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Universidad de Barcelona de Geografía e Historia |
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LOCOS EN LA HISTORIA |
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Desde que el mundo es mundo diversos personajes históricos han dado suficientes muestras de locura como para no poder negar la evidencia, en ocasiones esas demostraciones se han mantenido en el ámbito estrictamente personal, donde el único protagonista de la enfermedad la sufría con más o menos soledad, mientras que en otras ocasiones, esos trastornos psíquicos de un solo individuo han conseguido arrastrar a pueblos enteros hasta hacerlos caer en las más profundas simas de la barbarie o locura colectiva. |
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Tratar de hacer un estudio profundo de todos esos personajes resultaría un trabajo imposible de realizar (Dios debe amar mucho a los locos porque crea muchos...). Así que nos centraremos en un grupo tan significativo como representativo, nombres como Van Gogh, Rasputín, Calígula, Luis II de Baviera o Hitler serán el objeto de nuestro estudio. Aunque la concepción romántica de la locura ha pretendido unirla al genio creador veremos que, en la mayoría de los casos, no deja de ser más que una burda leyenda urbana.
Suetonio en su libro "Los doce césares" nos deja bien clara la personalidad de Calígula. Nuestro personaje era hijo de uno de los hombres más grandes de Roma, Germánico: "Sabido es que Germánico poseía todas las mejores cualidades del cuerpo y alma, en tan grado que nadie pudo parangonarse a él jamás. El día en que murió apedrearon los templos y derribaron las estatuas de los dioses. Algunos ciudadanos arrojaron al arroyo sus propios dioses lares, en señal de dolor". Germánico llevaba siempre a su hijo Cayo César, más tarde llamado Calígula, a sus campañas. Su sobrenombre era un mote militar que le habían dado los soldados por su calzado. La caliga era la sandalia usada por los legionarios.
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Desde un primer momento no pudo ocultar sus bajas y crueles intenciones, sintiéndo un inmenso placer presenciando las torturas de los condenados. Mientras tanto, el pueblo engañado por la esperanza pensaba que cuando fuera César (pues fue designado sucesor de Tiberio), sería opuesto al anterior y cercano a lo que había representado su padre para el pueblo de Roma.
Durante los seis primeros meses de su mandato logró ahogar al monstruo que habitaba en su interior e incluso mostró clemencia en más de una ocasión, pero se convirtió en un tirano depravado después de una enfermedad mental, precedida de fiebres y convulsiones. Mucho han estudiado y argumentado diferentes especialistas sobre el mal que pudo atacar al César, pero los datos son insuficientes y es dificil de precisar cual fue realmente su mal.
Comenzó a considerarse divino e hizo quitar "la cabeza a una estatua de Júpiter Olímpico, substituyéndola por otra de piedra que era su retrato [...] También tuvo para su culto un templo especial [...] como costaban muy caros los animales para el mantenimiento de las fieras destinadas a los espectáculos, las alimentaba con la carne de los condenados a muerte, arrojándoselos vivos para que los devoraran [...] Obligaba a los padres a presenciar el suplicio de sus hijos. [...] El autor de cierta poesía satírica fue quemado en su teatro por haberse sentido aludido el César. Un caballero romano expuesto a las fieras gritó que era inocente. Le hizo sacar de la arena, le cortó la lengua y volvió a mandarle al suplicio [...] Un soldado experto en cortar cabezas de un solo tajo ejercía ante él su habilidad en todos los prisioneros que le presentaban..."
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Este era el "monstruo" que llegó a César y aterrorizó a Roma entera. Quizá para concluir con el personaje nada mejor que volver a Suetonio y en sus palabras llegar a medir la catadura del individuo: "En medio de una espléndida comida en compañía de los cónsules comenzó de pronto a reír a carcajadas. Los cónsules, sentados a su lado, le preguntaron con acento adulador de qué reía. [...] Es que pienso -contestó- que con una señal puedo haceros estrangular a los dos ahora mismo".
