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  HITLER, EL HOMBRE Y EL MITO
 
 
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Adolf Hitler vino al mundo a las 17.30 horas de un sábado 20 de abril de 1889 en Braunau, una pequeña población al borde de la frontera con Alemania. Fue en este lugar donde Aloïs Hitler, un oficial de aduanas, se casó con su sobrina y ama de llaves Klara Poelzl, una mujer 23 años más joven que él. De sus primeros cuatro hijos solo uno sobrevivió a la infancia; se llamaba Adolf.

A causa de la profesión de su padre, el muchacho tuvo que trasladarse primero a Fischlham, donde asistió a la escuela pública; luego a Linz, donde ingresó en la secundaria y luego también a Steyr, Gross-Schönau, Passau, Leonding y finalmente Lambach (donde, además, Adolf, de doce años, canta en el coro de los benedictinos y piensa hacerse fraile, hasta que descubre una pasión que será combatida por toda su familia: la pintura).

 

 

Hitler disfrutaba de una relación muy estrecha con su madre, no así con su padre, que se mostraba hostil hacia su hijo. Un amigo de la infancia recordaba al joven Adolf como un niño que se peleaba por cualquier cosa y se llevaba mal con todo el mundo.

A la edad de 18 años se trasladó a Viena con la idea de convertirse en pintor o en arquitecto, pero no pudo ser, sus cuadros fueron considerados faltos de vida y excasamente inspirados. Le negaron dos veces el ingreso en la Academía de Bellas Artes y se vio obligado a abandonar su sueño y, para colmo de males, se produjo el fallecimiento de su madre víctima de un cáncer. 'Aquel golpe me abatirá terriblemente -escribirá Hitler-. Yo había honrado a mi padre, pero amaba a mi madre'

 

Solo y sin recursos Hitler comenzó a vivir en las pensiones de mala muerte de la ciudad. Fue en esta época cuando entró en contacto con la literatura anrisemita de aquellos días. Posteriormente Hitler escribiría en 'Mi Lucha' que su adversión hacia los judíos comenzó precisamente en Viena. 'Es difícil, por no decir imposible -escribió Hitler, para mí, cuando comenzó la expresión 'judío' a sugerirme ideas especiales. No recuerdo haber oído pronunciar este vocablo en mi hogar, en vida de mi padre. [...] Tampoco encontré en la escuela razón alguna que contribuyera a modificar el cuadro impreso en mi mente por la vida del hogar. [...] No fue antes de que yo cumpliera los catorce o quince años cuando comenzó a resonar con cierta frecuencia en mis oidos la palabra 'judío', vinculada en parte a las charlas políticas. [...] En Linz había contados judíos [...] yo los contemplaba como si fueran alemanes. Lo equivocado de este concepto no se ofrecía a mis ojos porque el único signo distintivo que yo advertía en ellos fincaba en su para mí desconocida religión. [...] Yo no tenía idea de una deliberada hostilidad judía. Fue entonces cuando llegué a Viena. [...] Hube de modificar grandemente la favorable opinión que sobre el judaísmo me había formado, cuando llegué a conocer sus actividades en el periodista, en el arte, en la literatura y en la escena. De nada servían ya sus zalameras protestas. Bastaba, para tornarse insensible, con observar sus carteles y estudiar los nombres de los creadores de aquellas abominables invenciones para el cinematógrafo y el teatro, que uno veía encomendados a sus manos. Aquello era pestilencia espiritual, peor aún que la Muerte Negra, que se inoculaba en la vida de una nación [...] Y, por fin, cuando comprendí que eran los judíos quienes estaban al frente de la Social Democracia, la venda cayó de mis ojos. Mi larga lucha mental había concluido'.

 

Contrariamente a lo que se cree, Hitler no despertó el antisemitismo en Alemania, más bien se aprovechó de él. Tomó los sentimientos antijudíos que siempre habían estado presentes en la sociedad alemana y los puso en ebullición. Las leyes más duras y estrictas impuestas en el Reich fueron dedicadas a ellos, y así, mientras una mayoría de alemanes celebraban el acoso, una minoría de alemanes sufría su ira.

