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  Universidad de Barcelona de Geografía e Historia  

 

 
 

 

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ITALIA ENTRA EN GUERRA
     

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Los éxitos alemanes en Francia animaron a Mussolini a entrar plenamente en el conflicto 'antes de que sea demasiado tarde', el Duce quería su parte de gloria en una guerra que parecía que los ejércitos alemanes ganarían con suma facilidad.

Cuando el 1 de septiembre de 1939 los italianos se enteraron que su gobierno, a pesar del Pacto de Acero con Alemania (alianza militar firmada el 22 de mayo de 1939), había decidido no asumir 'iniciativa alguna de operaciones militares', hubo una auténtica oleada de alegría, incluso entre muchos altos mandos fascistas, que suspiraron aliviados sabedores de la debilidad de Italia.

Sin embargo la alegría no duraría demasiado ya que Mussolini tenía pensado entrar en el conflicto al lado de Alemania. En el capítulo de hoy trataremos de adentranos en los acontecimientos que sucedieron por aquellas fechas.

 
     
     
     

Cuando Mussolini se enteró de la invasión de Polonia por parte de Alemania (1 de septiembre de 1939), convocó inmediatamente a su Consejo de Ministros. Los detalles de aquella sesión nunca fueron conocidos por el público, pero Dino Grani, Ministro de Justicia escribió unas líneas que pueden resultarnos de gran ayuda: 'Mussolini habló con fatiga, como si repitiese un monólogo ya ensayado a solas consigo mismo. Era también evidente que sentimientos encontrados luchaban en él. La desilusión, la amargura, aunque contenidas por un lenguaje frío y mesurado, se traslucían en cada palabra. Terminó su disertación declarando que era deber e interés de Italia quedar fuera del conflicto después de que Alemania había incumplido sus compromisos de aliada, y proponiendo que el gobierno italiano decidiese formalmente la no beligerancia. La propuesta -en realidad decisión de Mussolini- de no intervención de Italia en la guerra, fue acogida con unánime sentimiento de alivio. Tomó la palabra Galeazzo Ciano para informar de los detalles de su encuentro con Ribbentrop en Salzburgo y los insistentes pasos dados por el gobierno italiano para frenar a Berlín, así como en París, Londres y Varsovia, en busca de un compromiso'.

En el fondo del problema existía la preocupación por justificar el comportamiento del gobierno italiano y tratar de evitar lo que ya sucedió en 1914, cuando los alemanes acusaron a Italia de traición, acusación que durante largo tiempo perjudicaron el prestigio internacional del país.

Por esta razón Mussolini se decidió por la fórmula de 'no beligerancia' en vez de utilizar la palabra 'neutralidad'. De esta manera quedó bien con el gobierno alemán no desligando en absoluto lo que significaba el Pacto de Acero, que vinculaba a los dos gobiernos a un destino común y a una guerra común.

   

Observemos uno de los pasajes más significativos de ese Pacto de Acero: 'Si, no obstante los deseos y esperanzas de las partes contratantes, ocurriera que una entrase en enfrentamiento bélico con otra u otras potencias, la otra parte contratante se pondrá inmediatamente a su lado y la apoyará con todo su poder militar por tierra, mar y aire... Las partes se obligan desde ahora a adoptar en caso de guerra la conducta de no concluir el armisticio o la paz si no es de pleno acuerdo con la otra... Unidas en la íntima afinidad de sus ideologías, las dos naciones se han decidido a marchar en unión, conjugando sus fuerzas para asegurarse un espacio vital'.

Esta 'no beligerancia' italiana también le iba bien a las pretensiones germanas porque, lejos de querer comenzar una guerra mundial a gran escala, Alemania se guardaba la posibilidad de contar con la diplomacia italiana para iniciar unas negociaciones de paz. El propio Mussolini comunicó a Hitler: '[...] la actitud de Italia, que no es de neutralidad, es más útil que una intervención de guerra, la cual, por otra parte, no ha sido solicitada por el mismo Hitler porque la intervención italiana, atrayendo a Italia las fuerzas anglofrancesas y sus aliados, habría anulado probablemente el éxito militar de Alemania en Polonia. Si interesa a Alemania la tranquilidad en las cuencas danubiana y balcánica, condición indispensable para que ello sea posible es la continuación de la actual actitud de Italia. Ya que Italia intenta seguir por tiempo ilimitado en esa actitud, y también por el hecho de inminente invierno, es estricto deber de Alemania ilustrar, aunque sea de forma reservada, a la población alemana de modo que no se hable de falta de cumplimiento del pacto de alianza'.

 

Por otra parte, la 'no beligerancia' de Italia se había convertido en un gran negocio para el país. Ciano, ministro del Exterior italiano, escribió en su diario: 'Las cotizaciones de bolsa suben a las nubes. Llegan los primeros encargos de Francia, y nuestros barcos vuelven al mar llenos a reventar'.

