Universidad de Barcelona de Geografía e Historia  

 

 
 

 

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    IMÁGENES.   TEXTO   ATRAS.  
 
 
  LA GUERRA DE ÁFRICA 1859-1860.  
 

El desarrollo industrial que sufre Europa en el siglo XIX "obliga" a las grandes potencias europeas (sobre todo a Inglaterra y Francia) a la búsqueda de nuevos mercados donde puedan abastecerse de las materias primas tan necesarias para sus industrias, y por lo tanto y por un "efecto dominó", la necesidad imperiosa de que los países europeos controlen los puertos y las vías de comunicación.

Durante las dos primeras décadas del siglo, Francia había iniciado su penetración en el norte de África con la "Campaña de Argelia", que culmina con la ocupación del Oranesado (región de Orán), cimentando de esta manera las bases de su expansión colonial por la zona, pues desde su base argelina los franceses preparan su futura penetración en Marruecos.

El país que tenía en esos momentos las mejores relaciones comerciales con Marruecos era el Reino Unido, estas relaciones se remontaban al siglo anterior. Ahora, ante la amenaza francesa los británicos tratan de consolidar su posición privilegiada en el sultanado. Marruecos se convierte así en una pieza muy codiciada por las grandes potencias europeas, potencias que la ven como presa fácil para su expansionismo colonial.

El ejército francés, con el pretexto de perseguir a los "rebeldes" argelinos de Emir Abdelkader (líder de la resistencia contra Francia), llega a penetrar en territorio marroquí. El apoyo del Sultán a los argelinos tendrá como consecuencia la Batalla de Isly, en el año 1844, donde la caballería marroquí fue derrotada por las tropas del Mariscal Bougeaud, derrota que llevará como consecuencia que Marruecos tenga que aceptar una serie de condiciones comerciales favorables para el país galo, a la vez que renuncia a un trozo de territorio fronterizo que el Sultán consideraba como parte marroquí y que, a decir verdad, nunca se había sabido bien quien era su propietario.

CHAFARINAS

Seria engañoso decir en este apartado que España no había puesto también sus ojos en la zona de Marruecos, en el continente africano se veía una posibilidad de expansión comercial y aun más (y quizá más importante para la clase política), de ganar prestigio frente al resto de las naciones europeas (España ya había perdido lo más importante de su Imperio de ultramar y su fuerza en las decisiones europeas había menguado de una manera considerable), y muy especialmente frente al eterno enemigo, el Reino Unido, que no consideraba en aquellos momentos a España más que una potencia de segundo orden. En palabras del historiador Fred Rossell: "España necesitaba del continente africano, y especialmente de su zona norte, por cuestiones de simple prestigio internacional ".

Entre los años 1843-1844 las ciudades africanas de Ceuta y Melilla sufrieron una serie de ataque por parte de fuerzas marroquíes. Comenzaron entonces una serie de conversaciones con el Sultán Muley Solimán que concluyen con los convenios de Tánger (1844) y Larache (1845), ante una serie de nuevos ataques hacia los enclaves españoles el gobierno de hispano opta por dar un golpe de efecto y de fuerza que frene en seco las aspiraciones marroquíes sobre sus plazas de soberanía e invade sin previo aviso las Islas Chafarinas (1848).

El archipiélago de las islas Chafarinas, situadas a 27 millas al este de Melilla, fue ocupado por España el 6 de enero de 1848, fecha en que el general Serrano desembarcó en el mismo con tropas procedentes de Melilla y Málaga, adelantándose por muy poco tiempo a los franceses que, seis horas después, pretendían ocuparlo. Hasta entonces, a pesar de ser conocidas desde la antigüedad, habían permanecido deshabitadas, siendo por tanto "res nulius" (tierra de nadie), aunque moralmente fueran consideradas territorios del Sultán.