Se dictaminó que las obras de los judíos, entre otros autores, no estaban a la altura del espíritu nacional, por lo que fueron en un principio prohibidas y finalmente quemadas en la hoguera. Mientras los libros ardían Goebbels, el Ministro de Propaganda, se dirigía a las masas diciendo: 'La época del exagerado intelectualismo de los judíos ha terminado. Gracias a nuestra revolución alemana hemos despejado el camino a la cultura alemana'.

Los judíos pasaron a ser considerados menos que extranjeros y sus tiendas se convirtieron en el blanco del boicot organizado por los nazis. De esta manera, tuvieron que soportar las pintadas antisemitas en sus escaparates. Dado el rumbo que estaban tomando los acontecimientos, muchos judíos alemanes (por ejemplo, Albert Einstein) optaron por abandonar el país, otros que no tenían a donde ir se quedaron.

 

El 9 de noviembre de 1938 dio comienzo la penúltima noche de horror, la llamada 'Noche de los Cristales Rotos'. Cientos de comercios judíos fueron destruidos y 91 miembros de su comunidad muertos. La policía no intervino en ningún momento y se quedó con las manos en los bolsillos viendo el espectáculo pero sin hacer nada.

La mayoría de los historiadores culpan directamente a Adolf Hitler de lo sucedido aquella noche de terror y de sangre por las calles de Alemania, pero algunos de los que estuvieron muy cerca del propio Führer, de los que colaboraron con él, no opinaron lo mismo cuando fueron interrogados respecto a los acontecimientos.

Max Wuensche, asistente de Hitler, declaró en una entrevista concedida a la BBC: 'Estoy convencido que él no sabía nada de todo esto. Se enfureció mucho al conocer los acontecimientos e intentó pararlos. Se quedó horrorizado, dijo que había sido una gran estupidez y una locura y quiso saber quien había estado detrás de estos hechos'.

Suponiendo que Hitler no ordenara los sucesos de los que hemos hablado, que es mucho suponer, lo que es indiscutible es que el Führer consiguió crear un clima en el que a la población hebrea de Alemania le podía suceder cualquier cosa.

Lo acontecido en Alemania no quedó relegado al ámbito nacional, la prensa internacional fue informando de los acontecimientos a medida que se iban conociendo, divulgándolos por todo el mundo. Y a pesar que los dirigentes extranjeros trataron de no hacer caso a lo que sucedía bajo el régimen de Hitler (considerándolo un asunto interno), pronto las acciones del Führer reclamaron la atención internacional.

 

 

 

 

Adolf Hitler subió al poder en Alemania restituyendo el sentimiento de orgullo nacional. Una y otra vez recordaba a las masa su humillación durante la Primera Guerra Mundial y las injusticias impuestas por los vencedores a su madre patria. 'La masa -dirá el propio Hitler- tiene siempre necesidad de un cierto periodo de tiempo para estar dispuesta a aprender una cosa. Su memoria no se pone en marcha hasta que después de mil veces le han sido repetidas las nociones más simples'.

En su libro 'Mi lucha', Hitler explica el complot sobre Alemania: 'La destrucción de Alemania [en la Primera Guerra Mundial] no respondía a ningún interés británico sino en primer lugar, al interés judío, al igual que la destrucción del Japón sería hoy mucho menos provechosa a los intereses del Estado Británico que a los formidables anhelos de quienes dominan el ansiado imperio mundial judío. En tanto que Inglaterra realiza agotadores esfuerzos para conservar su posición en el mundo, el judío adopta las medidas necesarias para conquistarla. [...] El judío sabe perfectamente, al cabo de mil años de adaptación, que es capaz de socavar los pueblos de Europa reduciéndolos a la condición de bastardos, sin raza, pero que difícilmente podría hacer lo mismo con un estado nacional asiático, como el Japón. Por consiguiente se halla ahora empeñado en incitar a las naciones contra el Japón, en la misma forma en que les incita contra Alemania...'

