Universidad de Barcelona de Geografía e Historia  

 

 
 

 

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  EL HUNDIMIENTO
 
 

No hemos podido resistirnos a la hora de inspirarnos en la más que meritoria película alemana "El hundimiento", para dar nombre al siguiente capítulo, capítulo en el que trataremos de explicar, de la mano del historiador británico Hugh Trevor-Roper, las últimas horas de Adolf Hitler antes que los soviéticos entraran en Berlín.

Al término de la Segunda Guerra Mundial, el oficial británico e historiador Trevor-Roper fue encargado de investigar los últimos movimientos del führer. El resultado de sus pesquisas fue el libro "Los últimos días de Hitler", un clásico del que tan solo presentaremos un extracto del capítulo VII, que narra la muerte y cremación del genocida.

El libro en castellano puede encontrarse en España Alba Editorial.

     
         

Cuando Von Below abandonó el bunker, Hitler estaba ya realizando preparativos para su muerte. Durante el día le fueron comunicando las noticias del mundo exterior; Mussolini había muerto. El compañero de Hitler en su carrera criminal, el heraldo del fascismo que le había mostrado claramente las posibilidades de las dictaduras en la Europa moderna, y que le había precedido también en la desilusión y la derrota, le enseñaba ahora sin posibilidad de dudas cual era el destino que debían esperar los tiranos derrocados.

  ADOLF HITLER AL PRINCIPIO DE LA GUERRA.

Capturados por los partisanos durante el levantamiento general del norte de Italia, Mussolini y su amante Clara Petacci habían sido ejecutados, y sus cadáveres colgados por los pies en la Plaza del Mercado de Milán, para que la multitud vengativa pudiera golpearlos y apedrearlos. Si hubieran conocido todos los detalles de lo sucedido, Hitler y Eva Braun no podrían haber hecho otra cosa que repetir las órdenes que ya habían dado; sus cadáveres tenían que ser destruidos de forma que "no quedase el menor rastro de ellos". "No quiero caer en manos de un enemigo que necesita un nuevo espectáculo para divertir a sus masas histéricas". En realidad, es muy improbable que el Führer llegase a conocer los detalles de la muerte del Duce, aunque éstos solo habrían servido para fortalecer su firme determinación. El destino de los déspotas vencidos ha sido generalmente el mismo y Hitler, que se había complacido en exhibir el cadáver de un mariscal de campo colgado de un gancho de carnicero, no tenía necesidad de remotos ejemplos históricos ni de una nueva y dramática demostración para imaginar la suerte de su propio cadáver, si llegaba a ser encontrado.

Por la tarde, Hitler ordenó que diesen muerte a "Blondi", su perro alsaciano favorito. El profesor Haase, su antiguo cirujano, que atendía ahora a los heridos en su clínica de Berlín, acudió al bunker y envenenó al animal.

Los otros dos perros que pertenecían a Hitler habían sido ya muertos a tiros por el sargento que los cuidaba. Después de esto, según declaraciones de Frau Junge, Hitler entregó a sus secretarias cápsulas de veneno para que las utilizasen en caso de extrema necesidad. Dijo que lamentaba no poder hacer un regalo más agradable, pero añadió que estaba orgulloso de su valor, y que ya hubiera deseado que sus generales fueran tan dignos de confianza como ellas.

Por la noche, mientras los moradores de los otros dos refugios estaban cenando en el pasillo-comedor del bunker de Hitler, fueron visitados por uno de los guardias de las SS, quien les informó que el Führer deseaba despedirse de las damas, y que nadie fuese a dormir hasta que hubieran recibido nuevas órdenes. Alrededor de las dos y media de la madrugada llegó la orden. Fueron citados para acudir al bunker y se reunieron todos en el mismo pasillo-comedor, un total de unas veinte personas entre mujeres y oficiales.