La vida de este sádico concluyó víctima de una conspiración el 9 de las calendas de febrero. Su cadáver fue inmediatamente quemado y enterrado por parte de los conspiradores. En este breve estudio hemos tocado solamente un diez por ciento de las atrocidades que de él se recogen y relatan en el libro de "Los doce Césares" (de obligada consulta para los interesados en el tema). Para finalizar y comprender el terror que su solo nombre llegó a levantar en Roma Suetonio nos dice: "De momento los romanos no querían creer la noticia de su muerte, temiendo que fuese algún artificio de Calígula para probar su fidelidad"
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Sabemos que vamos a decepcionar a muchos amantes de Roma al pasar por alto a otros personajes como Nerón y algún que otro César que se distinguió por su especial crueldad, pero este trabajo trata en sí de la locura y, aunque entendemos que el sadismo puede ser un desorden mental peligroso y riguroso, hemos preferido no centrarnos en una sola época histórica para demostrar que este ha sido un problema eterno a lo largo de la historia.
Nuestro siguiente personaje es la reina de Castilla Juana, que ha pasado a la posteridad con el triste apelativo de "la loca". Muchos historiadores han apuntado que la verdadera vocación de esta mujer era la de entrar en un convento y convertirse en monja... más le hubiera valido a la infeliz, pero sus padres, los Reyes Católicos, tenían para ella otra serie de planes, planes con claros fines políticos. Así, con tan solo dieciséis años, fue casada con Felipe de Austria (conocido por "el Hermoso"), conde de Flandes e hijo del emperador Maximiliano I.
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Separada de los suyos y de su tierra, Juana vivió en Flandes agarrada únicamente a la vida matrimonial. Sin embargo, su marido era de pensamiento bastante distinto y frecuentaba sin ningún tipo de pudor a cualquier mujer que pudiera conseguir. La reacción de la hija de los Reyes Católicos no fue otra que la de los celos, unos celos terribles y siempre en aumento.
De vuelta en Castilla la crisis se agravó cuando en marzo de 1503, con Juana embarazada de su cuarto hijo, Felipe partió hacia Flandes en solitario para arreglar algunos asuntos de estado. Solamente su madre, Isabel de Castilla, lograría impedir que Juana partiera en busca de su esposo, pero a raiz de esa fecha la enfermedad se hizo claramente evidente. Los médicos señalan actualmente un claro brote psicótico, con estados de melancolía, llanto, noches sin dormir... Tal era la situación que la reina Isabel, conocedora de su propia enfermedad, presentó a las Cortes castellanas un proyecto por el que Fernando de Aragón se hiciera cargo de la regencia de Castilla a su muerte, saltándose a la que debía de ser su legítima heredera, su hija Juana.
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Tras la muerte de su madre, Juana se convierte en reina de Castilla. Su primera acción es partir inmediatamente hacia Flandes, donde se reúne con su marido. Sin embargo, los problemas vuelven a surgir de inmediato entre la pareja por los celos de Juana y su, cada vez más, evidente desequilibrio.
El regreso a Castilla obliga a Felipe a la regencia por la incapacidad de su esposa, que alterna momentos de lucidez con otros de extrema locura. La muerte de su marido en 1506 es la gota que colma el vaso, Juana se niega a creerla hasta el punto de mantener el cuerpo de Felipe insepulto en su ataúd, mientras vaga junto al mismo con una comitiva por los campos de Castilla (ese viaje a ninguna parte se prolongará por más de un año...).
Finalmente su padre, Fernando de Aragón, asume la regencia y manda ingresar a su hija en Tordesillas, allí vivirá durante cuarenta y seis años más, hasta su muerte en 1555.
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Para no dejar la realeza, nuestro siguiente personaje de la historia es Luis II de Baviera, conocido por el triste sobrenombre del " rey loco".
El 10 de marzo de 1864, poco antes de cumplir 19 años, Luis se coronó tras la prematura muerte de su padre como rey de Baviera.
