Universidad de Barcelona de Geografía e Historia  

 

 
 

 

Nuestrocine

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
   
 
             
 
      ATRÁS.  
 
 
  DIARIO DE UNA BANDERA.  
 

Hemos decidido añadir en este estudio el libro "Diario de una Bandera" de Francisco Franco, aunque hemos de avisar desde un principio al lector que no espere una obra profunda sobre el tema, ni tan siquiera una buena novela de aventuras. Sin embargo, y si somos capaces de separar el trigo de la paja, nos valdrá para hacernos una pequeña idea del momento que se vivió en Marruecos después del desastre de Annual, siempre desde la perspectiva de alguien como el futuro dictador.

   
DIARIO DE UNA BANDERA.
 

Ofrenda

 

A los muertos por España en las filas del Tercio de Extranjeros.

 

Al Comandante Franco le vi por vez primera en Valdemoro, habíamos ido allí a un curso de tiro; me nombraron entre todos los compañeros encargado de hacer la Memoria y busqué, entre los que allí había, quiénes me habían de ayudar en tan ardua labor, y entre ellos y por natural impulso, por simpatía personal tan sólo, invité, entre otros, a Franco, de aquí nace nuestra amistad y el alto concepto que tengo de este Jefe.

Cuando hube de organizar la Legión, pensé cómo habían de ser mis legionarios, y habían de ser lo que hoy son; después pensé quiénes serían los Jefes que me ayudasen en esta empresa y designé a Franco el primero, le telegrafié ofreciéndole el puesto de lugarteniente, aceptó en seguida y henos aquí trabajando para crear la Legión; los Oficiales los elegí en la misma forma y así llegaron Arredondo, el primer Capitán, Olavide, el primer Teniente y todos los demás.

El Comandante Franco es conocido de España y del mundo entero por sus propios méritos y las características que ha de reunir todo buen militar, que son: valor, inteligencia, espíritu militar, entusiasmo, amor al trabajo, espíritu de sacrificio y vida virtuosa, las reúne por completo el Comandante Franco. Pasad a leer su libro y aunque él con sentida modestia no se nombra a sí mismo, ni hace del libro coro de interesadas alabanzas de sus compañeros, de la lectura iréis obteniendo quién es Franco y quiénes son los legionarios y los Oficiales de la Legión.

El Teniente Coronel Primer Jefe de la Legión Extranjera,

JOSÉ MILLÁN-ASTRAY

 

Primera Parte: El territorio de Tetuán

 

I - La organización

 

 Octubre 1920

 

Al embarcar en Algeciras, se apiñan en las barcazas, al costado del barco, un centenar de hombres de distintos aspectos; al lado de los trajes azules de mahón, blanquean los sombreros de paja, trajes claros, rostros morenos curtidos por el sol, hombres rubios de aspecto extranjero y jóvenes mozalbetes de espíritu aventurero. Silenciosos, dirigen su mirada enigmática al barco que les ha de conducir a Ceuta y momentos después desfilan rápidos por las escalinatas, dirigidos por una clase.

En el barco, en franca camaradería, comienzan las bromas y distracciones, forman un corro sobre la cubierta, el juego del paso se generaliza y pronto españoles y extranjeros saltan y ríen dando al olvido su vida anterior. Parece que vuelven a ser niños; pero los fuertes vaivenes del barco imponen la formalidad y mientras unos se tumban, otros en pie dirigen su vista hacia la costa, adonde les lleva su nuevo destino.

Estos son los futuros legionarios; muchos de ellos han escrito con su sangre las páginas de este libro y yo les contemplo con la simpatía de los que van a encaminar sus vidas juntos.

Al llegar a Ceuta, una gasolinera se acerca rápida; en ella se distingue la silueta de nuestro Teniente Coronel Millán Astray, que, con gesto enérgico, agita su gorro en el aire; en el muelle nos abrazamos ¡ Ya estamos juntos! Allí está el Jefe, y en el barco llega el material para la obra.

En minutos, desembarcan y forman los futuros legionarios, la gente se agrupa, se hace silencio y la voz enérgica del primer Jefe da la bienvenida a sus nuevos soldados que desfilan hacia la población. Se alejan en silencio profundo, con las cabezas erguidas y el paso firme, como aquellos que están poseídos de lo que significa ser soldado. Presenciando el desfile, la emoción nubla nuestros ojos, ( es nuestro sentimiento legionario que alborea!

Entra en el cuartel la expedición, a su paso se agrupan los llegados en días anteriores, deseosos de saludar a los nuevos camaradas; pero éstos son conducidos a un pequeño patio donde ha de hablarles nuestro Teniente Coronel; con palabra elocuente les dice el compromiso que van a contraer; la Legión les abre sus puertas, les ofrece olvido, honores, Gloria; se enorgullecerán de ser legionarios; recibirán sus cuotas y percibirán los haberes prometidos; podrán ganar galones, alcanzar estrellas; pero a cambio de esto, los sacrificios han de ser constantes, los puestos más duros y de más peligro serán para ellos, combatirán siempre, morirán muchos, quizá todos...

Los futuros soldados le miran fijos, parecen sentir sus palabras, y en algunos de los ojos de aquellos curtidos rostros se ve brillar la emoción; pero aún es tiempo, con una sola palabra pueden volver a sus puntos de origen; les basta con decir al médico que les duele la garganta, cuando les pasen el último y definitivo reconocimiento. No es necesario; en forma solemne y con las gorras y sombreros en alto, juran morir por la Legión.

Salen de filas los extranjeros; entre ellos se adelanta un alemán, antiguo oficial de la Guardia; otro italiano, aviador en su país, dos franceses, cuatro portugueses y un maltés; todos ellos con acento firme y en voz alta responden a las preguntas que les dirige el Jefe; avanzan luego los que han servido en el Ejército con anterioridad; guardias civiles y carabineros licenciados, antiguos soldados y clases del Ejército, el militar de profesión, el que sólo ha nacido para ser soldado.

Horas después, el reconocimiento médico ha apartado de este contingente una veintena, entre enfermos crónicos y hombres agotados o poco resistentes, sin salud para ser legionarios, y había que contemplar a aquellos náufragos de la vida suplicar y aun llorar para ser enganchados.

Entre ellos se distingue, por su interés en quedarse, un joven de aspecto enfermizo cuyos ojos lloran:

- ¡ Señor, déjeme ser legionario! -dice suplicante-, que yo le prometo ser muy buen soldado. Mire usted que es una penitencia.

Y refiere cómo abandonó el convento en que iba a hacer sus votos atraído por el mundo, luego arrepentido quiso volver a él, y el Prior le puso, como penitencia para recibirle, que probase su vocación sirviendo como voluntario en la Legión Extranjera; si pasados cuatro años seguía con este pensamiento, podría reingresar en el convento.

El Jefe le mira, hubiera querido complacerle, pero su aspecto es tan débil que no podría resistir la vida de la Legión. No es posible, volverán a sus hogares. Los declarados útiles entran de lleno en la vida del cuartel.

En la posición A, a tres kilómetros de la Plaza, empieza la organización de las primeras unidades de legionarios, cobran las cuotas de enganche, que alegremente gastan en la población, y en unos días de orgía se despiden de los placeres y atractivos de la vida ciudadana.

El 16 de octubre se ordena marchen a Riffien las tres primeras compañías organizadas, que pasan a constituir la primera Bandera de la Legión. Este lugar ha de ser en lo sucesivo cuartel de legionarios.

La instrucción comienza; en las explanadas los pelotones de legionarios se instruyen bajo la dirección de los oficiales, otros al pie del monte efectúan sus primeros ejercicios de tiro, pues muy pronto las necesidades de la campaña les han de llevar a un puesto de vanguardia.

Un grupo de cuarenta de estos soldados reciben orden para salir como acemileros a las operaciones de Xauen; los compañeros les ven marchar con sana envidia; todos ansían la ocasión de demostrar sus entusiasmos; y aquéllos, felices, alcanzan el honor.

La novela de la Legión empieza a tejerse. La vida ha reunido en sus filas hombres tan distintos que, perdidas en el mundo sus vidas, hoy se relacionan y unen; aquí se encuentran hermanos separados desde hace muchos años; cada día que pasa salen a la luz más detalles de su interesante historia. Hoy es un legionario de edad madura y aspecto de hombre cansado el que cruza la calle; lleva la cabeza alta como los legionarios, pero su paso es algo perezoso, la plata de los años blanquea sobre sus sienes y salpica su barba descuidada; al pasar ante un oficial del Ejército, levanta su brazo para saludarle; el oficial se detiene se miran unos segundos y se abrazan llorando... Este oficial era su hijo... ( Por qué distintos caminos les empujó la vida!

Otro día es el Teniente Coronel el que nos relata una anécdota de un legionario. En la puerta de su casa, un soldado alto, de barba rubia y rostro curtido, con aspecto de hombre de mar, permanece firme; con su mano derecha suspende un enorme pescado: " Mi teniente coronel -dice-, me he pasado la noche pescando este pescado para usía y aquí se lo traigo.'' Lo que había cogido por la noche era una " merluza" que aún le duraba y había pernoctado fuera del campamento.

En la vida del cuartel se registran sucedidos curiosos; soldados que al ir a cobrar las sobras se olvidan del nombre que han dado al filiarse y tienen que acudir a mirar una nota escrita que llevan en el bolsillo. Otro legionario llega retrasado cuando se pagan las sobras (recibe este nombre el dinero que diariamente recibe en mano el soldado), se presenta al oficial y éste le pregunta: ) qué quieres, las sobras? -Lo que deseo es lo lícito, no quiero sobras, contesta el interrogado dolido.

Así se van sucediendo mil episodios de la vida de estos hombres que bajo las Banderas de la Legión se sienten caballeros.

Una llamada al teléfono pone en conmoción al campamento; el Teniente Coronel da aviso de que un General inglés nos va hacer el honor de visitarnos, las órdenes para la información se suceden y un rato antes, al formar las compañías, se dice a los soldados que va a revistarnos un General extranjero.

Las unidades esperan formadas en orden de parada; un cornetín señala con sus notas agudas la llegada del visitante, suenan la Marcha Real inglesa y española y los legionarios firmes, inmóviles, como estatuas, se presentan en su primera revista. La música interpreta el Tipperary y con la alegre marcha inglesa revista la fuerza, seguido de nuestro Teniente Coronel, el veterano General de los campos de Europa.

Momentos después desfilan los legionarios. Es la primera vez que marchan reunidos; contados fueron sus días de instrucción; pero sus espíritus despiertos lo hacen todo, y poniendo sobre el hombro las armas, marchan con la gallardía y soltura de viejos soldados. La felicitación del general inglés fue el más alto honor para nosotros. Se iba satisfecho de su visita; el tiempo vino a ratificarlo; recientes están aún sus palabras en la prensa inglesa en defensa de la Legión Extranjera española, que conoció en sus albores.

Unos días después y en el llano del Tarajal se celebra la Jura de la Bandera de los legionarios alistados. A la hora señalada concurren en el llano las tres primeras Banderas en organización, y formados en tres extensas líneas, presentan las armas al paso de la sagrada Bandera; el Teniente Coronel les dirige breves palabras y les toma el juramento de fidelidad; a sus frases responden los legionarios con el gorro en alto jurando morir por la Legión, y besando la sagrada enseña desfilan marciales oficiales y soldados.

A los acordes de la Marcha Real se aleja por la carretera la Bandera en que prestaron su juramento los soldados, la vemos alejarse con emoción pero sin pena, ¡ no es nuestra propia Bandera, que aún tenemos que ganar...!


II - De Riffien a Uad-Lau

El día 2 de noviembre llega al campamento la orden de salida para Uad-Lau; el campamento hervía, la noticia era comentada, todos se disponían a preparar su marcha. Se entregan los equipos y los nuevos correajes "Mills" de lona inglesa; los oficiales les explican la manera de ajustarlos y atienden a los mil preparativos de una tropa que, al moverse por vez primera, verifican con aturdimiento.

En la extensa explanada, al ruido del trajineo, se mezclan las órdenes y voces de mando. La llegada del nuevo ganado viene a aumentar el trabajo, se nombran los nuevos acemileros, se recoge el material y ultiman las disposiciones para la próxima partida.

El toque de silencio no pone fin al trabajo en esta noche; la luz de los faroles se ve ir y venir, y mientras la tropa, rendida, se entrega al descanso, siguen los oficiales y clases su tarea. Es ya muy tarde cuando el campamento duerme.

El amanecer del nuevo día coge a los legionarios levantadosla Babel del campamento se pone en movimiento, nadie está ocioso, todos trabajan para preparar la salida; una caravana de moros sube la calle principal del campamento; les conduce un oficial de policía; son los indígenas que han de ayudar a llevar la impedimenta.

Al toque de corneta forman las unidades, llega la hora de partida y a los compases de las cornetas desfilan los legionarios por la calle del poblado; detrás, perezosamente, marchan los mulos de la impedimenta.

La marcha se hace sin incidentes, la tropa camina a buen paso, las canciones se elevan de entre las filas y con los cantos regionales al ternan algunas de las canciones legionarias, las canciones de los soldados, las que ellos mismos han compuesto.

El sol se pone cuando damos vista al poblado del Rincón, término de la marcha. A la derecha de la carretera, las lagunas del Sir relucen como un lado de plata bajo los negros crestones de la sierra de Antera, y en la rinconada formada por el cabo Negro, inmediatas a la playa, blanquean las casas del poblado muerto, al reducir su guarnición se acabó el tráfico que a su calor VIVIR y las cantinas, con sus grandes letreros, permanecen cerradas. Este es el fin de muchos de los lugares donde se estabilizan las columnas; a su abrigo se van formando pueblos que luego languidecen y casi mueren al alejarse los soldados.

Los cantos siguen y el estribillo de la canción legionaria persiste en la columna:

Legionario, legionario soy,

Y mi niña, dice, cuando a verla voy,

¡ Niño mío!, yo quiero ser la primera

Que se abrace a la Bandera Ganada por la Legión...


Sólo detrás, en la retaguardia, se escuchan los juramentos de los acemileros en lucha con los mulos. Varias cargas tiradas por tierra retienen a su inmediación a los soldados de la retaguardia con su oficial, servicio éste de lo más penoso en campaña; no ha de dejar nada tras de sí, debe entrar el último en el vivac. Así llega, ya entrada la noche, al campamento, en busca del merecido descanso, la sufrida sección de este servicio.

Al día siguiente se reanuda la marcha a Tetuán. Raya el alba cuando se alinea, sobre la carretera polvorienta, la Bandera con su impedimenta, y pronto se rompe la marcha en dirección a Tetuán; a la salida del desfiladero el calor se hace sentir, no obstante ser esta época la del clima más agradable en esta zona, y los soldados recorren la recta carretera esperando dar vista a la ciudad de las mezquitas. Las conversaciones se animan; un cabo, antiguo oficial del Ejército, cuenta a otros sus operaciones en aquellos campos; vivió en Tetuán donde tiene amigos y amigas y su escuadra lo pasará bien; otro explica a los camaradas inmediatos la situación, a la derecha, de la finca Ruiz Albert, donde se produjo la agresión, comienzo de la campaña; un cabo habla de Alarcón y de la descripción que hace de la ciudad, y todos esperan contemplar la paloma dormida.

Un grito de alegría parte de la vanguardia, ¡ Ya se ve Tetuán!, las siluetas de sus torres se dibujan en el horizonte y el griterío recorre las filas; al final de las huertas, majestuosa Y blanca, se alza la ciudad; la alcazaba destaca sus murallones ocres sobre las albas casas y a su píe, como ropa tendida, blanquean las sepulturas y azulejos de los cementerios.

Las huertas de la vega han recobrado su antigua paz; la guerra se ha alejado de aquellos lugares y sus torres blancas y cerradas sirven de recreo a los ricos de la ciudad, a cuyos muros nos aproximamos.

En la Puerta de la Reina se detiene la columna; ante nuestros ojos se presenta la parte más bella de la huerta tetuaní, las casitas blancas duermen entre el verde arbolado y en el fondo del valle de Kitzan, sobre una pequeña colina de espesos olivos, se levanta la torre del Morabo.

Por esta puerta, entran en la ciudad gentes del campo: moras sucias y desgreñadas, cargadas con haces de leña; burros enanos que se tambalean con su pesada carga y moritos chicos de caras sucias, que miran con curiosidad a los nuevos soldados, - ¡ Paisa, trai pirra! -es su saludo favorito, y algunos espléndidos les arrojan alguna moneda que se disputan, mientras otros, más prácticos, les contestan con dichos y bromas.

Después de un pequeño alto, desfilan por la plaza de España, ante nuestro general en jefe, los legionarios; la gente se apiña a su paso. Y es ante el desfile de estos recios soldados cuando se sienten las grandezas de la raza.

A la caída de la tarde Y después de un largo descanso, llega a las lomas de Beni-Madan la Bandera en marcha. Una hora antes había salido la impedimenta con una sección de protección y guías indígenas.

El sol se pone cuando se trata de establecer el vivac, pero los acemileros y moros no aparecen, se han perdido de vista; sin duda, han tomado otro camino Y les habrá sorprendido la caída de la tarde; se sube a las alturas, se mira el horizonte, pero la noche va tendiendo su velo, las sombras se confunden, el vivac se establece y el convoy no llega.

Aunque la región está pacificada, se hace necesario buscar la impedimenta, saber donde acampan, y varios policías salen en busca de la unidad perdida.

El alférez Montero manda el convoy; son sus primeros pasos en África. La noche cierra y todos pensamos en la "papeleta" del joven alférez perdido durante su primera noche en los montes africanos.

La ausencia del convoy nos priva de los víveres e impedimenta, pero unos mulos que, rezagados en la marcha, siguieron nuestro camino, nos permiten condimentar una sopa, y en el poblado cercano se compra un toro para preparar un asado; esta es la comida improvisada del soldado. Nuestro menú no tiene variación del anterior y con la sopa tomamos unos trozos de solomillo asado que saben a lamparilla de iglesia y que en aquellos momentos nos parecen sabrosísimos.

Al acostarnos aquella noche, sin mantas, sobre la dura lona de las camillas, nos hacemos todos la misma pregunta: ¿ qué será del convoy? ¿ qué hará Monterito?

