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Universidad de Barcelona de Geografía e Historia |
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En 1989 la Editorial Crítica publicó la 'Historia de los españoles' en una edición muy cuidada, provista de un aparato iconográfico relativamente importante. El texto era una traducción fiel de la edición francesa que había sido editada unos años antes (en 1985). La obra era una visión francesa de la Historia de España (los siete autores del libro eran profesores universitarios franceses).
Una de las partes más importantes de este extraordinario estudio se centra en 'Las Españas Medievales', desarrollado por Pierre Bonnassie, Pierre Guichard y Marie-Claude Gerbet, y que ha llegado a salir publicado en el Estado español como texto independiente
Uno de los capítulos más interesantes lleva por nombre 'El ascenso de Cataluña', donde se proporciona al lector un profundo estudio del desarrollo del Principado durante la edad media, no obviando en absoluto las particularidades propias de Cataluña, particularidades que demasiadas veces han sido omitidas por un buen número de historiadores españoles que han tratado de buscar una homogeneidad entre los diferentes reinos peninsulares del medievo.
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La Reconquista cristiana al sur de los Pirineos se inicia con una memorable derrota. Llamado por el 'wali' Sulaiman ibn `Arabi, gobernador de Barcelona que se había rebelado contra el emir de Córdoba, Carlomagno lanza hacia junio o julio del año 778 una poderosa ofensiva, destinada a extender hacia el sur el reino franco; con el propósito, probablemente, devolver España entera a la cristiandad. Era una ambición grandiosa y el fracaso, memorable. Frente a Zaragoza, el ejército franco tropieza y se retira; al regreso a tierras propias, cuando atravesaban Roncesvalles, la retaguardia comandada por el marqués Roldán es aplastada por montañeses vascos. Fue un revés tan amargo como inesperado. Una desgracia que durante siglos alimentó las leyendas épicas.
Sin embargo, aquel fracaso no desalienta a los cristianos de Gerona (utilizaremos el término en castellano. N.T.), que en el año 785 entregan su ciudad a los francos. En 789, sus vecinos de la Cerdanya y Urgell los imitan. Por aquel tiempo, los condes de Tolosa atraviesan la cordillera e instalan su autoridad en el Pallars y la Ribagorça (dos comarcas catalanas. N.T.). Y, finalmente, en el año 801, una nueva expedición franca, mejor preparada, capitaneada por el rey Luis de Aquitania y los condes Guillem de Tolosa y Rostany de Gerona, logran adueñarse de Barcelona. Tres tentativas posteriores contra Tortosa fracasaron, de manera que la frontera se fija en las puertas de Barcelona, en la orilla occidental del Llobregat. Apenás se moverá en los dos siglos siguientes. |
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Miniatura del siglo XIV que representa a Carlomagno llorando la muerte de Roldán tras la Batalla de Roncesvalles. |
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La reconquista de Barcelona no debe inducir a falsas ilusiones. Su situación, en el extremo de la avanzada cristiana, la sujeta a una constante amenaza del Islam. Los campos vecinos se ven regularmente devastados por las 'razzacias' (correrías. N.T.) que los musulmanes de Zaragoza o de Tortosa les lanzan impunemente. Los cronistas de al-Andalus las describen como operaciones de rutina: 'Este año, un ejército musulmán combatió en el territorio de Barcelona, mató a sus habitantes, los musulmanes se enriquecieron y regresaron sin tropiezos'. Y, ¿qué podían hacer los barceloneses? Eran poco numerosos, unos mil quinientos o dos mil agazapados tras sus murallas. En el siglo IX, la ciudad se hacinaba sobre el Monte Taber (en la orilla oriental del torrente de la Rambla); su superficie no excedía de diez hectáreas.
Se puede afirmar que la mayor parte del litoral, demasiado expuesto a la piratería, se encontraba desierto. La Costa Brava, por ejemplo, estaba cubierta por inmensas superficies boscosas que únicamente servían como reserva de caza para la aristocracia; Tossa era una parada de montería de los condes de Barcelona, Sant Feliu de Guíxols no existía todavía (el monasterio data del año 965). Más hacia el norte, la prestigiosa ciudad de Empúries, arruinada a partir de las primeras incursiones bárbaras del siglo III, se reducía a un minúsculo poblado que se había refugiado en el promontorio de Sant Martí.
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Ruinas de Empúries |
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El interior del país no estaba mucho mejor. De los Pirineos al mar, las densidades humanas eran ínfimas. Los habitantes se habían refugiado en el interior de las fortificaciones que todavía subsistían (como la 'força vella' de Girona, cuyos muros ibéricos y romanos desanimaban a los agrasores) e incluso algunos habían debido conformarse con abrigos más precarios todavía. Volvieron a ocuparse los antiguos 'oppida' protohistóricos (Olérdola en el Penedès, cuya ciudadela ibérica se conviritió en el núcleo de las defensas en el sudoeste, así como Savassona o Ullastret) y muchos se refugiaron en cuevas, las 'esplugues', cuyo nombre se encuentra en el origen de muchos topónimos catalanes. El peligro hizo nacer un habitat de tipo troglodita: en las cavernas del Berguedà, se inicia la Reconquista, según las leyendas catalanas.
