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Universidad de Barcelona de Geografía e Historia |
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DE COMO SHERLOCK HOLMES FUE ASESINADO |
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A primeros del año de 18886, en plena era victoriana, un joven médico (sin muchos clientes y menos reputación como galeno) llamado Arthur Conan Doyle escribía en la pequeña localidad de Southsea la historia de un extraño detective aficcionado, de rasgos muy marcados, alto, totalmente excéntrico, incansable fumador de pipa, violinista en sus momentos aburridos y meláncolicos, asiduo a la lectura de todo tipo de sucesos en los periódicos e incluso consumidor de cocaina (diluida al 7 por ciento para ser exactos). |
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La novela llevaba el título de "A Study in Scarlet" (1) (Estudio en Escarlata) y era la primera obra donde aparecía el detective Sherlock Holmes, nombre que con el tiempo se convertiría en el más célebre de los héroes de la novela detectivesca británica.
El nombre del protagonista fue largamente meditado, en un principio pensó llamarlo Sherinford Holmes, pero a su mujer no le gustaba porque lo consideraba poco sonoro, dificil de pronunciar y más aún de recordar. Eso llevó a Conan Doyle a comenzar una búsqueda profunda por el santoral, busqueda que se interrumpió cuando encontró el nombre irlandés de Sherlock.
La ciencia detectivesca de Holmes se fundamentaba en el desarrollo del razonamiento deductivo.
Conan Doyle se basó en un profesor que conoció en la universidad de Edimburgo, el doctor Bell, para crear los métodos de investigación de su personaje.
A "Estudio en Escarlata" siguió "El signo de los cuatro" y una serie de doce historias que configuraban "Las aventuras de Sherlock Holmes".
Conan Doyle tuvo tanto éxito con su creación de Sherlock Holmes que en cinco años abandonó la práctica de la medicina, se trasladó a Londres y se dedicó por entero a escribir.
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La figura de Holmes se complementaba perfectamente con su inseparable compañero de aventuras, el bondadoso y torpe doctor Watson, narrador oficial de las aventuras del detective y, en el fondo, una prolongación de la propia personalidad de Conan Doyle.
Toda una ola de delirio colectivo por las aventuras del personaje invadió la sociedad británica de la época, los lectores no cesaban de reclamar a los periódicos más aventuras de aquel detective que aplicaba aquellos extraños pero convincentes medios para resolver, con lógica aplastante, cualquier posible delito.
Las claves del éxito de Conan Doyle debemos buscarlas en la cautivadora sencillez con que el autor construyó sus narraciones, el seguimiento de la estricta moral victoriana de la época, la perfecta descripción de los más variados ambientes, el planteamiento de interesantes y sugestivos enigmas y, sobre todo, la resolución, de forma elegante y asombrosa, de los mismos.
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Pero, a medida que la estela de popularidad de Holmes cobraba cada vez más fuerza y se convertía en el tema preferido de los debates de los clubs y las tabernas de todo el país, una tragedia personal tomaba forma dentro del alma de Conan Doyle.
La figura del detective pronto fue la protagonista del museo de cera de Mrs. Tussaud, y no tardó demasiado tiempo en abrirse un auténtico museo dedicado exclusivamente a Sherlock Holmes, no a su creador, al que apenas se mencionaba. Todo el mundo amaba y respetaba al investigador, pero nadie parecía hacer caso a la mente creadora del mismo. Las consecuencias ante estos acontecimientos resultaban previsibles; Conan Doyle comenzó a odiar profundamente a su creación. En otoño de 1891, después de haber escrito "Un escándalo en Bohemia" todo estaba preparado para la definitiva muerte de Holmes.
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Conan Doyle escribió a su madre a Yorkshire explicándole sus planes de concluir con el detective para siempre: "Creo que voy a matar a Holmes, voy a librarme de él de una vez por todas."
Sin embargo, la respuesta de la señora Holmes estaba muy lejos de contener lo que su hijo espera escuchar, en una carta llegada desde la residencia materna la madre del escritor se expresaba con claridad cristalina: "¡No lo matarás! ¡No puedes hacerlo! ¡No debes hacerlo!..." La indignación de la buena señora llegaba hasta tal punto que el bueno de Arthur, para no contrariarla, pospuso el fin del detective. Sin embargo, esto no cambiaba ni un ápice los deseos del escritor; si bien la ejecución no se había realizado no significaba que no se realizase, simplemente estaba pospuesta.