El galopar de unos caballos nos despiertan; son los policías que salieron en busca del convoy; no han encontrado nada, han recorrido los caminos, han gritado inútilmente. Hay que esperar la mañana.

El toque de diana anima el campamento, pero mucho tiempo antes se siente el pasear de los legionarios. El frío les ha levantado del suelo. La ausencia de los equipajes nos iguala en confort, y amanecemos sentados al lado de las cocinas, esperando una sopa que la falta de café nos impone; y con esto y una lata de mermelada encontrada en el morral de un asistente, organizamos nuestro desayuno.

Antes de emprender la marcha hacia Misa, mandamos por nuestra derecha en busca del convoy, que se nos une al poco tiempo. Llegan rotos y negros, como si hubiesen pasado la noche entre carbón. Unos y otros se miran y ríen entre bromas y chascarrillos.

Hacemos un descanso en la marcha y sentados en una choza de la playa Sla (cafetín de pescadores), el alférez Montero nos refiere ante unos vasos de rico té su primer episodio de la campaña.

Les sorprendió la noche, los guías les habían llevado por otro camino y al notar que el sol se ponía sin ver venir a la columna, quiso Montero buscar un sitio a propósito para el vivac, y en una calva del monte se estableció sin notar que ocupaba una parcela quemada que fue lo que les tiznó cual carboneros. La noche la pasaron en silencio profundo, temiendo ser sorprendidos; desconocían la fidelidad de los moros de estos aduares y por esto callaron cuando se oían llamar por los indígenas que pasaron a muy pocos pasos de ellos. ( La montiru!, acemileros, creían entender. Por esto no durmieron aquella noche.

El camino que seguimos serpentea a lo largo de la costa y después de remontar uno de los espolones de la montaña, coronado con una torreta, damos vista a un reducido y pintoresco vallecito rematado por extensa y tendida playa; en el centro del valle se alza, en una pequeña colina, la casa oficina del puesto de policía, y en la orilla del mar, cual delgadas piraguas, se mecen las barcas de los pescadores al efectuar el tendido de las redes, que más tarde retiran, en larga fila, una veintena de indígenas con paso rítmico.

En este valle y a la orilla del mar establecemos nuestro campamento; el martilleo de los pequeños mazos sobre los piquetes se hace sentir y, simétricas, se van alzando las lonas kaki de las tiendas individuales; delante, en las tiendas de los oficiales, ondean, con vivos colores, los banderines de las compañías.

El cielo está nublado, la tormenta se avecina y en pocos minutos una lluvia torrencial hace correr a los soldados a guarecerse bajo las lonas, otros, más prácticos, se instalan en los cafetines morunos, que ganan en unas horas lo que no han ganado en muchos meses. Allí sirven la pequeña sardina a la usanza del país, que salan y asan sobre las brasas; sardinas que, con el consabido té moruno, nos compensan de la vigilia de la noche anterior.

La lluvia pasa pronto y los legionarios empiezan los juegos. En la plaza corre el balón y, entre bromas y canciones, pasa la tarde.

El sol se pone, las cornetas rasgan el espacio, suena la oración, los soldados, firmes, saludan en silencio y en estos instantes de mudez y recogimiento parece que como un torbellino recorre el pensamiento la ola del recuerdo.

Al morir el día, el campamento torna al descanso y en la noche fría y nublada sólo se siente el chisporrotear de las hogueras y los pasos tranquilos de los centinelas.

La última jornada se hace penosísima; la lluvia sigue persistente, y el barro dificulta la marcha de la Bandera por el pendiente y resbaladizo camino que, después de cruzar grandes barrancadas, remonta los más altos espolones de la montaña. En las inmediaciones de un bosquecillo encontramos dos moros armados; saludan al paso; son una pareja de policías del aduar cercano; en otra revuelta del camino, unos moritos chicos corren asustados hacia el aduar, y recorriendo este apartado y pintoresco camino respiramos la paz de esta comarca pacificada sin posiciones militares; y en la que se desconoce la agresión.

Remontando los últimos montes damos vista al alegre valle del Lau, donde se asienta nuestro futuro campamento; la presencia del mar alegra el paisaje, y libres de la lluvia, descendemos por el pendiente y pedregoso camino de los aduares. Hay trozos en que los peñascos, formando grandes escalones, hacen el paso peligroso, pero nuestros caballos, entre equilibrios y resbalones, llegan al fondo de la barrancada por donde hemos de seguir la marcha, A derecha e izquierda, las laderas cubiertas del espeso bosque impiden todo flanqueo y ofrecen el lugar más apropiado para la emboscada; a la salida de esta larga cañada, el camino se ensancha siguiendo fácil hasta el campamento.

Unas descargas de los Regulares anuncian la llegada, las cornetas baten marcha y, en correcta formación, hacemos nuestra entrada; en la plazoleta nos esperan los oficiales, que nos abrazan con el cariño de hermanos, hermandad que habíamos de confirmar un día en el combate.

Muchos de nuestros oficiales reciben la visita y demostraciones de afecto de moros de Regulares y policías que sirvieron a sus órdenes en época pasada, y tras los interminables saludos, les van recordando los hechos de aquellos que gloriosamente dieron su vida por España.

Y entre el recuerdo de nuestra campaña anterior y la solicitud y afecto de nuestros compañeros, comienza alegre nuestra vida en Uad-Lau; mientras, en el pequeño zoco del campamento, moros y legionarios fraternizan también bajo las pardas lonas de los lóbregos cafetines morunos.

III - Seis meses en Uad-Lau

Antes de amanecer han salido los Regulares; la Bandera queda guarneciendo el puesto días antes ocupado por un tabor y dos compañías de infantería. El campo está en aparente paz y podrán completar su instrucción nuestros soldados.

En contados días, al descuido en limpieza de los indígenas, sustituye una era de policía; el zoco de cafetines y sus mugrientas tiendas se aleja a retaguardia, y las explanadas y calles del campamento brillan bajo el sol. La limpieza y policía es la característica de los campamentos legionarios.

La posición se encuentra situada a dos kilómetros de la playa, sobre una pequeña altura que avanza en el valle, en cuyo fondo corren las plateadas aguas del Lau; al sur, los montes de Gomara cierran el horizonte con su negro macizo; al oeste, entre las cresterías de la sierra de Beni Hassan, blanquea la cumbre elevada del famoso Kelti, y, cerrando el valle, como guardián de la puerta del desfiladero a Xauen, en una pequeña colina, se distinguen las tiendas de campaña de un campamento español. Hacia la playa, las verdes manchas de las chumberas que rodean los aduares ponen una nota de color en la monotonía de las tierras labradas, pero las cruza un estrecho camino que muere en la costa junto al bosque de olivos del cementerio moro.

El campamento es un conjunto de pequeñas y ruinosas edificaciones morunas, antigua residencia de la mehalla del Raisuni, en medio de las cuales se alza coquetona y blanca la casa oficina de la policía; a su inmediación, unos pequeños barracones sirven de alojamiento a los moros, y entre las edificaciones se levantan las tiendas de los legionarios. A retaguardia del campamento se encuentran diseminados el hospitalillo, cuadras, parque de Intendencia y estación radiográfica.

Este es el primer campamento de la Legión y en él se han de preparar para la guerra los legionarios de la primera Bandera.

La vida en Uad-Lau es de gran actividad; la proximidad del río permite que después del desayuno atiendan los soldados a su limpieza.

Momentos después comienza la vida militar en la explanada principal, dirigidos por un capitán, los legionarios, en mangas de camisa, efectúan sus ejercicios gimnásticos, que terminan con juegos de " sport " . En la instrucción, los ejercicios de combate son muy frecuentes, y en ellos, las explicaciones teóricas se unen a la práctica del ejercicio.

Después de un descanso bien ganado, da comienzo la diaria instrucción teórica; es breve; en ella se cultiva el credo legionario, y los oficiales se extreman en ir formando la moral de sus soldados. Los capitanes y oficiales veteranos explican la guerra como la practicaron en Marruecos; los jóvenes reemplazan la experiencia de sus superiores con el recuerdo de sus cursos académicos y, poco a poco, en aquella agrupación de hombres, se van forjando y disciplinando los nuevos soldados.

El tiro es objeto de atención preferente con él se procura encariñar al legionario y se celebran concursos con premios en metálico a los mejores tiradores. En el concurso de campeonato, un suizo y un español se disputan el primer puesto; el español pierde un tiro y queda el suizo campeón.

La tarde es igualmente absorbida por la instrucción o el tiro; y al toque de oración, cuando muere la vida militar, empieza la de los legionarios en las cantinas y cafetines; a esta hora los Capitanes son solicitados para firmar vales para vino; el exceso de borracheras hizo que en estos primeros meses hubiese que limitar este consumo.

La vida militar de los Oficiales no acaba aquí; la administración de las unidades requiere tiempo y como las prácticas militares ocupan el día, durante la noche trabaja el Capitán, ayudado por sus oficiales o reparte los haberes a la tropa.

Algunos días, a estas horas de la noche, se reúnen los Oficiales y se ofrecen esas sencillas explicaciones sobre la guerra de Marruecos y la adaptación a ella de nuestros reglamentos, dictando normas para las prácticas de días sucesivos; pero se acaba pronto; otro día se seguirá, que bien merecido tienen el descanso

La noche no es para todos de reposo en la campaña, la tropa que descansa tiene que atender a su seguridad y la compañía nombrada de servicio reparte sus puestos avanzados, y las patrullas recorren el campamento, donde de tarde en tarde se escucha el ¡ alto! de los centinelas. El servicio de noche se hace a punta de lanza; nadie duerme, y un oficial, constantemente levantado y fuera de su alojamiento, recorre los puestos y cumple su servicio. Esta es la vida virtuosa y activa de los oficiales de la Legión.

Con el domingo llega el descanso de la semana. Es ya muy tarde cuando la primera corneta rompe el silencio, y en este día sólo por la tarde los juegos y el "sport" animan el campamento; se establecen pequeños premios y hay luchas, boxeo, "foot-ball" etc. Otros oficiales pasean a caballo o se organizan fantásticas cacerías de perros en las que se va dando cuenta de los muchísimos perros salvajes que invaden el campamento.

El juego está prohibido en la Legión. Los oficiales dan en ello ejemplo saludable y sólo en algún rincón de las barrancadas, próximas al campamento, un pequeño corro de soldados denuncia la presencia de alguna timba, que pronto es disuelta; estas faltas en la Legión se evitan pero no se castigan. La prohibición del juego hace que los oficiales se extremen en buscar distracción para el soldado, y los "matchs" de boxeo y los saltos y concursos se generalizan.

Entre los boxeadores ocupa un buen lugar el descuidado William Brown, negro norteamericano, que ya es conocido por sus puños en los poblados cercanos; en sus paseos, los primeros días, los indígenas le creían moro, pero él, haciendo uso de su práctica en el boxeo, les hacía ver su origen norteamericano; su abandono en el vestir es característico y nadie conoce a William más que sucio y derrotado.

El campamento va tomando su aspecto legionario; el ingenioso austríaco Werner ha construido para el edificio más alto una curiosa veleta que representa a un oficial saludando. El viento la mueve, y cada vez que ésta recorre cinco metros, levanta y baja el sable el fantástico muñeco. Los naturales se paran al paso y miran curiosos la veleta, y los soldados, burlones, les imitan: ¿ tu visor muñico estar diablo?

Gamoneda, el notable clown "Kuku" de los circos españoles, entretiene a los otros con sus chistes y ocurrencias.

Un legionario, en los descansos, ofrece cinco duros al que le venza en lucha; otro, desafía en ejercicios de fuerza a distintos compañeros, y los días transcurren lentos y tranquilos.

Un pequeño barco hace la travesía a Ceuta y es el portador del convoy y del correo; sus visitas se ven limitadas por los constantes temporales y la falta de embarcadero; su llegada lleva de paseo hacia la playa a muchos soldados; una veintena de hombres se desnuda para efectuar las faenas de la descarga; el oleaje les moja hasta la mitad del pecho; pero, incansables, siguen su tarea durante varias horas.

La llegada del cartero con los encargos ha llevado también hacia la playa a muchos oficiales; allí les reparten la esperada correspondencia y sentados sobre la arena, leyendo sus cartas, sienten pasar esos momentos de melancolía que engendra el recuerdo.

Otro día, la presencia de un cañonero embarga la atención del campamento. Las rayas blancas de la chimenea nos dicen que es nuestro barco, así llamamos al cañonero Bonifaz que, mandado por el culto y experto capitán de fragata don Juan Cervera, vigila esta costa. El día es espléndido. ¿ Se decidirán a visitarnos?...

Al saludo e invitación hecha por nuestra estación radiográfica, responde el barco con otro saludo; el comandante y varios oficiales bajarán a visitarnos.

Cuando llegamos a la playa, se acerca a la orilla la canoa del Comandante; desembarcan a hombros de los marineros y juntos emprendemos a caballo el camino del campamento.

En la explanada principal esperan formados los legionarios, que son revistados por nuestros visitantes; después de la revista, la Bandera efectúa algunas evoluciones; las ametralladoras, con rapidez y precisión, ejecutan un breve ejercicio de tiro y, rotas las filas, vuelve el campamento a su vida ordinaria.

Recorremos la posición y, después de enseñarles lo poco que el campamento tiene, nos hacen el honor de acompañarnos a la mesa. Los momentos transcurren para nosotros tan agradables que con sentimiento vemos llegar la hora de su marcha. ¡Alegran tanto las visitas en estos campamentos apartados!

A pie emprendemos el regreso de la playa; visitamos el bosque sagrado del cementerio moro y nos despedimos de los marinos que con su visita han roto la monotonía de nuestro campamento.

La vida en Uad-Lau tiene pocas distracciones, y sólo en los paseos hacia la playa, la presencia, alrededor de los pozos, de las moras de los poblados, pone una nota alegre en la calma de la tarde. Los legionarios toman estos lugares como paseo favorito, y al caer el día son muchos los que se encaminan hacia la costa donde la vista se recrea con la presencia de moritas jóvenes que, ante la aparición de algún moro, aparentan huir como pajarillos asustados por la presencia del cristiano; algunos decididos las cortejan y los añosos olivos del bosque sagrado han sido muchas veces mudos testigos de la galantería legionaria.

Las riñas no existen y los que pretenden reñir son separados por sus compañeros y llevados a presencia del oficial, que, entregándoles los guantes de boxeo, les permite que diriman sus querellas entre las bromas de los camaradas, desahogados los nervios y reconociendo su falta, acaban dándose la mano y, amigos, se separan.

Las noches son tranquilas. Una de ellas, el sonido de un disparo se siente en dirección al servicio. Nos dirigimos a visitar los puestos y nos detiene un " halt qen vife " , con marcado acento alemán; es el viejo cabo Gustavo Hort (antiguo suboficial bávaro) el que nos recibe. Nos indica que fue del puesto inmediato de donde partió el disparo y al separarnos del veterano, sentimos, como los soldados de su escuadra, gran simpatía por el fiel cabo Gustavo, que un día de caffard desapareció del campamento. Nadie creyó en su deserción, ¡era tan buen soldado!

Llegamos al puesto del disparo. El cabo explica cómo el centinela, medroso, disparó su arma, creyendo ver algo, y para que el caso no se repita se le ordena dejar el fusil y que, armado de machete, lleve a la orilla del río un pequeño cajón, que recogerá la descubierta al día siguiente.

En la oscuridad de la noche vemos perderse la sombra del centinela; más tarde, el ruido de un disparo en dirección al río pone al puesto en marcha hacia allí, A los pocos pasos aparece el soldado que, libre del peso, regresa a seguir su servicio. Al día siguiente, el cajón estaba en la orilla del río.

El día de Nochebuena se celebró con espléndida cena por los legionarios; el vino corre y, entre cantos y alegrías, pasan hermanados la fiesta de Pascua.

Los alemanes han pedido autorización para reunirse, y un árbol de Noel, con sus múltiples luces, señala el sitio de su fiesta. Los oficiales les colgamos de las ramas botellas de cerveza alemana y ellos, afectuosos, nos brindan con canciones de su país, y al entonar su canción de guerra, las frentes se entristecen y vemos llorar los ojos de un viejo veterano.

La fiesta dura hasta el amanecer en que el campamento quedó en calma; ha corrido el vino y ni un solo incidente se registra. Los legionarios, para beber, no necesitan receta.

La noticia de que en Gomara se concentra fuerte harca para atacar nuestras posiciones, hace aumentar las defensas del campamento; se colocan alambradas en los puestos avanzados y las prevenciones para el caso de ataque se multiplican. Nadie ha de disparar sus armas en el interior del campamento, las unidades marcharán en silencio por el camino más corto a su puesto en combate, las ametralladoras quedan apuntadas durante la noche, los vados del río son vigilados con pequeños puestos de policía; pero los entusiasmos bélicos de nuestros soldados se ven esta vez defraudados; no somos atacados, que de haberlo sido, empeñada y gloriosa había de ser la empresa de defender este extenso y abierto campamento (a 45 kilómetros de la Plaza) del ataque de la harca numerosa que anunciaban. Hay que esperar otra ocasión; ya nos llegará el día.

Un suceso desgraciado llena de dolor nuestro campamento. Unos soldados legionarios conducen a un moro ligeramente herido en la cabeza. En su oficina, tendido en tierra, yace gravemente herido el bravo teniente de policía. Un soldado indígena había disparado su arma sobre el oficial, causándole heridas gravísimas y dándose a la fuga. Dos legionarios que trabajaban en una obra inmediata, sin más arma que el palustre, le persiguen en su huida y, no obstante hacerles el indígena varios disparos, le alcanzan y derriban después de golpearle en la cabeza.

Al día siguiente es castigada la cobarde traición y legionarios y policías desfilan marciales ante él cadáver del moro asesino. Una noche de dolor pasó por el campamento con la pérdida del teniente Malagón, excelso militar bondadoso y justo.

Unos días más tarde, otro legionario, Marcelino Maquivar, salva de la muerte en el río, con exposición de su vida, a dos moras enemigas que arrastraba la corriente.

