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Universidad de Barcelona de Geografía e Historia |
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Los espíritus malignos de China son tan repugnantes y horrorosos como los del resto del mundo (e incluso más), los más temibles de todos son los vampiros o 'ch´iang shib'. Su comportamiento es bastante similar al de sus colegas occidentales pero son algo más complicados. No solo resucitan los cadáveres y evitan su descomposición sino que además pueden 'formar' un ente a partir de restos en descomposición o un simple montón de huesos. Disponen de ojos abrasadores y garras afiladísimas, su cuerpo está recubierto de pelo blanco o verdoso y además de chupar sangre se dedican a devorar cadáveres.
La leyenda que vamos a recrear pertenece al libro 'Liao Chai' de P´u Sung-ling y está escrita a finales del siglo XVII. Este libro es algo así como 'Las mil y una noches' oriental, una auténtica colección de leyendas chinas fantásticas y pavorosas. |
'La noche caía sobre la remota aldea de Tsai Tien, situada en un estrecho valle del distrito de Yang Shin. Las sombras se hacían más grandes y negras a cada instante, cerniéndose sobre una caravana que avanzaba por el tortuoso sendero cortado en la ladera. Las mulas, unas veinte en total, se esforzaban bajo sus pesadas cargas, animadas por las imprecaciones y los gritos estridentes de los arrieros.
Los cuatro mercaderes dueños de la caravana, a lomos de sendas mulas, se abrigaban de los desapacibles vientos que soplaban desde lo alto de la montaña, con largas túnicas acolchadas, gruesas botas de piel y pesadas capuchas de lana roja. La creciente oscuridad se hacía aún más impenetrable con la niebla que empezaba a abatirse sobre el valle, y sus corazones se alegraron a divisar por fin, delante de ellos, las luces de la pequeña aldea.
Cuando llegaron a la única posada del lugar, contentos ante las perspectiva de una comida caliente y una noche de descanso, saltaron de sus monturas al tiempo que el posadero salía a recibirlos. Pero, lamentablemente, todas las habitaciones estaban ocupadas. "Tengo un barracón bastante grande del otro lado del camino -dijo el posadero-, pero no es más que un establo mal defendido del frío. Pueden pasar allí la noche si lo desean".
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Bastante contrariados, los cuatro mercaderes se consultaron el uno al otro con la mirada y decidieron aceptar la oferta del posadero. Tal y como les había dicho, la pieza era bastante grande y tenía en el extremo una cortina que la dividía. Era un mal sitio para pasar la noche, pero mejor que el frío exterior, por lo que pidieron que les trajesen sus equipajes y sus mantas para extenderlas sobre las esterillas.
Les fue servida la cena en la sala pública de la posada, entre risas, ruidos y actividad. Cuando terminaron de comer las legumbres y el humeante arroz y apuraron el vino caliente, el posadero les dio un pequeño candil de aceite para que se alumbraran por el camino; llegaron al establo y se acostaron en sus improvisados lechos.
Lo que no sabían los inesperados viajeros era que la nuera del posadero había fallecido hacia algún tiempo y que habían depositado su cadáver en el mismo establo en que se disponían a pasar la noche. Estaba amortajada con los vestidos de papel ceremoniales y metida en un endeble ataúd de madera que habían colocado en un extremo de la nave, detrás de la cortina. Las esterillas sobre las que los viajeros habían improvisado sus lechos quedaban cerca de la puerta; junto a ellas había una mesa de madera sobre la cual el último en entrar había puesto el humeante candil.
De los cuatro hombres uno, cuyo nombre era Wang Fu, tuvo una extraña premonición, y mientras sus tres compañeros roncaban apaciblemente, él se mantuvo despierto observando las sombras móviles que proyectaba la chisporroteante luz del candil. Al aproximarse la hora de la rata, Wang Fu se sintió invadido por una fría sensación de malestar. Se dio la vuelta en la cama tratando de dormir, pero los ronquidos de sus tres compañeros resonaban en sus oídos como zumbidos de abejas volando y le resultaba imposible conciliar el sueño. Por último, viendo que no podía dormir, se levantó, alargó la mecha del candil para que diese más luz y, sacando de su equipaje un libro de sabiduría antigua, se puso a leer. Pero no podía concentrarse sobre la lectura y le resultaba igual de imposible leer que dormir. Por razones que no acertaba a comprender, le estaba invadiendo un terror creciente que le helaba la sangre, y aunque deseaba despertar a sus compañeros, no lo hizo por temor a que se burlaran de él.
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De pronto escuchó un crujido, acompañado del ruido que hace el papel al arrugarse. Sin atreverse a mover más que los ojos, miró por encima del libro hacia donde salían los ruidos. Sus ojos se habían acostumbrado a la oscuridad, apenas rota por el pálido resplandor del candil, y creyó apercibir algún movimiento detrás de la cortina que había en un extremo. Una garra helada parecía haber hecho presa en el corazón de Wang Fu, que estaba paralizado por el terror a pesar de sus esfuerzos por mantenerse en calma.
Poniendo a un lado el libro y cubriéndose el rostro con la manta fijó sus desorbitados ojos en la cortina. Esta se iba levantando lentamente; el hombre vio una mano pálida que sujetaba los pliegues de la cortina y se dio cuenta que era la de un cadáver. El cadáver de la muchacha emergía lentamente del ataúd y la débil luz del candil revelaba la pálida blancura de su cara. Paralizado por el terror, el pobre hombre contempló como el cadáver se incorporaba y comenzaba a andar lentamente. Wang Fu hubiese gritado con todas sus fuerzas de no haber sido porque algo le atenazaba la garganta y le impedía articular sonido alguno. Inmovilizado y mudo, siguió con ojos aterrorizados los pasos de la siniestra criatura que se dirigía inequívocamente hacia sus tres compañeros durmientes.
Cuando llegó a la altura del primer hombre, se inclinó silenciosamente sobre él y le dio lo que pareció ser un ligero beso. Luego se incorporó y se dirigió hacia el segundo mercader. Wang Fu distinguió claramente por primera vez el rostro de la muchacha, y poco faltó para que pereciera allí mismo de terror. De sus ojos de demonio salían llamas coloradas, y los afilados colmillos que dejaba entrever su feroz sonrisa brillaban cada vez que su boca espantosa se abría y cerraba sobre la garganta del durmiente. La víctima se sacudió bajo la manta y luego quedó inerte mientras el cadáver bebía su sangre a grandes tragos, haciendo al chupar un ruido horrible.
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