Universidad de Barcelona de Geografía e Historia  

 

 
 

 

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  DIARIO DE UNA BANDERA.  
 

 

   
DIARIO DE UNA BANDERA 2.
 

IX - Taxuda 1. (Gurugú)

El día 10 de octubre es glorioso en la historia de la Legión. Mientras varias columnas, desde la plaza, escalarán el Gurugú, la columna Sanjurjo, saliendo de Segangan, debe cortar el paso al enemigo en Taxuda.

La empresa se creía fácil. La harca había abandonado los picos del Gurugú y las confidencias señalaban su presencia en la meseta de Telat y de Ras Medua; los poblados parecían inclinarse a nuestro lado y se esperaba que la resistencia fuera escasa.

La noche anterior a la operación se tuvieron noticias más concretas. El Alto Comisario comunicaba que la harca se concentraba en el Telat y que tal vez tuviéramos un serio encuentro con el enemigo; la actitud de los poblados era dudosa.

En la oscuridad de la noche y en el mayor silencio se concentra la columna en las huertas de Segangan y media hora más tarde la vanguardia se reunía delante del Blocao de Atlaten.

El día empieza a clarear. Con los gemelos se observa un gran movimiento de moros en las esponjas de peñas que forman horizonte y que debemos ocupar, Y en la larga espera que precede a la concentración de la columna, los comentarios giran alrededor del próximo encuentro.

Lo estrecho del camino y la oscuridad de la noche retrasan un poco las llegadas de las baterías, y ya el sol lucía cuando, establecidas éstas, el Coronel Castro nos ordena el avance. El General Sanjurjo, con su típico pijama a rayas, presencia a caballo el desfile de la columna.

La Legión avanza en columna doble, Las banderas marchan inmediatas. Sus vanguardias han desplegado y muy alto se escucha el maullido de las primeras balas.

En dirección a Telat se ve bastante enemigo, pero en las esponjas del frente el movimiento de moros ha desaparecido; sólo alguna cabeza asoma entre las peñas de la izquierda y desaparecen después de dirigirnos sus disparos.

La cuesta que tenemos que subir es muy penosa. Un crestón o esponja intermedia facilita nuestra reunión antes de dar el asalto a la esponja alta y peñas del frente. En estos momentos el enemigo hostiliza poco, y con gran facilidad se han ocupado los objetivos; los moros se han retirado, pero al llegar a las crestas el fuego que nos hacen es muy intenso.

Conforme van llegando las unidades se refuerzan los distintos puntos del frente; las ametralladoras se establecen; el fuego se intensifica y las camillas van y vienen de las guerrillas al puesto de socorro. El combate se empieza a poner serio. El enemigo ocupa un extenso anfiteatro, donde las cresterías de peñas le ofrecen un abrigo natural. La meseta de Taxuda, a nuestra derecha y a tiro de fusil, nos domina un poco, está cortada a pico por este lado y el acceso a ella está al Norte, por una estrecha senda.

A la llegada de los batallones, el Coronel Castro ordena el relevo de nuestro flanco izquierdo, con objeto de reunir la Legión por si se continúa el avance; fuerzas de tres batallones ocupan posiciones en este flanco, compañías de la Legión reciben orden de reunirse a retaguardia. Una de ellas no llega a cumplimentarla, porque el enemigo arrecia en el ataque, y en aquel preciso momento se recibe noticia de que las fuerzas peninsulares necesitan apoyo.

¿ Se ha de seguir avanzando; subiremos a Taxuda? Nosotros estamos preparados. Yo recordaba en estos momentos mi visita el año 12 a las ruinas romanas de la meseta y el estrecho sendero por el que desmontados tuvimos que subir. El camino de la meseta no es por este lado, pero está bajo el fuego de nuestros fusiles.

Un aeroplano, volando sobre las tropas, arroja un parte con gallardete rojo, que cae a nuestro lado; avisa " la presencia de numeroso enemigo en el frente y flanco izquierdo, al que no puede batir nuestra artillería, por ocultarse tras las esponjas rocosas " . A los pocos momentos las bombas de los aeroplanos suenan en la barrancada y su negro humo asoma detrás de los peñascos.

El Gurugú ha sido tomado sin resistencia y la harca está entretenida en combate duro El general Sanjurjo ha llenado cumplidamente su misión y el Alto Comisario aprueba que no se avance más y se mantengan las posiciones ocupadas hasta que esté el Gurugú fortificado.

Las bajas se multiplican. El Batallón de la Princesa ha perdido en los primeros momentos a muchos de sus oficiales. El capitán Cobos, de la Legión, cae herido muy grave: " no es nada " , nos dice, " un balazo en el vientre " , ¡Pobre as de las ametralladoras! Su herida le había de causar la muerte.

Al pie del cortado de la izquierda, y a cubierto de los fuegos enemigos, un capellán de un Cuerpo auxilia a los heridos. A su lado se detienen breves momentos las camillas y se agrupan los guerreros ensangrentados, que reciben la absolución, mientras los camilleros legionarios, rígidos y descubiertos, contemplan el emocionante cuadro.

En el ángulo de la línea, la sexta compañía de ametralladoras se porta bravamente; en mi visita a aquel lugar me pide una protección de legionarios. Ya una vez en la mañana ha llegado el enemigo a pocos metros de sus máquinas, y las tropas peninsulares inmediatas no están para días tan duros. Una sección de la Legión es enviada, que más tarde había de ser utilísima.

El combate en la izquierda sigue muy áspero. De las peñas bajan a un oficial muerto; es el teniente Rodrigo, de la quinta compañía; el enemigo está muy cerca y el fuego de fusilería es intensísimo.

Unos harqueños que se han corrido por la izquierda disparan varios tiros desde retaguardia; dos soldados son heridos en los sostenes; esto produce cierta confusión entre las reservas, y al mismo tiempo el enemigo, concentrado en las barrancadas del frente, efectúa enérgica reacción sobre nuestras líneas.

Las compañías de la izquierda ven aparecer de pronto a pocos metros las cabezas enemigas; el enemigo, con gran arrojo, ataca por todos lados; el coeficiente moral de las tropas peninsulares es sobrepasado y el frente de la izquierda vacila en algunos puntos.

Los momentos son de gran emoción, y en el sector amenazado volcamos nuestros hombres y nuestro espíritu; los sostenes de las unidades dé legionarios acuden al lugar en peligro y acometen al enemigo; los acemileros de nuestras compañías de ametralladoras y tren de combate, abandonando sus mulos, se suman a la reacción, y el ataque es rechazado en todo el frente.

En las peñas, los legionarios rivalizan en entusiasmo; se han registrado mil episodios: unos retiran en medio del fuego dos ametralladoras de otro Cuerpo que, por muerte de sus apuntadores, estuvieron en peligro de caer en manos del enemigo; otros avanzan a la contrapendiente, y a pecho descubierto aguantan la reacción; un acemilero ha rebasado bastante las guerrillas, y de pie en la ladera dispara sobre los moros, su camisa blanca se destaca notablemente y está en el lugar en que el fuego enemigo es más mortífero.