Una pequeña agresión alarma en la noche el campamento. A los primeros disparos nos arrojamos de la cama y sale hacia los puestos la sección de retén; se repiten los disparos, y una nueva sección va a rodear la barrancada. Al dirigirnos a los puestos avanzados oímos una voz que pide una camilla; en la agresión ha habido algún herido. Subiendo al puesto, encontramos a un joven legionario que yace tendido en tierra; está herido en una pierna y otra bala enemiga le ha destrozado la mano. Estaba arrestado y marchaba acompañando a la patrulla que llevaba el café a los puestos de servicio, cuando se vieron sorprendidos por las descargas enemigas. Se arrojaron al suelo rechazando la agresión y en la oscuridad de la noche dispararon sus fusiles sobre los fogonazos enemigos, al parecer sin resultado.

Las secciones regresaron al amanecer sin haber encontrado a nadie.

El herido fue trasladado al hospitalillo donde, después de una dolorosa cura, preguntaba preocupado si su comandante le perdonaría por encontrarse arrestado.

A su lado permanece el viejo cabo practicante Monsieur Colbert: A Cugagás -le dice- le comandant a donné son pardón @ , y con amorosa solicitud le cuida como a un hijo. Este es el viejo Colbert, uno de los más extravagantes tipos legionarios. Cuenta fantásticas historias de su esplendor pasado y se llama a sí mismo el Doctor Colbert, cuyo nombre explota para sus conquistas amorosas.

En los primeros días de abril empieza el bloqueo de Gomara. Se dice que se operará pronto pero, incrédulos, a todos nos parece que tarda la hora de salir de Uad-Lau; estamos cansados de la paz en que vivimos y la Bandera está perfectamente instruida y en espera de que la empleen. Los legionarios sueñan con ir a Xauen remontando el valle del Lau para unir la costa con la misteriosa ciudad.

Al campamento llega la noticia de que el coronel Castro Girona vendrá pronto a Uad-Lau y, en espera del avance que tarda, se nos hacen interminables los primeros días del mes de abril.

Por fin, el 16 se confirma la noticia de la próxima expedición; al día siguiente ha de llegar una numerosa columna para efectuar la proyectada operación sobre Gomara; en ella van a tener un puesto los legionarios.

Las compañías empiezan sus preparativos para la próxima salida. Los seis meses de estancia en Uad-Lau han acumulado una serie de elementos y material regimental, inútil en el momento de la salida. Los carpinteros construyen embalajes, y cajones para almacenar el material y los capitanes revistan las unidades y elementos que han de tomar parte en la salida.

El día 17, por la mañana, desembarca en Uad Lau el coronel Castro Girona. Viene acompañado de su Jefe de Estado Mayor y varios moros. Los jefes de todos los poblados esperan en la playa y, a la llegada del coronel, unos le besan la mano y otros la estrechan con muestras de respetuoso cariño; entre ellos se encuentran varios jefes de los vecinos poblados de Gomara; el coronel monta a caballo y, tras él, sube toda la comitiva.

El campamento va revistiendo gran animación. Al mediodía se espera la llegada del Teniente Coronel de la Legión, que viene mandando la columna. Entra en la explanada un tabor de Regulares seguido de su inexplicable impedimenta. Todos tienen señalado su puesto para acampar y en una hora las blancas explanadas aparecen ocupadas por las tiendas y el material.

El movimiento dura hasta media tarde, en que, instaladas ya las tropas, nos reunimos los oficiales a cambiar impresiones. Allí se encuentra la oficialidad de los tabores de Regulares de Tetuán y Ceuta, Mehalla Xerifiana, Cazadores, Artilleros y Legión, todos los que van a constituir la nueva columna.

En medio del campamento de la policía, en una bonita tienda de campaña de construcción moruna rematada por una reluciente bola, se encuentra el coronel Castro Girona, rodeado de los notables de Gomara; los moros escuchan sus palabras como el credo de los xerifes; el té corre y, en aquella pacífica reunión, se ocupa la costa de Gomara.

Esta noche el coronel nos recibe y nos entera del objetivo de la operación. La punta de Targa, que tanto tiempo hemos contemplado desde nuestro tranquilo campamento, va a ser ocupada y en el vecino poblado de Kasares se colocará otro pequeño campamento, ¿ Habrá resistencia? Se confía que no. El ascendiente del coronel Castro es muy grande entre los jefes de Gomara.

Esta última noche duermen poco los legionarios, la alegría reina y la invasión de los cantineros con sus explosivas bombonas nos ocasiona abundantes borracheras. Hay que atajar el mal: anochecido, se cierran las cantinas y se decomisa el aguardiente; pero el campamento no descansa; mientras unos cantan, otros sueñan en la nueva empresa con fantásticas hazañas.


IV - Operaciones en Gomara

Antes de amanecer ya está formada la columna. Sin toque previo se han levantado las unidades y al rayar el alba las fuerzas se ponen en movimiento. La columna es toda de tropas escogidas; ocupamos nuestro puesto en el grueso y emprendemos lentamente el camino hacia el vado del Lau.

Al paso del río el aspecto de la columna es pintoresco; un escuadrón de caballería indígena abreva los caballos agua arriba del paso; los soldados se meten decididos en el agua, que les llega por encima de la rodilla, y unos acemileros luchan con un mulo que, retozón, ha arrojado su carga en la corriente.

Pasado el vado se acorta la marcha, las unidades se reúnen y, siguiendo la costa, llegamos a la rinconada de Kasares; descansamos junto a unos arbolados mientras los Regulares e Ingenieros suben la cuesta del poblado y empiezan los trabajos de la nueva posición.

La marcha sigue en dirección a Targa; el estrecho camino va remontando el espolón del monte; a 1a izquierda, un profundo cortado cae al mar. Los barcos de la escuadra, muy próximos a la costa, siguen a la columna y las nuevas gasolineras recorren la orilla cual rápidas flechas. Delante, hacia la vanguardia, alcanzando el collado, se divisa la pintoresca caravana de los jinetes moros.

Por fin, después de un pequeño alto, damos vista al valle de Targa en cuya concha de mar azul echan el ancla los cañoneros de nuestra marina. Las casitas blancas, entre los huertos verdes que rodean la mezquita, permanecen en paz; algunas ostentan banderitas blancas y, en medio, coronado de la extensa playa, un enorme peñón de antiguo castillo, se alza dominante, mientras a su pie, como pequeñas hormigas, se ven llegar los jinetes de nuestra vanguardia.

Descendemos por el pedregoso camino que recorren las huertas y llegamos a la arena. A la sombra del peñón conversa el coronel con los notables. Unas gasolineras se acercan a la orilla. Empieza el desembarco de material, y la playa, antes desierta, toma extraordinaria animación con la llegada de las tropas.

Por la tarde, al desembarcar el Alto Comisario, son los legionarios los encargados de rendirle honores y, después de revistarnos, obtenemos, con su felicitación, la promesa de darnos la alternativa en las operaciones sobre Beni-Aros.

Este primer avance se hizo en plena paz. Los indígenas nos vienen a vender huevos y gallinas y nos transportan cargas de agua. Durante la noche ni un solo tiro turba nuestro descanso.

El objetivo de la segunda jornada es la ocupación de Tiguisas, pero el camino de la costa está tan malo, que se decide la marcha por el interior, y al amanecer del día 19 nos internamos por el estrecho valle, entre los huertos de floridos naranjos.

Dejamos atrás el valle de Targa y remontando los altos montes que forman la divisoria, conseguimos dar vista al precioso valle de Tiguisas. La playa blanquea a lo lejos y en el fondo del valle, entre los plateados lazos que forma el río, se elevan los crecidos álamos que dan nombre a la ensenada. El verde valle se halla salpicado de casitas blancas que se pierden medio ocultas entre el arbolado.

La columna desciende hasta la orilla del río, donde toma el ancho camino de la vega y, después de atravesar los bosques sagrados dé espesos olivos, llegamos a la playa.

Próximo a la desembocadura del río Tiguisas, se instala el campamento; las tiendas se pierden entre el color de la arena y sólo los banderines de las compañías y los grandes coros de ganado se destacan sobre la extensa playa.

Los barcos se acercan a la costa y empieza el desembarco del material y víveres; por la tarde, el levante intenta presentarse y, ante el peligro de no poder hacer la descarga, se efectúa ésta durante la noche, correspondiendo a los legionarios la penosa tarea.

La tienda del coronel Castro ofrece extraordinaria animación. Unos 40 moros esperan sentados en los alrededores de la puerta el momento de saludarle. Allí vemos al fiel Y simpático Kaid Ali, que siente por Castro verdadera adoración. Kaides viejos de barbas grises, montañeses curtidos, de aspecto guerrero, todos hacen su sumisión en este día; sólo uno no se ha presentado: el que habita aquella hermosa casa hacia el fondo del valle; pertenece a la familia de los prestigiosos Xerifes de Uazan y el coronel sufre con esto una pequeña contrariedad; pero a la mañana siguiente tiene la compensación: llega el notable Jefe, sus criados son portadores de un centenar de gallinas y numerosos huevos, que traen como presente al caudillo español.

El Kaid Ali desea invitar a comer en su casa a la oficialidad de la columna; el coronel acepta la invitación y un grupo de jefes y oficiales, con los comandantes de los cañoneros de la Marina, componen la caravana; cruzan el río y escoltados por montañeses armados siguen el camino alto a la casa del Kaid. En la ladera del monte, entre los árboles, se encuentra la casa; desde ella se divisa un precioso panorama; el campamento apenas se distingue; en el mar, los barcos de nuestra escuadra aparecen como pequeñas barquichuelas y a nuestros pies los preciosos huertos de naranjos nos envían su delicado perfume.

El Kaid Ali y sus familiares se extreman en las atenciones y nos sirven espléndida y bien condimentada comida, y son tan agradables el lugar y la paz de este campo, que las horas pasan y a nadie le apura la vuelta al campamento, ¡ se está tan bien en la casa del Jefe moro!

Antes de caer la tarde emprende nuestra caravana el regreso por el camino de la vega, entre los floridos huertos de azahares.

En estos días de estancia en Tiguisas los legionarios no permanecen ociosos y mientras unos rivalizan con los ingenieros en la construcción de barracones, otros arreglan el camino de la costa que hemos de recorrer a nuestra vuelta.

Volando pasaron estos cuatro días de estancia en Tiguisas y el día 24 se recibe la orden de salida para Uad-Lau.

En esta noche, mientras el campamento duerme, una gasolinera, con las luces apagadas, parte de la playa; en ella embarcan contadas personas; una es el coronel Castro, que marcha al campo enemigo a conversar con los prestigiosos Kaides de la zona rebelde. Muy pocos conocen la excursión; sólo nuestro teniente coronel espera en la tienda, intranquilo, su llegada. Antes de amanecer regresa la gasolinera; el coronel Castro vuelve satisfecho de su visita.

El regreso a Uad-Lau se efectúa en una jornada y, después de un alto central en la playa de Targa, que aprovechamos para comer, entra la columna, ya caída la tarde, en nuestro antiguo campamento. Todos regresan satisfechos del importante avance.


V - A Xauen

Cuatro días de descanso en Uad-Lau nos permiten levantar definitivamente nuestro campamento y el 30 de abril, formando parte de la columna Castro, avanza la Legión por el valle del Lau a efectuar la soñada unión con Xauen.

El objetivo del primer día es la ocupación de Tagsut, a la salida del desfiladero. La marcha en la primera parte se hace fácil; el camino recorre el extenso llano y al abandonar éste empieza el estrecho desfiladero. Dejamos atrás la posición de Kobba-Darsa, guarnecida por policías. El camino sigue por la derecha del tajo en que aparece cortada la alta montaña, por cuyo fondo corren las aguas del Lau, con bastante caudal en todas las épocas del año.

Las interrupciones en la marcha son constantes; muchos mulos caen, otros se despeñan e impiden la marcha de las siguientes unidades. En algunos lugares del recorrido el valle se ensancha un poco y, entonces, entre los altos y rocosos picos de Beni-Hassan y Beni-Ziat, separados por el río, vemos alegres y pintorescos poblados colgados, como nidos de águila, de la crestería rocosa.

El paso de la columna por unas esponjas de peñascos produce una detención mayor; los mulos de los ingenieros ruedan con sus grandes mazos de estacas y las tablas de los blocaos se encuentran diseminadas por tierra. Se hace preciso ayudarles a cargar dejando expedito el camino, y los legionarios, con su espíritu de trabajo, van levantando los sufridos mulos caídos en el fondo de las barrancadas. El sol nos castiga con sus ardientes rayos y hace más fatigosa la jornada.

Durante el trayecto, en los lugares previamente señalados se establecen blocaos para puestos de policía y con los ingenieros quedan tropas nuestras encargadas de protegerles y ayudarles en los trabajos; de este modo, vamos dejando perdidas en el monte varias secciones de nuestras compañías.

Un arroyo cristalino que afluye al Lau nos ofrece en la marcha descanso y alivio, los soldados lo cruzan y llenan en él sus cantimploras, consumidas va en la primera parte de la penosa jornada. Después de un breve descanso, sigue la Bandera entre los frondosos bosques y peñascales, que, coronados por nevados y altos picos asemejan este paraje a los rincones de nuestra montaña norteña.

El camino tuerce a la izquierda bajo grandes acantílados y, dejando atrás el Lau, que corre rápido y espumoso cortando la montaña, llegamos a la orilla del Talambó, que, cristalino, salta entre las peñas. La temperatura es tan fresca al pie de estos acantilados y la fatiga de la marcha tanta, que damos a la tropa un prolongado descanso antes de cruzar el río y subir la empinada cuesta de los poblados.

Por un puente romano, algo deteriorado por la acción del tiempo, cruzamos el río Talambó y empezarnos la subida del pendiente camino.

Extensos aduares, con su mezquita de elevada torre, cruzamos al paso. Los chicos rodean curiosos a los soldados, mientras los perros, ariscos, nos ladran enseñando sus afilados colmillos. Unos moros salen a nuestro paso con cántaros de agua con que obsequian a nuestros soldados. Y a la derecha, entre un espeso bosque de olivos, un bonito morabo de tejado rojo guarda los restos del milagroso santón de estos lugares.

Una gran hondonada, salpicada de fuertes olivos, es el lugar del nuevo campamento; próximo a él corre un pequeño arroyo que nos ha de facilitar la aguada; los caballos de nuestros jinetes se agrupan alrededor de los árboles y bajo un olivo mayor el coronel Castro conferencia con los caídes moros.

Cae ya la tarde cuando la Bandera entra en el Campamento, pero las tiendas faltan y el convoy todavía viene muy retrasado. Durante la noche van llegando los mulos. Unos acemileros montados han salido a su encuentro con un oficial consiguiendo reemplazar los mulos despeñados y recoger lo utilizable de su carga.

Los ranchos se toman cerca del amanecer y son las tres y media de la madrugada cuando 1legan a Tagsut las secciones dejadas con los blocaos a retaguardia.

Durante la noche, legionarios e ingenieros establecen otro pequeño blocao en el collado vecino y al amanecer emprende de nuevo su marcha la columna en dirección al Kala.

La operación transcurre sin incidentes. La harca amiga ha coronado durante la noche los altos picos y por ello la resistencia es escasa. Nos detenemos dando vista al extenso poblado del Kala, hasta que, enviados los elementos de fortificación y víveres a la rocosa altura, se sigue la marcha a Xauen.

A lo lejos, por la derecha, se ve avanzar la vanguardia de la columna de Dar Akoba; en ella forman los legionarios de las otras dos Banderas a las órdenes de nuestro Teniente Coronel, y con ellos nos cruzamos momentos antes de seguir la marcha.

La jornada, en esta segunda parte, se hace in terminable; el camino recorre la falda del gigantesco monte cruzando verdes prados y pequeños arroyos, en que sacian su sed nuestros soldados.

La preciosa huerta de Garuzin es lo primero que se ofrece a nuestra vista; sobre ella, las tiendas de la posición de Muratahar aparecen medio ocultas por los altos parapetos de tierra, y a nuestro pie, y en medio del arbolado, unos pequeños barracones grises señalan la presencia del campamento indígena. Al volver una curva del camino, bajo los gigantescos y cortados picos, las torres de las mezquitas nos revelan la ciudad oculta casi tras los negros paredones de las murallas.

Conforme nos acercamos al campamento se escuchan claramente los tiros de los blocaos del río que el enemigo hostiliza desde las espesas arboledas; los <<pa-cum>> retumban en la barrancada y alguna bala armoniosa y alta silba sobre nuestras cabezas.

El campamento queda establecido entre las huertas, próximo a los barracones de los Regulares.

A nuestra llegada visitamos la misteriosa ciudad. Tiene la paz de los poblados magrebíes. Calles empinadas y estrechas forman la parte alta del pueblo, donde los olivos asoman entre los pendientes y rojizos tejados; una muralla alta y aspillerada rodea la ciudad dándole parecido con nuestros pintorescos pueblos andaluces y en el centro de la población se alzan los murallones de la Alcazaba, en cuyo torreón principal, cubierto de espesa hiedra, ondean las banderas mora y española.

La parte baja de la población es más interesante. La calle de la Sueca, con sus tiendas como cajones, ofrece a la venta con las telas de la ciudad las chilabas de rica lana, confeccionadas en sus telares primitivos. Las chilabas de Xauen son apreciadas en todo el Norte de Marruecos, en el que tienen gran mercado.

Los babucheros abundan, aunque en más pequeña escala, y sus babuchas forman altas columnas en estos n ichos de las tiendas moras.

Al sur de la ciudad, el Barrio de los Molinos constituye uno de sus más bonitos rincones. El río salta entre los peñascos moviendo las ruedas de los molinos y, en medio de los frondosos árboles, corre por los canales descubiertos la cristalina agua de la ciudad.

El agua es el tesoro de este pueblo: debajo de los altos cortados del Magot, brota abundante y cristalina, surte la ciudad, riega la huerta y muere en el Lau después de haber movido los molinos.

La Plaza de España, abierta en medio del poblado, es la plazuela fea de un pueblecito español; en ella, los blanqueos fuertes de una mezquita resaltan al lado de los negros murallones de la Alcazaba y, a corta distancia, aparecen dominantes los cortados grises del pedregoso monte, desde donde el conocido "Paco Peña" hostilizaba hasta hace dos días a sus habitantes.

Durante los días 2 y 3 de mayo se concentran en Xauen las tropas que han de constituir las nuevas columnas. Con nuestro Teniente Coronel llegan las otras Banderas de la Legión y por primera vez nos vemos reunidos todos los legionarios.