Cuando estuvieron reunidos, Hitler salió de la parte privada del bunker, acompañado de Bormann. Según el testimonio de la varonesa Von Varo, tenía un gesto abstraído; su mirada parecía fija, los ojos cubiertos de aquella película de humedad que ya advirtiera Hanna Reitsche. Cruzó en silencio el pasillo, estrechando la mano de todas las mujeres. Varias le hablaron, pero el Führer no respondió o murmuró algo totalmente inaudible. Cuando se hubo ido, los asistentes permanecieron un rato en el pasillo discutiendo acerca de su significación. Pronto convinieron que únicamente podía querer decir una cosa. Iba a tener lugar el suicidio del Führer. Algo sorprendente e inesperado sucedió entonces. Fue como si una nube grande y pesada desapareciera de los espíritus de los moradores del bunker. El terrible hechicero, el tirano que había angustiado sus días pronto se iría, ellos podían relajarse.
HITLER Y MUSSOLINI EN JULIO DE 1944. AUN EN LOS PEORES TIEMPOS SE MANTUVO LA AMISTAD ENTRE AMBOS HOMBRES.  

En la cantina de la cancillería, donde soldados y ordenanzas ingerían sus comidas, se organizó un baile. Llegó la noticia de lo que sucedía, pero nadie interrumpió su diversión. Un mensaje del bunker del Führer ordenaba silencio, pero el baile continuó. W.O. Müller, un sastre que había sido utilizado por los miembros del cuartel general y que ahora estaba encerrado como los demás en la cancillería, se sintió extraordinariamente sorprendido cuando el Brigadeführer Rattenhuber, jefe de la guardia policiaca y general de las SS, le dio una palmada cordial en la espalda y le saludó con "democrática" familiaridad. En la rigurosa jerarquía del bunker, el sastre experimentó un deslumbramiento. Le trataban como si fuese un militar de alta graduación.

Más tarde, en la misma madrugada, cuando el nuevo día de trabajo había comenzado, los generales fueron como de costumbre al bunker con sus informes militares. El Brigadeführer Mohnke, comandante de la cancillería, anunció una ligera mejora en la situación; la estación de Schlesischer había sido reconquistada por las fuerzas alemanas. Pero en los demás sectores no había variado el cariz de los acontecimientos.

  SOLDADOS ALEMANES CON UN LANZACOHETES "NEBELWERFER" DEFENDIENDO LOS ALREDEDORES DE BERLÍN.
A mediodía las noticias sobre los acontecimientos militares eran francamente malas. El tunel del ferrocarril de Friedrichstrasse había sido ocupado por los rusos; el tunel de la Vosstrasse, cerca de la cancillería, estaba parcialmente en sus manos, habían conquistado todo el área del Tiergarten , y las fuerzas rusas habían llegado a la Postdamer Platz y al puente de Weidendammer sobre el río Spree. Hitler recibió estos informes sin dar muestras de emoción. Comió alrededor de las dos de la tarde. Eva Braun no apareció; o no sentía hambre o almorzó sola en su habitación. Como de costumbre en ausencia de la que ya era su mujer, Hitler compartió su mesa con sus dos secretarias personales y la cocinera. La conversación no indicaba nada extraordinario en relación a lo que estaba ocurriendo en las calles de la capital. Hitler aparecía tranquilo y no hablaba de sus intenciones con el resto de los comensales. Sin embargo, ya se estaban realizando de forma discreta los preparativos para la ceremonia final.
A primera hora de la mañana , los miembros de la guardia habían recibido orden de recoger sus raciones de todo el día, porque no se les permitiría volver a cruzar por el pasillo del bunker , y aproximadamente a la hora de la comida, el ayudante de las SS de Hitler, el Sturmführer Guensche, dio orden al oficial de transporte y conductor Sturmbannführer Erich Kempka de llevar doscientos litros de petróleo al jardín de la cancillería. Kempka protestó, diciendo que sería muy difícil reunir dicha cantidad en tan poco tiempo, pero le contestaron que tenía que hacerlo. Al fin halló unos ciento ochenta litros que mandó llevar al jardín. Poco después todos los hombres de la guardia y la escolta, excepto los que estaban de servicio en aquellos momentos, recibieron orden de abandonar la cancillería. Ningún observador casual debía presenciar la escena final.
     
