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  Universidad de Barcelona de Geografía e Historia  

 

 
 

 

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Barcelona, 1821:
El año de la fiebre amarilla
     

En el verano del año 1921 se desató una epidemia de fiebre amarilla en Barcelona de consecuencias terribles. Por aquellos entonces España vivía uno de sus cortos periodos democráticos (que triste resulta tener que estar siempre hablando de 'cortos periodos'), el que iba desde el pronunciamiento de Riego en 1920 hasta la intervención de los Cien mil Hijos de San Luis en 1923 (en donde Fernando VII recuperó el poder absoluto)

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Aunque pueda parecer una broma, cuando en el verano de 1821 llegó al resto de la península las noticias de la epidemia de fiebre amarilla que se había desatado en Barcelona, los sectores ultra conservadores se apresuraron a politizar el hecho, formulando un razonamiento que tan solo la derecha, y en especial la española, era capaz de argumentar (estas teorías por parte de los conservadores han sido una constante en toda la historia del Estado español): la epidemia barcelonesa no era sino un signo de la ira de Dios contra el sistema liberal imperante en España.

Mientras tanto, en Europa los conservadores trataban de imponer de nuevo una 'restauración' de los valores que la Revolución Francesa había eliminado. Durante años España había sido el país más fuerte a la hora de luchar contra algo que pudiera oler a libertad, pero ahora era un oasis liberal en Europa. El país que había fusilado sistematicamente a sus propios liberales, ahora daba acogida a los librepensadores de todo el continente.

Por esa razón, la noticia de la epidemia de fiebre amarilla en Barcelona fue acogida en la Europa conservadora con gran júbilo. En Francia, el periódico 'La Quotidienne', siguiendo las propias directrices de los 'ultra' hispanos, relacionó inmediatamente la enfermedad con la ira divina provocada por el giro revolucionario. Pronto la fiebre amarilla se convirtió en un pretexto para crear alrededor de los Pirineos un cordón sanitario que en realidad no era más que una barrera política.

 

El cordón de seguridad que el rey Carlos IV había levantado para proteger las 'mentes' hispanas de las 'nefastas' ideas de la Revolución Francesa, ahora se levantaba al otro lado de los Pirineos con el objeto de aislar las ideas que ahora procedían de España.

Parece ser que la epidemia llegó a Barcelona desde los mares, impresión que confirman varios hechos que ahora vamos a analizar: el navío 'Gran Turco' acababa de llegar desde el puerto de La Habana. Todos los miembros de la familia del capitán, que bajaron a Barcelona para conocer la ciudad, murieron pocos días después. Un pasajero que venía en el barco 'Nuestra Señora del Carmen' desde Alicante, murió al poco de llegar a la Ciudad Condal. Dos marineros del barco francés 'Joséphine', cayeron enfermos poco después que su barco llegara hasta la capital de Cataluña (aunque este hecho trató de ser silenciado por las autoridades hispanas)... Todas estas pruebas demostraban que la enfermedad había penetrado por el puerto, las primeras víctimas o pertenecían a tripulaciones de los barcos que llegaban a la ciudad o eran personas, como los estribadores, que trabajaban en el puerto de Barcelona (se tienen datos que la familia Prats, de trabajadores portuarios, quedó prácticamente exterminada por la enfermedad).

El 8 de agosto el 'Diario de Barcelona' mencionó por primera vez la enfermedad, afirmando que las primeras muertes se remontaban al día 3 de agosto, pese a esta información, nada parecía inquietar ni a la gente ni a las autoridades. En aquellos tiempos, enfermedades como la fiebre tifoidea, formaban parte de la vida cotidiana. Todos los veranos se producían sospechosas muertes en los barrios pobres cuya causa probablemente fuera el cólera o algún bacilo epidéemico. Sin embargo, la cosa nunca pasaba a mayores y la gente no hacia demasiado caso a ese tipo de muertes. Sin embargo, aquella vez si que parecía que iba en serio; varios médicos, entre ellos el italiano Simonda, avisaron al Gobernador de Cataluña de que aquellas muertes en el puerto tenían claros síntomas de fiebre amarilla. El Gobernador los trató de visionarios y no les hizo el menor caso. Simonda permaneció en Barcelona y pereció durante la epidemia mientras cuidaba a los enfermos. Las autoridades aún se negaron a reconocer la enfermedad durante todo el mes de agosto, por lo que no se tomó ninguna medida en contra de la enfermedad. La mayoría de los afectados eran de barrios humildes (especialmente del barrio de la Barceloneta), por lo que preferían pensar que la causa de los fallecimientos era la insalubridad del barrio en el que, como ya hemos señalado, las muertes de este tipo no dejaban de ser algo cotidiano.
   

Sin embargo, las autoridades comenzaron a inquietarse cuando el día 29 de agosto murieron 50 personas, pero tras una reunión consultiva el Consejo de Salubridad declaró que no había razón por la que preocuparse y que la ciudad estaba lejos de sufrir ningún tipo de epidemia. Como suele ocurrir normalmente en España, la mejor manera de saber si las cosas van mal es cuando el gobierno o encargado de turno dice que van bien. Sabida esta máxima, el cuerpo diplomático en pleno y las clases más pudientes comenzaron a abandonar la ciudad.

Cuando llegó septiembre la enfermedad ya se encontraba en diferentes puntos de la ciudad y no solo en la zona del puerto. En el centro de la ciudad el número de enfermos se multiplicaba a diario. El 'Diario de Barcelona' contaba los muertos por centenares. Solo ahora comenzaron a tomarse medidas urgentes, pero ya era tarde porque la enfermedad estaba dentro (un ejemplo, durante todo el tiempo que duró la epidemia en la Ciudad Condal murieron 1.500 de los 3.000 guardias con que contaba Barcelona). El aislamiento alrededor de toda la población para impedir el contagio a otras ciudades también llegó demasiado tarde: Tortosa y Tarragona serán diezmadas por la fiebre amarilla.

