Universidad de Barcelona de Geografía e Historia  

 

 
 

 

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      ATRÁS.  
 
 
  LA CRISIS DEL 98.  
 

Desde la última etapa africana de 1860 España había sufrido una serie de diferentes e importantes cambios. Prácticamente podríamos hablar de un periodo de inestabilidad permanente. El año 1864 había dado paso a un periodo de crisis económica de tremendas consecuencias, periodo que duró hasta 1868. Posteriormente llegará el derrocamiento de Isabel II, las agitaciones republicanas y federales, la llegada al trono y posterior caída de Amadeo I de Saboya, el alzamiento carlista en Catalunya, el nacimiento de la Primera República, los levantamientos cantorales, el levantamiento en Cuba, la restauración borbónica de Alfonso XII, los atentados anarquistas, el creciente nacionalismo catalán, un nuevo levantamiento en Cuba, pronunciamientos militares de carácter republicano, la crisis agraria de Andalucía, el conflicto de las islas Carolinas, la muerte de Alfonso XII y la regencia de Maria Cristina, el cuartelazo republicano del general Villacampa, las huelgas de Vizcaya, los levantamientos anarquistas (especialmente destacable el de Jerez), el alarmante déficit de hacienda de 1895, los atentados anarquistas en Barcelona, levantamientos en Filipinas, la guerra contra Estados Unidos.

Junto a este periodo de inestabilidad habría que señalar la situación de desarrollo del país, siglos de militares salvadores de la patria, de Iglesia moralizante, de terratenientes sin escrúpulos, de "señoritos" estirados, de gobernantes incapaces y de soberanos incompetentes habían configurado una triste imagen del pueblo hispano. Unamuno lo describe perfectamente en varios de sus escritos: "[...] viejas ciudades amodorradas en la llanura [...] vive una casta de hombres sombríos, producto de una larga selección por las heladas de crudísimos inviernos y una serie de penurias periódicas, hechos a la inclemencia del tiempo y a la pobreza de la vida" , palabras que definen perfectamente a esa "España negra" reinante e imperante durante los últimos años del siglo XIX. Muchos intelectuales y artistas europeos vuelven sus ojos hacia la península considerándola un lugar exótico y romántico, es prácticamente un viaje a los ancestros de la civilización. Como ejemplo las palabras del artista belga Verhaeren tras uno de sus viajes peninsulares: "El verdadero color de España es el negro. Es necesario llevar gafas de vidrio color de rosa en los ojos para ver España con tonos alegres, pero por lo mismo que es triste, España es hermosa".

Fiel a su tradición inmovilista, España no había realizado ningún tipo de reforma en sus posesiones, temiendo que cualquier movimiento posible se decantaría en contra de sus intereses - "la eterna política del miedo" , como la denominó Abraham Reolid-. En primer lugar estaba el problema de la esclavitud, España era anti-abolicionista pero no por convicción, sino por el problema que se podría generar si libertaba a los esclavos, pues podría suscitar el descontento entre los plantadores y terratenientes coloniales, en segundo lugar; un miedo atroz a cualquier tipo de liberación económica y, para concluir, el pánico que sufría el Estado con tan solo escuchar la palabra autonomía -algunos hoy todavía lo padecen- para sus provincias de ultramar.

Observando detenidamente la política colonial española a lo largo de su dilatada historia parece un auténtico milagro que todavía conservase a finales del siglo XIX una parte, aunque fuera insignificante, de lo que en su día llegó a ser un gran imperio. Frente a un mundo en evolución económica y constantes cambios políticos e ideológicos -El Reino Unido o los propios Estados Unidos serían el ejemplo más significativo-, España seguía decantándose hacia el tradicionalismo más clásico y caduco, en los restos del imperio las oligarquías antillanas seguían manteniendo un poder casi feudal y sus "vasallos", normalmente la gente de color, eran contemplados como pura y dura mano de obra, sin más derechos y sin más deberes, y en caso de problemas, la metrópoli siempre estaba dispuesta a aplastar con garra de hierro cualquier tipo de insurrección -estoy seguro que tras estas palabras habrá voces abogarán sobre las leyes de igualdad de todos los pertenecientes a la corona española, fueran peninsulares o de ultramar, ciertamente las leyes existían -aunque para ser ciertos hay que apuntar que no eran exáctamente de igualdad- pero una cosa era el mundo ideal y otra bien diferente el mundo real-. En la imagen de la derecha puede contemplarse una "alegoría" de la ocupación española.