  ÚLTIMOS DÍAS DE HITLER.  
     
Mientras, Hitler había terminado su almuerzo y despedido a sus invitadas. Durante un rato permaneció en sus habitaciones. Luego surgió de la parte reservada del bunker acompañado de Eva Braun, y tuvo lugar otra ceremonia de despedida. Allí estaba Bormann y Goebbels, Lingue y las cuatro mujeres: Frau Christian, Frau Junge, Fraulein Krueger y Fraulein Manzialy. Frau Goebbels no se hallaba presente; abatida por la muerte inminente de sus hijos, permaneció todo el día en su cuarto. Hitler y Eva Braun dieron la mano a todos y luego se marcharon a sus habitaciones. Los demás fueron alejados, excepción hecha de los altos jefes y aquellos otros pocos cuyos servicios serían necesarios. Todos estos aguardaron en el pasillo. Se oyó un solo disparo. Esperaron unos minutos antes de entrar en las habitaciones del Führer. Cuando lo hicieron, hallaron a Hitler tendido sobre el sofá, que aparecía empapado en sangre. Se había disparado un tiro en la boca. Eva Braun estaba asimismo sobre el sofá, muerta también. Tenía a su lado un revólver, pero no llegó a utilizarlo, prefiriendo envenenarse. Eran las tres y media de la tarde.

Poco después Artur Axmann, jefe de la Juventudes Hitlerianas, llegó al bunker. Era demasiado tarde para participar en la ceremonia de la despedida, pero le dejaron entrar en la parte reservada del refugio para ver los cuerpos muertos del Führer y su esposa. Fuera, en el bunker, se preparaba otra ceremonia: el funeral vikingo.

Mientras Axmann meditaba delante de los cadáveres, dos hombres de las SS, uno de ellos el criado de Hitler, Linge, entraron en el cuarto. Envolvieron el cuerpo de Hitler en una manta, tapando la ensangrentada y maltrecha cabeza, y lo sacaron al pasillo donde todos los presentes lo reconocieron por los pantalones negros que llevaba siempre y que aparecían bajo la manta.

HITLER Y EVA BRAUN.  

Después, otros dos oficiales de las SS subieron el cuerpo por los cuatro tramos de escalones de la salida de emergencia, y lo sacaron al jardín. Acto seguido, Bormann entró en la habitación de la tragedia y cogió el cuerpo de Eva Braun. Su muerte no había sido sangrienta, y no era necesaria una manta para taparla. Bormann sacó el cadáver al pasillo, y allí se la entregó a Kempka, que lo llevó hasta el pie de la escalera, lugar en que se hizo cargo de él Guensche, Guensche, a su vez, se lo dio a un tercer oficial de las SS, que lo subió hasta el jardín. Como medida de precaución, la otra puerta del bunker, que daba a la cancillería, y varias de las puertas de la cancillería que daban al jardín, habían sido cerradas precipitadamente para evitar la presencia de intrusos indeseables.

Desgraciadamente, las más extremadas precauciones resultan inútiles en ocasiones. Y fue consecuencia directa de estas precauciones que dos personas no autorizadas presenciaran la escena de la que quería excluírselas. Uno de los policias de escolta, un tal Erich Mansfeld, estaba de servicio en la torre de observación del extremo del bunker y al oír un precipitado cerrar de puertas y pasos de varias personas, consideró su obligación averiguar lo que sucedía.

  DOS SOLDADOS RUSOS SEÑALAN EL SITIO DONDE, SUPUESTAMENTE, HITLER FUE INCINERADO JUNTO CON EVA BRAUN. PUEDEN VERSE LOS BIDONES DE COMBUSTIBLE.