Las procesiones y rogativas a los Santos, Virgenes o Cristos se multiplicaron en Barcelona, cosa que aumentaba el peligro de contagio puesto que la aglomeración humana es un estupendo caldo de cultivo para el microbio y para la extensión de la epidemia.

   

La muerte se convirtió en un 'espectro' familiar en los hogares barceloneses. Albert Camus en 'La peste' y Jean Giono en 'Le hussard sur le tit' han descrito perfectamente los efectos de la epidemia en una ciudad y en una región respectivamente. El hombre, angustiado por las circunstancias y presionado por la muerte, trta de escapar a su destino. La ordenanza municipal barcelonina prohibiendo marchar de la ciudad será simplemente eso, una ordenanza. Las autoridades superiores, ricos y burgueses escaparán a Villafranca del Penedès. Y mucha gente del pueblo tomará también el camino de la huida.

El problema para estos últimos era ¿a dónde marcharse?. Todas las ciudades habían tomado sus medidas para evitar la entrada de la fiebre amarilla. Muchos barceloneses alcanzarán los campos tan solo para morir de hambre y sed.

Mientras tanto, en la ciudad se trataban de tomar medidas para mitigar la escasez de alimentos mientras esperaban que desde el gobierno de España se mandara alguna ayuda (curiosamente la ayuda monetaria más importante llegó vía Londres y por parte del conde de Lagarde, ministro de Francia).

   

Puesto que los negocios estaban parados, la ruina económica y la miseria se había adueñado del bolsillo de los barceloneses, a este problema se le sumaba a que era necesario la evacuación inmediata de la ciudad. ¿Cómo era posible hacer frente a los gastos de manutención y supervivencia de los evacuados? Sin dinero, sin ayuda de España -cosa tristemente habitual en la historia de Cataluña- y con más voluntad que otra cosa, la evacuación comenzó a partir del 11 de octubre.

Al problema de la evacuación se le sumaron el de las discusiones políticas. Surgió un sector político que señalaba que en esas condiciones no merecía la pena seguir perteneciendo a España, ya que ante un problema de tal calado como el de una epidemia, la reacción hispana había sido prácticamente nula. Por otra parte, los que fueron llamados 'los serviles' (españolistas) y gran parte del clero proclamaban que la peste era un castigo de Dios, enviado a los catalanes por haber atentado contra el derecho divino de Fernando VII, y por haber atentado contra los bienes de las órdenes religiosas.

El 29 de octubre tarde y mal, cuando la fiebre había perdido su virulencia, se prohibió toda reunión pública en los cafés y un poco después se dispuso que las iglesias debían cerrar a las cinco de la tarde. El día de Fieles Difuntos se prohibió a los ciudadanos acudir a los cementerios.

 

El descenso de las temperaturas actuó favorablemente contra la enfermedad. Eran atacadas menos personas y morían menos entre las que se encontraban afectadas.

A mediados de noviembre el Consejo de Salubridad avisó a los ciudadanos que no debían confiarse en la desaparición de la fiebre. Un mes más tarde se levantó el cordón sanitario, y el día de Navidad el puerto reemprendió su actividad normal.

La epidemia se saldaba con una gran cantidad de pérdidas humanas. De los 120.000 habitantes con los que contaba Barcelona antes del verano ahora se veía reducida a 100.000. En otras partes del Principado las cosas no fueron mejor; Tortosa perdió la mitad de sus 12.000 habitantes.

Merecería la pena hacer un somero repaso de las medidas que se aconsejaron contra la fiebre, en la mayoría de los casos poco científicas. Es digna de citar la del 'Diario de Barcelona' (13 de octubre de 1821), donde se recomendaba una larga plegaria en latín dirigida a San Bartolomé y que había ya sido utilizada por las hermanas de Santa Clara en 1317, cuando se desató la peste en la ciudad de Coimbra (Portugal).

Otras ideas que se propusieron fueron las de bombardear la atmósfera a cañonazos para acabar con la enfermedad o la de prender fuego a toda la ciudad hasta destruirla totalmente (el autor de este proyecto, como puede suponer el asturo lector, no era catalán).

Entre los remedios que con más propiedad pueden llamarse médicos, destaca la quinina, que se ensayaba en Barcelona por primera vez. El vino y los alcoholes en general eran aconsejados por unos y desanconsejados por otros, lo mismo que los alimentos y ciertas especias.

Francia, al contrario de lo que hizo España, decidió enviar inmediatamente una comisión médica para estudiar la enfermedad sobre el terreno (posiblemente por consideración al largo tiempo que Cataluña perteneció al Estado francés). El Ministerio del Interior galo encargó a la Academia de Medicina que designase los miembros. La elección recayó en los doctores Bally, François, Mazet (que murió de la enfermedad), Pariset y Rochoux, los cuales ya habían tenido alguna experiencia a la hora de enfrentarse a enfermedades epidémicas. Como representante del Ministerio de la Guerra francés fue enviado el doctor Audouard. La misión medica fue acompañada por dos hermanas de la Orden de San Camilo.

La delegación francesa terminó su trabajo en Cataluña el 20 de noviembre, fecha en la que comenzaron una cuarentena de quince días antes de regresar a su país, donde volvieron a sufrir otra cuarentena en Bellegarde antes de partir hacia París..

       
       
     
                         
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