Cuba siempre fue un objetivo para los Estados Unidos, diferentes grupos de poder muy cercanos al gobierno plantearon su incorporación a la Unión -mediante compra a España- en la época anterior a la Guerra Civil americana, a mediados del siglo XIX, pero finalmente la idea se suspendió esperando condiciones políticas mucho más favorables -incorporar la isla de Cuba hubiera sido incorporar un nuevo Estado esclavista, pues ese era su régimen político-económico, y los "vientos de guerra interna" en la nación estadounidense eran más que evidentes-

La metrópoli, mientras tanto, continuó su política colonial con su bien conocida e invariable torpeza, a mediados de los años sesenta -del siglo XIX- la crisis económica en la isla provocada por la caída del precio del azúcar era un hecho incuestionable. Los gobernantes españoles prometieron medidas especiales y reformas profundas para hacer frente al problema, pues bien, esas "medidas especiales" y esas "reformas profundas" cristalizaron en una elevación de impuestos en la isla.

¿Qué podía España esperar de su arcaica política colonial? El día 10 de octubre de 1868, daría Carlos Manuel Céspedes en el Oriente de la Isla un grito guerrero a la metrópoli y a los españoles. Era el llamado "Grito de Yara", -aunque paradójicamente fue en este lugar donde, al día siguiente, la rebelión sufrió su primer revés. Puerto Rico, en una situación muy similar a la de Cuba, tuvo también su "grito", lanzado desde la rabia con la misma intención separatista.

España, sin demasiadas dificultades -hay que apuntar que los focos de resistencia rebelde fueron muy irregulares y que no calaron profundamente en la población- acabaría con el sueño del patriota Céspedes y haría que las cosas volvieran a su estado anterior, sin embargo la situación reinante motivó a la metrópoli a que no se tumbara a esperar nuevos acontecimientos. La tregua firmada por el general Martínez Campos con los nacionalistas condicionaba a España a introducir profundas reformas en la Isla y Madrid las aprovechó para hacer un esfuerzo importante, no para mejorar las condiciones de vida de los isleños como hubiera sido lo más indicado y deseable, sino para reforzar la explotación salvaje de la colonia y a tratar de españolizarla -craso y frecuente error entre las mentes pensantes hispanas-.

El resultado de esta política de explotación era previsible, el 24 de febrero de 1895 se produjo el llamado "levantamiento de Baire. El proceso nació plagado de dificultades, aunque la conspiración contra España llevabase fraguando desde mucho tiempo atrás -desde organizaciones permitidas por la "metrópoli" y que trabajaban de forma encubierta por la causa independentista-.

El problema es que había diferentes sectores que defendían diferentes puntos de vista, mientras unos no deseaban más que los españoles se marcharan de la isla lo antes posible, otros -corrientes más autonomistas- confiaban todavía en que España sería capaz de realizar los cambios que había prometido...

Como explica Elena Hernández Sandoica, profesora de Historia Contemporanea: "Las fallidas peticiones del llamado Movimiento Económico, un fuerte conglomerado social y político (desde plantadores y grandes comerciantes a obreros anarquistas del tabaco), que había demandado, a principios de los años 90, diversas reformas y mayor igualdad jurídica y legal entre antillanos y peninsulares, exasperaron los ánimos de quienes se movían abiertamente en defensa de los intereses específicos de los cubanos. Y en el exilio, ese mismo fracaso estuvo en el crisol fundacional del Partido Revolucionario Cubano (PCR), de carácter democrático, antillano (incluía la emancipación de Puerto Rico) e interracial. Y mientras se esperaba el momento propicio para la insurrección, se acopiaban hombres y armas, conseguidas por donaciones recolectadas en París, México, Santo Domingo o Nueva York y, sobre todo, con el respaldo de los magros salarios de los trabajadores del tabaco en Tampa y Cayo Hueso, los elementos más entusiastas y más desposeídos de la emigración."

La profesora Hernández Sandoica continua diciendo: "Había un proyecto para invadir la Isla, el "Plan de Fernandina", que debido a una mezcla de espionaje y arrepentimiento, traición e inexperiencia, fue descubierto y desbaratado. Se contó entonces con las fuerzas del interior, es decir, los nacionalistas desperdigados por todo el territorio. Mientras tanto, los puertorriqueños seguían a la espera, listos para ayudar: habían formado una sección particular del partido fundado por Martí (SPR del PRC), y en él esperaban su turno, una especie de segunda vuelta en el proceso de la liberación. Los días que precedieron al levantamiento fueron especialmente confusos, debido a las deficientes comunicaciones internas de la Isla y, sobre todo, a que seguía habiendo una desigualdad, local y regional, que hacía variar el mapa de las adhesiones -reales o posibles- a la gobernación española. No se podía -y los jefes cubanos de la guerra y del nacionalismo estaban, por una vez siquiera, de acuerdo en este extremo- preparar al mismo tiempo una insurrección general, de simétrico alcance y repercusiones homogéneas, en las dos grandes regiones cubanas, Oriente y Occidente. Dos Cubas distintas se hallaban en el banco de pruebas y sus diferencias históricas, incluso, se habían ahondado desde el conflicto del 68."