Bajó, pues, de su torre de observación al jardín, y se acercó a la salida de emergencia para ver lo que pasaba. En la puerta tropezó con la procesión fúnebre que salía en aquel instante. Primero marchaban dos oficiales de las SS llevando un cuerpo envuelto en una manta, por debajo de la cual salían unas piernas envueltas en pantalones negros. A continuación iba otro oficial de las SS con el cadáver de Eva Braun en los brazos. Detrás venían los plañideros: Bormann, Durgdorf, Goebbels, Guensche, Linge y Kempka. Guensche gritó a Mansfeld que se quitase inmediatamente de en medio, y éste una vez visto el interesante, pero prhibido espectáculo, retornó a su torre.

Después de esta breve interrupción prosiguió el rito conforme al plan establecido, posiblemente por el propio Führer. Los dos cadáveres fueron colocados juntos en el suelo a pocos metros de distancia de la salida del bunker, y se les roció con el petroleo de las latas.

Un bombardeo ruso vino en aquel momento a añadir estruendo y peligro a la ceremonia, y los plañideros corrieron a buscar protección a la puerta del refugio. Guensche hizo un pequeño reguero de petróleo en el suelo, encendió una cerilla en la misma puerta del bunker, prendió fuego y las llamas prendieron en los cuerpos. Pronto estuvieron envueltos en llamaradas. Los plañideros permanecieron inmóviles, hicieron el saludo hitleriano y volvieron a bajar al refugio donde se dispersaron.

Mientras, un nuevo testigo había presenciado el espectáculo. Era otro de los policías de la escolta y acudió, también, atraído precisamente por las excesivas precauciones adoptadas. Se llamaba Hermann Karnau. Karnau, como los demás guardianes que no estaban de servicio, recibió orden de un oficial de escolta de las SS y marchó a la cantina de la cancillería; pero al cabo de un rato, a pesar de las órdenes, decidió regresar al bunker. Al llegar a la puerta del refugio se la encontró cerrada. Entonces resolvió atravesar el jardín para penetrar por la salida de emergencia.

     
  SALÓN DE LA CANCILLERÍA DEL REICH QUE ALBERGABA EL GABINETE DE TRABAJO DE HITLER.  
     

Cuando daba vuelta a la torre donde Mansfeld estaba de servicio, se vio sorprendido por dos cuerpos que aparecían tendidos en el suelo a pocos pasos de la puerta del bunker. Casi al mismo tiempo los dos cadáveres comenzaron a arder, de una manera espontánea al parecer. Karnau no pudo explicarse por el momento el fenómeno. No veía a nadie, y el fuego no podía ser resultado de la acción del enemigo porque lo hubiese advertido, ya que estaba a muy corta distancia. Karnau contempló un instante los cadáveres ardiendo. Pudo reconocerlos con facilidad, aunque Hitler tenía la cabeza destrozada. Afirman que ofrecía "un aspecto extremadamente repulsivo". Luego descendió al refugio por la salida de emergencia. En el bunker se encontró con el Sturmbannführer (grado de comandante) Franz Schedle, el oficial que mandaba la escolta de las SS. Schedle había sido herido recientemente en el pie por una bomba y avanzaba cojeando. Parecía transformado por la pena. Murmuró: "El Führer ha muerto, está ardiendo ahí fuera". Karnau le acompañó hasta su lugar de descanso.

Mansfeld, de centinela en la torre, vigilaba también la quema de los cadáveres. Cuando volvió a meterse en la torre siguiendo las órdenes de Guensche, vio, a través de una de las troneras, levantarse una columna de humo negro en el jardín.

     
  TOMA DEL REICHSTAG POR PARTE DEL EJÉRCITO ROJO. MUCHO NOS TEMEMOS A QUE ES UNA FOTO PREPARADA DE PROPAGANDA.  
     