En la izquierda, un soldado de Guipúzcoa acaba de ser herido; un moro se echa encima, intentando rematarle, y un legionario se arroja sobre el moro, clavándole el machete en el corazón. Un francés, agente de enlace, muere gloriosamente, gritando:

-En avant, en avant. ¡Viva la Legión!. .

En el frente, el comportamiento de las baterías gallegas es, una vez más, admirable. Ven llegar al enemigo a corta distancia y siguen su fuego sin que se separe ninguno de sus soldados. Todas las alabanzas me parecen pocas para esos oficiales y soldados que como verdaderas baterías de acompañamiento siguieron durante toda la campaña a las guerrillas de la Legión.

En esta fase del combate la densidad de la guerrilla ha aumentado mucho, y, restablecida la situación, se hace preciso retirar del frente las fuerzas sobrantes y evitar la mezcla de soldados. Poco a poco se repliegan las unidades peninsulares y quedan sólo en el frente los legionarios; los batallones van formando en orden cerrado y desfilando hacia retaguardia.

La retirada está un poco difícil; el chorreo de heridos continúa; el enemigo está muy próximo; hay que dar tiempo a evacuarlos; se dan dos veces las órdenes de retirada y los soldados que caen muertos retienen el repliegue de la línea.

Cuando ya parece el momento apropiado, un parte del capitán que se encuentra en el flanco izquierdo nos trae la noticia de que las baterías de Atlaten han colocado sus proyectiles en la guerrilla propia, causándonos sensibles bajas, y que el teniente Moneo está gravemente herido; esto origina un nuevo y pequeño retraso.

A retaguardia, y en la Segunda Esponja, se hallan colocadas nuestras ametralladoras con fuerzas de otro Cuerpo para apoyar el repliegue y, por fin, a una señal, las guerrillas abandonan sus puestos.

En estos momentos cae con la cabeza atravesada mi fiel ayudante; el plomo enemigo le había herido mortalmente; desde la guerrilla dos soldados conducen su cuerpo inanimado, y con dolor veo separarse de mi lado para siempre al fiel y querido Barón de Misena.

En estas peñas intermedias hay que detenerse para dar tiempo a que se alejen los heridos. El coronel Castro, jefe de la vanguardia, dirige la retirada, y el comandante Abriat, ayudante del general, nos acompaña entusiasta en todos los momentos.

En este segundo escalón el teniente Echevarría, ayudante de la Segunda Bandera, acaba de ser herido; le vemos alejarse con la cara ensangrentada cubierta de algodones.

Se ha prolongado tanto la retirada, que las municiones escasean; hay que tirar muy poco y reservar los cartuchos, y aquí nos aguantamos hasta recibir un mulo con municiones. El enemigo se mueve entre las peñas que nosotros ocupábamos, y en seguida sigue la retirada por la pendiente e interminable cuesta.

Por fin llegamos a la meseta de Atlaten; el enemigo sólo nos dirige algún disparo, y nos detenemos esperando el interminable desfile de los distintos elementos de la columna.

Anochece cuando atravesamos las huertas en dirección al campamento; en estos momentos recibimos orden de adelantarnos en apoyo del Batallón de Toledo, que, delante de Atlaten, protege la retirada de las baterías ligeras; para ello cruzamos por delante del campamento; unas cajas de municiones sobre el camino nos permiten amunicionarnos al paso, y es de noche cuando empezamos a subir la carretera.

En las lomas del fondo se ven las explosiones de nuestra artillería. A mitad de la cuesta nos detenemos; el Batallón de Toledo no necesita apoyo y se retira con las baterías después de haberse sostenido en fuego con el enemigo durante todo el día; ha tenido cincuenta bajas. Es uno de los batallones que más se han distinguido en la campaña.

Nuestras bajas en este día han sido 25 muertos y 91 heridos; muertos: el capitán Cobo y tenientes Moore y Rodrigo; herido grave el teniente Moneo y leve el teniente Pérez Mercader.


X - Zeluán y Monte Arruit

Los días siguientes a los combates en que las empresas guerreras no exigen nuestro concurso, los legionarios se dedican a la instrucción y tiro de combate; el crecido número de bajas desde el principio de la campaña nos ha hecho nutrir nuestras filas con soldados de reciente ingreso que llegan de Ceuta sin la indispensable preparación guerrera; es necesario perfeccionar su instrucción y adiestrarlos en el tiro, despertando en ellos la confianza en el arma y enseñándoles a aprovecharse del terreno. Esto, unido a las diarias conferencias teóricas sobre el combate y la guerra adelante en Marruecos, hace que su instrucción muchísimo y en los nuevos combates aumente la eficacia de nuestra acción.

El 14 de octubre salimos en vanguardia de la columna Sanjurjo, en dirección a Tahuima. A la derecha de esta posición se encuentra nuestra columna para más tarde cooperar con las de Berenguer y Cabanellas a la toma de Zeluán y Buguensein.

Los momentos pasan lentos en espera de la señal de avance. Las alturas de Buguensein se ven coronadas de moros. Nuestra caballería, a la derecha, permanece en observación entre las lomas de Beni-bu-Ifrur, y momentos más tarde, paqueada, se retira al abrigo de la columna.

La hora ha llegado, y con frente extenso despliegan las Banderas en dirección a Zeluán, sirviéndoles de directriz la vía del ferrocarril. Una pareja de camiones blindados nos precede por la carretera y un grupo de policías de una Mía de reciente organización nos acompaña.

Llevamos recorridos unos tres kilómetros cuando silban las primeras balas. Los legionarios son tan rápidos en sus avances, que dejan retrasadas a las otras columnas, y la presencia de un núcleo de jinetes enemigos a nuestro flanco izquierdo nos obliga a desplegar una sección y sorprenderles con el fuego de nuestras ametralladoras.

La Segunda Bandera avanza a ocupar unas lomas frente a Buguensein, y la Primera ocupa el aeródromo. El enemigo huye disparando.

A la izquierda, desde la Alcazaba, nos disparan unos jinetes; los policías, con varios legionarios, se dirigen al poblado, alejándoles, y a nuestra llegada se nos presentan, una vez mas, los dolorosos cuadros del desastre.

El camino que hemos seguido está jalonado de cadáveres en actitud de sufrimiento, y en el poblado, la casa de Laina se nos ofrece uno de los espectáculos más horrendos de crueldad.

Seguimos a Buguensein. Aunque la posición es muy dominante, el enemigo no podrá resistir en ella; su retirada está descubierta y se le cogería en la huida. Un aeroplano describe sobre la posición pequeños círculos, y con gran precisión deja caer sus bombas entre las murallas. El avance de los legionarios es impetuoso, y pronto nos asomamos al balcón de la posición; numerosos grupos huyen por el llano, y aunque están lejos, son alcanzados por el fuego de nuestras ametralladoras.

Por la tarde se emprende la retirada a Segangan; nuestro papel de retaguardia nos hace ir cargando con los numerosos soldados de los batallones a quienes la falta de entrenamiento deja rezagados, y al paso de las distintas posiciones los vamos entregando.

La noche cierra antes de llegar al campamento; próximos a Segangan, unos pacos nos hacen objeto de sus disparos, y una patrulla de legionarios les persigue y aleja.

