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  Universidad de Barcelona de Geografía e Historia  

 

 
 

 

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¿Por qué estalló la Guerra Civil? 2
     
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Se había discutido sobre una guerra civil durante meses, pero se esperaba que cualquier conflicto armado fuera corto y decisivo. Los teóricos de los movimientos revolucionarios argüian que algún tipo de guerra civil era inevitable, porque las revoluciones modernas siempre la implicaban, como había ocurrido en los países del Este durante la Primera Guerra Mundial. Luis Araquistain, principal ideólogo de los "caballeristas", y Joaquín Maurín, líder del POUM, teorizaron acerca del carácter ineludible de una guerra civil en España.

Esta sería breve y fácilmente ganada por los revolucionarios que, según esta tesis, no tenían por qué temer una intervención contrarrevolucionaria desde el exterior, porque el clima de los asuntos internacionales era demasiado tenso. Incluso si eso ocurriera, la Unión Soviética actuaría para proteger la revolución. De este modo, su esperanza era que la ofensiva revolucionaria condujera a parte de los militares a rebelarse, porque ello supondría el último jadeo de la derecha, tras el cual los revolucionarios tomarían el poder completamente.

 

 

 

 

Los cálculos del presidente Azaña y del primer ministro Casares Quiroga eran más complejos. Ellos no respaldaban el proceso prerrevolucionario, pero no lo reprimían por miedo a debilitar a la izquierda y fortalecer a la derecha. Por otra parte, también temían purgar al Ejército de forma decisiva, porque si quedaban en un estado de debilidad no podría mantener el orden contra los revolucionarios. Calcularon correctamente que los oficiales de extrema derecha eran solo una minoría, pero además asumieron que cualquier revuelta militar sería endeble, como en 1932. Por lo tanto, su política inmediata tras el asesinato de Calvo Sotelo fue provocativa más que conciliatoria, y se llevaron a cabo más arrestos arbitrarios de derechistas y el cierre de periódicos y centros políticos de esta tendencia. Hasta cierto punto, en ese momento Casares Quiroga estaba dispuesto a provocar una revuelta, que él pensaba que podría aplastar con facilidad. La mayoría del Ejército supuestamente iba a mantenerse leal y a seguir las órdenes del Gobierno, así que -a continuación de una revuelta menor fácilmente derrotada- la situación política se tornaría más estable, bajo el control de la izquierda moderada. Esto, sin embargo, era jugar con un fuego que el Gobierno no podía controlar.

   

Para la noche del 18 de julio, Azaña había llegado a darse cuenta de que estos cálculos eran erróneos y de que la sublevación que había comenzado en Marruecos el día anterior estaba alcanzando dimensiones mayores, tales que podría derribar al Gobierno o crear una gran guerra civil. Por primera vez, alteró su política y se movió hacia el centro. Diego Martínez Barrio, líder del más moderado de los partidos del Frente Popular, fue autorizado a formar una nueva y amplia coalición de Gobierno de centro izquierda (rompiendo con el Frente Popular) e intentar algún tipo de conciliación con los rebeldes. Esto ocurrió demasiado tarde. Solo una semana antes tal iniciativa podría haberse visto coronada con éxito. Sin embargo, no podía prevenirse una acción (la sublevación) cuando esta ya había comenzado. La mayoría de los rebeldes rechazó este gesto, el cual también atrajo violentas protestas de los "caballeristas" e incluso de algunos miembros del propio partido de Azaña. Con el fracaso de Martínez Barrio, la rebelión continuó expandiéndose mientras que el siguiente Gobierno se movió a la izquierda, y en cuestión de horas comenzó el proceso de armamento masivo de los grupos revolucionarios. La rebelión tuvo el efecto paradójico de cumplir inicialmente lo que pretendía evitar: la toma del poder militar por parte de los revolucionarios. Las condiciones estaban casi completas para una guerra civil con una movilización total de los efectivos, una guerra que duraría meses, si no años".

   
 
   
     
                         
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