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Universidad de Barcelona de Geografía e Historia |
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Bismarck había dicho: "Haré la unidad alemana por el fuego y la sangre". Lo hizo, en efecto, y para ello no dudó iniciar una guerra con la Francia Imperial de Napoleón III, la de 1870-71, guerra que llevaba a su vez el germen de dos futuros conflictos, el de 1914-18 y el de 1939-45.
En este capítulo veremos el famoso documento falsificado, que llamaremos el "Telegrama de Ems", y que fue la causa determinante de la guerra franco-prusiana.
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El conflicto austro- prusiano de 1866, conocido por la guerra de las Siete Semanas fue provocado por el canciller de Prusia, Otto von Bismarck. Prusia y Austria rivalizaban por conseguir el liderazgo de la Confederación Germánica —compuesta por 39 estados— creada en el Congreso de Viena de 1815, y Bismarck estaba decidido a vencer en esta disputa. Dos años antes (1864), Austria y Prusia habían actuado aliadas en la guerra de los Ducados, ocupando Schleswig y Holstein. De acuerdo con lo establecido en la Convención de Gastein (1865) que puso fin a ésta, el ducado de Holstein quedó bajo el dominio de Austria, y los de Schleswig y Lauenburg bajo el poder de Prusia. No obstante, ninguno de los dos países se mostró satisfecho con el acuerdo. Bismarck, aprovechando esta situación en beneficio de sus objetivos, entorpeció la gestión de la administración austriaca de Holstein y, cuando Austria protestó ante la Dieta de Frankfurt (principal asamblea de la Confederación) el canciller prusiano (después de asegurarse la neutralidad de las potencias europeas, en especial de Rusia, y de establecer una alianza con el recién creado reino de Italia) envió tropas a ese ducado. Hannover, Hesse-Kassel, Sajonia, Baviera, Württemberg y otros estados alemanes, temerosos de los deseos expansionistas de Prusia, apoyaron a Austria.
Cuando se inició la guerra, declarada por Austria el 14 de junio, el Ejército prusiano no tardó en vencer gracias a su brillante estratega, el general Helmuth von Moltke, que introdujo en el ejército prusiano moderno material bélico y que hizo uso del ferrocarril como medio para el traslado y concentración de tropas. El Ejército de Prusia conquistó Hannover y Hesse-Kassel, invadió Sajonia y Bohemia, y finalmente infligió una aplastante derrota a los austriacos en la batalla de Sadowa (cerca de la localidad austriaca de Königgrätz, hoy Hradec Králové, en la República Checa) el 3 de julio.
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La Confederación Germánica quedó disuelta según lo acordado en el Tratado de Praga (23 de agosto de 1866) que puso fin a la guerra; Prusia se anexionó Hannover y Hesse-Kassel; Austria cedió Holstein a Prusia, pagó una pequeña indemnización de guerra y entregó Venecia al Reino de Italia. Al año siguiente, Prusia constituyó la Confederación de Alemania del Norte, de la que quedó excluida Austria, la cual reunió sus restantes territorios en torno al Imperio Austro-Húngaro (también conocido como la Monarquía Dual), instaurado en 1867. De esta forma, Prusia se convirtió en la potencia hegemónica en Alemania.
Mientras que Prusia no dejaba de crecer, Francia no paraba de declinar. Toda una serie de errores en política internacional habían conseguido que Francia perdiera la amistad de Rusia, Italia e Inglaterra y que se encontrara aislada de Europa, con un Ejército cuya élite se había desangrado inutilmente en la aventura Mejicana de Maximiliano. Toda la tradicional potencia francesa que en un pasado había demostrado y de la que se había jactado Napoleón III estaba ahora en manos de Prusia.
Bismarck no pensaba en otra cosa más que en lograr la unificación alemana y sabía perfectamente que un nuevo conflicto sería la manera más directa de conseguirlo. Como ya había comentado en más de una ocasión esa unidad nacería "por el hierro y la sangre".
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Otto von Bismarck, el canciller de hierro. |
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Sin embargo, Bismarck debe de mostrarse astuto, la guerra debe parecer impuesta a Prusia (el enemigo debe de mostrarse como agresor), así los tratados de alianza defensiva surtirán efecto y un mismo afán patriótico sublevará a los Estados del sur. El enemigo perfecto es Francia y Bismarck sabe como provocar la contienda.