La Cuba Oriental, aunque más pobre, estaba más inclinada al independentismo y tal era el deseo de que los españoles se marcharan, que en reunión secreta, los cabecillas retrasaron el arreglo de los problemas internos del país que deberían negociarse tras la paz -y que no eran pocos-, con tal de hacer embarcar a los españoles lo antes posible con rumbo a su península.

En contra de esta postura se encontraba la zona de Pinar del Río, la tierra del tabaco por antonomasia, que en el 68 no se había levantado contra la presencia española, y también el Camagüey, que ahora prefería mantenerse al lado de los españoles y no arriesgar su economía ganadera, recuperada después de largos esfuerzos. La Habana era, por su parte, un problema aparte, en ella se agruparon las fuerzas de la policía colonial y una parte importante de los voluntarios, tropas especiales ultra-españolas que fueron utilizadas durante todo el siglo por parte de los ocupantes con un éxito y crueldad contrastada. De esta manera España consiguió que La Habana quedara bajo su poder.

Sin embargo, y aunque se pretendía evitar los problemas internos, había graves diferencias entre los insurrectos en cuanto a la estrategia bélica y el que hacer "después de la guerra", Maceo -uno de los cabecillas, más autoritario que Gómez o Martí- tenía un plan muy claro y mucha gente que le apoyaba en sus aspiraciones. Su idea tras la expulsión de los españoles era la de una férrea dictadura militar. Martí, sin embargo, era esencialmente liberal y demócrata, aunque sus seguidores eran mínimos en comparación con los de Maceo. La política de Martí puede fácilmente resumirse en la frase que en cierta ocasión se vio obligado a decir a Maceo en uno de sus enfrentamientos verbales: "Un pueblo no se funda, general, como se manda un campamento" .

Martí murió en Dos Ríos, el día 19 de mayo de 1895, poco antes de comenzar la guerra y en condiciones un tanto extrañas -se llegó a hablar de suicidio al comprender que sus planes sobre el futuro de Cuba eran inviables-.

La guerra comenzó en Oriente, desde siempre Occidente -la zona más rica- había vivido prácticamente de espaldas a los orientales, aprovechando de una manera u otra la protección que le brindaba el Gobierno español. Pero ahora la situación había tomado un cariz un tanto diferente, España no estaba ganando la guerra, a pesar del gran esfuerzo que estaba realizando mandando hombres -se calcula que fueron enviados 200.000- y materiales, aunque tampoco se podía asegurar que la estuviera perdiendo. Todos, hasta los más optimistas, presentían que el conflicto sería largo y muy costoso -tanto en vidas como en recursos-, si los cubanos ganaban -cosa que no se podía descartar, según marchaban los acontecimientos-, ganarían definitivamente su libertad pero si perdían, la causa estaría perdida por varias generaciones.

Ni que decir que España mostró -una vez más- en la Guerra de Cuba recién comenzada, su máxima capacidad de incompetencia militar. Puede juzgar libremente el lector; la isla, de 110.192 Kilómetros cuadrados, contaba con una población de 2.200.000 habitantes, de los cuales 1.400.000 eran blancos -nativos y de origen español en su mayoría-, la población negra o mestiza -junto a la china- no llegaban a los 800.000. Las fuerzas armadas contaban con 150.000 hombres, a los que había que añadir 80.000 voluntarios (milicianos), los insurgentes nunca llegaron a ser más de 50.000 hombres, con mucha voluntad pero mal adiestrados y peor armados. El promedio era de 1 a 4, o lo que es lo mismo cuatro soldados españoles por un rebelde. A todo esto tenía que sumársele el apoyo de la mayoría de la sociedad civil cubana, descendientes de españoles y que no querían la independencia y el apoyo desplegado desde la metrópoli. ¿Qué razón, sino la de la más pura incompetencia militar podía llevar a un grupo de rebeldes en llevar en jaque a toda la isla?. Tengamos estos datos en cuenta, en especial los que se refieren al número de españoles por número de enemigos, porque nos serán de mucha utilidad cuando avancemos y estudiemos lo acontecido en Marruecos en 1921.

Desde el año 1895 había sectores, tanto en Cuba como en la propia España, que consideraban como un "mal menor" la intervención americana en la isla en contra de los rebeldes. Una acción militar ejercida por los estadounidenses de forma directa podría salvar la imagen de España -muy deteriorada por el devenir de los acontecimientos-, pues de esta manera los españoles se podrían marchar de Cuba dejando el conflicto a otro país. Otra idea, por parte de otro sector, era la posibilidad que Estados Unidos reconociera a los rebeldes cubanos y se involucrara en la guerra a su favor, se produciría entonces una intervención en contra de los españoles, que se podrían ir de la isla después de pequeñas escaramuzas, era una especie de "guerra pactada", puro teatro pero que permitiría a los hispanos salvar el honor y salir con cierta dignidad de sus últimas posesiones en América.