El día 3 en los momentos en que nuestro primer jefe revista sus unidades, una orden urgente de salida aleja de nosotros a nuestra segunda Bandera. Debe regresar a su puesto en el Zoco del Arba, donde las agresiones enemigas requieren su presencia. Así, se separan de nosotros en aquel día los legionarios de la Bandera hermana; marchan honrados con la confianza, pero resignados y tristes por perder la expedición, a seguir desempeñando su penosa e ingrata tarea.

La salida a operaciones ha sido señalada para el amanecer del día 4. Una Bandera va con cada columna y a nosotros nos corresponde el puesto en la del heroico general Sanjurjo.

Antes de amanecer nos encontramos formados y un ayudante señala nuestro puesto en el grueso. Nuestra contrariedad es grande. Los soldados cuya moral fue hecha para días duros, se descorazonan con la espera y los oficiales, que han servido en su mayoría en tropas indígenas, se sienten postergados dentro del cajón de la columna.

El objetivo de la operación es la colocación de unos blocaos en la salida de las huertas de Garuzin que eviten las incursiones enemigas hasta los muros de la plaza. Despliegan las vanguardias y, suenan algunos disparos; el fuego se hace más nutrido.

Cuando llegamos al lugar en que ha de colocarse el blocao, una orden llega para las ametralladoras y momentos después escuchamos su tableteo. Una compañía ayudará a los trabajos de fortificación, mientras las otras unidades permanecen sentadas cara al sol.

Al mediodía recibimos orden de que la Bandera vaya a otro puesto de la línea donde se piensa establecer un blocao en un espolón sobre el río y allí nos encaminamos a construir un alto paredón tras el que puedan trabajar los ingenieros. El combate está en aparente calma; cuando los legionarios dejan las armas y cargados con piedras se adelanta al lugar ocupado por las guerrillas de Regulares, un nutrido tiroteo parte de la gaba (monte bajo) del otro lado del río; las balas silban próximas y los legionarios encantados bailan de alegría con sus piedras, ¡ Viva España! ¡Viva la Legión! , gritan entusiasmados; dos de ellos caen heridos por el plomo enemigo. Se recibe orden, por lo adelantado del día, de suspender el trabajo y retirarnos. Los legionarios se alejan contentos de haberlas oído silbar cerca.

El día 5, y formando parte de la misma columna, sale la primera Bandera a ocupar un puesto análogo al del día anterior. Nos concentramos al abrigo del blocao de Miskrela y con sana envidia vemos trepar hacia el monte las guerrillas moras de los Regulares; de cerca seguimos su marcha; hay poco enemigo y tampoco parece que intervengamos.

El espíritu de trabajo de nuestra tropa hace que nos empleen como ingenieros, y allá van dos secciones a ayudar a la construcción de los blocaos, mientras los demás nos impacientamos con tanto reposo, tumbados sobre las ardientes peñas.

Unas horas más tarde, la situación del frente hace avanzar a la segunda compañía a reforzar la guerrilla de Regulares, ocupando los legionarios una línea de peñascos en la izquierda del frente, El fuego de los indígenas en aquel punto es muy grande; sin embargo, los legionarios permanecen sin gastar cartuchos. ¿ Cómo no tiráis vosotros? , le pregunto en mi visita al fiel cabo austríaco Herben.

-Mi comandante -dice-, hay enemigo, pero está oculto en la barrancada y como no vamos a hacerle nada, preferimos no tirar.

La compañía efectúa más tarde su retirada sin haber tenido bajas.

La jornada había sido buena. La columna del coronel Castro, descolgando su Mehalla desde los altos picos del Magot, había caído por la espalda sobre la posición de Miskrela, poniendo al enemigo en huida y facilitando nuestro avance; sólo unos moros de esta columna, con la ambición de la " razzia " , se adelantaron hasta el vecino poblado de donde no habían de volver.

Las posiciones quedan guarnecidas por los legionarios y es ya de noche cuando llegamos bajo los muros de la ciudad del Monte.

Dos días de descanso siguieron a estas operaciones; descongestionado Xauen con las posiciones últimamente ocupadas, marchan los Regulares a descansar durante su Pascua y quedan guarneciendo Xauen la primera y tercera Banderas de la Legión.

En estos días efectuamos la colocación de varios blocaos en la orilla del río y lomas de Muratahar. La característica de estas operaciones es el sigilo con que se llevan a cabo, sin llamar la atención del enemigo con la aparición de grandes masas de tropas; y, sin casi hostilidad, se construyen en varias mañanas los distintos blocaos.

En nuestra vida de Xauen nos llegan los ecos de España. El país vive apartado de la acción del Protectorado y se mira con indiferencia la actuación y sacrificio del Ejército y de esta oficialidad abnegada que un día y otro paga su tributo de sangre entre los ardientes peñascales.

¡Cuánta insensibilidad! Así vemos disminuir poco a poco la interior satisfacción de una oficialidad que, en época no lejana, se disputaba los puestos de las unidades de choque.

Llega en estos días nuestra revista profesional con proyectos ideológicos de organización de este Ejército, sobre la base de una oficialidad colonial; esto es, sentencia a los de Africa de no regresar a España, privar al Ejército peninsular de su mejor escuela práctica, y seguridad en la oficialidad de la Península de no venir a Marruecos. La lectura de estos estudios y la peligrosísima decadencia del entusiasmo militar me dictó entonces las siguientes líneas, que, remitidas a nuestra revista profesional, no llegaron a ver la luz, no obstante la buena acogida que tuvieron por parte de su Director, a quien debo por ello gratitud. Fueron escritas en Xauen, el mes de mayo del pasado año, y decían así:

EL MERITO EN CAMPAÑA

Constantemente es debatida por los infantes la solución que debe darse a los problemas del Ejército de Africa, y en las páginas de esta Revista se publicaron trabajos encaminados a resolverlos, sin que la buena voluntad de los autores acertase con una solución en armonía con la futura vida de nuestro Protectorado y que no tendiese a destruir su espíritu militar y, como consecuencia, la buena marcha de nuestra acción. Los infantes en Marruecos leyeron nuestra Revista con la pena de que esos escritos no podían satisfacer a los que aquí trabajan y luchan.

No pretendo yo resolver estos problemas, pues su solución se encuentra en lo ya constituido y en las personas que con prestigios justos y autoridad en el Protectorado encaminan éste a un rápido y definitivo término; mi deseo es sólo presentar a los infantes el peligro que encierra para el Ejército y para la acción militar, el querer solucionar estos problemas a distancia, sin que en la balanza, llamada de la Justicia, se sepan pesar las penalidades y sufrimientos de una campaña ingrata y el gran número de oficiales que gloriosamente mueren por la Patria acrecentando con su comportamiento las glorias de la Infantería ( Ellos son los que hacen Patria!

El problema militar marroquí es, en general, obra de infantes; ellos forman el núcleo principal de este Ejército y con los jinetes, en número proporcionado, nutren las filas de las tropas de primera línea. Infantes son los que en las heladas y tormentosas noches velan el sueño de los campamentos, escalan bajo el fuego las más altas crestas, y luchan y mueren, sin que su sacrificio voluntario obtenga el justo premio al heroísmo.

En las recientes operaciones, las dolorosas bajas habidas hablan con más elocuencia que lo que estas líneas pueden decir. Allí murieron capitanes y tenientes de los gloriosos Regulares, oficiales entusiastas que llevaban varios años de campaña con estas tropa, a donde les llevó su gran entusiasmo militar y esa esperanza de encontrar un día el justo premio al sacrificio.

El premio es el punto sobre que giran artículos y proyectos y se habla de oficialidad colonial como si el porvenir de nuestro Protectorado fuese el sostener aquí un numeroso Ejército y en la creencia también de que el oficial que con entusiasmo trabaja y se especializa en la práctica de esta guerra, aceptaría renunciar para siempre a su puesto en el Ejército peninsular.

La campaña de Africa es la mejor escuela práctica, por no decir la única de nuestro Ejército, y en ella se contrastan valores y méritos positivos, y esta oficialidad de espíritu elevado que en Africa combate ha de ser un día el nervio y el alma del Ejército peninsular, pero para no destruir ese entusiasmo, para no matar ese espíritu que debemos guardar como preciada joya, es preciso, indispensable, que se otorgue el justo premio al mérito en campaña; de otro modo se destruirá para siempre ese estímulo de los entusiasmos, que morirían abogados por el peso de un escalafón en la perezosa vida de las guarniciones.

Para nuestra acción africana, a nadie puede ocultarse que, de persistir esas ideas, se acabará el espíritu de nuestras tropas de choque, que si antes tenían numerosos aspirantes a figurar en sus cuadros, hoy se encuentran sin poder cubrir sus bajas de sangre, pues el horizonte que ve el infante es sólo esa gloriosa muerte que poco a poco va alcanzando a los que aquí persisten.

Midan, pues, los infantes sus pasos, vuelvan la vista a estos campos marroquíes, fijen su atención en estos modestos cementerios que cobijan los restos de tantos infantes gloriosos y no se les ocultará la necesidad, para la Infantería, de que su unión en apretado abrazo sirva para que sin regateos injustos se otorgue el justo y anhelado premio al mérito en campaña. ¡Así habremos hecho Patria!

                                                                           -------------------------------------------------

Hasta el 24 de junio continúa en Xauen la primera Bandera; los paseos militares se repiten y el servicio de descubierta hacia el río se convierte, por lo extenso y accidentado del terreno, en una constante escuela de combate; y sin una agresión van transcurriendo los días de nuestra estancia en Xauen.

Una epidemia de fiebres tifoideas se presenta con caracteres alarmantes; muchos de nuestros soldados han pasado al Hospital; se toman enérgicas medidas sobre el suministro de agua y una activa campaña sanitaria parece disminuir el peligro, pero al salir el día 24 para el Zoco del Arba, nos vamos con el dolor de dejar en Xauen gravemente enfermo a nuestro querido médico Valdecasas, a quien no habíamos de volver a ver.

VI - Operaciones en Beni-Lait

Cuando llegamos al campamento del Zoco del Arba, reina gran animación; las cantinas Y establecimientos inmediatos a la carretera se ven concurridísimos con la llegada de las columnas, Los Regulares y policías se agrupan junto a los cafetines moros, y los claros y laderas del campamento se ven interceptados por carruajes y cañones de nuestra artillería.

Interminable se hace nuestro paso por enmedio de estas tropas, para llegar al pequeño y apartado campamento de la Segunda Bandera, donde se reúne la Legión a las órdenes de nuestro primer Jefe.

El día 25 salimos, a las órdenes del Teniente Coronel, formando parte de la columna Sanjurjo, a la ocupación de Ait-el-Gaba. Seguimos con el puesto en el grueso de la columna; nuestra esperanza de al ternar en las vanguardias se va viendo defraudada y los oficiales marchan tristes y pensativos. Hemos educado a nuestros soldados para ir en los puestos más peligrosos y para ello también se reunió bajo estas banderas una oficialidad entusiasta y decidida. Los soldados parecen participar de nuestra contrariedad y silenciosos ascienden por las laderas de Beni-Lait, hasta entonces refugio de los tiradores enemigos.

Durante la marcha, y cuando llegamos a una cumbre, nos asomamos a un collado; la presencia de unos altos y bien colocados montones de piedras llama nuestra atención; un soldado de Regulares, rezagado en la marcha, se acerca a colocar una piedra sobre uno de ellos. La curiosidad me hace preguntarle. Son los montones que forman los peregrinos de Muley Abd es-selam, cada vez que en su camino distinguen el santuario sagrado. Este día aumentan de tamaño: todos los Regulares han colocado su piedra.

Durante la primera parte de la operación seguimos formados en nuestro puesto, La caballería ha coronado las alturas y con poca resistencia llegamos a la posición, Los aeroplanos vuelan sobre nuestras cabezas bombardeando y una de sus bombas cae a pocos metros de nuestras secciones sin hacerle daño. El enemigo es poco numeroso y sólo la policía en el poblado y los Regulares delante de la posición sostienen él combate. En enervante espera, pasamos la mañana.

Al mediodía nos destacan en ayuda de la otra columna; cuando llegamos, el auxilio no es necesario, y al regresar aquella noche al campamento, escuchamos la copla que la ironía hace cantar a los soldados:

) Quiénes son esos soldados

de tan bonitos sombreros?

El Tercio de Legionarios

que llena sacos terreros...

-Esto es demasiado; para esto no hemos ve nido por segunda vez a Marruecos -dice un oficial. Nadie está satisfecho; en el semblante de nuestro Jefe se nota también gran contrariedad; aconseja templanza; ya llegará el día; pero interiormente todos nos descorazonamos ¿Qué será de nuestro Credo?

El espíritu del legionario no por esto decae; los soldados siguen, con su espíritu de trabajo y sacrificio, llenando pacientes lo innumerables sacos terreros.

El día 27, después de un día intermedio de descanso, sale la Legión con la columna a la operación de Salah. Nuestro puesto no varía, conforme pasan los días nuestra contrariedad es mayor, y en nuestras conversaciones respetuosamente rogamos al General un puesto de honor, ir algún día en la vanguardia.

Aquella tarde, y para la colocación de un blocao, el General me concede un puesto más avanzado; pero para ir allí tengo que prometer no tener bajas. Con esa promesa, me separo de mi Teniente Coronel y, haciendo milagros, cruzamos la zona enfilada y nos unimos a los Regulares; el enemigo es poco y nuestro apoyo no es preciso, pero nos dispararon unos tiros y nos silbaron unas balas.En la operación de Muñoz Crespo, llevada a cabo el día 29, parece variar la suerte de la Legión. Marchamos en nuestro puesto de la columna, cuando una reacción de las gentes del Sucan nos obliga a intervenir en el combate y, mientras en las alturas de la izquierda la segunda compañía tiene a raya al enemigo, avanza la primera en el frente rechazando a los harqueños, y consiguiendo retirar los policías caídos en la ladera. Varios soldados caen heridos, con el heroico capitán de la primera compañía don Pablo Arredondo. Los balazos que, atravesando sus piernas, parecen no tener gravedad, le retienen al año sin curarse; no quiere retirarse, pero sus piernas no le tienen en pie y casi a la fuerza se echa en la camilla.

El fuego sigue intenso durante todo el día y la Legión va alcanzando su nombre. En Buharratz, aquella misma tarde, escribe la tercera Bandera una de las páginas gloriosas de la Legión.

Es ya de noche cuando nos retiramos. A nuestro paso tropezamos varias camillas; una de ellas descansa en tierra, y en ella vemos al joven teniente García y García de la Torre, del grupo de Regulares. Este pobre chico, herido en el vientre, se ha caído dos veces de la artola, matándose el mulo que lo conducía, y le llevan ahora en la camilla dos moros pequeños y poco resistentes que se cansan de su pesada carga. Nos paramos a su lado; el teniente coronel González Tablas, allí presente, le dirige palabras de consuelo:

-No es nada, adelante; dentro de un mes está usted paseando con el "guayabo" .

-Yo no veré más al "guayabo" ; el mulo me ha tirado dos veces; mi herida es mortal, pero no importa -dice el muchacho con su sonrisa triste.

Le animamos un poco y encargamos de su conducción a cuatro legionarios fuertes; un sargento con otros ocho escoltan al herido, y en las sombras de la noche vemos perderse la camilla con la preciosa carga.

Hacia el fondo del valle las hogueras de los poblados en llamas alumbran nuestro camino y bajando la interminable cuesta, al recordar al héroe que marcha en la camilla, pensamos en el dolor del "guayabo " que le espera.


VII - En territorio de Larache

El día primero de julio, después de dos días de descanso, sale para el Fondak la primera Bandera; allí se reúne con la tercera Y el día 2 siguen juntas la marcha al Zoco del Telata en donde se concentra la columna que ha de efectuar las próximas operaciones.

A las doce de la mañana del día 5, bajo el ardiente sol, salimos a pernoctar en Kudia Umeras; el calor es sofocante y la menor chispa produce grandes incendios en los campos dorados.

El campamento se establece al pie de la Posición después de haber talado los numerosos cardos; la brisa de la noche parece querer compensarnos del sofocante día.

En la operación del día 6 la resistencia enemiga no es grande; a la Legión le corresponde, con los Regulares de Tetuán, un puesto en el flanco derecho, y al amanecer avanzamos hasta la loma del arbolito, relevando a los Regulares de las distintas posiciones ocupadas en el flanco y sosteniendo durante el día fuego con el enemigo, que nos hace tres heridos.

En el frente, la columna principal mantiene combate más duro y a lo lejos vemos cargar a los escuadrones por las laderas de la loma del Trébol.

En nuestro frente se establece un blocao que queda guarnecido por los legionarios.

Durante la mañana se observa, desde nuestros puestos, una incursión de los moros de los poblados amigos por el frente de la derecha, que alejan al enemigo e incendian sus poblados; momentos después, densas columnas de humo se elevan de los aduares en llamas y hacemos la retirada a Umeras y Tasarutan sin ser hostilizados.

En este último campamento hemos de sufrir durante cuatro días un calor sofocante; los soldados se pasan el día metidos en el río o tumbados a la sombra de los grandes olivos; un fuego repentino y violento pone al campamento en peligro de ser quemado; una ola de fuego avanza sobre nuestras tiendas y es necesaria toda la actividad de los legionarios para, armados de ramaje, atajar el incendio y desviar el fuego; sólo unas tiendas se han perdido. Este día trasladamos nuestro campamento a la zona quemada.

En Rokba Gosal, pernoctamos el día 10. En la hondonada anterior a la posición se establece un enorme campamento; en el centro, el ganado de las unidades se encuentra formando grandes círculos. Las tiendas cónicas, alineadas en cuadro, señalan la situación de las fuerzas peninsulares, y los Regulares y Legión, con sus pequeñas tiendas kaki, se pierden en medio del terreno sembrado. En un verde, al fondo de la hondonada, entre los almiares de paja, se ven salir, cargados como pequeñas hormigas, una porción de puntos negros; son los soldados de la columna que preparan sus camas.

En la tarde de este día el General reúne a los Jefes y desde la posición explica la finalidad de la operación y misión en ella de las distintas unidades; enfocamos nuestros gemelos a las lejanas colinas, que se pierden en las brumas de la tarde, y enterados de nuestra misión, descendemos al campamento, que, con sus luces, nos parece un pequeño pueblo.