Sin embargo, el paso de los meses y los continuos éxitos alemanes provocaron en Italia una psicosis intervencionista que no estaba limitada a los simples ámbitos fascistas. Muchos industriales que hasta ese momento se habían alineado con las tesis no intervencionistas, comienzan a señalar que sería un craso error para Italia perder la ocasión de 'ganar la guerra' junto al aliado alemán. La idea de que los ejércitos de Hitler eran invencibles se había extendido de forma importante por entre la población italiana y el pensamiento de que la guerra sería corta era prácticamente un axioma. Era mejor 'alinearse con el vencedor' antes de que fuera demasiado tarde.

También Mussolini piensa de esta forma y está celoso del éxito alemán, teme que el Reino Unido pida la paz tras la caída de Francia. Está preocupado por llegar demasiado tarde y no duda en enfrentase con los generales italianos que son reacios a que el país entre en el conflicto.

Mussolini habla de esta forma a sus generales cuando le recriminan sobre que el ejército no está preparado: 'Si tuviera que esperar a que se prepare tendríais que entrar en guerra dentro de algunos años, mientras debemos de entrar en seguida. La guerra será breve, y yo solo necesito un cierto número de muertos para sentarme a la mesa de la paz junto a Hitler'.

Pocos se oponen a la entrada en guerra. El mismo soberano Victor Manuel III se incorpora a los intervencionistas, impresionado por la potencia bélica germana no se cansa de repetir: 'Los ausentes siempre se equivocan'. Y naturalmente, para los ambientes cercanos a la corona ese deseo es casi una orden. Un signo claro del acercamiento del rey a las tesis nazis es la entrega al mariscal Goering del 'Collar de Anunziata', una condecoración de los Saboya que autoriza al que la porta a considerarse primo del rey.

Mientras que en mayo de 1940 el ejército alemán se apodera de Francia, Mussolini ya no disimula su temor a no llegar a tiempo. El 26 de mayo confía a Badoglio: 'Ayer he mandado una comunicación a Hitler para asegurarle que no intento quedar mano sobre mano, y que a partir del 5 de junio estoy dispuesto a declarar la guerra'.

Hitler le responde personalmente al comunicado y le pide que espere hasta el día 10 de junio, para darle tiempo a que pueda apoderarse de los aviones franceses antes de que sean enviados a alguna colonia africana.

Mussolini se siente prisionero de las decisiones de Hitler. No duda de la victoria alemana y teme no poder estar a tiempo para el reparto del pastel. En esos día escribe al Duce el jefe de la OVRA (la policía política fascista), su informe no tranquilizará en absoluto a Mussolini: '[...]Los observadores han señalado primero esporádicamente y luego con mayor frecuencia y amplitud el estado de temor creciente de que Alemania esté a punto de lograr terminar brillantemente y por sí sola la tremenda partida' Estas indicaciones son las que animan al Duce a tomar la decisión definitiva y aunque los militares le han informado de la falta de preparación de sus fuerzas, lo considera un hecho secundario: '[...] Acabo de ver a Badoglio. La palabra guerra no le gusta, como a todos los mariscales. Bueno, pues no la llamaremos guerra. ¿Cómo la llamaremos? Operación de rectificación, de conquista, proyecto militar, paseo... Entraremos en guerra junto a Alemania porque el pueblo italiano no me personaría nunca haber desperdiciado esta ocasión'.

 

A principios de junio todo estaba preparado para entrar en guerra, los mandos italianos se apresuran a preparar los planes militares. Pero cada mando decide por su cuenta, muchas veces sin informar a las otras armas. Por ejemplo, la aviación decide aplicar un plan que cuenta con la posibilidad de una Yugoslavia hostil mientras que el plan de la marina se basa en una Yugoslavia neutral.

En cuanto al ejército, está desplegado de una forma confusa e incompleta y ha sido enviado en todas direcciones pero sin ningún objetivo concreto. Nadie recuerda a Malta, un enclave británico muy cerca de Sicilia y punto vital para el control del Mediterráneo (especialmente para las rutas que comunican a Italia con sus colonias en el norte de África).

Las secciones que componen el ejército italiano están repartidas de esta manera: el Grupo de Ejércitos Oeste, mandado por el príncipe heredero, en el Piamonte; el Grupo de Ejércitos Este, mandado por el general Grossi, entre Bolonia y Trieste; el Grupo de Ejércitos Sur, mandados por el mariscal De Bono, está diseminado por Cerdeña, Sicilia y Albania. El VII Ejército de Reserva está confiado al Duque de Pistoya; las Fuerzas Armadas del Egeo las manda el 'quadrumviru', Italo Balbo, manda las Fuerzas de Libia, mientras que el Duque de Aosta tiene el mando de las del Imperio, Etiopia, llamada también AOI, Africa Oriental Italiana.

   

El mando general de las Fuerzas Armadas Italianas, que tradicionalmente ostenta el Rey, ha sido asumido personalmente por Mussolini. Ciano escribe en su diario: 'El Duce está más feliz que nunca de mandar a su nación en armas'. El dictador italiano envia a Berlín el siguiente comunicado: 'Mi programa es el siguiente. Lunes 10 de junio, repito, 10 de junio, declaración de guerra. Inicio de las hostilidades el 11 de madrugada'.