Sin embargo una cosa estaba clara, pasara lo que pasara los estadounidenses veían en Cuba una zona de influencia y expansión que debía pasar bajo su control.

COMBATES EN LA ZONA DE CASCORRO.

En palabras de White: "Una vez liquidada la soberanía española debería ejercerse sobre Cuba -por parte de los Estados Unidos- una tutela amplia, concreta y directa." Halstead por su parte aseguraba: "La lógica de la historia de España es la pérdida de Cuba. [...] Con el destino de Cuba en las manos de su propio pueblo, obedecerá a la irresistible atracción de nuestra Unión para ser uno de los Estados Unidos".

Sin embargo, en la península los sectores más reaccionarios y duros del país comenzaron una intensiva campaña en contra de la posibilidad de abandonar Cuba "por las buenas", algunos políticos apoyados por gran parte de la prensa movilizaron a las masas para que protestaran en contra de la idea de retirarse de la isla, a la vez crecieron las condenas en contra de la posición norteamericana -tildada de intervencionista-, en las mayores ciudades de la Península -lo mismo que en Cuba o Puerto Rico- hubo motines y protestas contra Estados Unidos.

En el verano de 1896, España intentó, con una desesperada maniobra política, que las grandes potencias presionaran a Estados Unidos para que bloquease la ayuda prestada a los rebeldes cubanos. Aquel intento de internacionalización del conflicto fue rápida y airadamente rechazado por el embajador de Estados Unidos en España, desde ese mismo instante la nación pudo darse cuenta que no contaba con ningún apoyo en el extranjero, ciertamente Francia y Rusia mostraban sus simpatías por la causa española, pero no pasaban las expectativas de ese punto.

En diciembre de 1896 se producía la exposición del presidente norteamericano Cleveland: "Ha llegado a ser patente la incapacidad de España para triunfar sobre la insurrección [...] y la desesperada lucha para restaurarla [su soberanía] ha degenerado en una contienda que sólo significa inútiles sacrificios de vidas humanas y la completa destrucción de toda riqueza [...] Es inminente la más completa ruina de la Isla, a menos que se ponga rápidamente término a la actual lucha [...] Debo añadir que razonablemente no puede admitirse que la actitud hasta ahora expectante de los Estados Unidos sea mantenida indefinidamente".

Los comentaristas políticos españoles, alarmados por los tintes que comienza a tomar la insurrección en la isla, comienzan a hablar, desde ese mismo momento, del grave riesgo imperante de comenzar una guerra contra los Estados Unidos.

En septiembre se producía la "nota de Woodford" . En ella se hacia especial atención en los trece años de guerra que habían consolidado la insurrección. y habían puesto de manifiesto la incapacidad España para ganar la guerra: "Es ilusorio para España esperar que Cuba, aun en la hipótesis de haberla podido sojuzgar por el completo aniquilamiento de sus fuerzas, pueda jamás mantener con la Península relaciones que ni remotamente se parezcan a las que en un tiempo sostuvo con la Madre patria".

CABALLERÍA ESPAÑOLA EN CUBA.

En palabras del catedrático de Historia, Antonio Elorza: "La incapacidad (inability) de España tenía dos consecuencias convergentes: la ruina de la Isla y un perjuicio inaceptable para los intereses económicos de Norteamérica, a lo cual se sumaba la perturbación que la guerra suponía para la convivencia social y política. A diferencia de los textos de Cleveland, el eje del discurso de Woodford se traslada al interior de Estados Unidos, que se convierte en juez y en protagonista efectivo de la cuestión cubana. De ahí que se exhiban los derechos, que residirían en Estados Unidos como "nación expectante", afectada por la crisis y de los que se derivaría la exigencia de una intervención."

El gobierno de los Estados Unidos entregaba, el 26 de junio de 1897, al embajador de España en Washington, Dupuy de Lôme, una nota donde se condenaba duramente la guerra desarrollada por el general español Weyler en la isla. Se criticaba que la guerra no se desarrollara bajo los códigos militares civilizados. A esa cláusula humanitaria recurrirá el Gobierno norteamericano en lo sucesivo para justificar su intervención como una guerra justa.