Cuando salimos, al amanecer del día 11, nos cruzamos con la columna del coronel Serrano, que, con la caballería, ha de cubrir nuestro flanco izquierdo y construir en él unos blocaos. El puesto que ocupamos en la columna tampoco es para nosotros satisfactorio, pero la experiencia nos dice que si hay mucho enemigo habrá tiros para todos.

Salimos como sostén de los Regulares y les seguimos tan de cerca que nuestra gente, entusiasmada, desea intervenir.

Unos disparos nos ocasionan varias bajas; el enemigo se ha declarado en huida y la columna efectúa sus saltos con gran rapidez. En una de las últimas lomas el enemigo resiste atrincherado; nuestra artillería de montaña coloca allí sus proyectiles sin conseguir ahuyentar al enemigo, pero está cerca la infantería de los Regulares que lo desaloja, poniendo fin a la resistencia.

En los barracones se recogen al paso varios cadáveres; dos legionarios sacan de entre unas matas un moro, ya anciano, herido; sus barbas blancas, como las de un apóstol, inspiran compasión; se le cura y retira en una camilla, y muere en el traslado.

El avance sigue y nuestras tropas van a intervenir en la acción; la Bandera despliega sobre Bab Es-Sor y mantiene fuego con el enemigo que hostiliza desde las barrancadas y peñascos próximos.

En el collado queda establecida nuestra guerrilla mientras se llevan a cabo las obras de fortificación.

En el barranco, unos legionarios han encontrado en el hueco de un árbol una mora del enemigo. La traen a nuestra presencia y nos encontramos con una mujer tuerta y fea que desmiente al bello sexo; ¡ que se la lleven al General!, dice nuestro Teniente Coronel volviendo rápido la cabeza, ¡ vaya una aparición para un combate! A las tres se emprende la retirada, quedando una de nuestras compañías en la importante altura, desde la que se ven, a lo lejos, como una pequeña mancha blanca, las casas del poblado de Tazarut.

Al regresar al campamento lo encontramos invadido de ovejas; durante la operación, un ganado ha llegado al pie del campamento; los rancheros y enfermos se lo han repartido, y a la vuelta de la jornada, al bullicio de los soldados se unen los balidos de los innumerables borregos.

Los días siguientes, hasta el 15, en que se concentra de nuevo la columna, son empleados en aprovisionar las posiciones y arreglar los pasos para las baterías, y aquel día, por la tarde, atravesando el llano entre los espigados trigales, vamos a pernoctar a Bab Es-Sor para emprender la marcha al día siguiente sobre el Zoco el Jemis.

Al amanecer hemos ocupado nuestro puesto en la columna y, después de una gran espera, en que las baterías preparan el avance de las tropas de Larache, nos adelantamos sin resistencia siguiendo el curso del río.

En el camino atravesamos un aduar entre un precioso bosque. Es el poblado de los locos y de los gatos. En la puerta de las casas se encuentran algunos moros; unos nos dirigen miradas recelosas y otros ríen a nuestro paso con risas de idiotas; varios gatos duermen indolentes, tendidos en la puerta, y todos permanecen pacíficos bajo los frondosos olivos. ¡Viven de la caridad y los indígenas les miran con cierto respeto religioso! Nadie se mete con ellos; por eso permanecen tranquilos a nuestro paso y neutrales en la contienda. Varios moros, especies de frailes, les rigen y este día, al paso de la columna, recogen muchas monedas. En la guerra se practica también la caridad. El avance por el llano se hace tranquilo, y sólo en la vanguardia se oyen los tiros de los montañeses.

La columna hace alto al acercarse a las lomas que rematan por la derecha el llano y entonces vemos uno de los movimientos más bonitos de la caballería; el enemigo resiste en los poblados de nuestro frente y los indígenas de la columna se ven detenidos en el avance; los jinetes caracolean y disparan sus armas sin decidirse a avanzar, y es entonces cuando vemos hacia el fondo unos caballos moros que, en rápido galope, avanzan por el flanco sobre el enemigo. Son los famosos jinetes del grupo de Larache. Sin detenerse, ocupan por la espalda los poblados que los moros defienden, haciéndoles huir por el fondo de las barrancadas.

En toda la tarde no se nos borra el grandioso espectáculo de aquella caballería decidida, que puso la más bonita nota en el avance.

Terminada nuestra lenta espera, una orden nos lleva en dirección de las posiciones ocupadas; ascendemos por la empinada cuesta y cruzamos el típico poblado. Todo está en desorden. Los libros árabes aparecen tirados y deshojados por la ladera; en los patios se encuentran molinos de mano construidos con grandes piedras, cacharros de barro, lana, granos, esteras sucias, todo lo que constituye el ajuar de estos modestos aduares.

Una estrecha senda nos lleva a la loma de las guerrillas, donde hemos de ocupar un puesto en el combate, pero el enemigo es poco y sólo sostenemos ligero tiroteo.

Regresamos a Bab Es-Sor ya entrada la noche, y al amanecer del día siguiente salimos a efectuar una rectificación de posiciones y colocar unos blocaos de enlace; el enemigo no nos hostiliza y a media tarde emprendemos la retirada a nuestro campamento de Rokba Gozal en que pernoctamos.

Durante el descanso del siguiente día nuestras conversaciones giran sobre el mismo tema... ¿Iremos a Tazarut? Creemos que sí. Los últimos avances han dado su fruto, se han efectuado muchas sumisiones y la situación política mejora notablemente. Esta noche ha de llegar el General en Jefe y nos acostamos con la esperanza de entrar pronto en las casitas blancas que vimos a lo lejos.



VIII - Camino de Melilla

Son las dos de la mañana. En el silencio de la noche escucho la voz del Teniente Coronel que ordena que llamen al Comandante Franco. No era preciso; salía de la tienda y me uní a él.

- ¿Sucede algo? ¿Hay que salir? -le pregunto.

-Tiene que partir lo antes posible una Bandera para el Fondak; como no sabemos para qué es ni adónde va, sortead entre vosotros. Lo mismo podéis ir a una empresa guerrera que a guarnecer preventivamente cualquier puesto de retaguardia.

En el sorteo corresponde salir a la primera Bandera. Acto seguido se llama a la gente y, a las cuatro de la mañana emprendemos la marcha. En el Fondak recibiré nuevas instrucciones.

Un misterio inexplicable rodea nuestra salida. Nadie sabe adónde nos encaminamos. Unos creen que se trata de efectuar una operación en Benider, otros que vamos nuevamente a las costas de Gomara; yo, sin saber por qué, pienso en Melilla. Hace días que se dijo en el campamento que las cosas no iban allí muy bien; pero lo cierto es que nadie sabía nada.

La marcha fue dividida en dos jornadas; a mitad del camino descansaremos en unos bosques próximos a Al-Yhudi en que el río nos facilitará la aguada y podrá bañarse la tropa. La marcha se lleva descansada con altos frecuentes que nos permiten llegar, ya avanzada la mañana, al lugar señalado para el reposo; bajo los árboles se condimentan los ranchos en caliente; los legionarios se bañan y después de una pequeña siesta sale la Bandera, a las tres, camino del Fondak.

La falta de guías hace que nuestra vanguardia tome por la pista y es ya anochecido y el Fondak no se ve. Un auto ligero pasa y nos explica que llevamos el camino largo de la pista y que aún tenemos varias horas de marcha. Nos tenemos que resignar a seguir el largo camino. Acortamos el aire de marcha; los descansos son más frecuentes y por fin vemos a lo lejos la luz del Fondak. Hacia ella caminamos sin llegar. Parece la lucecita de los cuentos infantiles que siempre se aleja. La cuesta se hace interminable. El viento sopla de cara en forma huracanada y son las once de la noche cuando llegamos a los muros del Fondak.

La tropa, rendida, permanece sentada a los costados de la carretera; la jornada ha sido terrible y necesita largo reposo; después de mil vueltas aparece el oficial que se adelantó con las cocinas y el convoy; los ranchos todavía tienen que condimentarse y, en la posición, las tiendas nos esperan sin armar; no las utilizamos; la tropa vivaquea y a los pocos momentos duerme tendida en las cunetas.

Durante la noche, el teléfono suena persistentemente: es preciso seguir a Tetuán, llegar al amanecer, ¡No es posible! La gente no puede más y necesita descanso, se quedaría media Bandera reventada en el camino. Llegaré lo antes posible; a las diez de la mañana estaré en Tetuán.

A las tres y media se toca diana, hay que despertar uno por uno a los soldados que, rendidos, permanecen sordos a la corneta y antes de amanecer descendemos por el desfiladero.

Nos han comunicado que vamos a Melilla, pero ignoramos lo sucedido. Pensamos sólo en una intensificación de las operaciones en aquella zona y que nos lleven como refuerzo. Oficiales y tropa marchan contentos olvidando los kilómetros que llevan de recorrido y a las diez menos cuarto desfilan los legionarios por las calles de Tetuán. Al formar la tropa en la entrada de la ciudad, un paisano nos da la terrible noticia: " en Melilla ocurrió un desastre y el General Silvestre se ha suicidado " . Nuestra indignación es grande al oír estas palabras y obligamos a callar al caballero, que dando explicaciones se aleja, asegurando que se lo han dicho la noche anterior en el Casino Militar de Ceuta.

Minutos más tarde, en la estación, nos confirman la noticia; ya no es posible la duda; la oímos de labios muy autorizados. Sin embargo, creemos en la posible exageración. Tenemos que esperar hora y media antes de efectuar el embarque. Horas interminables, pues ya desearíamos estar en Melilla, conocer la verdad, ser útiles.

Por Ceuta pasamos rápidos; sólo nos detenemos el tiempo necesario para reparar las pequeñas faltas, consecuencia del período activo de operaciones y para dar tiempo al embarque del material y ganado; y al atardecer, con unos aires españoles, desfilamos por la población camino del puerto, donde nos espera el " Ciudad de Cádiz " .

Las noticias que recibimos antes de la salida son muy pocas. Se sabe que ha habido un gran desastre, que del General Silvestre no se tienen noticias y que el General Navarro organiza la retirada; ¡Ya no se supo más! La música toca la Marcha de Infantes, el Comandante General llega y con emoción escuchamos las palabras y cariñosos consejos del veterano soldado, y estrechando nuestras manos se despide el ilustre General, a quien tanta gratitud debe nuestra Legión.

El General Sanjurjo viene con nosotros como Jefe de la expedición, pues aquella noche han de embarcar también para Melilla dos tabores de Regulares de Ceuta y tres baterías de montaña con abundantes pertrechos.

La sirena del barco anuncia la salida, las músicas lanzan al aire las notas de sus himnos, los soldados, entusiasmados, cantan y los vivas a España se pierden al alejarse el barco había Melilla.

Por fin llega para nuestros soldados el descanso tan necesario. Llevaban dos noches sin dormir apenas y en día y medio habían recorrido más de cien kilómetros.

A la hora de la cena nos sentamos juntos, el General preside nuestra mesa, las conversaciones giran sobre el mismo tema, ¡Melilla! ; pero ninguno supone las proporciones del desastre; sentimos en nuestros corazones la presión del dolor patrio y nos parece que pasan lentas las horas que nos separan de nuestro destino.


Segunda Parte: El territorio de Melilla

I - La llegada

El cansancio de los días anteriores contribuye a nuestro descanso y está muy avanzada la mañana cuando salimos de nuestro camarote; la travesía es hermosa, el barco no se mueve y nuestro pensamiento vuelve a girar sobre el mismo tema: ¿ llegaremos a tiempo?... ¿repararemos lo sucedido?

Sobre la cubierta damos los buenos días al General. Este ha recibido más noticias; los radiogramas recogidos por el barco durante la noche dicen poco más de lo que sabemos, pero se acaba de recibir un radio del Alto Comisario que manda: "forzar la marcha todo lo posible", y pregunta: "¿cuándo llegaremos? " . Vamos a toda máquina y se llegará a eso de las dos.

Pasamos el tiempo sentados sobre la cubierta pensando en nuestra llegada; cogeremos el tren para ir a las líneas avanzadas, y hacemos cálculos sobre los lugares probables donde se habrá rehecho la columna. Es día festivo y nos avisan para la Misa; a ella asistimos, pero nuestro pensamiento vuela lejos, detrás de la columna que se retira.

Un nuevo telegrama para que vayamos más aprisa nos inquieta grandemente; ¿qué situación es la de esta zona que por minutos se requiere nuestra llegada? El capitán del barco nos dice que no puede andar más. Vamos a toda marcha; remontamos el cabo de Tres Forcas y pasamos cerca de la costa arenosa y cortada. Ni un árbol pone en ella una nota de vida, sólo a lo lejos blanquean al sol las casas de la ciudad vieja.

La muralla del puerto aparece llena de gente; la ciudad alta se ve también coronada de pequeños puntos blancos. Ya se distinguen las figuras; una nube de pañuelos se agita al aire como aleteo de palomas blancas, y conforme el barco se acerca vemos claramente la aglomeración de la muchedumbre.

Una sección de carabineros y una música se encuentran en el desembarcadero. Un oficial joven, con una banderita española, parece dirigir una agrupación de paisanos, y la música bate marcha. Los legionarios, que desde que se ve la ciudad están sobre cubierta, audaces han trepado a los palos del buque y otros en los cabos y escalas aparecen encaramados como grandes racimos. Las banderas y banderines se agitan en lo alto; nuestra música entona "la Madelón " y los legionarios cantan poniendo toda el alma en la canción.

Una gasolinera se acerca al barco; sube un ayudante del Alto Comisario y nos da la terrible noticia: " De la Comandancia General de Melilla no queda nada; el Ejército, derrotado; la plaza abierta y la ciudad loca, presa del pánico; de la columna de Navarro no se tienen noticias, hace falta levantar la moral del pueblo, traerle confianza que le falta y todas las fantasías serán pocas. "

El dolor nubla nuestros ojos, pero hay que reír, que cantar las canciones brotan y entre vivas a España el pueblo aplaude loco, frenético, nuestra entrada.

Jamás impresión más intensa embargó nuestros corazones; a la emoción dolorosa del desastre se une la impresión de la emoción del pueblo traducida en vítores y aplausos. El corazón sangra, pero los legionarios cantan y en el pueblo renace la esperanza muerta.

El Teniente Coronel, subido en la borda del barco, saluda al pueblo de Melilla y le dice con palabras vibrantes y entusiastas que les llevamos la tranquilidad perdida, que allí está el heroico Sanjurjo que es la mejor garantía de éxito de la empresa, y sus palabras se acogen con clamorosas ovaciones, los vivas se suceden y el pueblo se desborda en entusiasmo.

En el mayor silencio desembarcan los legionarios, y con la música y Banderas en cabeza, desfilan los peludos de Beni Aros y en columna concentrada recorren el pueblo entre los vítores de la muchedumbre. Los balcones se llenan, los aplausos se repiten y las mujeres lloran abrazando a los legionarios.

Al paso de las Banderas se escuchan mil comentarios: Ahí va Millán Astray, miradlo qué joven. Estos son soldados; qué negros y qué peludos vienen. Mirad a los oficiales, qué descuidados, con sus trajes descoloridos; huelen a guerra. ¡ Estos nos vengarán!

Una madre, llorando, pide que le busquen a un hijo que tiene en el campo, y al paso por los barrios se desborda el entusiasmo popular, cigarros, frutas, refrescos, todo es para los legionarios.

Las Banderas se separan a guardar la Plaza; la segunda sube la cuesta de Rostrogordo, y la nuestra emprende el camino de los Lavaderos.

Horas después llegan los Regulares a las órdenes del heroico González Tablas; el recibimiento es algo frío; la gente ignora el mérito de estos soldados que pelean por España; la mal llamada traición de los Regulares de Melilla hace que inspiren desconfianza; muy pronto prueban lo contrario.

Estos días habíamos de recibir las emociones más grandes de la vida militar, y nuestros corazones lloran la derrota; los fugitivos, a su llegada, nos relatan los tristes momentos de la retirada; las tropas en huida, las cobardías, los hechos heroicos, todo lo que constituye la dolorosa tragedia; Silvestre, abandonado; Morales, muerto; soldados que llegan sin armas a la Plaza; Zeluan se defiende, Nador también. Son las noticias que traen estos hombres, en los que el terror ha dilatado las pupilas, y que nos hablan con espanto de carreras, de moros que les persiguen, de moras que rematan a los heridos, de lo espantoso del desastre. Llegan desnudos, en camisa, inconscientes, como pobres locos.

La noche pasa tranquila; sólo el servicio avanzado ha ido recogiendo a los fugitivos.


II - Los primeros días

Al amanecer, un automóvil se adelanta por la carretera; el servicio no puede detenerlo; en él va el General Sanjurjo. En la Segunda Caseta conferencia con los moros de los poblados, a los cuales sorprende la inesperada visita. A su regreso, se detiene breves momentos en el campamento y marcha a conferenciar con el General Berenguer para la operación de aquel día.

Al mediodía, una columna compuesta de Legionarios y Regulares asciende por las laderas de Taguel Manin y Ait Aisa. Con ella marchan los indígenas de los poblados próximos a la Plaza. Mientras establecen las posiciones, los moros esperan recelosos; sus mujeres y ganados han sido internados en el Gurugú, pero antes de retirar nos les vemos regresar a los aduares. Las posiciones se establecieron muy rápidas y en ellas quedan dos compañías de la Legión.

Al mismo tiempo que se ocupan estas posiciones, una sección avanza cautelosa por la cuneta de la carretera y ocupa, sin ser vista, el fortín de Sidi Musa.

Al regresar esta noche, cruzamos por la población Regulares y Legionarios; los Jefes en cabe za juntos y los soldados uniendo sus filas han constituido una gran columna de a ocho. Así des filan ante el pueblo los que hermanados combaten.

En los primeros días han llegado a la Plaza algunos batallones; el de la Corona y un tabor de Regulares se encuentran desde el primer día en el Zoco del Had; el fiel Abd el-Kader había pedido el auxilio de tropas para evitar el levantamiento de sus gentes. Todos sentimos gratitud hacia el noble caid, nuestro enemigo leal el año 9, que en momentos difíciles ha confirmado su fidelidad.

