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Cromwell y la guerra civil
     

Mucha gente está convencida que la monarquía en Inglaterra se ha mantenido ininterrumpida desde el mismo momento de su fundación, hecho que no es cierto puesto que Oliver Cromwell, después de ajusticiar al rey Carlos I, instauró una República dictatorial después de una guerra civil.

Este es el tema que abordaremos en este capítulo, a la vez que trataremos de profundizar en la personalidad del individuo. ¿Quién fue Cromwell? ¿Un villano? ¿Un hombre justo, dechado de virtudes? ¿Un fanático religioso? ¿Un jefe militar? En estas líneas trataremos de averiguarlo...

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En palabras del historiador E. L. Woodward: "Al estallar la guerra civil, ninguno de los habitantes de entonces había visto combatir a ejércitos rivales sobre suelo de Inglaterra, excepto durante las insignificantes batallas contra los escoceses, en 1640. Los ingleses habían combatido en el extranjero al servicio del rey y, especialmente durante el reinado de Isabel I y en tierras holandesas, se habían ganado una excelente reputación; un jefe extranjero los describió en una ocasión como 'siempre dispuestos a avanzar'. En la nación se sabía poco, sin embargo, de la guerra territorial; muchas personas creían que bastaba una batalla para decidir la contienda".

Para entender lo que ocurriría en Inglaterra y de las razones que llevaron al país a sumergirse en una guerra civil debemos comenzar haciendo un somero repaso a la figura de su soberano en ese momento; Carlos I. Carlos subió al trono en 1625, a la muerte de Jacobo I, llamado el 'rey teólogo', que se lo hubiera pasado en grande en el Concilio Vaticano II, pues su vida transcurrió entre escritos y discusiones sobre temas teológicos. Carlos, que contaba veinticinco años cuando accedió al trono, no recibió una herencia demasiado agradable; la administración del Estado estaba desacreditada, la hacienda agotada, los puritanos creando problemas y en la política exterior, reveses en vez de triunfos.

Frente al poder real se alzaba en Inglaterra el Parlamento, cuyo poder efectivo dependía del monarca de turno que se sentara en el trono. Enrique VIII lo tuvo siempre sumiso ante su despótica figura e Isabel supo manipularlo para conseguir sus deseos. Sin embargo, Carlos I no contó ni con la inteligencia de Isabel I ni con la fuerza de Enrique VIII y su única arma era la de recordar constantemente que solo él era el soberano y que el poder le venía por derecho divino. Su punto de vista sobre las funciones de los parlamentarios lo expuso en unas palabras dirigidas a los Comunes: "Depende de mi voluntad el convocar Parlamentos, así como el permitir que celebren sesiones o bien disolverlos; y según los frutos que den, les consentiré o no que prosigan sus tareas". Los frutos que le ofreció el Parlamento de 1629 le debieron parecer tan pobres que durante once años no volvió a convocar ningún otro Parlamento.

Otro de los problemas más acuciantes con los que se encontró Carlos I fue el religioso. Los más rigoristas de los protestantes eran los llamados 'puritanos', éstos no solamente odiaban a los católicos (a los que llamaban papistas) sino que también se enfrentaban abiertamente contra la iglesia anglicana, cuyo jefe y cabeza era el rey, contra la que lanzaban fuertes ataques, clamando contra el lujo, la soberbia y el despotismo de los obispos anglicanos, pidiendo la abolición del episcopado.

 

Si el problema religioso era importante no podemos dejar de lado el financiero. Inglaterra estaba en guerra contra España (para variar...), y las arcas británicas no estaban demasiado pudientes en ese momento. El Gobierno de su majestad necesitaba dinero urgentemente. Una semana después de subir al trono (abril de 1625), convocó Carlos el Parlamento, del que quería obtener el libre derecho de Aduanas, pero el Parlamento se lo concedió solo por un año. Como los parlamentarios no daban su brazo a torcer, el soberano decidió cerrarlo en agosto. Desde este momento podemos decir que arranca la lucha entre el monarca y el Parlamento.