El embajador español respondió unos días después a la nota de protesta del gobierno estadounidense quitando importancia a las acciones de España y desplazando la responsabilidad de la prolongación de la guerra sobre el "pueblo americano" que seguía apoyando a los insurgentes. Washington tenía ya razones suficientes -al menos ellos lo pensaban así- para justificar suficientemente su intervención en el conflicto, por la negativa española a aceptar sus recomendaciones humanitarias. Las medidas hispanas, y muy en particular las del soberbio general Weyler fueron totalmente contraproducentes, en su afán de ahogar económicamente a los rebeldes -se evacuaron los campos para que los insurrectos no pudieran abastecerse- consiguió que los campesinos, ahora sin recursos, sufrieran una hambruna descomunal y que se sumaran a la rebelión en contra de los opresores.

Con el cambio de Gobierno en España -llegaron al poder los liberales- se trató de instruir una nueva estrategia en el desarrollo de la guerra, en primer lugar se sustituyó a Weyler en el mando de Cuba, después, en noviembre de 1897 -demasiado tarde para contentar a los insurrectos- se organizó un gobierno autonómico para la isla, como ya hemos señalado este cambio llegaba demasiado tarde, los cubanos no querían autonomía sino independencia. También se concedió la autonomía a Puerto Rico, sin que los independentistas estuvieran de acuerdo con la misma, Ramón Betances afirmó: "Solo la independencia será capaz de salvarnos del minotauro americano" Y sabía lo que se decía, con la llegada de los Estados Unidos a la isla se acabó la autonomía, se enarboló la bandera de la Unión y se instauró un gobierno militar convirtiéndose en poco más que un domino. El historiador español Abraham Reolid afirma: "Puerto Rico es, desde su "independencia", el burdel norteamericano, la colonia de un nuevo Imperio. [...] En cuanto a Cuba no está libre de convertirse en un futuro en algo similar. "

Esta negativa cubana a la autonomía rompió las aspiraciones hispanas de una pronta reconciliación. En palabras de la profesora Elena Hernández Sandoica: "Iban a deshacerse de un plumazo las esperanzas de que la Constitución autonómica en Cuba serviría para suavizar la creciente irritación norteamericana respecto a la política española en Cuba. Estados Unidos no estaba dispuesto ni siquiera a molestarse en considerar la viabilidad de la autonomía y decidió oponerse vivamente a ella. [...] Temía la posibilidad de que se entrara en una guerra declarada entre cubanos, una guerra que, al final, favoreciera a la metrópoli que seguía reservando el poder militar. Una guerra, por último, que dificultaría cualquier otra actuación de terceros desde el exterior."

El gobierno autonómico "de papel" que había autorizado España en Cuba asume sus funciones el 1 de enero de 1898, mientras que en la península los diarios no hablan de otra cosa más que de la más que posible guerra contra Estados Unidos. La actitud tomada por los estadounidenses ha indignado considerablemente a los españoles, cansados ya de tantas interferencias de un gobierno extranjero. En el otro bando, la prensa dominada por la familia Hearst prepara también el terreno para la guerra. En ninguno de los dos bandos escriben los periodistas el verdadero y oscuro motivo del conflicto, los españoles hablan del "honor" y de "libertad" los estadounidenses, por esa razón la mayor parte de la opinión pública es partidaria de las armas.

Volvieron, como de costumbre, a aparecer todos los tópicos clásicos y rancios del militarismo español sobre la patria, el heroísmo, los valores hispanos, etc, etc que levantaron los ardores guerreros de un amplio sector de la población... Solo la prensa del movimiento obrero se mantuvo distante de la espiral belicista, argumentando buscar una salida negociada al conflicto sin que se llegara a tener que entrar en guerra contra los Estados Unidos.

El año 1898 fue determinante para la historia de España. La guerra iniciada contra los Estados Unidos por el contencioso de Cuba y la posterior derrota sufrida tras la misma supuso que el país perdiera sus últimas colonias de ultramar (las islas de Cuba y Puerto Rico y el archipiélago de las Filipinas) y debiera de enfrentarse ante una nueva situación, tanto política como social; los últimos residuos del Imperio colonial habían desaparecido y esa destrucción pública de la imagen de España como potencia convirtió la derrota en un desastre moral. Todos los sectores sufrieron sus consecuencias, el país había perdido el ritmo, cuando no el rumbo, de la historia. El desastre del 98 invadió la vida de toda una nación.
GUERRA DE CUBA.

Apuntaremos como botón de muestra las palabras del Premio Nóbel Ramón y Cajal, refiriéndose a la derrota española en Cuba: "La trágica noticia interrumpió bruscamente mi labor, despertándome a la amarga realidad. Caí en un profundo desaliento. ¿Cómo filosofar cuando la patria está en trance de morir? Y mi flamante teoría de los entrecruzamientos ópticos quedo aplazada sine die [...] Aquel desfallecimiento de la voluntad, que fue general entre las clases cultas de la nación..."