Se inician entonces una nueva serie de encuentros entre españoles y marroquíes que culminan en el Convenio de Tetuán (1859), el nuevo tratado debía poner fin a los problemas fronterizos entre los dos países. Sin embargo, la cosa estaba muy lejos de solucionarse. adecuándose, casi de una manera mágica, para los intereses de España, que buscaba pacificar la zona sin perder de vista sus aspiraciones a intervenir en ella.

El general O`Donell subió al poder el 30 de junio de 1858, pertenecía al partido de la Unión Liberal, su etapa al mando del ejecutivo español concluirá en el año 1863, convirtiéndose de esta manera en el gobierno más largo que vio el reinado de la reina Isabel II.

El 11 de agosto un grupo de cabileños destruyen las obras que se estaban llevando a cabo en el puesto de Santa Clara (Ceuta) destrozando en su acción el escudo de España. El 24 se repite la misma acción hostil por parte de los marroquíes. Cuando la noticia llega hasta España una ola de indignación recorre el país levantando una extraña fiebre patriotera: "¡Al África debe dirigirse la voz de la civilización! ¡Al África el ruido de las armas y las batallas!" rezaba la Gaceta Militar. La España, periódico liberal del momento, afirmaba en sus páginas: "La providencia parece no solo llamarnos, sino empujarnos a cumplir nuestro destino" , hasta Emilio Castelar, que una década después llegaría a ser Presidente de la Primera República Española aseguró: "Nuestra espada debe abrir el camino de la civilización en África" . Bajo este prisma Leopoldo O`Donell, presidente del gobierno español desde junio de 1958, vio que las circunstancias generales que tanto esperaba finalmente se ponían de su parte. O`Donell había desarrollado una política exterior muy activa, más movida por buscar el prestigio del país que por las necesidades reales del mismo.
LEOPOLDO O´DONELL.  

La oportunidad de una guerra contra Marruecos y de una victoria fulminante culminaba todo un plan para que se considerara a España como miembro de las potencias de primer orden. España no podía dejar pasar la oportunidad que se le presentaba y la victoria era obligatoria para que el país recuperara su "status" dentro del concierto de las llamadas "potencias", en palabras del mismo O`Donell; "Si hemos de ir al África, si la guerra se hace indispensable, es necesario llevar todos los medios de triunfar, es necesario llevar aprestos, es necesario llevar hospitales, es necesario llevar los recursos indispensables para asegurar la victoria"

El 5 de septiembre el gobierno español presenta, por mediación del cónsul de Tánger, un enérgico ultimátum a Marruecos. Se exige que los escudos fronterizos de España, destruidos por los cabileños, sean repuestos y que las tropas del Sultán los saluden y rindan honores, que los autores sean castigados en Ceuta ante la guarnición española y que se tomen todas las medidas para que estos sucesos no vuelvan a producirse. El cónsul general de España en Tánger, encargado de transmitir este ultimátum, terminaba así su nota: "Si S.M. el Sultán se considera impotente para ello (castigar a los culpables) decidlo prontamente y los ejércitos españoles, penetrando en vuestras tierras, harán sentir a esas tribus bárbaras, oprobio de los tiempos que alcanzamos, todo el peso de su indignación y de su arrojo".

   

El Sultán estudia la nota de las autoridades españolas. La contestación marroquí a las peticiones hispanas es dudosa y un tanto ambigua. España, que ve en esta ambigüedad la oportunidad que esperaba, se mueve rápido, y como primer paso consigue los apoyos diplomáticos necesarios del resto de los países europeos que consideran, tras las argumentaciones hispanas, justificada la posición española ante su honor mancillado y aceptan la idea del uso de la fuerza para reducir el peligro latente que se cierne tan cerca de su frontera (España argumenta concienzudamente sobre la falta de seguridad en la frontera de sus plazas africanas). El 22 de Octubre de 1859 el gobierno de O`Donell, con el beneplácito de las potencias europeas, declara, en medio del entusiasmo general del país, la guerra a Marruecos. Los planes de O'Donell le han salido mejor de lo que él mismo hubiera soñado, ya tiene su guerra

