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Universidad de Barcelona de Geografía e Historia |
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LA GRAN GUERRA 1914-1918. |
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El asesinato en Sarajevo del archiduque Francisco Fernando el 28 de junio de 1914, heredero de la corona imperial austrohúngara a manos de un nacionalista serbio, propicia la crisis determinante para que se inicie la Primera Guerra Mundial, pero no hay que entrar en errores ya que este hecho solamente fue el detonante porque las verdaderas causas debemos buscarlas en el intenso espíritu nacionalista que se extendió por Europa a lo largo del siglo XIX y comienzos del XX, la rivalidad económica y política entre las distintas naciones y el proceso de militarización y de vertiginosa carrera armamentística que caracterizó a la sociedad internacional durante el último tercio del siglo XIX.
Paralelo al proceso armamentístico, los estados europeos establecieron alianzas con otras potencias para no quedar aisladas en el caso de que estallara una guerra. Esta actitud generó un suceso, la aparición en Europa de dos alianzas militares hostiles, la Triple Alianza, formada por Alemania, Austria-Hungría e Italia, y la Triple Entente, integrada por Gran Bretaña, Francia y Rusia.
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Al encontrarse Europa dividida en dos sistemas de alianzas, cualquier alteración de la situación política o militar en Europa, África o en cualquier otro lugar provocaría un incidente internacional. Desde 1905 hasta 1914 tuvieron lugar varios conflictos que bien hubieran podido acabar con una confrontación generalizada en el continente. El primer de ellos se produjo en Marruecos, donde Alemania interfirió en 1905 y 1906 para evitar el dominio del área por Francia y España. Francia amenazó seriamente a Alemania con declararle la guerra, pero el incidente se solucionó finalmente en una conferencia internacional celebrada en Algeciras (España) en 1906.
Los Balcanes, el polvorín de Europa durante siglos, fueron el escenario de un nuevo enfrentamiento en el año 1908, motivado por la anexión de Bosnia-Herzegovina por parte de Austria-Hungría pese a las protestas turcas, que ve como se acentúa la decadencia de su Imperio. Serbia se siente frustrada pues contaba con esa zona para crear una Gran Serbia, por lo que los serbios movilizan a su ejército y amenazaron a Austria con declararle la guerra. Sin embargo, no se llegó a iniciar ninguna campaña militar debido a que los serbios no podían emprender la lucha sin el apoyo de Rusia, y ésta no estaba preparada para una guerra a gran escala. |
En el año 1911 un nuevo conflicto en Marruecos estuvo a punto de desatar la guerra entre Alemania y Francia, las acciones expeditivas militares francesas provocan la protesta alemana por la violación del Acta de Algeciras, Alemania envió un barco de guerra, el crucero Panther con el público objeto de proteger los intereses alemanes en el país y para protestar sobre los intentos franceses para hacerse con el dominio de la zona, aunque finalmente se solventó el problema en una mesa de negociaciones. La tensión intencional se soluciona momentaneamente por un acuerdo franco-alemán por el que Francia cede a Alemania territorios en el Camerún (noviembre de 1911), retirándose los alemanes de la zona de Marruecos y dejando el campo totalmente libre a los franceses -y de rebote a los españoles-.