Después de la caída de Isabel II en España (tras la "Revolución Gloriosa"), los generales Prim y Serrano, dueños temporales de la situación en el país, buscaban un rey. Bismarck tenía un candidato perfecto; Leopoldo Hohenzollern, para la corona hispana. Esta candidatura no era más que una maniobra astutamente urdida por Bismarck, sabedor de que Francia no podría admitir una presencia germana en el trono español. Los prusianos, para tratar de ocultar sus intenciones aseguraron que la candidatura Hohenzollern era un asunto interno y privado de España y que el rey prusiano, Guillermo I, se limitó a dar el consentimiento a Leopoldo (primo del monarca) en calidad tan solo de jefe de la familia.
Como los meses fueron pasando desde los primeros rumores de la candidatura germana al trono de España y no se vió ningún movimiento por parte de la diplomacia española que confirmara la llegada de los Hohenzollern al trono hispano, Emile Ollivier, el presidente del consejo francés pronunció estas palabras: "Jamás la paz ha estado mejor asegurada. El rey Guillermo sigue su cura de aguas en Ems. La estación se presenta brillante. En su dominio de Varzin, Pomerania, Bismarck consagra sus jornadas a la equitación y al cultivo de sus árboles frutales y flores; en las cartas a su esposa celebra los méritos del lucio a la plancha y del carnero asado".
Y en medio de toda esta supuesta paz fue cuando estalló la tempestad. El 2 de julio la "Gazette de France" reproduce una información del órgano madrileño "Época": "El gobierno español ha enviado una delegación a Alemania para ofrecer la corona al príncipe Hohenzollern" . La conmoción que esa información causó en Francia fue tremenda, los periódicos se pronunciaron unanimemente tildando al acto hispano como una intolerable provocación. El periódico "Le Reveil" escribió: "Prusia en el Rin, en los Alpes y ahora en los Pirineos...".
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Napoleón III |
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Bismarck había calculado bien la jugada, Francia iba a caer ciegamente en la trampa. La gestiones diplomáticas galas con los embajadores hispanos en Berlín y París dieron resultados decepcionantes. El embajador francés en España se entrevistó con Prim, el militar catalán le informó que la candidatura de Leopoldo existía pero que hasta que no se reunieran las Cortes el 20 de julio, que eran las realmente soberanas, no se podía asegurar nada.
Los nervios se desatan en Francia, el único que conserva la calma durante esta supuesta crisis, Thiers, no cuenta con la confianza del Emperador. La prudencia hubiera aconsejado aprovechar la "tregua" de los dieciocho días que faltaban para que se reunieran las Cortes españolas para así evitar cualquier movimiento político que hubiera recordado a un ultimatum. El discurso pronunciado por el duque de Gramont (ministro de Asuntos Extranjeros), el 6 de julio, frente al cuerpo legislativo fue un mal preámbulo para las conversaciones que el embajador francés iba a tener con el rey Guillermo I en Ems: "No toleraremos que una potencia extranjera coloque a uno de sus príncipes en el trono de Carlos V. Si así fuera, sabríamos cumplir con nuestro deber sin titubeos".
Con esas palabras el duque de Gramont demostraba dos cosas; un total desprecio por lo que los representantes españoles pudieran decidir (a estas alturas de la historia España ya no pintaba nada en el concierto europeo) y que la guerra había sido ya decidida por Francia en caso que el príncipe Hohenzollern fuera elegido rey de España. A Prusia, y en especial a Bismarck, solo le bastaba esperar un poco más, la arrogancia francesa haría el resto...
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Guillermo I |
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En la pequeña ciudad balnearia de Ems sus habitantes se cruzaban a diario con el rey de Prusia. Era un anciano (Guillermo I tenía en ese momento 73 años) de respetable aspecto y que conservaba todavía buena parte de la rigidez militar del hombre cuya vida ha sido consagrada al Ejército.
Sin embargo, el problema de sucesión en España le desagradaba profundamente y esperaba que el príncipe Leopoldo retirara su candidatura para evitar males mayores (este pensamiento puede comprobarse en sus diferentes cartas a la reina). El 9 de julio se formalizó una entrevista con el embajador francés en la que el soberano dejó bien claro al representante galo que razones puramente familiares habían dictado su autorización a su primo para presentar su candidatura al trono hispano, pero que el asunto concernía tan solo a España, no a Prusia. Era pues a Madrid donde Francia debía ir a buscar respuestas.
El día 11 el embajador francés pidió otra entrevista urgente con el soberano prusiano, cuando Bismarck se enteró de lo que está sucediendo comenzó a temer que sus planes bélicos pudieran fracasar. Si el embajador francés convencía al rey para que retirara su permiso a su primo Leopoldo para que se presentarse como candidato al trono español, todo estaba perdido...
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