La vida de los legionarios en Segangan es distraída; cuando la instrucción o el tiro no les retiene sujetos, se esparcen por los alrededores y se registran pequeñas escaramuzas.

Uno de los que más se distinguen por sus arriesgadas salidas es el maltés, legionario en estado primitivo; su afición a la " razzia " ha hecho que no le dejen el fusil para que no se interne por los aduares, pero con la llegada de soldados nuevos ha encontrado medio de seguir sus " razzia " . Hoy ha llevado a dos compañeros para que le protejan mientras " razzia " un aduar, en el que se encuentra a un moro cargando un burro con la cebada de los silos; una morita joven, dentro del silo, le va entregando un cubo con el grano; el moro, sorprendido, quiere huir, el maltés le persigue, agarrándole de la chilaba, y los quintos le disparan, sin herirle. El enemigo se aproxima al ruido de los tiros, y como la mora no quiere salir del silo, la tapan, y cogiendo el burro se retiran barranco abajo al campamento, en donde protesta indignado de sus compañeros de excursión: " él poder traer mora bonita y colorada para Comandante y ellos estar quintos, tirar mal y marchar moro " , dice con su hablar estilo indígena.

Otro legionario, de aduares lejanos, viene con un baúl cargado; le persiguen a tiros, y parapetándose en la cuneta, se viene defendiendo hasta llegar al campamento. Así se suceden las excursiones de los legionarios, alguna de las cuales a alguno le costó la vida, pero esto aleja del campamento los paqueos.

El día 23 por la tarde , sale la columna a pernoctar en Zeluán, para emprender al día siguiente la marcha sobre Monte Arruit; lo fácil del terreno nos indica que el enemigo no ha de hacernos resistencia, y con esa idea nos acostamos.

A las siete de la mañana se encuentra formada la Legión para el avance; a retaguardia y a lo lejos, una fuerza con sus banderas españolas avanza cantando hacia nosotros; son las nuevas compañías de la Legión, que vienen a incorporarse a sus Banderas; llegan en los momentos de emprender el avance, y entre los vivas a la Legión les cedemos el puesto de vanguardia.

El avance se efectúa tranquilo; ni un solo moro se ve en el horizonte; nuestra caballería avanza por el llano y la de la columna de la izquierda, que ha salido primeramente, entra en la posición.

Rebasado Monte Arruit, detenemos nuestra marcha, y concentrada la columna nos dirigimos al poblado. Renuncio a describir el horrendo cuadro que se presenta a nuestra vista. La mayoría de los cadáveres han sido profanados o bárbaramente mutilados. Los hermanos de la Doctrina Cristiana recogen en parihuelas los momificados y esqueléticos cuerpos, y en camiones son trasladados a la enorme fosa.

Algunos cadáveres parecen ser identificados, pero sólo el deseo de los deudos acepta muchas veces el piadoso engaño, ¡es tan difícil identificar estos cuerpos desnudos, con las cabezas machacadas!

Nos alejamos de aquellos lugares, sintiendo en nuestros corazones un anhelo de imponer a los criminales el castigo más ejemplar que hayan visto las generaciones. Cuando regreso, un legionario se me acerca:

-Mi comandante, he venido de Cuba por vengar a mi Patria y a mi hermano, que estaba en Monte Arruit. ¿Me permite usted llegar a ver si puedo encontrarlo, ya que hoy no se presenta ocasión para vengarle?

-Vete allá, pero tu labor es difícil.

Se aleja de nosotros el recio soldado, regresando al poco tiempo.

- ¡Es imposible! Alguno de ellos es, pero, ¿quién le conoce?... En la fosa común he echado mi puñado de tierra... Gracias, mi comandante.

La retirada se hace sin ser hostilizados; sólo a lo lejos unos moros paquean débilmente a nuestra caballería; este día pernoctamos en Zeluán y al siguiente llegamos a nuestro campamento de Segangan.

Una noticia entristece estos días el campamento; el coronel Castro Girona, Jefe de nuestra vanguardia, ha de alejarse camino de Gomara; la Patria lo necesita allí. Oficiales y soldados sentimos su marcha como algo querido; la labor de este Jefe al mando de la vanguardia ha ganado la ciega confianza de todos, y por eso el homenaje que se le tributa en el momento de su marcha es uno de los actos más sentidos. Al ver las caras tristes, no hay que preguntar cuál es la causa: ¡el Coronel se va!


XI - Taxuda 2 1 (Esponja)

Se repite la operación de Taxuda. El 2 de noviembre es la fecha señalada para colocar una posición en la esponja alta y ocupar la meseta.

La misión de nuestra columna es tomar las esponjas de piedra que dan vista al Telat, operando en la misma forma que el día del primer combate La columna Riquelme, desde Taquigriat, ha de avanzar sobre Taxuda, y la columna Berenguer por nuestra derecha se adelantará en forma de cuña entre las anteriores.

La concentración se efectúa en los mismos sitios y hora que el primer día. El enemigo, al que en los primeros momentos se le ve coronar las esponjas de peñas, desaparece oculto por la espesa niebla; no volvemos a ver el terreno a lo lejos, y esto nos privará de la protección artillera.

Con contadas bajas ocupamos las primeras esponjas; la niebla ha facilitado hasta aquí nuestro avance; nos concentramos al abrigo de nuestras guerrillas y las ametralladoras se establecen en las peñas. Dos moros, a corta distancia, aparecen parapetados en la esponja alta y línea de piedras. El asalto promete ser duro.

En el pequeño collado se adelante una batería para batir las peñas. El sitio está muy enfilado, y al avanzar a brazo las piezas resultan heridos dos soldados; el fuego se rompe a breve distancia y el enemigo permanece firme entre las piedras.

Las órdenes para el asalto están dadas; dos compañías se adelantarán por derecha e izquierda a desbordar la posición, mientras otra de frente asaltará las piedras enemigas. Los soldados arman los cuchillos, que relucen a los primeros rayos del sol; en el asalto han de tomar parte las nuevas compañías, integradas por muchos sudamericanos, y hay materialmente que contenerlos para que no se lancen al asalto antes de avisar a Atlaten que suspenda el fuego.

El General está con nosotros, y cuando se da la señal, las oleadas de legionarios avanzan a la carrera sobre el enemigo.

Los momentos son de gran emoción; los moros nos esperan haciendo fuego tras sus parapetos; los soldados siguen avanzando; va estamos a pocos metros; al enemigo se le ven los detalles de sus caras; algunos soldados ruedan a nuestro lado en aparatosa caída; entre los moros enemigos también brillan los machetes; unos pasos más y el enemigo vacila, ¡Ya son nuestros! y por la ladera opuesta bajan los moros mezclados con los legionarios. La esponja alta ha sido tomada de nuevo.

Entre los primeros soldados marcha el heroico sargento Herben, de la segunda compañía; a los pocos momentos rueda barranco abajo abrazado a un moro; a su lado yace otro harqueño muerto; un sargento se arroja a recogerlo y consigue retirar su cuerpo y armamento, dando muerte, a su vez, a otro moro que se defendía entre las peñas.