Tras el asesinato del archiduque Francisco Fernando Alemania comunica un apoyo incondicional a Austria-Hungria. El 23 de julio los austro-húngaros lanzan un ultimátum de 48 horas a Servia en el que exige la represión de los actos llevados contra el Imperio, la participación de policías austriacos en las investigaciones sobre el asesinato del archiduque y el castigo a los responsables del mismo. Serbia, aconsejada por Gran Bretaña y Rusia, acepta algunas exigencias austro-húngaras pero denuncia la intromisión extranjera en asuntos que han ocurrido en su territorio, cosa que Austria no considera suficiente, por lo que moviliza a su ejército. Los rusos intentaron convencer a Austria para que modificara los términos exigidos, y declaran que si los austriacos atacan Serbia, ellos se movilizarían contra Austria. El Reino Unido propone el 26 de julio que Gran Bretaña, Francia, Alemania e Italia se reunieran en una conferencia para arbitrar en la disputa austro-serbia, pero Alemania declinó dicha oferta. |
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| Austria declaró la guerra a Serbia el 28 de julio, posiblemente, y quizá de una manera un tanto ingenua, confiaba que Rusia no apoyaría a Serbia. Sin embargo Rusia, consecuente con sus intereses y lazos de afinidad, responde movilizando a su ejército. Alemania avisa a Rusia de que si persistía en su actitud se verá en la obligación de declararla la guerra, y consigue que Austria acepte a discutir con Rusia la modificación del ultimátum enviado a los serbios. No obstante, Alemania insiste que los rusos retiren sus tropas inmediatamente. Rusia se niega a hacerlo y Alemania la declara la guerra el 1 de agosto y el 3 de agosto a Francia. El día 2 El Reino Unido había avisado a Alemania que respetara la neutralidad belga -Bélgica era paso obligado si los germanos querían atacar directamente a Francia-, cuando el día 4 los germanos invaden Bélgica equivale a una declaración de guerra. |
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En la imagen de la izquierda podemos ver al rey Alberto I de Bélgica vestido con uniforme de campaña. El soberano permaneció junto a sus tropas durante toda la Primera Guerra Mundial (1914-1918) en un reducido territorio que los alemanes no pudieron llegar a conquistar. Esta actitud del monarca motivó a sus hombres en la lucha que mantenían contra los germanos a la vez que se ganó el respeto y cariño de su pueblo.
El día 31 de julio de 1914, el entonces Presidente del Gobierno español, Eduardo Dato, telefonea urgentemente al rey Alfonso XIII, que en aquellos momentos se encontraba veraneando en la ciudad de Santander, y le comunica la decisión adoptada por el gobierno ante los acontecimientos que se avecinan y que no es otra más que la de mantener la neutralidad en el conflicto que acaba de estallar en el continente europeo. Ante la amenaza de una guerra larga y destructiva el pueblo español, cansado en su mayoría de guerras y militares, se siente mayoritariamente de acuerdo con la decisión tomada por el gobierno. |
España valora sus circunstancias y ve que sus objetivos básicos de política exterior, que se centran en Gibraltar y Marruecos en esos momentos no tienen nada que ver con los problemas que van a llevar a la guerra a los demás países europeos; enfrentamientos de los imperios coloniales, el nacionalismo balcánico, la competencia por los grandes mercados, etc. Por lo que el Gobierno de España ve que sus intereses no coinciden ni con los de la Triple Alianza ni con los de la Triple Entente. Por otra parte, la situación del ejército y la marina, que siguen esperando una reestructuración y puesta al día; el poco desarrollo industrial, mal endémico que ha sufrido la nación española a lo largo de su historia; el eterno déficit presupuestario o el poco desarrollo del comercio no dejan otra salida que la neutralidad. En palabras de Manuel Azaña: "La neutralidad de España no ha sido ni es una neutralidad libre [...] sino una neutralidad forzosa. [...] Jamás se ha encontrado un pueblo menos preparado que el pueblo español. [...] No teníamos preparación diplomática ni militar, no teníamos política europea, no teníamos tampoco preparación moral, no conocíamos los datos del problema y carecíamos de la cultura interna necesaria para improvisar una apreciación de los valores morales que están en litigio" |
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Desde el primer instante que surgió el conflicto europeo -e incluso con anterioridad- y aun no interviniendo en él, la nación española se decantó inmediatamente, y como suele ser ya una triste costumbre a través de las generaciones, en dos bandos enfrentados; los aliadófilos y los germanófilos. Muchos periódicos e intelectuales tomaron partido por alguno de ellos e incluso, algunos de ellos, trataron de influir para que que el gobierno rompiera su neutralidad y se incorporara activamente al conflicto. Así, por ejemplo, el "Diario Universal" de 19 de agosto de 1914 dice claramente: "[...] la suerte está echada; no hay más remedio que jugarla; la neutralidad no es un remedio; por el contrario hay neutralidades que matan" . Sin embargo el gobierno se mantuvo firme en su postura -probablemente nadie mejor que él conocía la preparación española para un acontecimiento de esas dimensiones- y en la Sesión de 5 de noviembre de 1914 Eduardo Dato informó de la siguiente manera al Congreso:
"El Gobierno de Su Majestad, respondiendo a la cortés invitación de la minoría de conjunción republicano-socialista, tiene una verdadera satisfacción al manifestar ante el Congreso que persevera en la actitud de neutralidad que, con ardoroso aplauso del país, adoptó desde el momento en que le fue conocida la declaración de guerra entre naciones con todas las cuales las relaciones eran de sincera y leal amistad. La Nación española, que no ha recibido de ellas el menor agravio y que es totalmente extraña a las causas que hayan podido producir el actual pavoroso conflicto, desea verse alejada de los horrores de la guerra y a esto tiene un derecho incuestionable, siendo por todo extremo satisfactorio el observar que la neutralidad en que se ha colocado es respetada y ha sido reconocida como muy legítima y prudente por las mismas naciones belig erantes, las cuales han honrado a nuestros embajadores y ministros en el extranjero confiándoles la representación que tenían que abandonar de los derechos e intereses de sus súbditos.