Así es como veía un cronista español de la época al ejercito marroquí: "El ejército se compone en su mayor parte de negros, en número de cinco o seis mil, y los judíos tienen prohibida su entrada en el mismo. También se compone de negros la guardia del sultán, sea porque tenga en ellos más confianza, o por la reputación de que gozan de valientes. Además, cada "cabila" o partido suministra sus compañías y llevan su pendón de distinto color, colgado de un astil, que determina por una esfera dorada o plateada de 3 ó 4 pulgadas de diámetro. No se obliga a nadie a entrar en la milicia, ni a ir a la guerra ... pero por su carácter naturalmente belicoso, a la primera orden del Monarca pueden en poco tiempo reunirse 100.000 hombres armados, porque todos los moros tienen armas, no habiendo leyes prohibitivas sobre el particular ... Cinco mil infantes, cuarenta mil caballos, seis u ocho piezas de artillería, he aquí la proporción que en sus ejércitos guardan las diferentes armas ... La infantería, base y nervios de nuestros ejércitos (los españoles), desempeña entre los moros un papel casi insignificante. La artillería, reputada por el arma decisiva de los combates, es casi desconocida entre los marroquíes, y el poco unos que hacen de ella lo deben a los renegados... En cuanto el sistema administrativos, hay poco que decir. Son muy pocos los soldados que tienen señalada una paga mensual, corriendo en tal caso con su manutención. En su defecto, el Sultán, de tiempo en tiempo y sin regla alguna, acostumbra a distribuir gruesas sumas de dinero entre los diferentes cuerpos, que sentados en el suelo se las reparten por igual, sin más fuerza ni razón. El mismo método se sigue en cuanto a los caballos, vestuarios y babuchas, que da Su Majestad cuando le place. Sin embargo, casi todos los meses hay lo que se llama "almona", y consiste en el reparto de trigo, cebada, aceite y demás que los pueblos en contribución; la cual, como en toda el África, consiste en el diezmo de los frutos. Con esto se mantienen las tropas, menos cuando están en campaña, porque entonces todos los "aduares" y hasta el más retirado campesino, acuden a la primera orden del Bajá, con su porción de cebada, pan, gallinas, carneros, lecha y manteca de vaca; de modo que las tropas no sólo viven en la abundancia, sino que derrochan, habiendo más o menos orden en el reparto y consumo, según el buen sentido, o el arbitrario manejo de los Bajás..."

El día 11 de diciembre del año 1859, cuando ya habían transcurrido más de 40 días desde el inicio de las hostilidades en tierras africanas, embarcaba en el puerto de Málaga el Tercer Cuerpo del Ejército, al mando del Teniente General Ros de Olano. Diecinueve naves condujeron las tropas a África. El cronista y dibujante Charles Yriarte describió así el momento de la partida: "La muchedumbre llenaba los muelles; volteaban las campanas, una banda militar tocaba la "Marcha Real", los vítores de la multitud se mezclaban al silbido de las locomotoras. Desde lo alto del muelle el obispo de Málaga bendecía las naves y las tropas; a su alrededor, la multitud devota se arrodillaba rogando por los que partían y que quizá nunca más volverían a ver tierra española" .

EL GENERAL PRIM.

Pedro Antonio de Alarcón que iba oficialmente en calidad de soldado voluntario del batallón de Cazadores de Ciudad-Rodrigo, fue el cronista más importante de la contienda. Alarcón descubre la ciudad de Ceuta con estas palabras: "[...] divisamos la fortaleza del Hacho; después el famoso presidio [...] y finalmente la ciudad de Ceuta, dispuesta en escalones, graciosa y bella en su conjunto [...] luego, al otro lado de sus recias murallas, vimos una verde pradera, teatro ayer de las algaradas y provocaciones de los moros y perteneciente a España desde hace un mes".