Hacia mediados del año 1893, siete años después que Holmes fuera lanzado al mundo con la obra titulada "Estudio en escarlata" y después de que se consolidase con otra serie de aventuras del mismo calibre, el periódico en donde invariablemente Conan Doyle había forjado el alma de su creación, el Strand Magazine, recibió una nueva entrega de la saga que comenzaba con estas inquietantes palabras: "Tomo la pluma con tristeza para evocar, por última vez, el prestigioso talento que hizo de mi amigo Sherlock Holmes un ser excepcional..." La obra llevaba un título demasiado significativo como para pasarlo por alto: "El último caso".
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En el periódico no podían creerselo, con una furia homicida digna de un psicópata Conan Doyle había acabado las aventuras del detective más famoso del mundo arrojándolo por los precipios suizos de Reichenbach. ¡Holmes estaba muerto! ¡Definitivamente muerto! Aquel mismo día, la jornada en que se había puesto fin a la vida del investigador, en el diario personal del escritor podía leerse: "Todo marcha bien."
Sin embargo, la costernación con la que el público británico recibió la muerte de su héroe merece ser detallada. Se colocaron crespones, se guardaron minutos de silencio e incluso muchos trabajadores acudieron a su respectivos puestos con cintas negras que evidenciaban el luto por la muerte de un ser querido.
La casa de Conan Doyle recibió una abalancha de cartas, algunas de condolencia pero la mayoría culpándole directa y amenazadoramente de la muerte del detective.
El resentimiento y el odio contra el "asesino" del héroe nacional británico siguió creciendo y creciendo hasta el punto que la multitud, saltándose las protecciones policiales, asaltó decididamente la casa del novelista.
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Afortunadamente Conan Doyle se salvó de un linchamiento seguro porque viendo el curso que estaban tomando los acontecimientos había decidido dejar el Reino Unido algunas semanas antes y marcharse junto con su esposa de viaje por Suiza, pareciendo cumplir de esta forma la máxima que asevera que: "el asesino siempre vuelve al lugar del crimen." Ya que el escritor había tomado como punto de destino el lugar en donde había acabado con la vida de su creación.
Pasaron los años y el resentimiento general se fue calmando. Conan Doyle se dedicó mientras tanto a viajar y a escribir un buen número de libros históricos, que en el fondo, era lo que siempre había deseado. Sin embargo, pudo ser partícipe de la traducción de las aventuras de su, ahora ya casi olvidado, Sherlock Holmes al árabe, puesto que el Jedive había ordenado que estas obras se utilizasen para "uso de la policía local"...
En el año 1901 en la estación termal de Cromer y mientras reposaba de una fiebre tifoidea, Conan Doyle escuchó de un hombre llamado Fletcher Robinson una leyenda tremendamente impactante, era la narración de un perro fantasma, un espíritu diabólico, un monstruo venido del mismo infierno que sembró durante largo tiempo el más absoluto terror en las landas de Dartmoor (en el Devonshire).
Ni que decir tiene que Conan Doyle quedó completamente impresionado por lo escuchado aquella tarde y, que en cuanto concluyó la narración, su mente comenzó a entrelazar una historia, una historia que debía de ser policiaca a la vez que terrorífica. Allí mismo, Robinson y él comenzaron a esbozar el argumento de la novela de una antigua familia maldita y acosada por un sabueso espectral. Lo primero que acudió a su imaginación fue el título: "El perro de los Baskerville."
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Inmediatamente Conan Doyle quiso trasladarse a Dartmoor, para conocer personalmente el lugar en donde se desarrollaba la leyenda original. Hasta allí marchó en cuanto recobró las fuerzas necesarias acompañado de su amigo Fletcher Robinson (instigador y ayudante a la hora de escribir la obra (2)). Una vez allí recorrió minuciosamente el territorio, desde las cuevas hasta las zonas más inóspitas y apartadas, y en esas tierras, en el hotel donde se hospedaba, fue donde precisamente escribió buena parte de la novela.
