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Universidad de Barcelona de Geografía e Historia |
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La Junta se hizo cargo del poder el 5 de marzo y Besteiro explicó por radio sus propósitos al pueblo de Madrid. Acusó a Negrín de tratar de proseguir en el cargo a pesar de la dimisión de Azaña y su extrema posición minoritaria dentro del Gobierno tras la pérdida de Cataluña. Dijo que Negrín estaba engañando al pueblo con falsas esperanzas de llegada de más armamento y de una guerra mundial que sumergiría el conflicto español en una guerra victoriosa contra las potencias fascistas. Instigó al pueblo a obedecer a la Junta de Casado y a mostrar su valor por el modo en que aceptaran la derrota.
Negrín no reaccionó inmediatamente al golpe de Madrid. Los jefes militares comunistas de Madrid y Ciudad Real, tras un par de días de incertidumbre sobre la actitud a adoptar, se sublevaron contra Casado, provocando así una guerra civil en estas dos ciudades. Las tropas de Cipriano Mera en la capital y del general Escobar en Ciudad Real inclinaron pronto la balanza a favor de la Junta de Casado. Un problema mucho más difícil fue convencer a los comunistas de las filas de su espantoso error y restablecer un cierto grado de autoridad moral en favor del Consejo. El 9 de marzo, Edmundo Domínguez, un socialista de Negrín, habló por radio para insistir en que Negrín no deseaba mantenerse en el cargo por la fuerza, que no había opuesto resistencia a Casado y que no había "desmentido ni desautorizado al Consejo Nacional de Defensa". Al día siguiente el general Matallana habló por radio para decir de modo razonable y calmoso que nadie había derribado al Gobierno de Negrín; sencillamente había caído por sí mismo. |
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Las contradicciones de la posición personal de Negrín, junto con su agotamiento físico, culminaron en su sorprendente pasividad. Un año y medio de mando en tiempo de guerra había revelado un grado de habilidad ejecutiva y un gusto por el poder, los cuales apenas si el propio Negrín habría sospechado antes de 1937. Había hallado a Azaña desmoralizado. En cuanto a Prieto, su admirado mentor político, era un brillante analista y organizador, un colega leal e incansable, pero que se alteraba fácilmente por las malas noticias y que dependía cada vez más de la ecuanimidad y el poder de decisión de Negrín. Desde el momento que ocupó el cargo de jefe del Gobierno, trabajo igualmente bien con los militares de carrera más importantes, como Rojo y Matallana, y con los principales jefes comunistas producidos por la guerra, como Lister y Modesto. Entre tantas desilusiones militares y diplomáticas se veía a sí mismo como el hombre de quien dependían incluso sus más enérgicos colaboradores para renovar su coraje en los momentos difíciles.
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Había salvado a la República del colapso en abril de 1938, y sin su buen ánimo, la milagrosa resistencia del Ebro habría sido inconcebible.
Considerando la situación general de la República, no sentía el peso de los malos recuerdos ni los escrúpulos de los dirigentes anteriores. Besteiro se preguntaba si la República no había advenido demasiado pronto para tener éxito. Azaña no podía evitar el preguntarse si su anticlericalismo de 1931-1933 no lo hacia en cierto modo responsable del frenesí de 1936. La rivalidad entre Prieto y Largo Caballero había paralizado el Partido Socialista, y ambos hombres sentían escrúpulos que reducían su efectividad como dirigentes de guerra. Prieto odiaba las sentencias de muerte, y Largo Caballero habría dejado el cargo antes que acceder a la supresión de la izquierda no comunista. Los principales republicanos moderados, tales como Giral, Martínez Barrio, Bernardo Giner y Julio Just, eran hombres de temperamento pacifista, al igual que los dirigentes vascos Aguirre e Irujo y los catalanes Companys y Tarradellas. Todos ellos eran hombres cuyas energías estaban más o menos enervadas por hacerse a sí mismos preguntas acerca de sus errores pasados y tratando de minimizar los sufrimientos durante la guerra.
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Negrín era también fundamentalmente un civil y hombre pacífico; pero la muerte de algunos individuos no pesaba en su mente, ni tenía virtualmente un pasado político sobre el que reflexionar. Admiraba el coraje, la tenacidad y la voluntad de mando. No era extraño que le pareciera cobardía los escrúpulos que él no podía compartir.
Consideraba que las fuerzas más importantes de la zona republicana eran los comunistas y los anarquistas, y que las fuerzas nacionales más significativas eran la Falange y los requetés. Esta opinión refleja el gran peso que otorgaba a aquellos que "actuaban", y su relativa despreocupación por los republicanos y socialistas moderados demuestra lo despegado que estaba de las labores y preocupaciones de la gran mayoría de las izquierdas españolas. Se sentía a si mismo como fuera de la contextura de los partidos políticos y como dirigente de la España democrática y civil, al igual que el general Franco (asimismo un hombre de poco pasado político) era el jefe de la España militar y reaccionaria. Una vez confió al general Rojo que se sentía más próximo a algunos de los nacionalistas menos sectarios que a muchos de los dirigentes del Frente Popular. Pudo haber considerado, hasta los primeros días de marzo de 1939, que de algún modo podría llegar a un entendimiento con sus oponentes, aunque éstos no mostraron mucho respeto por los viejos políticos de partido, hacia lo que él tampoco sentía gran estima.
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Hasta la caída de Cataluña, Negrín estuvo absolutamente convencido de su misión. Sabía que su ejército era disciplinado y estaba bien mandado. Mantuvo su cooperación con los oficiales más capaces sin tener en cuenta sus filiaciones políticas. No se hacía ilusiones sobre los motivos que guiaban a las diversas potencias europeas. Por otra parte, su disgusto hacia los partidos políticos le impidió probablemente darse cuenta de hasta qué punto la moral de los civiles se había derrumbado, y el colapso completo de principios de febrero puede que le sorprendiera. En todo caso, tras la batalla de Cataluña, perdió la seguridad que le había guiado a través de sus 18 meses de jefatura gubernamental. Sus críticos le han acusado de hipocresía porque a mediados de febrero de 1939 dijo en una ocasión que estaba planeando la evacuación de la zona central y en otra que lo único que se podía hacer era resistir, resistir, resistir. Se sentía igualmente responsable del medio millón de refugiados que había en las playas al sur de Perpignan y de los 250.000 soldados republicanos que había en la zona central. En las últimas semanas de la guerra sus actos no fueron nunca decisiones, sino, tan solo, meros reflejos. Ante la negativa de los nacionalistas a negociar, un reflejo de luchar; ante el golpe de Casado, un reflejo de rendición, para evitar el peor mal de todos, una guerra civil dentro de la guerra civil.
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