El inicio de este conflicto, pese a todo, fue una operación muy arriesgada, la lógica hubiera mandado que los españoles desembarcaran en la playa de Tetuán y no en Ceuta, de esta manera se hubieran ahorrado toda una serie de sangrientos combates hasta alcanzar el valle tetuaní. La mala maniobra hispana retrasó el avance hasta el mes de enero de 1860, cuando después de varios combates en los territorios cercanos a la ciudad de Ceuta, se inició el avance español hacia Tetuán. En el valle de los Castillejos, las tropas del general Prim, que se encontraba al mando del cuerpo de "voluntarios catalanes", estuvieron a punto de sufrir un serio revés al no recibir los refuerzos que se esperaban para mantener las posiciones tomadas a los marroquíes. Será en esta batalla donde se produzca la famosa arenga de Prim a sus tropas cuando éstas titubeaban y retrocedían ante el ataque enemigo: " Soldados podéis abandonar esas mochilas porque son vuestras, pero no podéis abandonar esta bandera porque es de la Patria. ¿Permitiréis que el estandarte de España caiga en poder de los moros? ¿Dejareis morir solo a vuestro general?" . Prim toma entonces la bandera y se lanza abiertamente hacia el enemigo arrastrando al combate a sus soldados que, tras dura pugna, logran rechazar a los marroquíes. El comportamiento de este militar y la llegada de Zabala y posteriormente del propio O`Donell salvaron la situación. (Prim recibió a cambio el título nobiliario de marqués de los Castillejos).

Tras una serie de posteriores escaramuzas, se logró una nueva victoria en el Monte Negrón. Estas victorias abrieron el camino del ejército expedicionario hacia Tetuán, verdadero objetivo de la guerra que se articulaba desde la ciudad de Ceuta. De esta manera tan peculiar describe Alarcón si visión de Tetuán: "Yo no he contemplado jamás, ni creo que haya en el mundo una ciudad tan vistosa, tan artísticamente situada, de tan seductora apariencia. Engarzada, por decirlo así, en dos verdes colinas de perezoso declive, ella las reúne y encadena cual broche cincelado de refulgente plata. Nada tan puro como las líneas que proyectan sus torres sobre el cielo de la tarde. Nada tan blanco como sus casas cubiertas de azoteas, como sus muros, como su Alcazaba. Parece una ciudad de marfil. Ni una sombra, ni una mancha ni una tinta oscura interrumpe la cándida limpieza de su apiñado caserío. Desde aquí se la ve en perfecta silueta sobre el horizonte, trazando una larga y estrecha línea que ondula a merced del terreno. Y esta ondulación es tan lánguida y graciosa que se pudiera comparar a la que formaría un chal blanco tirado al desgaire sobre un monte de esmeralda".

La batalla de Tetuán, uno de los combates decisivos de la guerra, tuvo lugar entre el 4 y 5 de febrero de 1860. Las tropas del Sultán estaban comandadas por sus propios hermanos, Muley al Abbas y Muley Ahmed . Aunque la superioridad numérica de las fuerzas marroquíes era notoria, superioridad que se multiplicaba por la ventaja que les proporcionaba el terreno y el conocimiento del mismo, O`Donell, un tanto inconsciente en su maniobra militar, ordenó el avance de las tropas españolas y que asalten las trincheras del enemigo frontalmente a la bayoneta.

Un ala del ejército de O´Donnell, constituido por caballería, subió por el borde del río hacia la población, otro cuerpo, compuesto por infantería, asciende también hacia la ciudad, tomando por el camino del centro del bosque, mientras que el propio O´Donnell avanza con el resto del contingente. Los dos cuerpos bien desplegados desalojan el campamento de Muley Ahmed cargando a la bayoneta.

El cronista Charles Yriarte describe de esta manera el final de la batalla: "la trinchera estaba literalmente sembrada de cadáveres, los cañones maculados de sangre; los artilleros enemigos, valientes hasta el suicidio, se habían hecho matar junto a sus piezas".

Los "voluntarios catalanes" son los que se llevan la peor parte de la refriega, Prim observa la lógica vacilación de sus hombres ante las bajas que están sufriendo e inmediatamente se pone al frente de los mismos arengándoles a la lucha contra el enemigo y recordándoles su promesa de no abandonarle, Los "voluntarios" espoleados por su paisano (Joan Prim i Prats era nacido en la población de Reus) se lanzan inmediatamente hacia el enemigo consiguiendo, tras duros combates, romper el frente y hacer retroceder a las tropas del Sultán.