El teniente Agudo, que es la primera vez que marcha al frente de su sección, recibe en el asalto muerte gloriosa. En las peñas de la izquierda vemos expirar a un valiente chileno; sus últimas palabras son:

- ¡Viva la Legión!... ¡Viva Chile, m....!

Y muere... ¡Pobre chileno, muerto gloriosamente por España en su primer combate!

El Teniente Pérez Moreno ha sido herido gravísimo; el Teniente Montes, herido levemente en el avance, es de nuevo alcanzado por el plomo enemigo, y el Capitán Fortea, de la Policía, que viene como ayudante del Jefe de la vanguardia, cae herido en el pecho; a su lado un ordenanza moro llora silencioso. En la meseta de Taxuda observamos movimiento de harqueños; la duda de que puedan pertenecer a la otra columna nos mantiene sin batirlos con nuestra artillería, pero muy pronto las baterías de Taquigriat nos anuncian que son enemigos, y a los pocos minutos los velloncitos blancos de nuestras piezas de montaña se ven sobre las ruinas romanas; a lo lejos, y por el otro extremo de la meseta empiezan a verse las banderitas españolas de los policías.

Desde estos momentos el combate se mantiene franco; al enemigo se le ve retirar por las lejanas sendas del Telat numerosos heridos en caballerías; ya nuestro flanco izquierdo ocupa una larga trinchera que muere en la barrancada.

A la izquierda de nuestra guerrilla un soldado americano combate festivo; está entre un grupo de piedras, y a cada disparo siguen sus gritos de alegría; ha colocado su sombrero en las penas más altas, y él, desde la derecha, disimulado entre dos piedras, está a la caza; el sombrero ha recibido varios balazos, y cada agujero que le producen es contestado desde su rendija por el americano, que va tumbando con su procedimiento a los cercanos pacos.

Hacia las dos, se nota movimiento en el campo enemigo y el combate se recrudece un poco; los moros se concentran en las barrancadas tratando, sin duda, de reaccionar contra nuestras líneas, pero descubierta la concentración por los legionarios, se adelantan un poco las guerrillas y rompen sobre ellos un mortífero fuego, mientras las baterías de Atlaten, avisadas por teléfono, colocan también allí sus grandes explosiones. Desde las peñas altas se les ve como locos correr por la barrancada queriendo retirar sus bajas, pero éstas se hacen mayores, y en pocos minutos queda disuelta la concentración de la harca.

Fortificada la posición se efectúa el repliegue sin apenas ser hostilizados; la posición tampoco fue atacada durante la noche, pero se observó durante ella numerosas luces en el barranco; era la recogida de los muertos.

Las confidencias comprobaron días más tarde las numerosas bajas enemigas, todos los moros encargados de la defensa de la esponja habían sido muertos o heridos Y Abd-el-Krim los citó en la harca como ejemplo.

A partir de este día la resistencia había de ser menos empeñada.

Nuestras bajas fueron 10 muertos y 71 heridos; a los cubanos y sudamericanos correspondía gran parte de esta gloria.

El combate había tenido muchos espectadores; nuestro General y su Estado Mayor presenció desde las primeras peñas los momentos del asalto y la obstinada defensa de los moros. Es el día más grande de la Legión, nos decían... yo creo que fue el día que nos vieron desde más cerca.

La orden general del día 3 de octubre dice así:

" La operación verificada sobre Taxuda ha demostrado, una vez más, el elevado espíritu y perfecta disciplina de las tropas de esta columna que dan orgullo al Mando, muy especialmente la Legión, cuya moral, siempre muy elevada, y ardorosa acometividad, no han podido entibiar las numerosas bajas hasta hoy sufridas, siendo también distinguida la conducta de una compañía de Sevilla que acompañó a la Legión en el asalto"


XII - Sebt-Tazarut y Río de Oro

Las operaciones por el Zoco del Had en dirección a Yazanen empiezan. El día 7 una columna desde la posición del Zoco saldrá a ocupar posiciones importantes en la meseta de Iguerman; la columna del General Sanjurjo distraerá al enemigo llamando su atención en Sebt-Tazarut.

Las dificultades que representa nuestra empresa son las que lleva unidas el tener que librar un combate en el estrechamiento de Bu-Asasa, en que los hombres y acémilas tienen que pasar de a uno en un terreno dominado por las lomas enemigas. El hacer el movimiento de avance por sorpresa facilitará nuestra misión.

Salimos de noche del campamento. Un frío muy intenso se siente en la penosa subida hacia Taxuda. Conforme ascendemos y se acerca el amanecer, el frío aumenta, y la vanguardia se concentra a la derecha de la posición de la Esponja Alta.

Reunida la Legión, vamos coronando rápidamente los espolones anteriores al estrechamiento y el pequeño aduar de Bu-Asasa, para al abrigo de ellos pasar a ocupar las lomas de Sebt-Tazarut.

El enemigo no se apercibe, y sin ser hostilizados ocupamos las alturas de Sebt-Tazarut, dando tiempo a que se incorpore el resto de la columna, que por las dificultades del terreno viene bastante retrasada.

La posición por nosotros ocupada es muy dominante. A su frente se extienden las mesetas del Telat y de Ihuaua en donde los aduares aparecen esparcidos; a retaguardia, el barranco de Río de Oro forma un enorme cortado, en cuyo fondo las huertas se extienden en dirección a Zoco del Had, y a lo lejos, Yazanen y Tifasor se proyectan en el horizonte. A nuestra derecha y sobre la meseta de Iguerman, como pequeñas manchas negras, se ven las tropas de la otra columna.

Una porción de pequeños puntos se acercan por la meseta y se pierden más tarde entre las casas y peñascos del pie de la posición: son los moros concentrados en Ras Medua que acuden al combate, y las balas empiezan a silbar.

La situación en todo el frente es buena; sólo a la izquierda, un terreno de peñascos y arbolado permite al enemigo acercarse a cubierto; en este lugar los pacos se suceden pegajosos mientras nuestras baterías dispersan los grupos a lo lejos.

Conforme avanza el día va acudiendo más gente, y en el ángulo de la izquierda la acción se entabla seria.

Cumplida nuestra misión y terminada la fortificación de las posiciones ocupadas por la otra columna, recibimos la orden de repliegue.

Antes de retirarnos, sentimos abandonar estas posiciones, desde las cuales en marcha franca se llega por el llano de la meseta a la posición de Ras Medua, y a las que seguramente tendremos que volver.

Los distintos batallones se han retirado con la artillería a tomar posiciones a retaguardia, pasa do el estrechamiento. Nuestra retirada es difícil los moros se muestran pegajosos y hay que evitar que el enemigo, coronando las alturas, nos coja en el paso. Hay que bordar la retirada, como decimos en el vocabulario militar.

Tan pronto nos replegamos del extremo derecho de la loma, los humos blancos de la artillería coronan los lugares ocupados por los legionarios, pero es preciso detenerse; unos soldados del extremo izquierdo caen heridos en el repliegue y las tropas vuelven nuevamente a ocupar la línea; los camilleros les conducen rápidos, y una vez ale jados, continúa la retirada.

