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  Universidad de Barcelona de Geografía e Historia  

 

 
 

 

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EL SANTO CRISTO DE SALOMÓ
     

El pueblo de Salomó, en la comarca del Tarragonés (y a tan solo 20 kilómetros de la ciudad de Tarragona), es eminentemente agrícola y de secano (y produce una uva extraordinaria). Destaca la iglesia de Santa María (su iglesia parroquial), de notable campanario y portal románico. No podemos dejar de mencionar el edificio llamado Cal Cardenal, que perteneció a Josep Nin y que está relacionado con la leyenda que seguidamente vamos a narrar.

Por cierto, la representación del baile litúrgico del Sant Crist durante las fiestas de la población (allá por el mes de mayo), es tremendamente interesante, os lo aconsejamos.

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El piadoso señor de Nin era el señor feudal que dominaba la población de Salomó y todos los pueblos a su alrededor. Por aquellos lejanos tiempos el sarraceno todavía tenía el pie puesto en tierra catalana (así que el sagaz lector comprenderá fácilmente que si los 'moros' se encontraban aún en Catalunya eso significa que dominaban casi toda la península).

Sin embargo, no eran tiempos de guerra, la tregua estaba firmada entre cristianos y musulmanes en Catalunya y el comercio entre ambos pueblos era algo absolutamente normal. De hecho, el señor de Nin, viendo que durante esa temporada la cosecha de trigo había sido más pobre de lo esperado, decidió marchar a tierra sarracena a comprar trigo a los 'infieles'.

Y así lo hizo, un día cogió el camino y llegó hasta la tierra dominada por los mahometanos, negoció provechosamente con ellos y se preparó para el regreso. Cuando ya estaba de vuelta le llamó la atención un viejo edificio que se asemejaba a una ermita, medio destruida y sin techo. La curiosidad hizo que detuviera su marcha y que se acercara y entrara en el edificio. Era un almacen de los 'moros' en el cual se guardaba el grano de los campos vecinos. Al caminar por el depósito le llamó la atención ver una imagen de Jesús Nazareno. El señor de Nin, ferviente católico, buscó a alguien quien pudiera explicarle aquel misterio, se llegó hasta la puerta de entrada donde encontró a un moro a quien interrogó sobre la figura de Jesucristo: ¿Cómo siendo vosotros mahometanos tenéis una imagen cristiana? Y, ¿cómo lo tenéis en un lugar tan pobre y abandonado?

El 'moro' le respondió que cada viernes, su día sagrado según el Corán, sacaban la talla y la azotaban, ceremonia a la que asistía mucha gente para regocijarse. Después la volvían a meter en aquel lugar abandonado.

Como puede entender el lector, nuestro hombre se sintió profundamente dolido por aquellos actos que ofendían a su fe, por lo que de inmediato se dispuso a negociar con el 'moro' con el fin de comprarle la imagen. El sarraceno contestó negándose firmemente; cuando llegara el viernes el pueblo vería que la estatua había desaparecido e incluso podía llegar a buscar al culpable para matarle. Mucho ofreció el señor de Nin para rescatar la imagen, pero todos sus ruegos y monedas resultaron inútiles. Finalmente, el cristiano tuvo que retirarse sin conseguir su propósito.

A su regreso dio inmediata cuenta de lo que había observado y de lo que el 'moro' le había contado. Todos se sintieron dolidos e insultados por la afrenta musulmana. Reunidos acordaron que, costara lo que costara, debía de rescatarse la imagen. Una vez más el señor de Nin, acompañado de algunos de sus sirvientes, marchó para tratar de negociar con el 'moro'. Una vez en los dominios del infiel se dirigió al almacén y dijo al guardián: 'Hemos vuelto para rescatar la imagen de nuestro Dios. Traigo dinero para pagarte y mitigar la ira del pueblo. Y puedo ofrecer el peso de la imagen en monedas'.

Conocedor el mahometano del peso de la talla, ya que se necesitaban seis hombres para sacar a la calle la figura del Nazareno, acabó por aceptar. También hizo llamar a la gente del pueblo para que presenciaran la pesada. Llegron varios jefes y tentados por la codicia aceptaron lo que el señor de Nin les ofrecía. La imagen se vendería por su peso en oro.

Se utilizó una balanza de las que se usaban para pesar el trigo, en un plato pusieron la talla mientras que en el otro el señor de Nin comenzaba a colocar monedas. Pero para sorpresa de todos, cuando la cantidad de monedas llegó a treinta y tres, la balanza se equilibró. Los musulmanes se quedaron atónitos, no entendían en absoluto lo que estaba pasando e inmediatamente pensaron que se trataba de una artimaña de los cristianos. Mandaron traer una nueva balanza y volvió a suceder lo mismo que antes. Inmediatamente los mahometanos quisieron deshacer el trato pero los cristianos se negaron; lo pactado era lo pactado. Por lo que los sarracenos tuvieron que acceder y aceptar las treinta y tres monedas.

Los cristianos tomaron la decisión de que la imagen debía de ser transportada por vía marítima, pues encontraron que esta era una manera más sencilla y segura de llevar a la estatua hasta lugar seguro. Los moros la envolvieron en unos lienzos y la transportaron hasta la playa.

Allí, los acompañantes del señor de Nin ya habían conseguido una embarcación y tras cargar la imagen se prepraron para iniciar la travesía hasta puerto seguro. Pero la nave se quedó absolutamente inmóvil, por mucho que lo intentaron los marineros cristianos el barco no se movió ni un milímetro. El señor de Nin no comprendía lo que estaba pasando, pero la respuesta le llegó cuando algunos marineros que habían destapado la talla para comprobar su estado le informaron que a la imagen le faltaba uno de los dedos pulgares del pie.

Los cristianos volvieron a casa del 'moro' y le hicieron confesar que, en efecto, él había cortado ese dedo para azotarlo cada viernes, aunque no era más que una parte minúscula de la talla. Entregó el dedo el musulmán al señor de Nin, tras lo cual éste ordenó a sus sirvientes a que volvieran al barco de inmediato. La nave entonces, sin ningún tipo de problemas, salió tranquilamente del puerto con dirección a su destino.

Al llegar a Altafulla, la embarcación se detuvo por si misma. La imagen fue desembarcada, engalanada y llevada en solemne procesión hasta la población de Salomó, donde se le erigió un santuario para que reciese culto y fuera adorada por los crisitianos.

     
   
     
     
                         
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