Victor Balaguer en su libro: "Los españoles en África", nos deja asomarnos con una simple pero significativa anécdota de lo que el ejército del general catalán era en aquellos instantes. En un momento de la batalla un soldado español que se encontraba en las trincheras preguntaba a otro tras escuchar las trompetas que sonaban en combate: " ¿Que tocan? - La polca del general Prim - le contestó su camarada".

El día 6 de febrero de 1860, los voluntarios catalanes izan la bandera española en la alcazaba de la ciudad, señal de ocupación de la ciudad.

En estas circunstancias, los españoles trataron de encauzar las primeras conversaciones de paz, aunque hay que apuntar que las hostilidades no se interrumpieron en ningún momento. Los marroquíes se negaron en rotundo pues una de las condiciones impuestas por los hispanos era la cesión de la ciudad de Tetuán, hecho que no aceptaba el Sultán, refugiado en ese momento en Wad-Ras.

  BATALLA DE WAD-RAS.  

El 11 de marzo de 1860 se riñó el duro combate de Samsa, por primera vez los españoles se enfrentaron exclusivamente con cabileños del Rif, llegados directamente de sus montañas para demostrar a los flojos tetuaníes y a los miedosos "moros de rey" cómo debía procederse para arrojar al mar al ejército cristiano. Sea como fuere los rifeños tampoco lograron conseguir sus propósitos y menos aún contener al ejército español.

Tras las reticentes negativas por parte de los marroquíes a las reivindicaciones españolas las tropas expedicionarias se dirigen directamente hacia la zona de Wad-Ras, cerca de Tánger y lugar donde se encontraba el Sultán de Marruecos en aquel momento, con el fin de asestar un golpe definitivo que ponga fin al conflicto. El día 23 de marzo, las tropas españolas dirigidas por los generales Rafael Echagüe, Antonio Ros de Olano y Joan Prim vencieron contundentemente a las fuerzas marroquíes en el valle de Wad-Ras en la que sería la última batalla de la Guerra de África (1859-1860). La victoria militar española aplastó a las tropas del Sultán que inmediatamente pidió que se abriesen las conversaciones para llegar a un definitivo acuerdo de paz ("Paz de Tetuán").

Wad-Ras fue una batalla en toda regla, los marroquíes, sabedores de lo que se jugaban en la misma, cerraron el paso a los españoles antes de lo que O´Donell sospechaba. La batalla en su primera fase se centró alrededor del puente sobre el Bu-Seja, lo tomaron los batallones de Cazadores de Cataluña y Madrid a la bayoneta, quisieron recobrarlo los moros a toda costa, por lo que mandaron un fuerte ejército que garantizara sus intenciones. Las tropas españolas aguantaron el primer envite del enemigo pero quedaba claro que no tardarían en tener que retirarse. El mando español, sorprendido por la acción enemiga, manda en apoyo de los Cazadores a los Voluntarios Catalanes.
EL GENERAL PRIM.

Yriarte lo describe así: "La llegada de los catalanes al lugar del combate fue señalada por una lucha horrible. Después de la Batalla de Tetuán, este batallón había adquirido una reputación de bravura que deseaba mantener, y adelantándose al grupo de los jefes, los voluntarios rebasaron la línea de tiradores y se lanzaron a un cuerpo a cuerpo con el enemigo. La lucha fue terrible, y los cadáveres se amontonaban unos sobre otros. Cuando los catalanes volvieron a las filas españolas habían perdido a la mitad de sus fuerzas".

El ataque de los Voluntarios Catalanes sirvió para consolidar el control del puente, posteriormente el ejército fue coronando, una tras otra, una serie de alturas. Prim tuvo a su cargo la tarea más penosa, teniendo que luchar contra un enemigo fanatizado, suicida (era tiempo de Ramadán) que surgía de cualquier sitió decidido a parar el avance hispano. Los batallones de Chiclana, Navarra, León y Toledo perdieron la mitad de sus efectivos.