Nuestras ametralladoras, situadas a retaguardia, barren la loma que abandonamos, pero no pueden evitar que algunos moros se filtren por las piedras de los costados y rompan el fuego sobre las fuerzas que se retiran, siendo herido el Capitán Alonso de la 14º Compañía. Pasado este mal paso la retirada sigue fácil hasta ponernos al abrigo de las posiciones.

Nuestras bajas este día han sido dos muertos y cinco heridos.

Los presentimientos no nos engañaban. El día 11 salimos nuevamente a Sebt-Tazarut. Debemos llamar la atención del enemigo en Iguerman, siguiendo más tarde la marcha al Zoco del Had, donde pernoctaremos, mientras la otra columna efectuará el avance desde el Zoco del Had a Yazanen y Tifasor.

La operación puede ser dura si el enemigo se presenta numeroso; el terreno es muy accidentado, y la marcha muy larga y las bajas tienen que seguir con la columna.

La primera parte del avance se efectúa en forma análoga al primer día, y cuando amanece ya están los legionarios en Sebt-Tazarut; una batería de montaña se establece en les picos de la derecha, y en esta situación, en ligero tiroteo con el enemigo, esperamos órdenes.

El resto de la columna, a nuestra retaguardia, desciende por la profunda barrancada de Río de Oro para subir más tarde por nuestra derecha a los poblados de la meseta de Iguerman. Nuestra retirada ha de hacerse por las rocosas pendientes de la derecha, al abrigo de las tropas establecidas; pero el terreno se presenta tan cortado que el paso de los mulos es imposible; por esto, y en previsión de recibir la orden de repliegue, nuestra sección de zapadores se encarga con los artilleros de la construcción de una senda para mandar por ella la artillería y el ganado de las Banderas.

El enemigo va aumentando, pero no es muy numeroso.

Recibida la orden de repliegue, enviamos por nuestra retaguardia todos los elementos a lomo con nuestros caballos, nosotros nos hemos de descolgar más tarde por las peñas; repartimos entre la tropa un suplemento de municiones Y vemos alejarse el ganado por el cortado; cuando se han alejado por el valle de Río de Oro efectuamos muy rápido nuestro repliegue, necesitamos alejarnos antes de que el enemigo pueda coronar las crestas.

Al llegar al morabo del valle se retiran de Iguerman los batallones de la columna; los moros han coronado la loma y persiguen de cerca a las últimas unidades en retirada. Están tan lejos, que no es posible llegar a auxiliarles.

El enemigo se echa encima; necesitarían reaccionar y tomar la posición nuevamente, pero no lo hacen, y la retirada sigue precipitada con el enemigo a pocos pasos. El terreno y la situación táctica de estas unidades es tan difícil, que todo es perdonable.

Nuestras últimas compañías se han detenido, ocupando unas cercas inmediatas al morabo para prestar apoyo a esos batallones. Los legionarios recogen y conducen heridos a la ambulancia, y allí permanecemos hasta que toda la columna está replegada.

Las compañías de ametralladoras en estos últimos momentos han intervenido oportunamente, prestando un eficaz apoyo a las distintas fuerzas, y sirvientes y acemileros se disputaron el recoger y conducir heridos en los momentos de más peligro.

La noche cierra; la retirada se hace por escalones, y con frecuentes paradas seguimos el estrecho camino que nos lleva al Zoco. Nuestras bajas en este día son sólo siete heridos.

El día 12 sale la columna a pernoctar en Nador.

A nuestro paso por la plaza y en un descanso en el hipódromo escuchamos en el café a un grupo de soldados la inspirada Canción del Legionario, de que es autor el Comandante Cabrerizo.

Es uno de los cantos más bonitos hechos a la Legión. Dice así:

La canción del legionario

I

¿ Quiénes son esos bravos soldados

con bustos de bronce, curtidos de sol?

Legionarios del Tercio Extranjero

que llevan la savia del suelo español.

Un laurel brota siempre en las huellas

que los legionarios dejan al pasar

y germina regado con sangre

formando una hermosa corona triunfal.

No vacilan jamás ante el fuego,

porque se enardecen con ímpetu tal,

que arrollándolo todo, su empuje

es un torbellino como un huracán.

Y olvidando los hondos misterios

que todos encierran en su corazón,

dan al viento las notas vibrantes

de esta alentadora y alegre canción.

Acogido a la Bandera

que tremola mi Legión,

se ha dormido la quimera

que guardé en mi corazón.

Soy legionario de España,

que una hazaña sin rival

dará al libro de su Historia

para ofrendarle la gloria

de otra página inmortal.

II

Cuando avanzan sedientos de lucha

para detenerlos no hay fuerza capaz,

pues asolan, incendian y matan

como poseídos de furia infernal.

Segadores de vidas les dicen;

cada legionario semeja un Titán,

y gozosos, usan el machete

como un acerado y agudo puñal.

Pendencieros y audaces y rudos,

son tercos y bravos en guerra y en paz

como aquellos valientes Cadetes

que a Carbone tenían por su Capitán.

Y al volver de la ruda jornada

rendidos los cuerpos, mas no el corazón,

aún renacen los viejos ensueños

y, para acallarlos, brota su canción:

Acogido a la bandera

que tremola mi Legión,

se ha dormido la quimera

que guardé en mi corazón.

Soy legionario de España,

que una hazaña sin rival

dará al libro de su Historia,

para ofrendarle la gloria

de otra página inmortal.

III

Legionario que siembras la muerte

y audaz la persigues con ansia febril;

a tu empuje ni aun ella resiste;

la Muerte va huyendo delante de ti.

Será en vano que la desafíes

cuando en el combate te ciegue el furor...

¡ Tu destino es soñar la quimera

que hoy hecha girones va en tu corazón!

Y harás yermo el terreno que pises,

campo de exterminio y desolación

y aún habrá una sonrisa en tu boca:

tu amarga sonrisa de desilusión.

Y es que dentro, muy dentro del alma,

fundido en tu sangre con llanto y con hiel,

aún revive contra tu deseo

un inolvidable nombre de mujer.

Legionario, Legionario,

canta alegre tu canción,

que el cantar es legendario

en nuestra heroica Legión.

Soy legionario de España,

que una hazaña sin rival

daré al libro de su Historia,

para ofrendarle la gloria

de otra página inmortal.


XIII - Uisan y Ras Medúa

El tiempo ha empeorado. Llegan los lluviosos días del invierno y circula el rumor de que se va a avanzar sobre Ras Medua, donde las confidencias señalan concentrado al grueso de la harca. Como preparación, en la mañana del día 14 la Legión fortifica unas casas en el poblado de Bu Atlaten, que constituirán el día del avance un apoyo en nuestro flanco izquierdo.

La operación se anuncia para el día 17, concentrándose con anterioridad en las huertas de Segangan la columna del General Berenguer. El frío en este día es intensísimo; los chubascos se suceden y el Uisan, cubierto de nubarrones, anuncia que va a seguir el agua. Muy difícil nos ha de ser la marcha por la colorada y arcillosa tierra de la meseta de Ras Medua.