Unicamente la montaña se veía guarecida y aún con precauciones, pues sus faldas eran constantemente castigadas por las 'razzias'. Pongamos un ejemplo, que concierne a la primera década del siglo X; en el año 904, el Pallars es asolado (700 cristianos masacrados, un millar de prisioneros); en el año 908, le toca en suerte a la Ribagorça vecina (su capital, Roda, se toma al asalto); en 909, el Pallars vuelve a ser objeto de una nueva invasión (trecientos cautivos; Alguaire, Gualtier y Oliola, arrasados...). A decir verdad, solo se escapan de un peligro cierto los valles muy elevados, cerrados por sus 'congosts', vertiginosos desfiladeros por los que los ríos atraviesan las cadenas prepirenaicas. Las cuencas superiores de las dos Nogueres, el valle de Andorra, el alto valle del Segre a partir de la garganta de Organyà y, sobre todo, la Cerdanya, pequeña altiplanicie encaramada a dos mil metros de altura y rodeada de montañas, esos son los lugares recónditos en que, desde fines del siglo VIII hasta mediados del X, se concentra lo esencial de la población catalana.
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Murallas de Olérdola |
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Tierras de refugio, tierras superpobladas. La sobrecarga demográfica es pesada. Desde el año 839 se cuenta en esa región con el mismo número de pueblos que hoy -en el acta de la consagración de la catedral de la Seu d´Urgell, datada ese mismo año, se citan 278 parroquias- y que contaban con más habitantes que en pleno siglo XIX, la época de mayor densidad demográfica en el campo. En tales condiciones, el hambre es omnipresente. La montaña ofrece, ciertamente sus recursos: la pesca de la trucha en los torrentes, la caza del rebeco, del urogallo, incluso del oso, la cosecha de bayas salvajes y de las setas o la recogida de caracoles; pero una alimentación así no puede paliar una cruel penuria de cereales. El pan, base universal de la alimentación de aquella época, falta. Cohortes de miserbles recorren las montañas en buscas de limosnas: en Montanissel, por ejemplo, se localizan quinientos de ellos en el año 1008, y otros tantos en Sanahuja.
Al margen de este mundo errante, la sociedad se organiza según jerarquías heredadas de un pasado muy lejano. En la cúspide se sitúan los próceres, los 'ilustres', los muy 'célebres', 'nacidos en cuna noble y de sangre gloriosa'. Son muy pocos (de diez a veinte familias por condados) los que por sí mismos constituyen la nobleza. Sus propiedades son vastas, explotadas tanto directamente por ellos, por el trabajo de sus esclavos (pues la esclavitud, aunque en regresión, subsiste), como por colonos libres que les deben censos de trigo, cebada, vino o en productos de cría animal. Solo a los nobles les es reconocida la capacidad de gobernar, únicamente ellos pueden ocupar las funciones públicas -función de vizconde o de 'veguer', de obispo o de abad-, que ejercen bajo el control y con el consentimiento de los condes.
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Viñeta del libro 'Nosotros los Catalanes' de F. Pérez Navarro y Jan. |
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La masa de la población está compuesta por campesinos libres. Muchos de ellos poseen su propia parcela de tierra, que conservan en 'alodio', en completa propiedad; los otros trabajan las posesiones de los vastos dominios. Todos se encuentran en situación de sujetos en relación con los magnates pero, en cuanto al ejercicio de su propia libertad, se ven amparados por amplias garantías. Por una parte, solo pueden ser juzgados por los tribunales públicos que se constituyen según los procedimientos legales; por otra, son hombres armados, de modo que participan en la defensa del país. En el lugar superior de ese campesinado independiente destaca una franja de propietarios relativamente acomodados, que en un futuro no muy lejano aportarán los primeros reclutas de la caballería catalana. Como ejemplo muy representativo de ese grupo citemos a un tal Bernat, campesino de Savanastre (Cerdanya), cuyo testamento del año 1008 -uno de los testamentos de campesinos más antiguos que conservan los archivos europeos- nos permite apreciar el nivel de fortuna e imaginarnos el tipo de vida. Poseía una casa, varios campos (unos en propiedad personal, otros que explotaba por cuenta de un monasterio vecino), viñedos en dos lugares; su ganado estaba compuesto por un buey, tres vacas, un asno, dos cerdos y cuatro ocas; el mobiliario era sumario, pero nuestro hombre no dormía sobre la paja (una cama, dos mantas, tres edredones) y la cocina no estaba desprovista de utensilios de metal (unas llares, un caldero, una sartén para freír); Bernat, en fin, supo (¿quizá vendiendo los productos de su explotación?) ahorrar algunas piezas de plata (cuarenta denarios) y, lo más importante, disponía de un equipamiento de combate muy operativo: un caballo ensillado y con riendas, una espada y una lanza.
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Viñeta del libro: 'Nosotros los Catalanes'. |
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Este campesinado, activo y combativo, representante de las fuerzas vivas del país, se agrupa a partir de los siglos IX y X en comunidades de aldea. Éstas se organizan en el marco de las parroquias rurales (la mayor parte de las veces, los campesinos construyen su iglesia y eligen al cura) y se encuentran bajo la dirección de 'boni homines' (hombres buenos, hombres prudentes), que aparecen menos como jefes del pueblo que como árbitros, solicitados en cualquier asunto delicado. Estas comunidades están protegidas por el conde, que necesita su apoyo militar y que encuentra en ellas el contrapeso al inquietante poder de la aristocracia. |
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