Ciertamente, y como hemos visto con anterioridad, hay que apuntar que la pérdida de Cuba fue toda una maniobra de los Estados Unidos por hacerse con ella. El gobierno estadounidense llegó a hacer maniobras sorprendentes para conseguirlo, el historiador Jover Zamora señala que en febrero de 1898, dos meses antes de estallar la guerra, Washington envió a Madrid un representante para que diera a la reina regente doña María Cristina y al gobierno español el siguiente mensaje: "El ejército norteamericano intervendrá en la isla si España no accede a vender Cuba a los Estados Unidos por 300 millones de dólares; para facilitar la operación, se ofrece además un millón de dólares para los eventuales negociadores españoles" . El ofrecimiento fue rechazado por el gobierno, así que el siguiente paso fue mandar al Maine a aguas españolas con el pretexto de "salvaguardar los intereses americanos en la isla" , que no eran realmente ninguno. En el mes de marzo, una noche en que curiosamente toda la oficialidad se encontraban en tierra, el Maine explotó -las bajas de marineros por parte americana tratan de 260 muertos- . Los norteamericanos culparon a los españoles de la detonación del barco. Ya tenían la excusa perfecta para iniciar una guerra...

En palabras de José Ignacio de Arana: "El verdadero desastre militar esperaba a España en el mar. La escuadra española era anticuada; sus barcos, construidos en madera, apenas tenían combustible para sus rudimentarias calderas de vapor y, desde luego, su armamento artillero era poco menos que testimonial. Enfrente estaba la poderosa armada de los Estados Unidos, robustecida a raíz de la guerra civil, con navíos acorazados y con cañones de acero de largo alcance y enorme potencia de fuego. El resultado del enfrentamiento era del todo previsible, pero aun así tuvo lugar y constituye una de las gestas más heroicas a la vez que dramáticas de nuestro ejercito [...] En el puerto de Santiago de Cuba se encontraba la Armada española al mando del Almirante Cervera, que había conseguido burlar audazmente el bloqueo enemigo en su viaje desde la Península, cuando recibió la orden desde España de salir a mar abierto donde la esperaban numeroso barcos enemigos. El marino español, consciente de que se encaminaba al sacrificio, mandó zarpar a sus buques; en el navío que él capitaneaba ordenó clavar al mástil la bandera de combate para que no pudiera ser arriada durante el mismo lo que hubiera sido la señal de rendición. [...] El almirante Cervera y la mayoría de sus oficiales y marinos murieron en aquella trágica jornada del 3 de julio de 1898. [...] los supervivientes que llegaron hasta los muelles de Santiago contaban que en los barcos españoles sólo una de cada cuatro cargas de cañón podían ser disparadas porque el resto estaban en tan malas condiciones que no respondían al encendido de las mechas "

El 10 de diciembre de 1898 se firma finalmente en la ciudad de París la paz -Francia se había ofrecido como mediadora entre las partes-. España, temerosa a que el conflicto se extendiera en la región del estrecho de Gibraltar y atacara a sus intereses, firma la paz a toda prisa.

Tenemos que señalar en estas líneas que la paz (eufemismo de lo que realmente era una imposición) fue tremendamente humillante y costosa parta los intereses hispanos pero, después del tremendo fracaso de la campaña militar española, no había otra posible salida, el haber continuado el conflicto armado tan solo hubiera prolongado un baño de sangre totalmente innecesario, y además, España también advertía el peligro que la guerra se extendiera hasta la zona del Mediterráneo y todo el peligro que eso podía traer a sus futuros proyectos en África e incluso sospechaba -no sin cierta razón- de una alianza secreta entre el Reino Unido y los Estados Unidos de Norteamérica que otorgara, en caso que la guerra se prolongara, carta blanca a los británicos para entrar directamente en el conflicto -ya se hubiera buscado una manera adecuada- y conquistar las Islas Canarias.

Un hecho muy significativo venía a demostrar que la "neutralidad" británica debía ser puesta entre algodones, el 16 de junio de 1898 partió de Cádiz hacía Filipinas una escuadra de socorro, escuadra mandada por Manuel de la Cámara, al llegar a Port-Said, las presiones británicas sobre el Gobierno egipcio consiguieron de éste que les negara a los españoles el combustible necesario para continuar, como consecuencia, la flota tuvo que regresar a España. Era el final de la esperanza para los defensores de Manila.

El día uno de enero del año 1899 el general Giménez Castellanos entrega el mando de la isla de Cuba a las autoridades norteamericanas, pocos días después sucederá lo mismo en Puerto Rico y en Filipinas.