Más tarde, aquella misma noche el Brigadeführer (rango equivalente a General de Brigada) Rattenhuber, jefe de los policías de escolta, entró en el llamado "bunker del perro", donde los guardianes descansaban en sus horas libres, y habló al sargento diciéndole que informara a su jefe Schdle que necesitaría tres hombres de toda confianza para enterrar los cadáveres. Poco después retornó de nuevo al "bunker del perro" y se dirigió a los hombres allí reunidos, que eran los seleccionados. Les hizo jurar que guardarían los acontecimientos del día como un secreto sagrado. Cualquiera que hablase una sola palabra de lo ocurrido sería fusilado inmediatamente. Poco después de medianoche Mansfeld volvió a su puesto de centinela en la torre. Las granadas rusas seguían cayendo y el cielo estaba iluminado por las bengalas. Se dio cuenta de que parecían haber manipulado en el cráter abierto por una bomba delante de la salida de emergencia, y que los cadáveres habían desaparecido. No dudó de que el cráter se había convertido en una tumba para ellos, porque era inconcebible que la explosión de una granada hubiera apilado la tierra alrededor con tal perfecta simetría. A la misma hora aproximadamente, Karnau, que estaba de servicio con otros guardas en la Vosstrasse, oyó decir a uno de sus camaradas: "Es triste que ninguno de los oficiales parezca inquieto por la suerte del cadáver del Führer. Me enorgullece ser el único que sabe donde está".

Esto es todo lo que sabemos acerca del paradero de los cadáveres de Hitler y Eva Braun. Linge dijo después a una de las secretarias que habían sido quemados, conforme ordenase el Führer, "hasta que no quedó de ellos el menor rastro". Pero es muy dudoso que pudieran realizar una completa combustión. Ciento ochenta litros de petróleo, ardiendo lentamente sobre un suelo arenoso, pueden quemar la carne y hacer desaparecer los tejidos; pero los huesos tienen que haber resistido al calor.

     
  UNA DELAS ÚLTIMAS FOTOS DE HITLER, TOMADA ALGUNAS SEMANAS ANTES DE SU MUERTE.  
     

Estos huesos no han sido encontrados nunca. Quizá fueron destrozados y mezclados con los de otros cuerpos, con los cuerpos de soldados muertos en la defensa de la cancillería y el cadáver de Fegelein, enterrado también en el jardín. Los rusos cavaron en el jardín y sacaron a la luz muchos de esos cuerpos. Acaso, como se dice que Guensche afirmó, las cenizas fueron depositadas en una caja y sacadas de la cancillería . O puede ser que no resulte precisa ninguna explicación complicada. Es posible que las primeras investigaciones se llevaran a cabo con un descuido excesivo. Los investigadores que no fueron capaces de dar durante cinco meses con el diario de las entrevistas celebradas por Hitler es fácil que no dieran con otras reliquias que estaban ocultas con mayor cuidado. Pero cualquiera que sea la explicación, es indudable que Hitler consiguió realizar su postrera ambición. Al igual que Alarico, enterrado bajo el lecho de Busento, el moderno destructor de la humanidad tuvo la satisfacción de que sus restos no fueran encontrados.

Mientras los últimos ritos y maniobras eran observados por guardas y centinelas, los regentes del bunker estaban atareados en asuntos más importantes. Desde aquel instante nadie se preocupó de los cuerpos que ardían en el jardín. Había terminado un episodio, y en el poco tiempo que les quedaba tenían que preocuparse de resolver sus problemas personales.

La primera prueba del cambio producido en la atmósfera del bunker la tuvieron las secretarias, que habían sido alejadas durante la fúnebre ceremonia, tan pronto volvieron a sus puestos. Observaron que todo el mundo estaba fumando en el bunker. En vida de Hitler esto estuvo rigurosamente prohibido; pero ahora que el profesor se había marchado, los chicos podían saltarse todas las reglas.

 
     
     
                         
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