Atento a la marcha de los sucesos y en previsión de futuros acontecimientos, el Gobierno español no permanece indiferente a nada de lo que se relaciona con la defensa nacional. Ha adoptado y seguirá adoptando aquellas medidas que su previsión y su patriotismo le aconsejen como indispensables, sin que sobre esto pueda decir una palabra más al Parlamento, creyendo confiadamente que la Cámara y el país están, en todo lo que a la defensa nacional se refiere, al lado del Gobierno, porque el Gobierno representa los intereses de España.
Mantendremos, pues, esa actitud de neutralidad de la que jamás voluntariamente hemos de apartarnos y si contra lo que fundamentalmente creemos, si contra lo que constituye nuestra honrada convicción llegase en el curso de las circunstancias, un momento en el que debiéramos considerar si esa neutralidad era o no compatible, nuestra actitud no cambiaría en lo más mínimo antes de ver si eran compatibles con los intereses del Estado español, acudiríamos al Parlamento. Y si las Cortes tuvieran suspendidas las sesiones, las convocaríamos al efecto de que deliberasen sobre este punto esencial para la vida de España, porque nosotros, señores, tenemos una fe ciega, una confianza absoluta en el patriotismo y sabiduría de las Cortes. No esperamos que llegue el caso (en hipótesis todo ha de admitirse) de que España pueda ser objeto de alguna agresión. ¡Ah! Si ese caso llegase, señores, nosotros somos españoles y nosotros sabremos responder a la tradición gloriosa de la noble y vieja España, sacrificando nuestras vidas, que nada valen por la integridad y la independencia de nuestro territorio. "
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| El comunicado continuaba diciendo:
"Entretanto y mientras llega la hora de la paz, ansiada por la humanidad entera con angustia infinita, mientras esa hora bendita llega (y quiera Dios que los pueblos neutrales podamos abreviarla interponiendo nuestros buenos oficios), nosotros debemos cumplir austeramente con los estrechos deberes que la neutralidad impone, no sólo deberes oficiales y deberes del Parlamento, sino deberes de toda la Nación española, de respeto, de admiración, de conmiseración a aquellos pueblos que sufren los horrores de la guerra, deberes que responden a la tradicional hidalguía del pueblo español.
Y para esto interesa mucho, señores, que todos estemos estrechamente unidos, que formemos una verdadera solidaridad nacional, desde el Rey hasta el último ciudadano, porque nuestra unión será la mejor salvaguardia de los altos y sagrados intereses de la Patria".
En los archivos de Dato se conserva un borrador, sin fecha, que dice de esta manera: "Una vez más convinimos en que no nos hallamos en condiciones de adoptar en ningún caso una actitud belicosa, pues aparte de que ello pondría de manifiesto nuestra falta de medios y de preparación militar para la guerra, colocaría enfrente del gobierno no solo a los enemigos de aquellas naciones a las que nos uniéramos, sino también a los que con ellos simpatizan, pues unos y otros con intuición admirable son opuestos a la intervención militar. Con solo intentarla arruinariamos a la nación, encenderíamos la guerra civil y pondríamos en evidencia nuestra falta de recursos y fuerza para toda campaña. Si la de Marruecos está representando un gran esfuerzo y no logra llegar al alma del pueblo, ¿cómo íbamos a emprender otra de mayores riesgos y de gastos iniciales para nosotros fabulosos?" |
La neutralidad era también la consecuencia de la propia Casa Real española pues, mientras que la Reina consorte era británica, la Reina madre era austriaca, por lo que el soberano no se decantó por ninguna de las partes. En cuanto a la reacción del país -la sociedad-, si bien, como ya hemos dicho, se dividia en germanófilos y aliadofilos, ninguna de las partes estaba dispuesta a tomar un partido real dentro de un conflicto real. García Venero escribe: "El gran gendarme de la neutralidad era el pueblo, pese a las filias y a las fobias. Morir por Guillermo II, la Tercera República Francesa, Jorge V, Francisco José o por Nicolas II, no era apetecido por la mayoría absoluta de los españoles."