Esta letanía de Alemania como víctima se prolongó a lo largo de todo el mandato de Hitler, incluso en su momento de mayor explendor, aquel en el que sus tropas cruzaron Renania e invadieron Austria, Checoslovaquía y Polonia. Y, a medida que iba sumando éxitos militares, el Führer empezó a asumir un 'status' casi divino como genio militar.

El final de la década de los 30 quedó marcado por la anexión de territorios que Adolf Hitler consideraba parte del gran Imperio germano.

 

 

 

Poco tiempo después de haber firmado el pacto de no agresión con la Unión Soviética, Alemania invadió Polonia, iniciando un nuevo concepto de guerra; la Guerra Relámpago. Atacando combinadamente con carros de combate, aviación e infantería el ejército alemán neutralizó al polaco en poco más de una semana. Inmediatamente Francia y el Reino Unido declararon la guerra a Alemania y de nuevo el ejército alemán fue imparable. Francia se rindió tras unas pocas semanas de resistencia.

Hacia el verano de 1940 los esfuerzos y atención de Hitler se concentraron en la campaña contra Gran Bretaña. Fue una auténtica lucha de desgaste. Durante cuatro meses británicos y alemanes se disputaron el control de los cielos de Inglaterra y, apesar de que Hitler sufrió graves reveses, seguía convencido de que ganaría la guerra.

   

Las preocupaciones de la guerra dejaron a Hitler poco tiempo libre para estar con su nueva amante, una muchachita llamada Eva Braun.

Ella era la compañera perfecta: joven, bella, llena de vida. La viva imagen de la juventud aria que el Führer anhelaba. Cuando se conocieron ella era una joven atractiva de 17 años que trabajaba para el fotógrafo personal de Hitler. En aquel momento él era un prometedor político de 40 años. A él le gustaba rodearse de mujeres jóvenes muy sencillas Y Eva Braun lo era. No tenía ningún tipo de ambición política o económica, su único fin era el de ser solamente una cara bonita para los ojos de su amado.

 

Herta Schneider, amiga personal de Eva Braun, comentó en una entrevista televisiva: 'Desde el principio hasta el final él fue el único hombre que ella amó. A pesar de que mi madre no dejaba de decirla que debía de salir con jóvenes de su edad y disfrutar de la vida. Para ella solo había un hombre; Hitler'.

Eva Braun tenía prohibido aparecer en público con el Führer, dos veces intentó suicidarse. Sin embargo, le siguió siendo fiel. Pasaba gran parte de su tiempo leyendo novelas baratas, viéndo películas románticas de Hollywood y atendiendo a las visitas que acudían a la mansión de Hitler.

Robert G. Waite, estudioso del tercer Reich y de la figura histórica del Führer aseguró en una entrevista televisiva: 'Hitler pensaba que, por lo general, las mujeres eran objetos útiles pero no tenían inteligencia activa. Eran emocionales. Solía hacer un comentario muy elocuente con el que denigraba tanto a los pueblos como a la mujer. Decía que las mujeres eran como las masas, había que aplastarlas porque les gustaba sentir la mano dominante de su amo'.

En cierta ocasión Hitler comentó que en los únicos seres en los que confiaba eran su perro y Eva Braun. A ella la prometió que algún día la llevaría a Hollywood para que protagonizara una película sobre su vida en común. Por su lado, ella le ofreció el apoyo que él ansiaba en una época en la que estaba convencido de que el mundo era suyo.

Hitler se veía a si mismo siguiendo la tradición de los legendarios dirigentes alemanes; Federico el Grande y Bismarck, pero su política exterior se asemejaba bastante más a la de Napoleón. Y como Napoleón, estaba a punto de cometer el gran error de no saber cuando detenerse.

 
     
     
                         
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