El lunes 10 de junio de 1940 el ministro del exterior italiano, Galeazzo Ciano, convoca a los embajadores de Francia y el Reino Unido, François Poncet y Sir Percy Loraine para comunicarles formalmente la declaración de guerra. A las 18.00 del mismo día Mussolini sale al balcón del Palacio Venecia. Debajo la plaza está abarrotada. El Duce guarda unos momentos de silencio antes de comenzar su discurso:

'¡Combatientes de tierra, mar y aire; camisas negras de la revolución y de las legiones; hombres y mujeres de Italia, del Imperio, del Reino de Albania, escuchad!

Una hora señalada por el destino suena en el cielo de nuestra patria. Las horas de las decisiones irrevocables. La declaración de guerra ha sido entregada ya a los embajadores del Reino Unido y Francia. Bajemos a la palestra contra las democracias plutocráticas y reaccionarias de Occidente que, en todo tiempo, han obstaculizado la marcha y muchas veces han amenazado la existencia del pueblo italiano.

Algunos lustros de la historia más reciente se pueden resumir en estas frases: promesas, amenazas, extorsiones y al fin, como remate del edificio, el innoble asedio común de cincuenta y dos estados.

   

Nuestra conciencia está absolutamente tranquila. Con vosotros el mundo entero es testigo de que la Italia del Littorio ha hecho cuanto era humanamente posible para evitar la tormenta que asola Europa, pero todo fue en vano. Bastaba revisar los tratados para adecuarlos a las mudables exigencias de la vida de las naciones y no considerarlos intangibles para la eternidad: Bastaba no iniciar la estúpida política de las garantías, que se ha revelado especialmente fatal para quienes lo han aceptado.

Bastaba no rechazar la propuesta que el Führer hizo el 6 de octubre del año pasado, acabada la campaña de Polonia.

Ya todo eso pertenece al pasado. Si hoy estamos decididos a afrontar los riesgos y sacrificios de una guerra, es porque el honor, los intereses y el porvenir férreamente lo imponen, porque un gran pueblo lo es de verdad si considera sagrados sus compromisos y si no elude las pruebas supremas que determinan el curso de la historia. Empuñamos las armas para resolver, después de resueltos los problemas de nuestras fronteras continentales, el problema de nuestras fronteras marítimas. Queremos romper las cadenas de orden territorial y militar que nos sofocan en nuestro mar, porque un pueblo de 45 millones de almas no es verdaderamente libre si no tiene libre acceso a los océanos.

Esta lucha gigantesca no es nada más que una fase y el desarrollo lógico de nuestra revolución. En la lucha de los pueblos pobres y de brazos numerosos contra los esquilmadores que mantienen ferozmente el monopolio de todas las riquezas y todo el oro de la tierra. Esta lucha de los pueblos fecundos y jóvenes contra los pueblos estériles que van al ocaso. Es la lucha entre dos siglos y dos ideas. Ahora que la suerte está echada y nuestra voluntad ha quemado las naves a nuestra espalda, declaro solemnemente que Italia no trata de arrastrar al conflicto a otros pueblos lindantes con ella por mar o tierra: Suiza, Yugoslavia, Grecia, Turquía, Egipto, tomen nota de mis palabras. Depende de ellos, solo de ellos, que sean o no rigurosamente confirmadas. ¡Italianos!

   

En una memorable reunión, la de Berlín, dije que según la ley de la moral fascista, cuando se tiene un amigo se va con él al fin del mundo. Esto hemos hecho y esto haremos con Alemania, con su pueblo, con sus maravillosas furzas armadas.

En esta vigilia de un acontecimiento de alcance secular, volvemos nuestro pensamiento a la majestad del Rey Emperador que, como siempre, ha interpretado el alma de la patria. Y saludamos unánimes al Führer, jefe de la gran aliada Alemania.

Italia, proletaria y fascista, esta por tercera vez en pie, fuerte, brava y compacta como nunca. La contraseña es una sola, categórica e imperativa para todos. Ya recorre e inflama los corazones de los Alpes al Océano Índico: ¡Vencer! Y venceremos. Para dar finalmente un largo período de paz con justicia a Italia, a Europa, al Mundo. Pueblo italiano, corre a las armas y demuestra tu tenacidad, tu ánimo y tu valor'.

La entrada en guerra de Italia no sorprende a nadie, pero este ataque a la agonizante Francia no cae nada bien en los países neutrales. El presidente norteamericano Roosevelt, que hasta el último momento ha tratado de frenar la intervención italiana, comenta por la radio: 'Hoy 10 de junio de 1940, la mano que tenía el puñal se ha clavado en la espalda de su vecino. Hoy, 10 de junio de 1940, enviamos al otro lado del mar, a cuantos continúan con magnífico ánimo la lucha por la libertad, nuestros votos y nuestras plegarias'.

     
                         
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