Pero Conan Doyle necesitaba un personaje que fuera capaz de moverse desenvuelto por ese tipo de historia y que pudiera desentrañar con habilidad y de forma concluyente aquel misterio infernal que envolvía a todos los miembros de la familia Baskerville. Cuando su compañero Robinson le apuntó la posibilidad que fuera Holmes el encargado de resolver el misterio a Conan Doyle pareció darle un ataque: "¡Ah! ¡No! ¡Eso si que no, Fletcher! -exclamó irritado el escritor-. Holmes está en el fondo de los precipios de Reichenbach, y te aseguro que allí permanecerá..."
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Sin embargo, ¿Quién podría hacerse cargo de un caso tan espeluznante como este si no era el mismísimo Sherlock Holmes? Cuanto más lo pensaba más convencido estaba en que no podía encontrar a nadie mejor, y cuanto más vueltas le daba a su cabeza comprendía que solo él podía resolver el enigma de los Baskerville. Sin embargo, el regreso de Holmes no seria en ningún caso su resurrección y para que quedara claro el asunto; Conan Doyle fechó el caso de los Baskerville antes de la trágica muerte del detective.
Como el mundo es redondo da muchas vueltas y si existen dos palabras peligrosas en esta vida son "siempre" y "nunca", de manera que cuando en 1903 Arthur Conan Doyle recibió una oferta desde los Estados Unidos de 5.000 dólares por cualquier relato en donde se encontrara una explicación posible a los acontecimientos ocurridos en los precipios de Reichnbach (la oferta se hacia extensible a todas las historias que el novelista deseara escribir) y el británico "Strand Magazine" le hizo una propuesta similar, Conan Doyle empezó a acariciar la idea de resucitar a Holmes de las profundidades del infierno. "Después de todo -se dijo Conan Doyle, ante tanta insistencia- si el público se empeña en que Sherlock Holmes siga haciendo de las suyas, ¿por qué he de ser yo tan remilgado?"
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En octubre de 1903 aparecía en el Strand una novela muy corta titulada "La aventura de la casa vacía". En el relato el doctor Watson se encontraba con un individuo misterioso que no era otro que el ínclito Sherlock Holmes. Así lo relata el propio autor: "Torcí la cabeza para mirar la biblioteca que tenía detrás. Cuando la volví a su posición anterior pude ver que, al otro lado de mi mesa de trabajo, y sonriéndome, estaba Sherlock Holmes. Me puse en pie, que quedé mirándolo atónito durante algunos segundos, y después según parece y por primera y última vez en mi vida, debí sufrir un desmayo. De lo que estoy seguro es de que enturbió mis ojos una neblina gris, y de que, cuando ésta se disipó, me encontré con el cuello desabrochado y sentí en mis labios el picante regusto del coñac. Inclinado sobre mi silla y con una botella en la mano estaba Holmes."
La noticia fue todo un acontecimiento, el "Strand magazine" se agotó de inmediato y las rotativas de la revista se vieron incapaces de satisfacer las peticiones que recibían. ¡Holmes estaba vivo! Había estado un tiempo oculto para escapar a sus enemigos pero había vuelto y con él el ídolo del pueblo británico.
A partir de 1903, los relatos que aparecieron regularmente narrando las aventuras del docto detective consagraron su resurrección (3), resurrección que duró hasta 1930, fecha en la que la muerte se llevo a Arthur Conan Doyle, ya consagrado con el título de "sir" como caballero del Imperio Británico.
Aquel a quien la gente había olvidado en beneficio de su creación se vio compensado al final de sus días. Hubo que disponer un tren especial para llevar hasta la casa de sir Arthur Conan Doyle en Windlesham las flores que desde todas partes del mundo, habian sido enviadas para el entierro del creador de aquel caballero alto, de personalidad extraña, de temperamento misógino, que le encantaban los enigmas, tocaba el violín, fumaba en pipa, era asiduo lector de sucesos de todo tipo y que en los momentos de más debilidad consumía cocaina... diluida exactamente al siete por ciento...
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(1) Aunque se sabe que el primer título que eligió el autor, pues así figura en el borrador original, fue "Una madeja enmarañada".
(2) Conan Doyle reconoció a su amigo Fletcher Robinson su colaboración en la obra original.
(3) De esa época es el relato llamado "El valle del miedo" que los expertos consideran el mejor y más acabado relato de todos los escritos sobre Sherlock Holmes.
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