El día 26 avanzamos. La columna de Regulares y Legionarios, ya mermada con los destacamentos, en dirección a Sidi-Hamed-el Hach y el Atalayón. Rápidamente y sin disparar un tiro, la columna se posesiona de las antiguas posiciones. Los legionarios ocupan la loma que de Sidi-Hamed se extiende hacia Nador y los Regulares, en el flanco derecho, dan vista al Gurugú.

Recibimos la orden terminante de no alejarnos y de permanecer en esta loma cubriendo el servicio mientras se fortifica Sidi-Hamed. Desde ella se ve perfectamente el poblado de Nador. Numerosos grupos rodean la Iglesia; el pueblo arde; de la Fábrica de tabacos y Estación se levantan densas columnas de humo; otras casas han sido pasto de las llamas, y por los caminos del llano se alejan con el botín los mulos cargados.

En una casa, algo más alta y próxima al mar, vemos brillar un heliógrafo. Avanzamos hasta el extremo de la loma. La orden de no alejarnos nos detiene, ( pero estamos tan cerca! Pediremos irnos repiten la orden de no avanzar más, de aguantarnos mientras se termina la fortificación.

En la posición hablamos con el General. Con él está nuestro Teniente Coronel, le pedimos ir al poblado, llevar un socorro a los que se defienden, El General participa de nuestra emoción; también él desea ir a Nador, pero hace falta guardar la Plaza, defenderla y estamos solos. ¡ En la guerra hay que sacrificar el corazón!

El Teniente Coronel me lleva a un lado:

-He pedido -me dice-, ya que no podemos ir a Nador, mandar una Compañía; una Sección; algo que les dé ánimos y no puede ser; tengo esperanzas de que permitan enviarles ocho hombres con unos moros del vecino poblado a llevarles víveres y medicamentos. ¿ Habrá muchos voluntarios para la empresa?

-Desde luego, muchísimos -le contesto- Preguntaremos a los que están aquí sin desplegar. Nos acercamos a los sostenes, se aproximan los soldados y el Teniente Coronel les habla:

-Allí están sitiados los defensores de Nador; hemos pedido ir en su socorro, pero las necesidades de la campaña no lo permiten; he pedido, sin resultado, mandar una Compañía; una Seccion, algo de que les dé ánimos y olivio. Lo único que nos conceden es que vayan unos cuantos soldados con dos moros a llevarles víveres y quedarse allí; la empresa es arriesgada; los que vayan seguramente no llegarán; tal vez mueran todos; si hay algunos de vosotros que desee ser de la empresa, que dé un paso al frente.

No terminó la frase. Los soldados han dado todos un paso hacia adelante...

- ¡ Gracias! ¡Gracias!... -El Teniente Coronel se abraza al más próximo; sentimos honda emoción-. ¡ Así queremos a los legionarios!

La empresa, por fin, no se lleva a cabo; los moros del poblado no se atreven a ir, creen que no podrán llegar, y a los legionarios solos no les dejan.

En Sidi-Hamed ha quedado destacada la quinta Compañía; las fuerzas de la Legión se reducen esta noche a una Compañía de Infantería, otra de ametralladoras y la Compañía de Depósito.

El día 28 se lleva el convoy a Ait Aisa, y Taguel Manin, sosteniendo fuego con el enemigo, y son relevadas las compañías que guarnecen es tas posiciones.

En este día, ha sido atacada la posición de Sidi-Hamed por el enemigo, y han sido heridos muy graves el teniente Marcos, de ametralladoras, el sargento alemán Heine y un soldado. Un convoy con dos escuadras, que había bajado a la plaza desde la posición, fue atacado igualmente por el enemigo causándole varias bajas.

Al día siguiente sale de nuevo la columna a Sidi-Hamed, para la colocación de unos blocaos y evacuar los heridos.

Los puestos ocupados son los mismos que los del día de la toma de la posición; nuestras guerrillas se extienden hacia Nador, entablando combate con el enemigo

En lo alto de las lomas de Nador se ve movimiento de moros; de allí se destaca un núcleo de jinetes que, en correcta formación, parecen venir hacia el combate; nuestras ametralladoras, preparadas, esperan en silencio, y cuando han entrado en la zona eficaz de tiro, rompen el fuego sobre ellos y en pocos minutos el fantasioso escuadrón se deshace y huye a la desbandada en dirección a los barrancos, El fuego continúa y nuestra Compañía de Depósito se porta bravamente.


III - Sidi Amarán, Frajana y convoyes...

                                                                                                       Mes de agosto.

La retirada la efectuamos al abrigo de las posiciones, ligeramente hostilizados.

Durante el mes de agosto las salidas son casi diarias y el aprovisionamiento de las distintas posiciones requiere la presencia de la columna y librar combate con el enemigo.

Los Regulares y la Legión, sirviendo de van guardias a las distintas columnas, trepan por los peñascales de las vertientes del Gurugú y en ellos se sostiene empeñada lucha. Como en un chorreo van disminuyendo los efectivos de nuestras unidades.

La posición de Sidi-Hamed es constantemente atacada por el enemigo. Al fuego de fusilería se une el de cañón que le dirigen desde las lomas de Nador y picos del Gurugú; una compañía de legionarios y otra de línea guarnecen la posición y es jefe de la misma el comandante Arias, del batallón de Toledo. Sólo alabanzas hemos oído de las cualidades militares y dotes de mando de este jefe que defendió la posición de Sidi-Hamed de los intensos bombardeos y duros ataques enemigos. El mando, atendiendo a sus cualidades relevantes, le mantuvo en este puesto hasta la toma de Nador.

Todas las unidades de la Legión pasaron por este destacamento y muchísimos son los legionarios que se distinguieron en su defensa; un día es al extinguir el incendio del depósito de municiones, alcanzado por las granadas enemigas; otro al salir a recoger el material de los mulos muertos a la entrada de la posición y enfilados por los moros. Hoy a un soldado le lleva la cabeza un proyectil, mañana otro herido no quiere evacuarse.

Un corneta, en el parapeto, avisa con un punto los disparos de la artillería enemiga y al momento todos se guarecen en los abrigos.

Así se vive en Sidi-Hamed con el agua tasada y el convoy cada tres días.

Sólo Manolo, el valiente cantinero, visita a diario la posición; los legionarios le conocen. Él les lleva el correo y las frescas sandías con qué aliviar la sed; es portador de encargos, y a menudo atraviesa las zonas enfiladas para llegar a la posición. Una tarde le hieren gravemente al compañero, otro día le matan la caballería, pero él visita los puestos avanzados y ni un solo día les falta su correo.

En uno de los convoyes a Sidi-Hamed el enemigo nos prepara una fuerte emboscada. Es el día 8 de agosto. Al efectuar el paso por la segunda Caseta y cuanto toda la Legión ha entrado en el camino, una nutrida descarga hecha sobre nuestros caballos nos sorprende. Al momento, la fuerza se ha tendido y rompe el fuego sobre las peñas y chumberas de la barrancada; los legionarios y Regulares escalan rápidos las laderas, y el enemigo huye escarmentado; el fuego ha sido intenso, pero milagrosamente sólo nos han matado un perrito.

A las cuatro de la mañana del día 15 la columna del General Sanjurjo se concentra sobre la carretera de Hidun. Los escuadrones de Húsares marchan en la vanguardia. Después de media hora en que esperamos la concentración, subimos la carretera de la posición. Desde ésta, el general nos explica el objetivo de la operación y la misión de cada uno y los escuadrones despliegan ocupan do las lomas a la izquierda de Ismoar adonde nos dirigimos (1). Un tabor de Regulares, saliendo del Zoco del Had, ha de avanzar por la izquierda hacia Sidi Amarán, mientras nosotros nos concentramos a vanguardia, detrás de la cortina de protección de la caballería.

Al llegar a las lomas de Ismoar, la caballería, pie a tierra, se encuentra desplegada; llevamos orden de esperar a colocar las baterías junto a la posición para reanudar el avance.

A la izquierda vemos avanzar a los Regulares sobre unos grupos de chumberas; detrás de la cerca que las rodea, se oculta numeroso enemigo; establecemos nuestras ametralladoras para apoyarles; los Regulares se adelantan y, sin esperar a las baterías, nos lanzamos al frente, desbordan do al enemigo y ayudándolos. Los moros huyen y dejan en nuestro poder algunos muertos.

El avance resultó precioso. Como si se tratase de un ejercicio, avanzaron por las dilatadas lo mas las guerrillas seguidas de cerca por sus sostenes, coronaron la línea de altura y, formando un extenso arco, se estableció la línea del Garet al mar.

El enemigo hostiliza en todo el frente, pero en unas ruinas en el extremo derecho de la línea, el combate es más empeñado; el terreno es muy quebrado Y los moros están próximos. Hacia las once de la mañana, el enemigo, aprovechando lo quebrado del terreno y oculto en unas casas que hemos dejado a retaguardia, efectúa enérgica re acción por el flanco de nuestras ametralladoras, llegando hasta pocos metros de las máquinas, los ametralladores se defienden valientemente, el enemigo es rechazado, pero sobre una de las máquinas fuere gloriosamente el bravo teniente Valero; dos muertos y ocho heridos se encuentran caídos entre las ruinas Y tres de los enemigos han que dado cara al sol -entre los peñascos.

La situación durante el día es buena en todo el frente.

Al mediodía consigo autorización del General para castigar los poblados de que partió la reacción y desde los que el enemigo nos hostiliza. La empresa es difícil; a nuestra derecha el terreno desciende en forma quebrada hasta la playa y al pie se encuentra una extensa faja de pequeños aduares. Mientras una sección, rompiendo el fuego sobre las casas, protege la maniobra, se des cuelga otra por un pequeño cortado y rodean do los poblados, impone castigo a sus habitantes; las llamas se levantan de los techos de las viviendas y los legionarios persiguen a sus moradores.

El enemigo trata de molestar la retirada; dos soldados, entretenidos en la " razzia " , se quedan alejados del grueso de la tropa, que se aleja a retaguardia; de pronto se encuentran entre los fue gos de los dos bandos; ocultos entre la arena se 1ibran de sus efectos, pero cada vez que intentan levantarse, moros y legionarios les dibujan con sus disparos; desde arriba les vemos perfectamente y sólo cuando nuestro corneta, tocando el alto el fuego, consigue llamar la atención de la sección de " razzia " , se pueden retirar los dos sol dados.

El repliegue general de la Legión se efectúa en completo orden; a los últimos soldados que se retiran les envuelve una descarga de nuestras baterías; sólo uno de ellos es ligeramente herido, siguen con calma y al terminar la operación obtenemos la felicitación del General en Jefe.

El día 23 ya se había incorporado nuestro Teniente Coronel y formando parte de la columna Sanjurjo, se efectúa una operación en el barranco de Frajana, sobre las inmediaciones del Zoco del Had. Cuando nos acercamos, se hace sentir el paqueo enemigo; las baterías ligeras se establecen y al estampido de los cañones siguen las explosiones de los proyectiles, en la barrancada los arbolados se cubren de velloncitos blancos y los Regulares se pierden por el pendiente sendero del poblado.

Los tiros de uno y otro bando se multiplican; barranco arriba vemos desplazarse la bandera española que tremola en la vanguardia, en las manos de uno de los moros Regulares, pero muy pronto desaparece del campo de nuestros gemelos.

En el fondo del barranco se destaca un caballo blanco. Es el del Teniente Coronel de Regulares, que avanza con sus unidades. Por la cuesta sube perezosamente una camilla. Con los gemelos, distinguimos las botas de oficial. Al acercarnos, se detiene; el alférez Sánchez Guerra viene en ella, herido; al preguntarle por la herida se levanta y, rígido, nos saluda. ¡Qué madera de militar la de este alférez de complemento, que voluntariamente combate a las órdenes de González Tablas!

Ya le corresponde el puesto a la Legión; una compañía cruza el barranco y se pierde entre los árboles del arroyo; un rato después corona la próxima meseta; sus uniformes kaki se pierden entre las piedras de las lomas ocres.

Al cruzar la barrancada, un paso difícil detiene a las acémilas; en pocos minutos la sección de zapadores ha arreglado el camino y pronto truenan en la meseta los disparos de las ametralladoras. El enemigo se mantiene alejado, hostilizando débilmente.

En el convoy a Sidi-Hamed el Hach, el día 28, toma parte un tren blindado; el enemigo se presenta, como en días anteriores, hostilizando vivamente a las fuerzas de protección; de Nador se acercan bastantes jarqueños, cuando siguiendo la vía se adelanta el tren con precaución; a su paso levanta numeroso enemigo, que es batido por nuestras ametralladoras que, preventivamente, han enfilado los pasos. La sorpresa causada ha sido grande y las bajas enemigas muchas.

El día transcurre sin episodios. El convoy ha entrado en la posición y se mantiene a raya al enemigo; sólo hacia Nador la presencia del tren blindado ha llevado numerosos grupos.

Al recibir la orden de la retirada, la compañía más avanzada adelanta unos soldados en dirección al tren para que se retire; éste empieza su retroceso y la unidad se repliega al abrigo de la tercera Caseta.

Esperamos unos minutos y el tren no llega, ¿habrá tenido avería, o le habrán levantado la vía a su retaguardia?... Las lomas antes ocupadas por nuestras tropas se coronan de enemigo y las balas silban; al galope sale un ordenanza a detener la retirada.

El enemigo se ha metido entre el tren y nosotros. Unos ordenanzas salen por la playa. El fuego enemigo les mata los caballos y tumbados en tierra se defienden a tiros. Del Atalayón avisan que por la carretera de Nador se acerca una fuerte jarca. A unos ciento y pico de metros los moros aparecen en las cunetas de la carretera; los fogonazos de los disparos se suceden, y una sección nuestra, parapetada en el terraplén de la vía, avanza sin ser vista sobre ellos. Sólo les se paran breves pasos. Los legionarios se arrojan bravamente sobre el enemigo que, sorprendido, huye y el tren que llega rompe sobre ellos su nutrido fuego. La sección sube en el tren y la masa negra y acerada aparece en la tercera Caseta.

El enemigo sigue hostilizando, pero se ve detenido por el fuego de nuestras posiciones, mientras nosotros, por la orilla del mar, nos retiramos rápidos.

Al día siguiente, unos prisioneros evadidos nos confirman nuestros cálculos sobre las bajas enemigas; se pasaron la noche con los moros buscando con faroles los muertos en el combate y cuando regresaron a Nador, cerca del amanecer, golpearon a los prisioneros que allí había.


(1) Nuestro Teniente Coronel había marchado a España para reclutar nuevas Banderas; he tomado el mando del destacamento hasta que vuelva

IV - Los blocaos

Las noches pasan tranquilas en el sector de nuestro servicio. El enemigo no hostiliza nuestros puestos y sólo a lo lejos escuchamos el cañón del Gurugú y los pegajosos " pacos " de los blocaos.

En la noche del 30 de agosto el " pacul " retumba constante en dirección a Taguel Manin; algún blocao o posición debe de ser atacado. Al acercarnos al extremo de nuestros servicios, el fuego sigue con la misma intensidad; a los sonoros " pacos " suceden descargas de fusilería. Los reflectores, a lo lejos, alumbran el monte enfocando las vertientes del Gurugú y el blocao Mezquita; al fuego de fusilería se unen las detonaciones de las bombas de mano, unos tiros sueltos; a esto sucede un período de calma.

Cuando intentamos dormirnos, se recrudece el ataque; son las tres de la mañana, las descargas vuelven a repetirse y los disparos del enemigo se suceden largo rato; unos disparos más y la no che vuelve a su silencio.

Nuestro Teniente Coronel habla con el General y a las cuatro de la mañana nos encontramos formados en el frente de Mezquita; allí nos reunimos con los Regulares y, organizada la columna, ascendemos por las pendientes laderas de Taguel Manin.

El enemigo, desde el poblado, nos dirige algunos disparos; la columna sigue por el pie de la posición en dirección al blocao. Cruzamos la van guardia por encima del aduar y cuando, atravesando una casa mora, salimos cerca del blocao, nos reciben con un descarga, ¡No tirar! ¡eh!, gritamos avanzando. Por un agujero del parapeto un grupo de moros se arroja barranco abajo y es perseguido de cerca por los legionarios.

En el blocao reina el mayor desorden. Dos cadáveres, de un sargento y un soldado, yacen apuñalados entre los sacos; un reloj colgado en la pared marca la hora; municiones, libros, panecillos, víveres, una botella de coñac; todo está revuelto en el reducido espacio entre los sacos; una maleta ostenta en un costado el nombre de un oficial. En la salida encontramos un soldado muerto caído sobre las alambradas; más tarde, otros tres cadáveres aparecen en dirección a la posición. El doloroso cuadro nos lo explica todo.

¿Qué será del oficial, qué suerte les habrá cabido a los otros defensores? Reconocemos los alrededores sin resultado, preguntamos a la posición y allí les encontramos.

El oficial baja a ver al general; trae el traje roto, de su paso por la alambrada. Inconsciente, cuenta a todos su trágica noche. El general le interroga; le vemos alejarse y, sentado sobre una piedra, con la cabeza baja, empieza su confesión. Cuando se levanta, el general está muy contrariado. ( Desgraciado!, exclama.

Cuando abandonaron el blocao quedaban en él el sargento herido y un soldado de cuota; se han portado muy bien, dice; ninguno de los dos quiso retirarse. Una ola de pánico había, sin duda, pasado por aquellos hombres que corrieron más peligro al abandonar el blocao que habiendo extremado su defensa; días más tarde, este oficial puso fin trágico a su vida.

Se ha fantaseado tanto sobre este hecho, que sólo por ello inserto en este capítulo el triste episodio de que fui testigo.

El fuego dura casi todo el día; las compañías sostienen intenso tiroteo y, arreglado el blocao por los ingenieros, queda desde este día guarnecido por un cabo y quince legionarios.

En el avance y luego durante el día, tuvimos un soldado muerto y seis heridos.

Este blocao, conocido desde entonces por el Blocao de la Muerte, ha sido en las siguientes noches objeto de los ataques enemigos; su situación molestaba tanto a los moros durante el día, que trataron de obligar a su abandono. Aprovechando la oscuridad de la noche y lo difícil del terreno, les arrojaban granadas de mano intimidándoles al abandono; ¡que dejaran los fusiles y les permitirían salir! les chillaban; la techumbre iba quedando destruida y entre el montón de sacos los legionarios se defendían. Todas las mañanas se reedificaba el blocao y su guarnición era relevada.