Woodward asegura en su obra 'Historia de Inglaterra' (1974): "Los partidarios del rey incluían a la mayoría de los nobles y a la clase media campesina, y los partidarios del Parlamento eran en su mayoría comerciantes y propietarios de tierra acomodados. De todas formas, estos límites nunca fueron claros".

 

Carlos decidió entonces dar un golpe de mano económico para llenar sus arcas, el objetivo fue Cádiz, pero la derrota que sufrió la escuadra inglesa en aguas españolas fue tan estrepitosa que en febrero de 1626 el rey tuvo que convocar de nuevo al Parlamento en busca de fondos, durante dos años la lucha entre el monarca y la Cámara de los Comunes fue ininterrumpida.

Buckingham, el ministro todo poderoso de Inglaterra y mano derecha del rey, decidió buscar un enemigo exterior que fuera capaz de aglutinar a todos los ingleses en su contra (y de paso, lavar su imagen después de lo ocurrido en las costas de Cádiz). Por esa razón organizó una expedición para socorrer a los hugonotes (protestantes) franceses sitiados en La Rochela. Buckingham tropezó en su aventura de rescate con el cardenal Richelieu y la misión de socorro británica acabó en un auténtico desastre.

El Parlamento fue disuelto en junio de 1628; dos meses después Buckingham fue asesinado por Felton (un ofial de marina agraviado) cuando éste estaba pensando en una nueva misión de socorro hacia los protestantes franceses, finalmente en octubre se rendían los hugonotes de La Rochela. Un tercer Parlamento se reunió en enero de 1929, pero como las acusaciones de mal gobierno se hacían cada vez más patentes, fue disuelto en marzo. Para evitar futuros enfrentamientos Carlos I decidió gobernar sin Parlamento y así lo hizo durante once años.

Sabemos que en este tercer Parlamento tuvo la oportunidad de dirigirse a los asistentes un diputado de unos treinta años de edad, de aspecto tosco y modales un tanto bruscos llamado Oliver Cromwell. Nuestro hombre había nacido en 1599 en Huntingdon, en el seno de una familia de hidalgos campesinos no muy ricos. Su verdadero apellido no era Cromwell sino Williams, pero su padre había cambiado el apellido familiar.

A principios del siglo XVI Catalina Cromwell se había casado con un tal Williams. El hermano de Catalina, Thomas Cromwell, marchó a Italia y regreso con una pequeña fortuna. Una vez en Londres entró al servicio del cardenal Wolsey, el ministro de Enrique VIII. Cuando éste cayó en desgracia, Thomas Cromwell, ya afianzado en la corte, fue uno de los más fieles apoyos del rey cuando Enrique VIII decidió romper con Roma. Los servicios fueron bien pagados y amasó una buena fortuna. Thomas Cromwell no se olvidó de su hermana ni de su sobrino, Richard Williams, cuando llegó a lo más alto.

Henry Williams, hijo de Richard y heredero de la fortuna de su padre, comenzó a usar el apellido Cromwell en honor de Thomas (su tío abuelo), que había sido el creador de la riqueza de su familia. Henry dejó dos hijos: Oliver y Robert, el segundo también heredó una parte importante, se casó con Isabel Steward (descendiente de Robert Steward, prior de de la abadíade Ely), de este matrimonio nacio Oliver Cromwell, nuestro hombre...

Oliver Cromwell nació en una de esas familias puritanas que destacaban por su enorme odio a los católicos romanos. También era uno de aquellos que siempre tenía a mano citas del Antiguo Testamento y que clamaban constantemente contra los servidores del Anticristo (que eran todos menos ellos). Si Cromwell se distinguió por su extraordinaria capacidad para la hipocresía, la intriga y la doble cara, en cambio, en el aspecto religioso su radicalismo fue profundamente sincero.

A los dieciséis años fue a estudiar a Cambridge, no fue un estudiante ejemplar sino del montón. Dos años después, al morir su padre, tuvo que dejar los estudios y regresar a casa para hacerse cargo del patrimonio familiar. A los veintiún años se casó con Elizabeth Bourchier, hija de un magistrado y de familia igualmente puritana.