Prim y Ros de Olano se adueñaron, por fin, de posiciones que aseguraban el paso del desfiladero de Fonduc, camino directo hacia Tanger. Yriarte refiere el final de la trágica jornada recogiendo, como resumen de la misma, las palabras de un miembro de los Voluntarios Catalanes al que se encontró agotado y vagando sin rumbo por lo que fue antes el campo de batalla: "Y vosotros ¿habéis tenido muchas bajas? - preguntó el reportero al soldado - Solo veo gorros rojos en las ambulancias (el escritor se refiere a las barretinas, gorro típico catalán que adoptaron los Voluntarios Catalanes a su uniforme)".

"Quedamos los suficientes para otra vez, señor - respondió el soldado -. El día de la toma del campo perdimos un tercio de los efectivos; hoy ha caido el segundo tercio; antes de llegar a Tánger daremos otra batalla y moriremos el resto"

   

A pesar de la fatiga de las tropas hispanas, al día siguiente y muy temprano O´Donell dio orden de marcha; era preciso aprovechar la desmoralización y, sobre todo, el desconcierto de los moros y atravesar el paso de Fonduc para llegar a la ciudad de Tánger, lugar de importante valor estratégico y donde los españoles estaban seguros que se decidiría el conflicto. Cuando las tropas se preparaban para marchar un jinete enemigo apareció por el horizonte y se dirigió al mando español, pretendía parlamentar. Era el primero de los emisarios del Sultán que proponía a los españoles iniciar las tan ansiadas conversaciones de paz.

Las obligaciones del Ramadán (fiesta sagrada que los musulmanes celebran durante aproximadamente un mes una vez al año y que tiene una serie de reglas muy estrictas) impidieron que el hermano del Sultán se presentara hasta unas horas más tarde para reunirse con los delegados españoles.

La entrevista fue corta, el Sultán no ponía objeciones a las demandas españolas y cedía a sus exigencias. El general Ustádiz, secretario personal de O´Donell, salió de la tienda donde se producía la reunión resumiendo ante los cronistas el acto con un simple: "Señores, nos hemos hecho amigos"

Como curiosidad solamente señalar que los cañones capturados a los marroquíes en la batalla de Wad-Ras (en uno de ellos parece que existía una leyenda que rezaba así: " Soy el terror de los cristianos " ), fueron fundidos y con su metal se construyeron los leones que hoy presiden el Congreso de los Diputados del Estado Español. La obra es del escultor Ponciano Ponzano Gascón, la fundición de los mismos se hizo en la Maestranza de Sevilla en el año 1865. El peso del conjunto supera los 4900 kilogramos, y la altura y longitud de cada uno rebasan en poco los 2 metros. Para las labores de cincelado se recurrió al francés Bergaret, y la dirección del fundido corrió a cuenta del maestro sevillano don José Muñoz.

CAMPAMENTO ESPAÑOL.
El Reino Unido, que desde el principio se había mostrado altamente preocupado por la intervención española en África y la ola patriotera que recorría el país (no olvidemos que su colonia de Gibraltar estaba demasiado cerca de todo lo que estaba aconteciendo) presionó internacionalmente para que España no se apropiara de más territorios de los debidos y que retrocediera hasta Tetuán, cosa que finalmente ocurrió. La paz entre España y Marruecos se firmó el 26 de abril de 1860. Se consiguió ampliar los límites de Ceuta y Melilla, como también un pequeño territorio para establecer un establecimiento de pesquería (Santa Cruz del Mar Pequeña, Sidi Ifni), el pago de una indemnización por parte del Sultán de 100 millones de francos-oro (garantizados por la ocupación de Tetuán), la presencia en la ciudad de Fez de una misión así como la autorización a los misioneros para ejercer su función por cualquier parte del territorio marroquí.