Tales relevos son indispensables en estos pues tos avanzados, donde lo reducido de las guarniciones mantiene sin descanso al soldado, que, después de la tensión nerviosa del combate, necesita la tranquilidad reparadora; de este modo, tal vez se evitaría, en algún caso, que entrase el desaliento entre los defensores, pues saben que con el nuevo día les llegará el relevo.

Otra medida a estudiar es la de dotar a estos blocaos de doble número de fusiles y evitar los recalentamientos tan frecuentes del armamento en los momentos culminantes del ataque. Las granadas de fusil, desconocidas en esta campa ña, son también el mejor complemento para la defensa del blocao y posiciones.

Los ataques al Blocao Mezquita sólo cesaron cuando lo defendió el cabo austríaco Herben, hombre valiente e ingenioso, confeccionó, con latas y dinamita y balas, unas rústicas granadas de mano, y en la noche, cuando el enemigo se reunía en el lugar desenfilado de la barrancada para atacarle, sale, arrastrándose con su granada prendida y próxima a explosionar, la arroja en medio de los atacantes. Un gran estampido seguido de enorme griterío y maldiciones fue el epílogo de los ataques al Blocao Mezquita.

No es sólo el blocao que, defendido por legionarios, es objeto de preferencia en los ataques enemigos; desde el primer día, bautizaron los soldados al blocao de Dar Hamed con el sobrenombre de " el Malo " ; su situación, debajo de las laderas rocosas del Gurugú, molesta a los moros en sus agresiones y la mayoría de las noches es atacado, siendo grande el número de soldados heridos en su defensa o aprovisionamiento.

El 14 de septiembre fue relevado el blocao y guarnecido por un oficial con tropas del Disciplinario y en la noche del 15 al 16 es de nuevo atacado.

En la tarde de este día, el enemigo ha roto sobre él su fuego de cañón desde las laderas del Gurugú; un cañonazo ha caído en el blocao y su oficial es herido; el fuego de fusilería es, al mismo tiempo, muy intenso, el enemigo lo rodea y espera conquistarlo.

De la Segunda Caseta avisan al Atalayón que el blocao tiene herido al oficial y necesita auxilio. El teniente Agulla, que manda las fuerzas de la Legión destacadas en este último punto, quiere ir en su socorro; no se lo permiten; sus hombres son necesarios en la defensa de su posición. Entonces reúne a la tropa y pide voluntarios para ir con un cabo a reforzar el blocao durante la noche. Todos se pelean por ir, entre ellos escoge a un cabo y catorce legionarios que ve más decididos, es él cabo Suceso Terrero, cuyo nombre ha de figurar con letras de oro en el Libro de la Legión. Saben que van a morir, antes de marchar, algunos soldados hacen sus últimas recomendaciones; uno de ellos, Lorenzo Camps, había cobrado días antes la cuota y no había tenido ocasión de gastarla; hace entrega de las 250 pesetas al oficial, diciéndole:

-Mi teniente, como vamos a una muerte segura, ¿quiere usted entregarle en mi nombre este dinero a la Cruz Roja?

Anochece cuando llegan al blocao; el enemigo lo ataca furiosamente y dos soldados caen heridos antes de cruzar las alambradas, pero son recogidos; cuando entran en el blocao encuentran al oficial gravemente herido y otros soldados están ya muertos.

La noche ha cerrado y el enemigo ataca más vivamente; un enorme fogonazo ilumina la posición y un estampido hace caer a tierra a varios de sus defensores; los moros habían acercado sus cañones y bombardeaban el blocao furiosamente; en pocos momentos " el Malo " había desaparecido, y sus defensores quedaban sepultados bajo los escombros, ¡Así se defiende una posición! ¡Así mueren los legionarios por España!


V - A Tizza y Casabona

Sigue la columna la carretera de Hidum, deja atrás la posición de Sidi Amarán y extendiendo sus guerrillas por las peladas lomas llega al Garet, posición ocupada por una compañía y batería y desde donde se domina el camino de Tizza.

Los jarqueños hostilizan desde las lomas próximas y legionarios y Regulares se encargan de ocupar las alturas y aduares para proteger el paso del convoy. Los barrancos y cañadas son perfectamente vigilados, las balas silban y el convoy entra sin novedad en Tizza.

Durante el estacionamiento y tiroteo con el enemigo hemos tenido herido al alférez Villalba, de la Segunda Bandera.

A la izquierda, en dirección al Zoco el Had, se escucha un vivo cañoneo; con auxilio de los gemelos distinguimos el convoy de Casabona; sus mulos forman una larga reata que se acerca a la posición; en unos minutos las balas han tumbado a muchos de ellos; los vemos detenerse, vacilar y correr los conductores a acogerse a la posición y poco a poco desaparecen del campo de nuestros gemelos los mulos del convoy; sólo dos o tres bestias galopan por la meseta arrastrando su carga.

Hacia la izquierda, en dirección al Zoco, se ve ir y venir como un hormigueo las guerrillas peninsulares. El movimiento de tropas nos indica lo que ocurre y para allí salimos en socorro una Bandera y una batería. Atravesamos Río de Oro, subimos la pendiente loma del Blocao de la Corona y una compañía de legionarios, descolgándose por el valle, avanza en dirección del lugar del convoy. Cuando llegan, las tropas se han retirado; recogen un mulo abandonado en la ladera y sigue la marcha en retirada hacia Melilla.

Este día no habíamos combatido sólo en este frente; una sección de legionarios quedó en el campamento encargada de efectuar el relevo del Blocao Mezquita, hostilizado por el enemigo; es herido el teniente Salgado que la mandaba.

En el campamento habían quedado con los enfermos los asistentes y rancheros. Al mediodía ven que la posición de Ait Aisa es bombardeada por el enemigo, que le dirige, también fuego de fusilería. En la posición se observa movimiento; unos soldados corren por la ladera. La posición peligra.

El capitán Malagón toca llamada y reuniendo a los soldados enfermos y rancheros, sale rápido en socorro de la posición; dos oficiales llegados aquel día le acompañan en la empresa y pronto escalan los peñascos inmediatos al Barranco del Lobo y llevan a la posición el nuevo aliento. El capitán Malagón es herido muy grave de dos balazos y el alférez Cisneros levemente; la tropa ha tenido un muerto y tres heridos.

Este mismo día, la primera compañía, destacada en Sidi Hamed El Hach, sufre los efectos del intenso bombardeo enemigo y es herido el capitán Franco y cuatro soldados.

En un mismo día la Legión se ha batido y ha derramado su sangre en cuatro frentes.

Frente al Zoco del Had y adelantada en la meseta se encuentra la posición de Casabona. El camino que a ella conduce recorre la estrecha meseta que cae por la derecho al valle de Río de Oro y por la izquierda termina en las pedregosas y cubiertas barrancadas del Gurugú. Este ha sido el lugar donde el brillante batallón de la Corona escribió una de las páginas más gloriosas de su historia militar.

El paso a aquella posición hace ya días que se ha hecho muy difícil. Los moros, fuertemente atrincherados durante la noche en el flanco iZquierdo del camino, obligan para llevar el convoy a sostener duro combate.

El día 8 de septiembre la Legión y Regulares se trasladan al Zoco del Had para constituir la vanguardia de la columna del General Neila y proteger el convoy a Casabona.

Desde la posición del Zoco, rodeado de espeso muro de sacos, se domina el terreno en que se ha de desarrollar la acción; en las trincheras enemigas se ve el movimiento de los moros detrás de los parapetos; una tierra removida señala la situación de una nueva trinchera, Las órdenes para el avance están dadas, y un tabor de Regulares, a las órdenes del comandante Ferrer, se separa de nosotros para seguir por el borde de la barrancada de la izquierda en dirección a las trincheras, mientras el otro tabor y la Legión, descendiendo por el valle de Río de Oro, abordarán la posición por el flanco derecho.

Establecida una batería en el Blocao de la corona, para desde allí proteger el avance de nuestras tropas, nos concentramos sin ser vistos en la cañada por donde hemos de abordar al enemigo. Este, parapetado en las cercas y trincheras de las viñas, no ha advertido nuestra proximidad. Una pequeña casa a retaguardia del primer parapeto parece formar un reducto central y detrás de la misma nuevas trincheras constituyen la tercera línea de resistencia.

Los Regulares, por la izquierda, buscan el contacto con su tabor, y la Legión, por la derecha, ha de ocupar las cercas y casas en que se encuentra al enemigo.

Las olas de asalto están preparadas, y a una señal de nuestro Teniente Coronel los legionarios se lanzan rápidos y alcanzan la primera cerca, y mientras unos se corren por los costados a coger de flanco la segunda, otros, saltando el parapeto, consiguen llegar a la casa central, arrojando de ella a los moros defensores. Los sostenes que siguen próximos a las guerrillas entran también en el cercado, y con los sombreros en alto, los vivas a la Legión se repiten y la bandera negra y amarilla ondea sobre la pequeña casa mora.

Los moros en su huida han abandonado sus muertos, y desde las trincheras y casas del barranco hostilizan, queriendo recuperar la línea perdida; sus empeños son vanos; muchos caen, y varios moros, cara al sol, yacen tendidos delante de nuestros parapetos. El camión blindado, que fue inutilizado días antes, se encuentra a pocos metros, ocupado igualmente por el enemigo, que desde él nos dirige certeros disparos.

Una sección de la quinta compañía, a las órdenes del teniente Sanz Prieto, saltando la segunda cerca, gana un parapeto, avanzando unos quince metros. Una estrecha trinchera le enlaza con la línea por la Legión ocupada; pero se encuentra tan cerca de las troneras enemigas, que van cayendo muertos y heridos la mayoría de sus soldados.

La segunda compañía refuerza este punto. Las reacciones enemigas son contenidas y el combate sigue empeñado a muy corta distancia. Los muertos y heridos se multiplican y las bajas del pequeño parapeto avanzado son muy difíciles de retirar. Nuestros agentes de enlace toman parte activa en este empeño; pero el terreno está tan enfilado y el fuego es tanto, que el momento contemplamos a nuestros pies moribundo al bravo Blanes, el aristócrata granadino, abanderado de la primera Bandera.

- ¡Viva España, viva la Legión! -dice cuando le llevan.

Los muertos y heridos se van amontonando detrás del pequeño parapeto; los balazos en la cabeza abundan, y el joven médico del Río se multiplica para curarles:

-A éstos ponedles el sombrero -dice.

Son los que con el cráneo destrozado no necesitan auxilio; y a los gritos de " Viva España " y " Viva la Legión " muere a nuestros pies lo más florido de nuestras compañías.

Una voz grita: "¡el teniente!, ¡el teniente!, le han herido " .

Rápidos saltan dos el parapeto y con la cara ensangrentada retiran al teniente Sanz Prieto; la sangre afluye de su boca destrozada, pero, animoso, grita: " Viva la Legión, viva la Le...! " . no puede decir más.

El médico le coge, y pronto unas niqueladas pinzas penden de la boca ensangrentada. Un rato antes había avanzado animoso con su pequeño acordeón que le servía de mascota.

El teniente Vila también ha sido herido en los brazos. Un sargento retrocede de los primeros puestos con la cara roja de sangre; al pie del camión fue herido en la cabeza; alegre exclama: "¡ me ha herido, pero le he matado! "

Se retiran las cajas del parapeto avanzado, y, por último, llegan un cabo y un soldado cargados con los fusiles. Los otros soldados les abrazan. ¡Se había retirado todo!

Se levantan los parapetos y el combate sigue empeñado durante todo el día; del Gurugú bajan grandes refuerzos para el enemigo, y éste intenta varias veces reaccionar sobre nuestras líneas, pero se les ve caer y los vivas y ovaciones se repiten.

A la izquierda, los Regulares tienen muy empeñado el combate. El tabor del comandante Ferrer ha sido castigadísimo; el enemigo ha defendido el terreno palmo a palmo. González Tablas acaba de ser herido. Nuestro Teniente Coronel, que no se ha separado de nosotros ni un momento, toma entonces el mando de toda la línea; no vemos a otro Jefe.

El fuego sigue, y el teniente Penche, que por muerte de los apuntadores dirige el fuego de una de sus máquinas, recibe un balazo en la cabeza. Se le recoge muerto; sólo un hilo de sangre brota de su frente: sus presentimientos se cumplían.

El teniente Manso ha sido también herido.

Para retirar las bajas nos auxilian con gran espíritu un practicante y varios soldados del Regimiento de Sevilla, que varias veces acudieron a las guerrillas, ayudando a nuestros camilleros en la sufrida y difícil tarea.

El convoy había llegado sin novedad a Casabona, y a retaguardia, hacia el Zoco del Had, se activa la construcción de un blocao.

Momentos antes de la retirada empiezan a caer en el cercado los proyectiles de los cañones enemigos.

Declina la tarde cuando nos retiramos. Los moros intentan reaccionar, pero las últimas secciones les mantienen a raya, y con facilidad nos apartamos del lugar del combate.

El General Sanjurjo sale a recibirnos. Nos abraza con emoción; había perdido doscientos de sus mejores soldados. Las bajas de la Legión pasan de noventa; la tercera parte de los hombres que habíamos llevado al combate.

La orden general del Ejército del día 10 de septiembre, en Melilla, dice así:

" En la operación del día 8 sobre Casabona, tuvieron ocasión, el Tercio de Extranjeros y las Fuerzas Regulares de Ceuta, número 3, de cubrirse, una vez más, de gloria.

Con su indomable valor, con su admirable amor patrio, con su incomparable pericia, lograron asestar al enemigo uno de los mayores golpes que ha sufrido en todas nuestras campañas, ocasionándole bajas numerosísimas.

Todos cuantos integran esos cuerpos modelo alcanzan tales virtudes militares, que es difícil señalar distinciones entre ellos, y éste es el mayor galardón que puede ostentar una Corporación.

En nombre de todos vuestros compañeros del Ejército de África, que se enorgullecen de vosotros, os felicito efusivamente y os ratifico nuestra absoluta confianza.

Debéis sentiros satisfechos por ello y por haberos hecho dignos de la admiración de nuestra querida España.

Lo que de orden de S, E. se publica en la General de este día para conocimiento y satisfacción.

El Coronel Jefe de E. M., F G. Jordana.-Rubricado, -Hay un sello en tinta que dice: Alta Comisaría de España en Marruecos, -Ejército de Operaciones . "


VI - Nador y Tahuima

Muchos días hace que se anuncia el esperado avance a Nador. La falta de número de proyectiles de artillería ha retrasado la fecha y, por fin, el día 16 se ordena la salida para el 17.

Las confidencias hacen elevar a varios miles el número de moros enemigos que atrincherados en el poblado y lomas que lo dominan, nos cerrarán el paso. Se espera que el combate sea empeñado y a todos se nos hacen lentos los momentos que nos separan del camino de la reconquista.

A las cuatro de la mañana del día 17 se concentra la Bandera sobre la carretera, y a las siete se encuentra la columna reunida en la tercera Caseta.

Las gasolineras cruzan rápidas por Mar Chica, vigilando la costa, y el tableteo de sus ametralladoras es respondido con constantes y sonoros pacos. El globo cautivo elevado sobre nosotros vigila el campo, y tumbados al costado de la carretera esperamos que llegue la hora señalada del avance.

Un nutrido fuego de artillería parece ser la señal para el movimiento, El poblado, lomas y barrancadas, se coronan de pequeños humos blancos. Los barcos de la escuadra ponen en lo alto de los parapetos enemigos sus negras explosiones y las baterías flotantes enfilan con sus Shrapnells los largos y profundos barrancos, mientras Regulares y legionarios avanzan sobre la extensa loma que de Sidi Hamed baja hacia Nador.

Nuestras guerrillas, parapetadas en los montones de piedra de la loma, entablan combate con el enemigo, y a su abrigo se establecen las ametralladoras y piezas de montaña que han de pre parar el nuevo asalto. Los moros, ocultos en los poblados y peñas del barranco del Amadi, hostilizan vivamente; los cañones del Gurugú dirigen a la columna sus disparos, y el cañoneo de nuestra artillería y barcos de guerra sigue con la misma intensidad.

El paso de la barrancada y avance sobre las lomas de Nador está difícil; por ello avanza nuestro Teniente Coronel hasta las guerrillas a dominar el campo v dar las últimas disposiciones para el ataque; el enemigo dirige su certero fuego, y cuando el Teniente Coronel me señala el puesto que debemos ocupar en el asalto, el chasquido característico del balazo derriba en tierra a nuestro querido Jefe, Abundante sangre mana de su pecho; ha recibido en él una grave herida, y mientras le retiramos para que se efectúe su primera cura, el Coronel Castro llega a ordenar la acción.

Los legionarios avanzan decididos, corriendo por la barrancada; dejan atrás a los caídos, que camilleros incansables retiran a los espacios desenfilados. Unos camilleros conducen a un soldado herido; cae alcanzado uno de ellos por el plomo enemigo, y el otro, activo, lo desenfila en una cuneta; ya lo recogerán los que vienen detrás. Otro, moribundo, quiere hablarnos al paso; nos detenemos unos segundos, pero no puede, expira en el esfuerzo. Un soldado, con un balazo en el pecho, corre animoso a nuestro lado; sigue combatiendo; desfallecido v sin fuerzas es llevado más tarde a la ambulancia.

El avance sigue impetuoso y se corona la primera loma. ¡Viva la Legión! - El enemigo huye delante de nosotros, y es un dolor que, por ir tomando todos los objetivos, vayamos dejando la fuerza repartida v nos encontremos sin reservas en los momentos de activar la persecución,

El Coronel Castro marcha a nuestro lado. Desde hace dos días viene de Jefe de vanguardia.

- ¿ Vamos a Monte Arbós? -dice.

-Al momento.

Y sin esperar a las otras unidades avanzamos rápidos, antes de que el enemigo se rehaga, coronando el último objetivo. En el camino encontramos varios moros muertos.

Una joven y bonita mora yace tendida en tierra. Sus vestiduras blancas tienen sobre el corazón una enorme mancha roja; su frente todavía conserva calor. ¡Pobre niña muerta, víctima de la guerra! Los legionarios la miran con amoroso respeto; entran en Monte Arbós y persiguen al enemigo que huye por el llano.