El historiador norteamericano William Darylmore escribió al respecto en 1914: "Pese a la idea generalizada del aguerrido carácter español, esto está muy lejos de ser cierto. El español por naturaleza prefiere, al contrario de pueblos como el alemán, el pacifismo y la no intervención. Los españoles son meros espectadores de la historia y no partícipes..." |
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En una carta a Maura se pueden encontrar las siguientes palabras de Dato: "De la neutralidad solo nos apartaría una agresión de hecho o una conminación que se nos dirigiera en términos de ultimátum para prestar nuestro concurso activo a algunos beligerantes. Ni lo uno ni lo otro es de temer, en buena hora lo diga [...] ¿No serviríamos mejor, a los unos y a los otros, conservando nuestra neutralidad, para tremolar un día la bandera blanca y reunir, si tanto alcanzamos, una Conferencia de la Paz en nuestro país, que pusiera término a la presente lucha? Para eso tenemos linaje y autoridad moral, y quien sabe si a ello seremos requeridos. Por lo pronto, gestionaremos con los Estados Unidos, y aun con Italia, para apercibirnos a esa intervención."
Realmente, este era el sueño de España, el de mostrarse al mundo como un país de paz y el que gestionara, a su vez, la paz entre los paises, el propio Alfonso XIII -que abrazó también esa idea- se entregó a lo largo del conflicto a la obra humanitaria para facilitar y suavizar las tremendas consecuencias que la guerra estaba llevando a los prisioneros.
Estaba claro que la "idea de neutralidad" estaba aprobada de antemano en todas las Cortes, a no ser por Lerroux, que pretendía que España participase o, al menos, colaborase activamente con Francia por intereses económicos privados. Todas las fuerzas políticas españolas esperaban que el conflicto fuera corto porque, según escribió Amadeo Hurtado: "Una guerra larga sería el fin del mundo..." Y es que, el miedo a una recesión económica de carácter mundial era la principal preocupación de los políticos españoles. |
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Mientras tanto, el verdadero problema de fronteras afuera continuaba siendo, una vez más, Marruecos. Allí el sector más delicado seguía siendo el sector occidental, donde estaban Marina como Alto Comisario y Silvestre como Jefe de Operaciones, frente a las constantes amenazas de El Raisuni -un cabecilla moro que llegó a concentrar un gran poder-. Marina, que "espiritualmente" se acercaba a las tesis de Dato en cuanto a prudencia, chocaba directamente con el impetuoso Silvestre, que era partidario de aplastar militarmente al caudillo musulmán.
La cosa no podía acabar más que con la dimisión de Marina y el relevo de Silvestre -eso si, un relevo dorado porque pasó a convertirse en ayudante del Rey en Madrid-. Gómez Jordana fue nombrado Alto Comisario y Jefe de Operaciones, aunando así los dos cargos en su figura para tratar de evitar futuros problemas.
En palabras de Carlos Seco Serrano: "Gómez Jordana pudo llegar entonces a un acuerdo con El Raisuni -un conocido y reconocido germanófilo- que garantizaba la paz en la zona, pero que implicaba un paréntesis a la solución real de un problema no resuelto. El acuerdo, que quedó secreto, fue concertado a finales de septiembre de 1915, y en líneas generales respondía a la orientación marcada por las negociaciones de Marina. La dificultad máxima había radicado en la intransigencia de El Raisuni con cuanto significase un acto de sumisión al Jalifa; "la fórmula sutil" a que se llegó fue que El Raisuni gobernaría "en nombre del Majzén" aquellas cábilas que fuese sometiendo a su autoridad. Una "formula" que no dejó de molestar a Francia, enormemente suspicaz con cuanto pudiera, más o menos, significar "un tanto a favor" para Alemania." |
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Para concluir y como resumen de lo que fue el conflicto utilizaremos las palabras del profesor Edward J. Davies II, de la Universidad de Utah: "La I Guerra Mundial (1914-1918), uno de los conflictos más devastadores de la historia, fue una pugna de grandes dimensiones que comenzó en Europa y terminó implicando a 32 naciones. La guerra se libró entre dos grandes alianzas militares: de un lado, los denominados aliados, entre los que estaban Francia, Rusia, Gran Bretaña, y finalmente Estados Unidos; del otro, los Imperios Centrales, que incluían a Alemania (II Imperio Alemán), Austria-Hungría (Imperio Austro-Húngaro) y más tarde, a Turquía (Imperio otomano). Al término de la Gran Guerra (nombre por el que también es conocida la I Guerra Mundial) habían muerto 10 millones de soldados y otros 21 habían resultado heridos.