En contra de lo normalmente establecido, el nuevo soberano nunca ocultó su repulsa por la vida cortesana de Munich, y con los años pasó más y más tiempo en sus castillos montañeses. En las cenas, prefería la compañía de los bustos de antiguos reyes europeos que la de personas humanas: " [...] las estatuas -mantenía el monarca- asisten sólo cuando se las invita y se las puede retirar a voluntad."
Después de un breve romance con su prima Sofía, Luis prefirió la compañía de jóvenes y apuestos oficiales y actores, con los que compartía jornadas en sus posesiones en el campo. En los diarios del propio rey (que fueron publicados después de su muerte) se ve claramente reflejada su lucha por esconder su homosexualidad.
Con la unificación alemana el canciller Bismarck
permitió a Luis II el mantener un ejército y servicio diplomático separados, además de tener correo y moneda propios, el reino de Baviera fue integrado al imperio alemán, aunque mantuvo ciertos privilegios.
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Fue desde ese preciso instante, cuando muchos de los asuntos de estado dejaron de ocupar su tiempo, en el momento que Luis II se decantó por una aficción que le acompañaba secretamente desde niño: la construcción.
Neuschwanstein, Linderhof y Herrenchiemsee son esos nombres de castillos-palacios que recuerdan más a viejos cuentos de hadas que a fortalezas defensivas.
Ante las grandes deudas que el monarca contrajo para financiar la construcción de sus palacios, Luis pidió diferentes préstamos ofreciendo en garantía las propiedades de su familia en Baviera. Llegó a sugerir que se contrataran ladrones para asaltar los bancos de Frankfurt, Berlín y París, e incluso amenazó con exhumar el cuerpo de su padre para abofetearlo, por no haberle proporcionado una fortuna adecuada.
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Será en estos momentos cuando el rey empieza a dar indicios de una grave inestabilidad, comenzando a mostrar los síntomas de un maniaco depresivo (con explosiones de cólera desmesurada). Descuido su figura y su vestimenta y pasaba largas temporadas encerrado en sus habitaciones sin hablar con nadie, gritando sus órdenes a ministros y sirvientes tras las puertas cerradas. En sus momentos en los que salía de su encierro para pasear, sus asistentes fueron testigos de verle abrazar apasionadamente un pilar o saludar cortésmente a una cerca. Había voces que sólo él oía y conversaba animadamente consigo mismo ante el asombro de la servidumbre.
A principios de 1886 ya era claro que había que hacer algo con el monarca. Sin embargo, había un problema con la sucesión, el hermano del rey, Otto, había sido encerrado años atrás por locura incurable. Sin embargo, los ministros decidieron hacer de Otto un rey puramente simbólico. El verdadero poder lo detentaría un regente, el príncipe Luitpold, de 65 años, tío del rey, por lo que acudieron al eminente psiquiatra, doctor Gudden, y lo convencieron de dictaminar como loco al rey de Baviera.
El 9 de junio de 1886 viajó una comisión del Estado para poner al monarca bajo custodia. |
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El día 13 de junio el doctor Gudden aceptó acompañar a Luis a un paseo matinal: dos asistentes los siguieron. La cosa fue tan bien que éstos fueron desestimados para el paseo que ambos hombres hicieron aquella misma tarde. Como no hubo testigos de la muerte de Luis y del doctor Gudden, nunca se sabrá la verdadera historia. Uno de los biógrafos del rey señaló que Luis mató al psiquiatra y luego se suicidó en un arrebato de locura. Posiblemente pudiera ser factible esta teoría si Luis II pensó que el resto de sus días los pasaría confinado en la soledad de una solitaria celda.
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La historia de Nietzsche es altamente curiosa, su padre también murió loco, se le diagnosticó "reblandecimiento cerebral", pero la herencia genética tuvo que ver más bien poco en la locura de su hijo, el insigne filósofo.