A las cuatro de la mañana el campamento está en pie, pero no se forma; una lluvia torrencial ha caído durante la noche y los caminos están intransitables. La operación queda suspendida hasta que mejore el tiempo.

Desde que ocupamos Segangan nuestra mirada tropieza con el macizo montañoso de Uisan, actualmente en poder del enemigo. Tras los espesos muros de sus fortines se ocultan las guardias moras, y las múltiples barrancadas facilitan a los pacos el acercarse algunas noches a turbar nuestro descanso. El grueso de la harca en este lado se encuentra al pie del monte, en los poblados inmediatos a la carretera de Kaddur.

La ocupación de este macizo, con sus grandes pendientes y profundas barrancadas, dominadas por los potentes fuertes, sería muy costosa en pleno día; el terreno se presta a la defensa y los disparos de nuestra artillería no lograrían perforar los gruesos muros de los fuertes, a los que llegaría la harca en contados minutos. Sólo por sorpresa podemos hacer nuestro el gigantesco monte. Los legionarios soñamos con la idea de llegar una noche a los fortines sorprendiendo a las guardias enemigas.

Este día llega; el General ha aprobado nuestros proyectos, y si el tiempo no nos permite ir a Ras Medua, tomaremos el Uisan.

Las precauciones para la empresa están tomadas y con anterioridad estudiados los sitios de las guardias, el camino a recorrer por las unidades y la posibilidad de que pueda fallarnos la sorpresa.

Gran sigilo se lleva en los preparativos; sólo en la tarde de este día avanzan los Capitanes a una loma próxima y, sin llamar la atención, se enteran de los caminos a recorrer, señalados en el plano anteriormente. Antes de separarnos me cercioro de que todos conocen su misión.

A las cuatro de la mañana, sin el menor ruido y sin encender luces, marchan las compañías a retaguardia del campamento, donde permanecen pegadas a la tapia.

Las prevenciones han sido dadas; los mulos y caballos quedan en el campamento con los soldados acatarrados; los fusiles se ocultarán bajo el capote, para evitar que brillen sus cerrojos, no se fumará bajo severo castigo y nadie disparará sus armas. Las compañías de ametralladoras llevarán a brazo el material y de la conducción de las municiones se encargarán treinta hombres de la sección de trabajos Las baterías quedan en el campamento, estableciéndose a la salida del mismo; un batallón se adelantará al amanecer como reserva, y con él, el ganado de nuestras unidades.

Cuando nos despedimos del General, se encuentra levantado; salimos por la puerta de la carretera de Nador, y dando un rodeo bajamos por una aguada al cajón del arroyo. Unos policías, con el Capitán Orteneda, se unen a la expedición, y el capataz de la Compañía Española de Minas del Rif nos acompaña como práctico.

En silencio profundo y pegados a los taludes del hondo arroyo, nos encaminamos en dirección de las guardias enemigas. Inmediatamente a nosotros, un grupo de policías y legionarios explora el terreno, deteniéndose al menor aviso; al llegar al recodo del arroyo se separan las unidades que nos han de proteger en el caso de fracasar el intento. Por la derecha, una compañía y una sección de ametralladoras van a ocupar la loma frente al poblado y morabo de Sidi Busbah, para cortar en caso preciso el paso del grueso de la harca a los fuertes y flanquearán al mismo tiempo la marcha del resto de los legionarios por el barranco. Otra compañía, con su sección de ametralladoras, avanzará por las lomas de la izquierda, procurando no destacarse en el horizonte. El resto de la Legión se aventura por el profundo cajón del arroyo.

No se escucha el menor ruido. Los soldados avanzan por la arena con precaución, como un desfile de negros fantasmas, y a nuestro frente, y enfilando la barrancada, blanquean los muros del Fuerte del Carmen Pronto dejamos de verlo y nos encontramos al pie de la loma. Es preciso escalar la pendiente y resquebrajada ladera; la ascensión es lenta y penosa, y en un desmonte anterior al fuerte se concentran los legionarios antes de dar el golpe sobre las guardias.

Los momentos son de mucha emoción; ni un solo tiro ha señalado nuestra presencia, y en uno de los fortines una pequeña columna de humo delata la existencia de una guardia.

Empieza a amanecer cuando a una señal se lanzan sobre los fuertes las primeras unidades. En el pequeño Fortín de San Enrique suenan algunos disparos; es la guardia enemiga que se apercibe y huye disparando sus fusiles en señal de alarma.

No hay que perder un minuto; es necesario llegar al fuerte alto antes que el enemigo. La parte más penosa de la ascensión empieza; legionarios y policías gatean por el plano inclinado de las minas en busca del elevado fuerte, mientras la gente de la harca, por la otra pendiente, también trata de ganarlo; una veintena de metros les falta a los moros para llegar al fortín, cuando los nuestros entran en él y pronto los harqueños ruedan la ladera sorprendidos por el fuego de nuestros fusiles.

La operación ha terminado felizmente y una bandera española ondea en el pico más alto de Beni-bu-Ifrur.

El fuego dura todo el día. Los moros comprenden la importancia de la posición y tratan de estorbar su fortificación y aprovisionamiento, pero su situación es tan desventajosa, que muchos mueren cazados por nuestros tiradores, ocultos tras las aspilleras.

Desde este alto pico se baten los caminos a Kaddur y el Harcha, y el día transcurre en el fuerte entre los gritos y hurras de los legionarios cada vez que "cazan " algún tirador enemigo; ¡es tan divertida la " caza " del paco!

En esta operación es herido en un pie el bravo Capitán de la Policía. Durante el día hemos tenido tres soldados muertos y cinco heridos.

Esta noche la orden de la columna publica el siguiente telegrama:

" Felicito a V. E. y tropas a sus órdenes por brillante éxito obtenido al ocupar Monte Uisan. Me es muy honroso y muy grato transmitir esta valiosa felicitación a las tropas de la columna que han tomado parte en la operación y muy especialmente a las fuerzas del Tercio, que han acreditado, una vez más, su recia instrucción y disciplina. "

Ha mejorado el tiempo, y la operación proyectada sobre Ras Medua va a realizarse. La columna Berenguer con los Regulares en vanguardia, ha de subir la cuesta de Taxuda, y por Bux Asasa y Sebt-Tazarut irá a ocupar la meseta de Telat. La columna Sanjurjo, una vez tomado por la primera su objetivo, abordará de frente la meseta de Ras Medua.

El sol está ya alto cuando rompemos la marcha por el llano del Maxin; la caballería indígena se ha dirigido hacia Tanut Er Ruman, poblado en que se anunciaba la harca enemiga, pero durante los primeros momentos se nota la ausencia de los moros; sólo a lo lejos, en el reducto de Ras Medua, parece señalarse su presencia

La Legión avanza por el llano con las Banderas inmediatas y sus secciones de vanguardia desplegadas; las ametralladoras y mulos se quedan retrasados en el paso de los barrancos; se hace preciso acortar la marcha. Cruzamos más tarde por los poblados del valle, y frente a la aguada de Ras Medua se separan las Banderas, y mientras la Primera salva la barrancada siguiendo la antigua pista militar, la Segunda cruza el arroyo y asciende por la senda de la aguada de las moras. El enemigo no ha hecho resistencia y los legionarios ocupan el poblado de Medua en la meseta.