La Gran Guerra, por otra parte, precipitó la revolución y la inquietud, una consecuencia completamente imprevista por las potencias europeas. La toma del poder por los bolcheviques en Rusia en 1917 fue sólo el preludio de las turbulencias e inquietudes que acabarían llegando a Berlín e incluso Pekín. Al final de la guerra, Vladímir Lenin se alzó como una figura temida o venerada a lo largo y ancho del globo. Por la misma época, Woodrow Wilson entró en escena con sus famosos Catorce puntos, una serie de principios enunciados durante el conflicto, destinados a traer y preservar la paz. Las novedosas ideas de Wilson, como la autodeterminación y la Sociedad de Naciones, constituían un agudo contraste con los llamamientos revolucionarios de Lenin a los pueblos oprimidos y su apostolado de la violencia como medio para alcanzar la justicia y la igualdad. Las ideas contrapuestas de estos dos visionarios electrizaron a las naciones colonizadas de todo el mundo y las hicieron intensificar sus demandas de independencia o autonomía. Al mismo tiempo, el final de la guerra llenó de resentimiento a las masas a medida que los imperios se disolvían, se exigían reparaciones a los vencidos y el mapa de Europa era diseñado a medida de los vencedores...
A medida que la guerra se recrudecía, la desesperada necesidad de soldados y trabajadores de las potencias europeas les obligó a fijar sus ojos en las colonias. Los líderes coloniales les dieron su apoyo, pensando que su lealtad en ocasión de tal peligro para la metrópoli redundaría en una mayor autonomía para las colonias, la relajación de la legislación racial e incluso la independencia al final del conflicto. Es seguro que los líderes de las colonias británicas en la India y África apoyaron el esfuerzo de guerra con estos motivos in mente . Soldados y obreros voluntarios afluyeron en grandes contingentes para completar los regimientos coloniales ya existentes de Gran Bretaña, Francia y Alemania.
Los franceses por ejemplo alistaron a 70.000 argelinos y 170.000 africanos occidentales en sus ejércitos europeos. Los británicos confiaron en tropas indias para su fallida campaña en Irak en 1915 y para reforzar sus ejércitos en el norte de Francia. De hecho casi un millón de soldados y obreros indios sirvieron a lo largo y ancho del mundo. Los británicos emplearon también a 100.000 trabajadores chinos para atender a las necesidades logísticas de sus ejércitos en el norte de Europa. Además cientos de miles de porteadores y obreros de África Occidental, Egipto y la India proporcionaron servicios inapreciables a los beligerantes.
Los inesperados acontecimientos en el Imperio Ruso resultaron tan dramáticos y exitosos como las políticas subversivas de los beligerantes. En 1917 la Revolución Rusa estremeció al mundo y dio a luz a un desafío continuo a las potencias occidentales. La revolución despertaría también la esperanza en países como China, que luchaban por deshacerse del yugo colonial. Tres décadas después de la revolución, más de una tercera parte de la humanidad viviría bajo regímenes comunistas.
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Aliada de Francia desde hacía muchos años, la Rusia imperial fue a la guerra en 1914 mal preparada para las enormes exigencias de una guerra moderna e industrial. La guerra trajo pérdidas catastróficas y sufrimientos inaguantables para los millones de rusos que luchaban en los ejércitos imperiales. Durante la guerra, Rusia se enfrentó también a migraciones internas masivas a medida que millones de refugiados huían de los frentes de guerra y los civiles dejaban sus hogares para trabajar en las industrias de guerra. Este vasto movimiento de población, que igualó en número al de las levas militares, desestabilizó en gran medida a una sociedad que ya se tambaleaba bajo las presiones domésticas y famosa por su corrupción. La carestía de alimentos afectó pronto a las ciudades mientras que la inflación socavó el poder adquisitivo de los campesinos. Los obreros y los campesinos hicieron responsable al gobierno de la ruinosa situación. En 1917, el zar Nicolás II y la monarquía habían perdido la confianza de los rusos. La monarquía fue sustituida por un gobierno provisional, formado por fuerzas supuestamente democráticas.