España había pagado bien caro su debilidad, su sociedad atrasada, apenas industrializada y escasamente modernizada disponía una estructura tercermundista a un país que se jactaba de ser una potencia. Los ojos de la verdad, como repetidas veces ha ocurrido a lo largo de la historia de este país, se negaban a ver la realidad, una realidad que colocaba a España en el plano internacional como un país de segundo orden, sin peso específico y tremendamente atrasado. Los aires de un pasado colonial glorioso habían cegado a una sociedad que vivía anclada en el ayer. El traumático despertar no sirvió de nada como se demostrará años después en las campañas africanas. En palabras de un político de la época: "El pueblo no podía revolverse, el pueblo tenía bastante rectitud para no revolverse; pero el pueblo no solo había perdido antes la confianza en sus directores y en los organismos llamados a conducirle al término de sus destinos; el pueblo se halló sin confianza en sí propio, que es el mayor mal que puede sufrir un Estado; y por eso ha acontecido lo que estáis viendo; que después del Desastre, la palabra "regeneración" estuvo en todos los labios, pero el concepto no parece haber estado en ningún entendimiento, ni en los altos ni en los bajos."

La Tragedia del 98 sirvió para mostrar al mundo y al propio país a una España, y muy en especial a su ejército, con toda la incapacidad, incompetencia y atraso que era posible. Para hacernos una idea de los medios con que la armada disponía en esos momentos en Filipinas basta leer las palabras del capitán de navío Bustamante, caído en aquella campaña: "[...] no merecían nombrarse como buques de guerra".

El pensamiento de los políticos y algunos militares españoles del momento en que trataron de establecer comparaciones de armamento con el enemigo eran un claro ejemplo de incompetencia en sus funciones, el mejor crucero español en Filipinas era el "Cristina", éste estaba armado con seis piezas Hontoria de 16cm y estaba desprovisto de protección. Enfrente tenía al "Boston", "Olimpia" y "Baltimore", con piezas de 20cm y desplazamientos entre 3.800 y 5.800 toneladas. Los restantes barcos españoles: "Castilla", "Luzón", "Cuba", "Velasco", "Ulloa", "Juan de Austría" y "Marqués del Duero" ni siquiera contaban, estaban vencidos antes de comenzar el combate. Los barcos americanos podían batir a los españoles fuera del alcance de su artillería. El resultado ya se vio: 105 muertos y 250 heridos por parte española por 8 heridos estadounidenses.

Aunque a la batalla hubieran asistido el "Lepanto" y el "AlfonsoXIII" nada hubiera cambiado pues eran barcos tan defectuosos, "muertos antes de nacer" como fueron calificados, que prácticamente no llegaron a prestar servicio, siempre en reparación y retirados a poco de ser entregados.

En Cuba, donde la marina española iba a demostrar las carencias militares e incluso económicas del país, los cruceros españoles eran tan ineficaces e inferiores que era un auténtico suicidio mandarlos a combatir con una escuadra tan moderna como la americana. El "Colón", un buen barco, fue enviado a las Antillas sin su artillería principal por lo que lo único que podía hacer frente al enemigo era huir... pero el carbón que llevaba era tan malo y de tan baja calidad que ni eso pudo hacer. Los tres "Vizcaya", proyectados en 1885, se entregaron a partir de 1893, cuando ya estaban ampliamente superados por sus contemporáneos de cualquier país.

Nacían ya totalmente anticuados, muy mal protegidos, construidos con demasiada madera y, además, con todas sus instalaciones defectuosas: su artillería estaba completamente superada y sus municiones eran tan deficientes que sus marinos no se atrevían a realizar con ellas ni siquiera ejercicios, al "correr el riesgo de accidentes o de inutilización de las piezas si se hacía fuego", según opinión del almirante Carrero Blanco, en uno de sus libros. En los documentos reunidos por el almirante Cervera pueden leerse informes tan increíbles como aquel en que "se deja al buen criterio restringir en todo lo posible hacer uso de esas piezas" , o aquel otro en que se refiere que "la artillería de 14, principal fuerza de estos buques, estaba prácticamente inútil" , en otro texto encontramos estas palabras: "la artillería estaba montada en unas torres tan mal pensadas que los artilleros tenían que abrir las portas para dejar salir los gases, pues si no quedaban asfixiados".

Así, pues, el resumen de lo visto hasta ahora es sencillo de plasmar; barcos anticuados desde el mismo momento de haber sido botados, mal construidos, mal armados. Simplemente una nota demuestra la incapacidad armamentística española en la Tragedia del 98; los barcos españoles apresados por los estadounidenses no prestaron servicios a la Marina de los Estados Unidos. Se conservaron como trofeo, o utilizados como pontones o almacenes, navegando sólo algunos barcos menores.