A nuestro abrigo se concentra la vanguardia; y las ametralladoras y baterías rompen el fuego sobre los grupos que se presentan en la antigua posición.

Entre las piedras y torretas se ven las cabezas de los moros; nuestros shrapnells explosionan sobre las ruinas, y después de una preparación artillera se continúa el avance hacia el reducto.

Un aeroplano que vuela sobre la torreta arroja en sus inmediaciones numerosas bombas. Una de ellas envuelve en su nube de humo el torreón, y cuando el polvo se disipa, el torreón había desaparecido.

El avance y asalto del reducto se efectúa muy rápido; mientras una compañía avanza por el borde del barranco de la derecha envolviendo la posición, otras, de frente, se lanzan sobre las piedras del reducto; las balas silban sobre nuestras cabezas, y un aeroplano a nuestro lado deja caer un parte: " El enemigo se retira a caballo por la ladera opuesta " .

Coronada la posición, vemos huir por las barrancadas vecinas grupos enemigos, que son perseguidos con el fuego. Por la derecha, y entre los puntos negros, se ve un grupo de gente de chilabas blancas; una sección le dirige sus fuegos.

- ¡Alto el fuego! ¡no tiréis a ésos, que son moras! -ordena un Capitán que con los gemelos observa el campo. Los soldados cesan en su fuego.

En el desastre, muchas mujeres fueron especialmente crueles, remataban los heridos y les despojaban de sus ropas, pagando de este modo el bienestar que la civilización les trajo.

Los poblados de la meseta de Beni Faclan lucen banderitas españolas y combaten a nuestro lado.

La posición es construida por los legionarios, que, aprovechando la abundante piedra, levantan en una hora el fuerte parapeto que pasa a ocupar la guarnición.

La columna pernocta en el poblado de Medua, y a la mañana del siguiente día regresa a Segangan.


XIV - Tauriat-Hamed, Harcha, Tauriat-Zag

Alrededor de la larga mesa, en el comedor del General, en Segangan, se encuentran sentados los Jefes de los cuerpos que integran la columna; un plano está extendido y un ayudante, en alta voz, va leyendo las órdenes para la operación del día siguiente: objetivo de la columna, camino a recorrer, unidades que han de quedar destacadas, lugar para establecer el vivac, misión de cada uno de los cuerpos que componen la columna; todo se va aclarando por nuestro General.

El terreno donde va a desarrollarse el próximo combate no es un misterio para el General; ha combatido en él y conoce los peligros que encierran sus múltiples y profundas barrancadas, de las que los moros saben sacar un gran partido. El veterano soldado no se cansa de dar sus prevenciones para el combate; toda la vigilancia ha de ser poca en este terreno, en que el enemigo aparece en cualquier punto sin ser visto.

Los legionarios hemos de salir antes de amanecer a ocupar la Loma Negra de la derecha del Uisan, marcada en el plano con la cota 520; a su abrigo se concentrará la vanguardia, y una vez establecidas las baterías ligeras que han de marchar por la carretera con la otra columna, se seguirá el avance.

La Policía de la columna Berenguer ocupará igualmente, durante la noche, las alturas de Belusia y Hianen.

Al amanecer del nuevo día nos encontramos ocupando la Loma Negra, sobre el antiguo camino del Harcha; la ausencia del enemigo nos permite adelantarnos a ocupar las siguientes lomas, abriendo de este modo la marcha y concentración de la columna. El enemigo se divisa muy lejos, en las alturas y chumberas próximas a Tauriat-Hamed.

Siguiendo el antiguo camino, nuestra columna llega a la inmediación de la carretera; las vanguardias ascienden por las lomas inmediatas, pero aún tenemos que esperar al establecimiento de las baterías. Pasados unos minutos, las granadas empiezan a caer sobre la posición de Tauriat-Hamed y poblados próximos; entre ellas, unas enormes explosiones de humo negro nos indican la presencia del Grupo de Instrucción de Artillería, y pronto avanzan las dos Banderas en dirección a Tauriat-Hamed y lomas de su izquierda.

Los moros se han dispersado a nuestra vista y hostilizan desde las crestas cercanas; una compañía se destaca delante de la posición, en un extenso espolón, y los trabajos de fortificación empiezan.

En el frente de combate y a lo lejos se ven núcleos fuertes en actitud expectante; las laderas del Milón están llenas de moros, y de los poblados de Trebia se acercan numerosos grupos.

Durante todo el día el combate se desarrolla tranquilo; sólo por la tarde el enemigo, que se ha filtrado por los barrancos de la derecha, hostiliza de flanco a la columna; una compañía de legionarios les aleja, y sigue el aprovisionamiento de la posición.

El lugar para el vivac de la columna es elegido a retaguardia de la posición, entre los poblados; la Legión ocupa los aduares frente al Harcha.

El sol está próximo a ponerse cuando empieza la retirada de las tropas avanzadas. Por la izquierda, el Batallón de Sicilia, que se encontraba adelantado en tiroteo con el enemigo, se retira por escalones con la tranquilidad de un ejercicio, es el primer día que entra en fuego, y a todos nos produce gratísima impresión sus primeros pasos en la campaña.

En la posición se retiran las tropas hacia el vivac, y en estos momentos el enemigo hace de nuevo su aparición en los barrancos, rompiendo el fuego sobre la carretera y ganado de las baterías. Los legionarios, que han empezado su retirada, detienen el repliegue, mientras varias secciones con granaderos avanzan a limpiar el barranco. El sol se ha puesto, y sin luz apenas, la ola de legionarios avanza; los tiros y estampidos de las bombas se suceden y los soldados se alejan barranco abajo; al enemigo se han cogido cinco muertos y los pacos se terminan. Al siguiente día la descubierta de la posición encuentra en el barranco once muertos más con su armamento.

Las bajas de la Legión habían sido: heridos el Teniente Gallego y Alféreces Díaz Criado y Díaz de Rebago y 12 soldados.

La noche pasó tranquila; el vivac no fue hostilizado, y al amanecer del día siguiente se encuentra de nuevo formada la Legión para la ocupación del Harcha.

El enemigo no ha de ofrecernos resistencia. Los disparos de nuestra artillería truenan durante nuestra subida, y la explosión de uno de ellos alcanza al Capitán y un soldado, que son heridos levemente.

Hace un crudo día de diciembre, en que un viento frío molesta nuestros trabajos y, terminados éstos, pernocta la columna en el antiguo campamento de Yadumen.

La cabila de Beni-bu-Ifrur ha sido rodeada, y el día 2 de diciembre la columna ha de regresar, recorriéndola e imponiendo un justo castigo a los aduares.

A nuestro paso, las columnas de humo se levantan de las pequeñas casas y la ola de fuego alcanza a los poblados de la montaña.

Las otras dos columnas, en este día se han internado también en Beni-bu-Ifrur, y esta cabila, que tanto se había distinguido en sus crueldades, había quedado destruida.