 

Cromwell fue elegido diputado por Huntingdon, su primera intervención no fue política sino religiosa, para acusar a un obispo anglicano que había sido muy indulgente con un predicador católico (cosa que en aquellos tiempos era un tremendo error).

Cuando en marzo de 1629 el rey disolvió una vez más el Parlamento, Cromwell volvió a sus tierras y a su familia (con su esposa y nueve hijos), desde un principio evitó participar en todas las reuniones clandestinas que se hicieron en contra de Carlos I y pagó religiosamente sus impuestos, aunque muchos de sus vecinos se negaron a hacerlo y pagaron con la cárcel su rebeldía. Siempre, hasta el último momento, se mantuvo en un segundo plano, sin mostrar públicamente sus ideas ni dar a entender a nadie sus secretas aspiraciones.

La actitud del soberano de gobernar sin Parlamento fue granjeandole cada vez más enmigos. Además, la llamada Cámara Estrellada (autoridad suprema en lo criminal formada por el Consejo del Rey más dos jueces superiores) no hicieron más que ratificar la tiranía imperante en el país. Woodward escribe: "El fracaso de la política exterior de Carlos le otorgó, en último término, una ventaja. A partir del 1630 dejó de estar en guerra, y en consecuencia no dependió de los subsidios del Parlamento, al que no volvió a convocar hasta 1640. Durante este intervalo, pudo haberse construído una posición fuerte si hubiera tratado a la opinión pública con tacto y moderación".

 

En la lucha contra los puritanos se distinguió William Laud, obispo anglicano de Londres en 1628, y cinco años después arzobispo de Canterbury, es decir, Primado de Inglaterra. Laud era partidario de la más alta y estrecha alianza entre el altar y el trono.

Los puritanos, bajo Laud, sufrieron condenas ejemplares (Alex Leighton que había escrito folletos contra los obispos anglicanos fue juzgado y condenado a pagar diez mil libros -cantidad imposible para él-, a ser azotado en público, a que se le cortaran la nariz, las orejas y a prisión perpetua. Cuando diez años después fue puesto en libertad estaba sordo, ciego y medio loco).

Mientras tanto iban surgiendo en todo el país asociaciones, ligas y sectas que trataban de defender la libertad religiosa y de los derechos ciudadanos. Los presbiterianos escoceses firmaron en 1638 el 'Covenant' -pacto o convenio- por el que se comprometían a luchar contra la religión Católica de Roma y contra cualquier clase de episcopado. El 'Covenant' también perseguía fines políticos y en su tercer apartado señalaba: "Con igual firmeza contribuiremos con la vida y los bienes a la conservación de los derechos del Parlamento y de la libertad de los pueblos".

Woodward señala: "El rey, como tenía por costumbre, ofreció muy pocas concesiones, y las ofreció demasiado tarde. Los escoceses levantaron inmeditamente un Ejército..." Carlos I marchó hacia Escocia con un pequeño contingente para someter al 'Covenant', pero no hubo encuentros armados y todo terminó con un acuerdo muy vago en junio de 1639.

Después de once años de Gobierno absoluto, el soberano convocó el Parlamento en 1640, en palabras de Woodward: "El siguiente movimiento de Carlos fue convocar al Parlamento inglés, Strafford (primer ministro del monarca) aconsejó este paso en la creencia de que el rey podría contar con la antipatía de los ingleses ante los escoceses, y a sabiendas de que podría exhibir pruebas de las intrigas escocesas con Francia. Los comunes, sin embargo, consideraron que el rey era un peligro mayor para las libertades inglesas que los escoceses e intentaron acabar definitivamente con él. La réplica del rey fue disolver el Parlamento. Strafford sugirió entonces que se utilizara el Ejército de Irlanda contra los escoceses, pero los planes militares de Carlos se derrumbaron. El Ejército escocés invadió Inglaterra y obligó al rey a negociar con ellos..."

 
     
                         
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