Más de cien años después de la guerra, los expertos en la materia siguen sin ponerse de acuerdo sobre las bajas padecidas en ella por España, aunque las estimaciones más fiables oscilan entre 55.000 y 60.000 muertos. El 90% del total, a causa de la malaria, la disentería, la fiebre amarilla y otras enfermedades; el 10 %, restante, en combate o a consecuencia de las heridas recibidas.

Los norteamericanos aceptaron en su momento la cifra de 2.136 muertos (370 en combate) y de unos 1.700 heridos. Sus pérdidas se incrementarían durante la rebelión de los tagalos en Filipinas: un millar de muertos más y cerca de 1.500 heridos. En total, la guerra le costó a Estados Unidos tres millares de muertos y una cifra algo superior de heridos.

El capitán Rhodes escribió: "Puesto que al inicio de la guerra con España -una potencia militar de segundo orden...- nuestro país carecía de mapas precisos y de información estadística acerca de los recursos militares del adversario, ni disponía de planes de movilización, concentración y operación cuidadosamente formulados, ni de arsenales de fusiles, pólvora blanca -que no provoca humo-, ni cañones de retrocarga... ¿cuáles hubieran sido nuestras pérdidas en vidas, dinero y pretigio nacional si nos hubiésemos enfrentado a una potencia de primer orden?"

Los americanos demostraron sobradamente su incapacidad e improvisación en la Guerra de Cuba, de su general en jefe se escribió lo siguiente: " [William R. Shafter] tenía 63 años y era un veterano gordo y gotoso, cuyo aspecto era el de tres hombres enrollados en uno." Nunca antes había estado al mando de un gran contingente de tropas en acción y pronto se vio desbordado por los problemas administrativos. Las tropas expedicionarias estadounidenses necesitaron cuatro días para embarcar a sus tropas, cuando hubiesen bastado con ocho horas. El historiador Geoffrey Regan escribe: "Fue tal la confusión en el embarque que algunos regimientos tomaron sus propias iniciativas, apropiándose del transporte y del equipo destinados a otras unidades, luchando incluso en el muelle para asegurar su embarque en uno de los transportes. Los hombres del 71.º regimiento de Nueva York se hicieron con uno de ellos a punta de bayoneta, privando así de su transporte al 13.º infantería. Aproximadamente unos 10.000 soldados quedaron en el muelle faltos de transporte."
TROPAS REBELDES CUBANAS.

Regan continua escribiendo: "No debe ser frecuente en la historia militar que un ejército actúe con tanta ineptitud como lo hicieron los estadounidenses en las Lomas de San Juan y que aún así gane la batalla. En casi todos los aspectos dieron muestras de su escasa profesionalidad y de su incompetencia. [...] Los errores de Shafter quedaron paliados por los errores aún más numerosos de su oponente, el general Linares. Pese a que sus hombres combatieron con gran valor resulta difícil creer que tuviera la cabeza en lo que estaba haciendo. [...] Teniendo en cuenta la dotación del ejército español en Cuba -casi 180.000 hombres- es increíble que Linares destinase tan pocos a la defensa de Santiago [...] La impresión generalizada es que hubo una falta de entrega por parte del alto mando español."

Hacemos nuestras , no sin cierto dolor por su incuestionabilidad, las palabras del historiador militar español Abraham Reolid: "La historia del ejército español es la historia de la decepción y de la incompetencia. [...] El cometido en el que parecen haberse desenvuelto mejor a través de los tiempos ha sido el de someter a su propio pueblo, al pueblo español. Sus generales han sido, por norma general militares ineptos, ineficaces, cuarteleros y oportunistas, los eternos "salvadores de la patria" [...] comportándose de una manera decepcionante, cuando no cobarde y poco profesional cuando han debido de enfrentarse a un enemigo exterior."

Quizá nada mejor que las palabras del poeta ilerdense Manuel del Palacio (1831-1906) para resumir y condensar el pensamiento, cuando no profundo sentimiento, de todo un pueblo al final de un siglo:

 
 

EL SIGLO XIX

Triste concluye el siglo diecinueve

y triste herencia deja al que lo aguarda:

el vil amaño, la pasión bastarda,

sólo esto nos seduce y nos conmueve.

Los diques de la ley rompe la plebe

creyendo, ¡imbecil!, que su triunfo tarda

y es el morir en actitud gallarda

cuanto ambiciona el que a luchar se atreve.

Huyen del corazón y de los labios

la fe sublime, la verdad certera;

se pagan beneficios con agravios

y entre el desorden cruel del quien impera

mueren genio, virtud, héroes y sabios...

y hasta la misma peste... degenera.

 
     
                             
  ATRÁS.   GUERRA EN FILIPINAS.   GUERRA EN PUERTO RICO.   TEXTOS COMPLEMENTARIOS.   EL FUSIL MAUSER.   IMÁGENES DE LA GUERRA DE CUBA.   SIGUIENTE.