterio de Sant Pere de Rodes.  

Para soportar todas aquellas guerras (incesantes durante los años negros que van de 1.020 a 1.060), la aristocracia tuvo que reclutar una masa considerable de soldados. Todos los castillos mantuvieron a partir de entonces una guarnición de combatientes propios, comandados por un personaje cuya importancia no dejará de aumentar: el 'castlà', jefe de guerra que garantiza la seguridad de la fortaleza en nombre del señor del castillo (quien generalmente posee varios castillos y reside en uno de ellos o, como es frecuente, en Barcelona). Bajo las órdenes del 'castlà' se encuentran los hombres de armas, en un número variable que va de cinco a cincuenta por castillo. Su papel es vigilar las tierras de la castellanía y efectuar salidas de saqueo por los territorios vecinos. ¿Quienes son esos hombres? Los textos los llaman 'milites' (soldados) o, más exactamente, 'cavallarios', pues sirven a caballo. En la época que describimos no eran más que hijos de campesinos, reclutados en el estrato superior del campesinado libre, de familias lo suficientemente acomodadas como para procurar a sus hijos un caballo y las armas necesarias. Pero pronto pasarán de ser jinetes a convertirse en caballeros. Tal es el oscuro origen de la caballería catalana (muy similar, en ese sentido, a todas las demás caballerías), compuesta en un principio por hombres de acción, guerreros privados dedicados a la rapiña, pero que, gracias al poder que van adquiriendo, podrán exigir su ennoblecimiento. La incorporación de los recién llegados a la clase nobiliaria hará resquebrajar la estructura aristocrática, al crecer desmesuradamente sus efectivos. La nobleza del siglo XII será de diez a veinte veces más numerosa que la del siglo X. El primer efecto del crecimiento económico, fue, pues, multiplicar el número de improductivos, al mismo tiempo que elevaba espectacularmente su nivel de vida.

Pero, quien dice guerras también dice alianzas, defensivas u ofensivas, y formación de coaliciones. Esas alianzas, esas coaliciones entre barones, entre castellanías, entre linajes nobiliarios, se sellan por medio de pactos bilaterales, llamados 'convenientiae', cuyas principales condiciones se refieren a la prestación de homenajes y a la concesión de feudos. El homenaje aparece en los textos a partir de los años 1.018-1.020 y, por otra parte, vale la pena citarlo, las cartas catalanas son las que contienen las menciones más antiguas de Europa de la palabra 'hominaticum'. Su ritual ya está fijado: el vasallo, arrodillado, pone sus manos juntas entre las de su señor, le jura ayuda y fidelidad "sobre los cuatro Evangelios corporalmente tocados". La práctica del vasallaje se difundió a partir de entonces muy rápidamente, formándose así innumerables redes de clientes. En cuanto al feudo, que ya existía como modo de remuneración a los agentes de la autoridad pública, se convierte en el sistema normal de remuneración para todos los vasallos que rodean al señor. Asume formas muy variadas; algunos de ellos (calificados de 'honors') pueden representar conjuntos considerables de tierras y rentas; otros son mucho más modestos, como los que se ofrecen a los 'castlans' (las 'castlanies') o a los 'cavallairos' (las 'cavallarias'). Estos últimos con frecuencia son simplemente un sueldo (de cuatro o cinco onzas de oro por año).

   
  Pueblo amurallado de Hostalric.  
Vasallaje y feudo son, a partir de entonces, las instituciones mayores de la organización social. Cataluña se había convertido en una tierra feudal. Contrariamente a una idea falsa y desde hace mucho tiempo rebatida, este feudalismo catalán no es hijo de la conquista carolingia, no es en absoluto un feudalismo de importación. Vigoroso, altamente original, perfectamente estructurado, nació del clima de violencia engendrado por el enriquecimiento del siglo XI; es el producto de una verdadera revolución social.
 
     
                         
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