Sus aventuras por los burdeles de Leipzig, sobre el año 1865, le hicieron contraer la sífilis. De carácter solitario, sin amigos y tan solo abrumado por la solemne figura de Wagner, que inspiró una buena parte de su obra y con el que mantuvo una intensa relación, no fue consciente de como la enfermedad fue minando lentamente su cuerpo y su espíritu. La sífilis le dejó casi ciego y con unos dolores de cabeza que le imposibilitaban levantarse de la cama durante días. Los médicos le recomendaron un clima más benigno para su salud, por lo que desde esa fecha viajó por Francia y Suiza trabajando cuando puede.
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El paso decisivo hacia su locura debemos empezar a buscarlo a partir de 1888, en su obra "Ecce Homo" podemos encontrar capítulos de la siguiente manera: "Por qué soy tan sabio", "Por que soy el destino" o "Por que escribo libros tan buenos". En enero de 1889 la enfermedad se desató el día que abrazado a un caballo en Turín no paró de llorar, desde ese instante no volvió a recobrar el juicio nunca más. El Doctor Jaume Pons ha escrito sobre Nietzsche: "Hay varios factores que debemos tener en cuenta para comprender la enfermedad de Nietzsche, su marginalidad exterior, su extrema soledad interior son causas que bien hubieran podido, con el tiempo, haberle hecho emprender el camino hacia la locura, y posiblemente ayudaron mucho a su desarrollo. Sin embargo, fue la sífilis, en un estado muy avanzado, la que produjo su parálisis mental. El cambio de personalidad, la conducta asocial y los delirios de grandeza son síntomas muy comunes de esta enfermedad".
Nietzsche acabó su vida al cuidado de su hermana, con la que había mantenido un tipo de relaciones muy complejas durante toda su vida. Murió en 1900 y su manera de filosofar, malinterpretada por el nazismo, le convirtieron en el filósofo oficial del régimen de Hitler.
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Nuestro siguiente personaje es Vicent Van Gogh, uno de los más grandes maestros del arte y paradigma del genio loco. Un desengaño amoroso le motivó su primer conflicto psíquico con tan solo veinte años. Como ocurre en muchas ocasiones, esta crisis personal le empujó hacia la religión, así que nuestro hombre durante un tiempo ejerció como misionero laico.
La figura de su hermano Theo es básica para entender su vida ("Cartas a Theo" es un extraordinario libro que recopila la correspondencia de Vicent con su hermano y donde encontraremos los datos más fiables para componer la biografía del pintor).
Después de una estancia en París se traslada a la Provenza donde invitará al también pintor Paul Gauguin para que pase con él una temporada. Uno de los días al contemplar el retrato que Gauguin estaba haciendo de él comentará: "Soy yo, desde luego, pero yo loco". En una trifulca entre ambos hombres después de haber bebido es exceso, Vicent amenaza a su amigo con una navaja de afeitar. Gauguin se asusta y se marcha...
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Van Gogh, arrepentido, se cortará con la navaja el lóbulo de la oreja para más tarde entregarselo a una prostituta. Este capítulo ha motivado auténticos ríos de tinta entre diversos especialistas que han tratado de busca , con más o menos acierto, la explicación de este hecho. Sea como fuere, lo cierto es que Van Gogh continua un tiempo viviendo en su casa provenzal de Arles hasta que, al no poder superar su tormentosa crisis personal, decide internarse voluntariamente en un sanatorio mental.
Esta es una época de máximo actividad en su creación artística, las referencias a sus creaciones son constantes en las cartas a su hermano. Sin embargo, en junio de 1890, tras una pequeña mejora le sobreviene una nueva crisis que será fatal, Van Gogh se dispara en el pecho y como consecuencia de las heridas muere dos días después.
El doctor Jaume Pons comenta sobre Van Gogh: "Es evidente que las razones de la locura del pintor debemos buscarlas en un origen congénito. Conociendo a la familia de Van Gogh vemos que esta enfermedad se repite invariablemente en casi todos los hermanos, hasta el propio Theo se suicidará años después. Su padecimiento lo podríamos definir como una esquizofrenia con episodios epilépticos agravados por un consumo de alcohol excesivo".
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EL PUENTE (VAN GOGH) |
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