A la derecha, y dentro de un morabo, el enemigo dirige algunos disparos; se retira cuando avanzan sobre él nuestros soldados.

Paños bordados cubren el sepulcro del santón y una capa pluvial de la Iglesia de Nador adorna también la blanqueada sepultura. Del techo penden tornasoladas bolas de cristal de distintos colores: son los votos de los indígenas en su devoción al santo.

El día transcurre con relativa tranquilidad, y es de noche cuando nos retiramos, dejando en Monte Arbós destacada una compañía.

En la oscuridad atravesamos el pueblo; los corros de ganado y abundantes escombros detienen a cada momento nuestra marcha en dirección al reducto, lugar en que se encuentra el nuevo campamento.

Nuestras bajas este día habían sido ocho muertos y veinticinco heridos, y herido grave nuestro Teniente Coronel.

Un olor insoportable invade el poblado; los muertos se amontonan en las casas y patios, v en todas partes se encuentran serios vestigios de la cruel rapiña. El pueblo ha sido convertido en un enorme cementerio, y sólo en nuestro campamento, apartado de las edificaciones, se respira a gusto. Aquí nos habíamos de estacionar hasta la ocupación de Segangan.

Desde el primer día la tropa se extiende por los alrededores, y en los aduares recogen objetos diversos: camas cogidas en el saqueo por los moros, máquinas de coser, sillas, mesas, carros, pequeños volquetes. Todo se va amontonando en el campamento. Las planchas de cinc, puertas y ventanas, abundan, y con todo ello los legionarios construyen las pequeñas chozas que les han de abrigar de las inclemencias del tiempo. Algunos se alejan por el llano y son tiroteados por el enemigo, que nos causa algún herido, e impone el establecimiento de una vigilancia en las huertas que limite las incursiones de los legionarios.

La limpieza del poblado adelanta, los muertos son enterrados, pero es tanto lo que hay acumulado, que se necesita tiempo para higienizar este enorme cementerio.

La vida es tranquila; los legionarios descansan un poco de la actividad anterior y guarnecen de noche el sector de las huertas.

Hasta el 23 dura nuestro descanso. Este día se ha de efectuar una pequeña operación en que la altura de Tahuima, la Cuarta Caseta y el Aeródromo son los objetivos.

Tahuima, a cuatro kilómetros de Nador, es el lugar adonde se han de dirigir los legionarios; nuestros soldados llegaron en sus excursiones de estos días hasta su pie sin notar la presencia del enemigo.

Antes de amanecer ya está el Coronel Castro Girona a nuestro frente. Los Regulares de Ceuta efectuarán una marcha de flanco por la vía, y nosotros de frente abordaremos la posición. La caballería, por la izquierda, y desbordando este flanco, debe en el avance amenazar la retaguardia enemiga.

Cruzamos las huertas y salimos al extenso llano en que el montículo de Tahuima aparece coronado por pequeña torre que le da aspecto de antigua fortaleza. Sólo unos tiros suenan hacia la derecha; las guerrillas se han adelantado sin resistencia y rebasan la posición; el enemigo a lo lejos hostiliza débilmente y los montes de Benibu-Ifrur aparecen coronados de numerosos moros que dispersa nuestra artillería.

La caballería se ha echado tanto al costado izquierdo, que se encuentra cerca de Mar Chica; cuando se incorpora, le ordenan efectuar un raid por el llano.

En formación concentrada la vemos alejarse al galope. Varios jinetes enemigos caracolean a su frente huyendo en dirección al monte, como queriendo arrastrarlos a aquel terreno. El fuego aumenta, y cuando tememos que les ocasione importantes bajas, se alejan al galope hacia el medio del llano.

Pasados unos minutos, el Coronel Castro nos da la orden de avance; los escuadrones en el llano han empeñado combate y solicitan ayuda.

A paso ligero avanzan la primera y segunda compañía con una sección de ametralladoras en la dirección señalada por el núcleo de caballos Nos adelantamos al galope; un grupo de dos escuadrones permanece con su coronel en el centro del llano; delante está el escuadrón empeñado en fuego; seguimos hacia aquel lugar y próximo a la vía hallamos el grupo de caballos, delante de los cuales y pie a tierra se encuentran los soldados; a lo lejos aparecen las siluetas de unos fantasiosos jinetes moros, que caracoleando disparan sus armas. Silban algunas balas.

El capitán nos explica su situación frente al enemigo, que le hostiliza cada vez que intenta retirarse, y al poco rato llegan las guerrillas de nuestras unidades, que corriendo por el llano alejan a los jinetes enemigos. Se retiran los escuadrones, y con entera calma nos replegamos a nuestra línea; en toda la maniobra hemos tenido un herido leve.

A las dos de la tarde se ha empezado el repliegue, pero durante él nos vemos detenidos por la presencia frente al aeródromo de grupos enemigos que dificultan la retirada de algunas pequeñas fracciones de la otra columna, empeñadas en combate.

Allí se dirige la Segunda Bandera, y la Primera avanza de nuevo con el Batallón de Toledo, para rechazar a los grupos enemigos que empiezan a filtrarse por las grietas del llano. Mientras tanto, y a nuestra retaguardia, entra en Nador, procedente de los Pozos de Aograz, la columna Cabanellas.

De noche, al volver al campamento, nos enteramos de la grave herida del bravo capitán García Martínez, de los Regulares; lleva diez años sirviendo en estas fuerzas y su propuesta de ascenso se halla pendiente de la resolución de las Cortes.

Cuando se retiraba, después de cumplida su misión y al colocar sus máquinas para prestar auxilios a las fracciones de la otra columna, una bala, atravesando sus gemelos, le hace sufrir en la cabeza una herida gravísima.

Todos sentimos verdadero dolor por la grave herida de este oficial, a quien los médicos desconfían de salvar, y que desde hace dos años debía ser comandante.


VII - Sebt y Ulad-Dau

En la tarde del día primero de octubre se encuentran los jefes de unidad en las Tetas de Nador. Desde allí se domina el llano que se extiende hasta Sebt. En el fondo Atlaten se alza en el horizonte con su negro y cortado espolón, y a la izquierda, entre los montes de Beni-fu-Ifrur, el Uisan destaca su pico cubierto de nubes. En el límite de este llano, entre la mancha verde de las chumberas, aparece como una fortaleza la altura rocosa de la casa de los Chorfas, a cuyo pie se pierde la cinta blanca de la carretera. De los montes del Gurugú, a la derecha, bajan enormes torrenteras, que cruzan la llanada cual enormes trincheras.

Este es el escenario del próximo combate, donde ha de recibir un serio golpe la harca enemiga.

El General nos explica los objetivos de la operación y la misión que a cada uno corresponde en el combate. En Monte Arbós se concentrará la masa de artillería, mientras con las columnas marcharán las baterías de montaña.

El objetivo señalado a la columna Sanjurjo es, rebasado Sebt por la derecha, ir a ocupar la antigua posición de Ulad-Dau, en la meseta del mismo nombre. La columna Berenguer abordará la posición de Sebt de frente, y la de Cabanellas, a la izquierda, vigilará los pasos de Beni-bu-Ifrur.

Al regreso al campamento circulan las órdenes; a las dos y media han de formar las unidades para concentrarse a la derecha de la posición de Monte Arbós; las tropas formarán sin toque previo.

Esta noche apenas dormimos. Son las once cuando nos acostamos, y a la una y media nos despierta el oficial de servicio. El campamento aparece lleno de pequeñas luces. Las unidades van formando, y los acemileros se desesperan en lucha con sus cargas.

Tenemos que atravesar Nador, operación difícil en la noche; las calles están interceptadas por las otras unidades de las distintas columnas que este día se ponen en marcha, y la extensa alambrada que rodea el poblado limita los movimientos; pero por fin conseguimos llegar a la salida del pueblo y entrar en el camino de Monte Arbós.

Los escuadrones nos preceden y, después de frecuentes detenciones, ocupamos, a la tres y media, nuestro puesto en la concentración.

Empieza a alborear cuando llega el Cuartel General. Desde hace un rato se encuentra con nosotros el Coronel Castro; los Regulares se han concentrado a nuestra derecha, y a retaguardia se alinean las baterías con el resto de la columna; pero hay que esperar más; la columna de Berenguer ha de salir antes y su concentración aún no ha terminado.

Con los gemelos distinguimos muy bien el campo. En la posición de Sebt y chumberas próximas aparece numeroso enemigo; de allí se destacan unos grandes guerrillones, que en aparente descubierta ocupan los barrancos y trincheras; otros grupos numerosos se descubren en las faldas del Gurugú y de Ulad-Dau El día promete ser movido.

La columna se pone en marcha Los legionarios desfilan cantando la Madelón. Las compañías adoptan la formación en la línea de a cuatro, con sus secciones separadas y los primeros soldados despliegan A su frente marcha animoso y alegre el teniente Agulla.

Con la segunda compañía desfilan como agentes de enlace del capitán dos legionarios, antiguos oficiales alemanes, incorporados el día anterior; a su llegada pidieron un puesto en el frente; tienen aspecto aristocrático y sus rostros blancos se destacan entre los curtidos de los demás soldados.

Tan pronto salen las guerrillas de los cercos de chumberas, al pie de Monte Arbós, el combate se entabla. Los Regulares avanzan por la derecha y los legionarios al frente se lanzan a tomar la línea primera del barranco, ocupada por el enemigo. Otras unidades refuerzan la guerrilla y el avance sigue impetuoso.

En los espacios desenfilados de las barrancas se van agrupando los heridos.

La artillería de Monte Arbós concentra sus fuegos sobre la izquierda del frente de combate, mientras las baterías gallegas siguen de cerca la marcha de las guerrillas.

El enemigo se defiende bravamente en las barrancadas y trincheras, en una de las cuales es herido gravísimamente, al frente de sus legionarios, el teniente Agulla.

En la segunda barrancada, un legionario alto y pálido aparece muerto, es uno de los oficiales alemanes; su compañero se bate en la guerrilla bravamente.

El teniente Urzáiz, herido en el vientre, pasa en una camilla cantando:

- ¡ No es nada, muchachos!, ¡ viva la Legión!- les dice al paso a los legionarios.

El capitán Franco, de la primera compañía, es herido también en el avance.

Hay momentos en que el fuego de nuestros soldados se suspende; una guerrilla de moros con traje kaki sale de una trinchera próxima.

- ¡No tiréis, que son Regulares! -ordena el oficial.

Desde unas piedras se vuelven y hacen una descarga, ¡ eran enemigos!

Nuestras ametralladoras, desde el pie de Monte Arbós, acompañan a brazo a las guerrillas en sus asaltos. Ahora dirigen su fuego contra la última trinchera, a la derecha de las chumberas, donde el enemigo extrema la resistencia. Los legionarios de dos compañías avanzan sobre ellas, y cuando vamos a alcanzarla, la artillería de Monte Arbós les envuelve en el humo de sus disparos; caen varios soldados heridos con el teniente España, pero la trinchera se ha ocupado.

Este avance nos ha costado más de cien bajas y el enemigo ha abandonado a sus muertos en las barrancadas.

Por la derecha, los Regulares han encontrado la misma resistencia, y, cuando me acerco a ellos para armonizar el avance, veo caer herido al teniente coronel Mola, que los manda en ausencia de González Tablas.

Cumplida la primera parte del objetivo, reanudamos el avance sobre Ulad-Dau. Antes de que el enemigo en huida se apreste a su defensa, nuestras guerrillas trepan por la pendiente de la loma. En la vanguardia, un legionario y un regular se disputan la entrada en el pequeño aduar, una herida grave, recibida por el moro en el vientre, deja el campo libre al legionario, que encuentra ocasión de poder vengarle.

Los legionarios ocupan el frente de la posición y avanzadilla, y los Regulares suben a las peñas del borde de la meseta, donde son más tarde reforzados por nuestra quinta compañía.

El enemigo hostiliza desde las huertas y barrancadas, y el antipático sonido de la "arbaia " enemiga se hace sentir.

Al pie de Ulad-Dau, junto al morabo, ha quedado una sección de la primera compañía; a los pocos momentos avisan que ha sido herido de dos balazos Calvacho, que la mandaba.

Después de una fatigosa ascensión, llegan a Ulad-Dau nuestras secciones de ametralladoras, y cuando ocupan a la derecha de las casas importante posición de fuegos, el teniente Montero recibe gravísima herida en la cabeza. Todos le creen muerto; y con la cabeza envuelta en un saco terrero vemos que lo retiran hacia la ambulancia. Nuestra sorpresa fue grande al encontrarle a los pocos días en el hospital, y hoy curado de su grave herida.

El combate durante el día se mantiene duro, especialmente en las peñas ocupadas por los Regulares, y la retirada de éstos se avecina difícil.

Cuando fortificada la posición llega el momento del repliegue, el enemigo, que está muy cerca, aparece a pocos pasos de los Regulares. Sólo un mortífero fuego de nuestra fusilería y la oportuna intervención de una de las admirables baterías de montaña del Grupo gallego, colocando en medio sus explosiones, detiene en su avance a los montañeses y facilita la retirada de los valientes Regulares.

En esta retirada es herido grave en la cabeza el teniente De la Cruz.

El día había sido muy duro. La Legión había tenido 143 bajas de tropa y siete de oficiales, los soldados habían luchado incansables y nuestras ametralladoras acreditaron, una vez más, su valor y resistencia.

El día 3 acompaña la Primera Bandera el convoy a Ulad-Dau para retirar los heridos y aprovisionar las posiciones.


VIII - Atlaten

La columna del General Sanjurjo se concentra el día 5 de octubre al pie de Ulad-Dau para la operación de Atlaten. Un extenso cortado hace que esta posición sea sólo abordable por la derecha, y una rocosa loma, intermedia entre Ulad-Dau y el cortado, nos ofrece lugar apropiado para proteger la salida.

Desde los primeros momentos el enemigo, oculto en las huertas, nos dirige sus disparos; despliegan las guerrillas y cruzando entre las casas del poblado ascienden a la loma intermedia; a su abrigo se reúnen las otras unidades, y, establecidas en ellas las ametralladoras, se empeña el combate.

Pronto descienden por las rápidas pendientes de la barrancada las secciones de vanguardia, y, pasada ésta, efectúan la penosa ascensión por entre los peñascos de la cañada; aquí se han de concentrar las unidades de la Legión para preparar el asalto de la posición principal.

Marcha en vanguardia la quinta compañía de la Segunda Bandera, que con rapidez asombrosa va subiendo la gradería de peñascos del acantilado. Cuando se asoman a la meseta las primeras fracciones, entablan empeñada lucha con el enemigo, mientras las demás compañías van cruzando el barranco y concentrándose en lo alto de la cañada.

Al llegar a la cresta, unos soldados conducen el cuerpo inanimado de un oficial. Es el teniente Ochoa; una bala enemiga le había herido en el corazón. ( Pobre Ochoíta, muerto gloriosamente en plena juventud!

Unos proyectiles de nuestra propia artillería explosionan a pocos metros; el comandante de la Segunda Bandera queda envuelto en humo, al disiparse éste, Fontanes se encuentra tumbado en tierra; acudo solícito a su lado y con alegría veo que es únicamente la conmoción producida por la explosión; tiene sólo ligeras contusiones, pero a su lado yace, con una pierna destrozada, un viejo legionario.

Después de momentáneo descanso avanzan la primera y segunda compañía a reforzar a la quinta para el asalto; de la guerrilla se retira el teniente Navarrete, herido de dos balazos en el cuello y pierna; viene suspendido entre dos soldados:

- ¡No he podido llegar, me han herido, me han herido! -nos dice.

El asalto se efectúa, y entran en el fortín central los primeros legionarios; pronto las banderas de las dos Banderas ondean en lo alto de la derruida fortaleza; al pie de ellas un negro y atlético legionario de la segunda compañía se encuentra agonizando; mientras tanto, por los caminos de Uixan y valle del Maxin, se alejan numerosos harqueños.

Atlaten es un precioso mirador rodeado de enorme acantilado: desde él se domina medio Beni-bu-Ifrur y se divisan a lo lejos las antiguas posiciones españolas.

Establecidas las ametralladoras y baterías, persiguen con sus fuegos los grupos enemigos.

Tomado Atlaten, la calma reina en todo el campo; sólo en la posición, sobre un parapeto, los ojos vidriosos de unos muertos nos recuerdan el horror de la guerra; son los últimos defensores de Atlaten, los que nos ocasionaron las más sensibles bajas.

Desde Ulad-Dau apoyaron nuestro avance los Regulares de Ceuta; es su última acción en este territorio, días después había de reembarcarse aquel puñado de magníficos indígenas. Estos tabores habían perdido en dos meses la mayoría de sus soldados, Con dolor vemos marchar a los queridos compañeros, algunos de los cuales habían de encontrar en la otra zona muerte gloriosa.

Ocupado Atlaten en un paseo militar, se conviene la ocupación del antiguo campamento de Segangan. La Primera Bandera, que ha quedado destacada en Atlaten, descuelga unas secciones a ocupar los fortines, y la columna entra en el poblado sin ser hostilizada; sólo delante, hacia el servicio de protección de los blocaos en construcción, suena algún paco.

A la media hora de encontrarnos en este campamento, una enorme explosión se deja oír hacia las laderas de Uixan; una gran columna de humo y tierra se eleva en el espacio nublando el horizonte. El polvorín de las minas había sido volado por los moros; habían, sin duda, calculado lo que tardaríamos en subir la ladera, pero nuestra permanencia en Segangan les había hecho fracasar en el intento.

El campamento y poblado se encuentran destrozados, los edificios, sin puertas ni ventanas, están llenos de escombros, y en algunos barracones ha sido quemada la techumbre.

El poblado de San Juan de las Minas parece haber sido respetado las pequeñas y bonitas barriadas de obreros se ven blancas y alineadas, pero al acercarnos comprobamos el destrozo causado por el enemigo; las puertas y ventanas habían sido arrancadas, destrozando las paredes, y algunos de los pequeños árboles de sus calles estaban cortados.

Los legionarios, desde su llegada, se han extendido por los poblados, de los que traen mil baratijas; platos, cucharas, sillas, todo lo que los moros habían anteriormente saqueado; un sinnúmero de puertas y ventanas son conducidas al campamento, y con ellas se van tapando los huecos de los barracones.

 
 
         
  ATRÁS.   SIGUIENTE.