En ese momento, un revolucionario bolchevique exiliado llamado Vladímir Lenin regresó a Petrogrado, ayudado por las autoridades alemanas que esperaban que Lenin crearía un descontento aún mayor en un país devastado ya por las luchas intestinas. Lenin y sus correligionarios bolcheviques decidieron pronto que el gobierno provisional se equivocaba al proseguir la costosa e impopular guerra. En el otoño de 1917, Lenin y sus seguidores se hicieron con el poder apartando al gobierno provisional, que había perdido el apoyo de los rusos. Una vez en el poder, los bolcheviques cumplieron su promesa de apartar a Rusia de la guerra. En diciembre de 1917 firmaron en Brest-Litovsk un armisticio que cerraba la intervención rusa.
En 1918, la marea causada por la Revolución Rusa barrió Europa, que se encontraba ya en medio de una gran inquietud. En Alemania, la pérdida de confianza en un gobierno que se mostraba incapaz de romper el bloqueo británico o de conseguir una victoria decisiva en el Oeste llevó a motines militares y levantamientos en todo el país. La indisciplina masiva comenzó en la Armada y culminó en la negativa de los marineros acantonados en el puerto de Kiel de hacerse a la mar en una maniobra suicida para salvar el honor del II Imperio Alemán. El motín pronto alcanzó a la totalidad de la oficialidad y la marinería que pidió el fin de la guerra. El antiguo régimen estaba en las últimas y el II Imperio Alemán fue reemplazado por un gobierno provisional.
El final formal de la guerra llegó con la Conferencia de Paz celebrada en Versalles, en las afueras de París, en 1919. Los pactos firmados en Versalles, que constituyeron el llamado Tratado de Versalles, no sólo afectaron a Europa sino a millones de personas que vivían fuera de sus confines. Los alemanes se mostraron favorables a un armisticio, pensando que los Catorce puntos de Wilson servirían como base para las negociaciones de paz. El nuevo gobierno alemán pensaba que las propuestas de Wilson moderarían los términos. No obstante, Wilson no fue capaz de reprimir las ansias de Francia de territorios, reparaciones y de humillar a Alemania. Se entregaron territorios alemanes, en usufructo o en propiedad, a Francia y a estados recién creados como Polonia y Checoslovaquia. Además el tratado desintegró el Imperio Austrohúngaro. Es más, Alemania hubo de cargar con la responsabilidad de la guerra, una humillación que amargaría a muchos alemanes durante los años veinte y treinta.
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Finalmente, apareció una serie de nuevos estados en Europa oriental. Muchos de estos estados, como Polonia, o los Países Bálticos (Letonia, Lituania y Estonia), se concibieron como barreras contra los bolcheviques, así como para satisfacer las demandas de independencia de minorías étnicas que habían pertenecido a antiguos imperios. Los aliados vencedores desmembraron también el Imperio otomano, que todavía dominaba territorios desde el norte de África hasta Persia. Bajo la guía de la Sociedad de Naciones, los franceses y los británicos impusieron mandatos sobre Palestina, Irak, Jordania y Siria, haciéndose con el control de aquellas zonas. El sistema de mandatos había hecho de Gran Bretaña y Francia los supuestos guardianes ilustrados de los territorios de Oriente Próximo. Los europeos se hicieron cargo de la tarea de promover los intereses de los pueblos bajo su dominio, un noble objetivo del que muchos nacionalistas árabes dudaban, y con razón. Sólo Arabia Saudí surgió como nación independiente de las potencias europeas.
Si el Tratado de Versalles trajo la paz, desde luego no trajo la felicidad. Los alemanes abandonaron las negociaciones resentidos, esperando el día de su revancha. Los rusos, que nunca fueron invitados, quedaron como apestados fuera de la comunidad internacional. Más allá de Europa, las aspiraciones nacionales y un hondo resentimiento contra el yugo imperialista siguieron siendo alimentados durante décadas después de la Gran Guerra. Y los pueblos de las colonias europeas, influidos por los sueños de Wilson y Lenin, imaginaron un mundo muy distinto del de sus opresores imperiales." |
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