Respecto a las relaciones comerciales se determinó la firma de un futuro acuerdo que concediera una serie de ventajas a los súbditos españoles (firmado el 20 de noviembre de 1861). Finalmente señalar que cuando la indemnización fue pagada, España devolvió Tetuán al Sultán (2 de mayo de 1862).

Para finalizar hay que apuntar un hecho muy significativo, hecho que coincidiría con lo que el historiador británico Arnold J. Toynbee escribió en cierta ocasión: "El militarismo no es cuestión de técnica, sino de psicología", porque esta guerra no vino solamente basada en el deseo de aumentar la influencia y presencia española en Marruecos, ni siquiera con la idea de acabar con los eternos problemas del litoral rifeño o el de los intermitentes ataques a las bases españolas del continente africano, se trató de una hábil maniobra gubernamental para tratar de paliar una crisis interna con una guerra externa, una guerra que unificara al país frente a los enemigos del exterior y es que, si la analizamos profundamente, la situación de España a mediados del siglo XIX no era nada halagüeña, desde el año 1833, fecha de la muerte de Fernando VII, el país había vivido en un constante estado de tensión; su empobrecimiento era evidente y su perdida de importancia entre las potencias europeas muy significativa, a esto había que ir añadiendo hechos como la Guerra Carlista de 1833, conflicto interno que duraría hasta 1839 -y en Cataluña hasta 1840-; la revolución de 1840 que propiciaría la caída de la regente María Cristina; el pronunciamiento contra Espartero de 1841 por parte de O`Donell y el levantamiento posterior contra el mismo que hubo en Barcelona un año después; los brotes republicanos de la Ciudad Condal de 1843; la llamada "rebelión de los esclavos" de 1844 en la isla de Cuba; el comienzo en 1846 de la guerra de los "matiners" en Cataluña (segunda Guerra Carlista), -conflicto que duró tres años-; los pronunciamientos esparteristas 1844-46; el atentado contra Isabel II de 1852; el pronunciamiento militar de 1854 de Vicálvaro: todos estos hechos son solamente un pequeño ejemplo del pulso de un país en desatada crisis interior. Así, en esta situación, la perspectiva de buscar un enemigo exterior, un enemigo que pudiera compilar todos los sentimientos dispares del país centrándolos únicamente en su amenaza, podía ser la solución idónea para mitigar y envolver la oscura situación de España en ese preciso momento.

La guerra, aunque O`Donell dijo de ella una vez concluida: ". consiguió levantar a España de su postración" , tuvo un costo demasiado elevado; más de 7.000 muertos por el bando español (2/3 partes de los mismos a consecuencias de una epidemia de cólera y la temible disentería). Aunque se trata de un ejemplo clásico de "guerra de honor", palabras que definían en la época un conflicto sin demasiado interés económico, hay que apuntar que desde la perspectiva histórica del siglo XXI, no sirvió para gran cosa, ni para los problemas internos del país ni para su prestigio internacional. La victoria encubrió, una vez más, la mala planificación de la campaña y el pésimo pertrechamiento del ejército español; así, por ejemplo, en Ceuta faltaban aprovisionamientos y el nombre con que bautizaron los soldados a uno de los campamentos, "el del Hambre" dice a las claras que lo de los suministros fue un problema que nunca se resolvió de modo satisfactorio. La lucha fue corta, seis meses, pero sangrienta, de todas las unidades combatientes la que sufrió proporcionalmente una sangría mayor fue el Batallón de Voluntarios Catalanes que perdió, solo en la Batalla de Tetuán, un cuarto de sus efectivos y otro tanto en Wad-Ras.

Los escarceos de las diferentes tribus marroquíes por los territorios dominados por España se reanudaron poco tiempo después, la guerra no solo no consiguió unir al país sino que los problemas internos de la  nación continuaron agravándose irremisiblemente, por todo esto, el precio pagado, 7.000 muertos, fue demasiado alto en relación a lo tan poco conseguido.

 
  EL GENERAL PRIM CON SUS VOLUNTARIOS CATALANES.  
     
     
     
         
  ATRÁS.   ADELANTE.