Las últimas operaciones han traído consigo la sumisión de varios aduares próximos a Tauriat-Hamed y del jefe moro Kaddur-Ben-Ab-Selam. Algunos moros se ven en las inmediaciones del camino de Tauríat-Hamed, pero su fidelidad no ha de confirmarse.

Cae la tarde, cuando un cabo legionario, con su escuadra de servicio de leña, se nos presenta en el campamento, los soldados son portadores de cinco fusiles mausers cogidos al enemigo:

-Mi Comandante -nos dice-, aquí traemos estos cinco fusiles de unos moros que hemos matado en el servicio. Estábamos cortando leña en la derecha del Uisan, cuando escuchamos tiros hacia la carretera; acudimos al fuego, cumpliendo nuestro credo legionario, y al llegar nos recibieron tirándonos desde uno de los aduares. Como los moros estaban parapetados y con los pocos hombres que llevaba no podía castigarlos, me apoderé de un ganado que se hallaba próximo y de dos chicos pastores, uno de los cuales mandé al aduar para que viniese el jefe con los hombres armados a entregarse o me llevaba el ganado al campamento, Llegaron cinco moros, uno de ellos al parecer jefe, a los que sin dar tiempo a defenderse, desarmamos e hice venir delante de nosotros al campamento. Nos siguieron de buen grado mientras creían ir a la oficina de Policía, pero cuando vieron torcíamos por el camino de Segangan, pretendieron huir por un barranco. El ganado, para que no se pudiera pensar que había sido el origen de este episodio, lo he entregado, al paso, en la posición de Bu-Atlaten.

Estas mismas declaraciones hicieron los demás soldados, y un rato después, un sargento y un soldado de ingenieros vinieron a comprobar lo sucedido; ellos eran los que estaban tendiendo la línea telefónica cuando fueron tiroteados por el enemigo y querían manifestar que la presencia de los legionarios les había salvado de la agresión.

Aquella tarde, ya anochecido, el jefe de uno de los aduares, que en otra agresión días después fue muerto, viene a hacer sus protestas de fidelidad; a la hora de marchar tenía miedo de alejarse hacia el poblado; temía que pudiera pasarle algo y se ordena que le acompañen un cabo y una pareja de soldados legionarios, lo que aumenta sus temores; al despedirse de ellos, ya cerca del aduar, agradecido les besa las manos; no comprendía el moro que estos hombres, cuya fama de fieras ha llegado en esta zona a los más escondidos aduares, le permitan marchar, y le hayan acompañado hasta su casa.

Días después, y precedidos por los poblados amigos y Policía, se ocupan, sin que fuéramos hostilizados, las posiciones de Kaddur y Taxarut, próximas al Kert.

Ocupado Ras Medua, los aduares de Beni Sidel, al pie de la meseta, han pedido el avance de nuestras tropas a las antiguas posiciones de Tauriat-Buchit y Tauriat-Zas, que cortando el paso de la harca por el desfiladero, les permiten vivir en sus aduares.

Para esta operación se concentran en Ras Medua las fuerzas organizadas de policía que, precedidas por los moros de los poblados, han de ocupar, al amanecer del día 20, las posiciones indicadas. La columna Sanjurjo saldrá antes del amanecer por el valle de Maxin para cooperar al buen resultado de la operación y fortificación de las posiciones.

Al amanecer, los legionarios se agrupan alrededor de las hogueras, esperando al pie de Atlaten la concentración de la columna, y, reunida ésta, emprenden la marcha en dirección a los poblados del pie de Ras Medua.

En los aduares se para la vanguardia a esperar la concentración y el establecimiento de las baterías.

A lo lejos, al pie de Tauriat Zag y del desfiladero de Trebia, se ven bullir las concentraciones enemigas; muchos de los grupos, parapetados en las piedras de la contrapendiente, parecen esperar la llegada de la fuerza; pero el número de enemigos no está en correspondencia con lo benigno de la acción.

Llegamos a Tauriat-Buchit, donde con los soldados de Policía y harca amiga se encuentran los Regulares, que van a efectuar el segundo salto a Tauriat-Zag. Los moros parecen poco interesados por la defensa y Taurit-Zag se ocupa con escasa resistencia.

Los legionarios han ocupado posiciones a vanguardia y mantienen ligero tiroteo. El enemigo huye por el llano en dirección al Kert y la paz reina en la retirada.


XV - Ras Tikermin

Ha sido proyectada la operación sobre Ras Tikermin, y el día 21 vivaquean las dos columnas próximas a la posición del Hianen. Dirigirá el General Berenguer (Federico) y son Jefes de columna los Coroneles Saro y Fernández Pérez.

Los poblados inmediatos al puente del Kert combatirán a nuestro lado y han entregado los explosivos y mechas con que el enemigo pretendía volar el puente. La Policía y harca amiga ocuparán antes del amanecer Calcul, defendiéndose hasta la llegada de la columna.

Al amanecer del día 22 salen las Banderas de la Legión en cabeza de la columna Fernández, para abordar de frente las posiciones enemigas, mientras por la izquierda la columna Saro irá a ocupar Tlemsalen.

Cruzamos el Kert por el soberbio puente de piedra, obra de nuestros ingenieros, y llegamos a Calcul, ocupado por la Policía; allí queda por orden superior una compañía de legionarios en espera de la columna. Este es el lugar señalado para la concentración antes de dar el salto a Ras Tikermin, donde los policías y gente del pueblo se han establecido antes de amanecer.

Llegan noticias de que el fuego es muy grande y de que en Ras Tikermin las municiones escasean.

Con gemelos se distinguen los grupos enemigos, ocultos en los espacios desenfilados de la posición. Varios aeroplanos, volando sobre ellos, nos dejan escuchar el tableteo de sus ametralladoras. Se les ve trazar pequeños círculos sobre las barrancadas, ametrallando a los grupos enemigos. Vuelan tan bajo, que tememos que puedan alcanzarles los disparos Otro aparato deja caer bombas que levantan negras humaredas. Todo el fuego se concentra en el pequeño espacio desenfilado delante de la posición. Hay que ir en seguida, sin esperar la concentración de la columna.

Rápidamente van los legionarios ocupando las alturas de los flancos y llegamos a Ras Tikermin, adonde ha ido al galope la caballería. Relevamos a los jinetes, que encontramos en la loma anterior a la posición, y entramos en la misma los primeros legionarios.

La posición se compone de un alto muro de piedra con unos pequeños tambores; en ella se agrupan los moros del poblado y los policías con un oficial; parece escasearles las municiones Y el enemigo hostiliza desde las próximas lomas. Por los barrancos del Mauro y posición de Sidi Salen se acercan, a su vez, numerosos cabileños.

La entrada de la posición y rampa de acceso están tan enfiladas, que los proyectiles del enemigo levantan en ellas un hervidero de polvo es necesario alejarlo para que puedan avanzar los ingenieros y empiecen los trabajos de fortificación.

Las únicas fuerzas de que disponemos son dos compañías de legionarios, menos una sección, y una compañía de ametralladoras; el resto de las Banderas se encuentran ocupando las lomas del flanco izquierdo y posiciones anteriores, y la columna está todavía en Calcul. Apoyados por el fuego de nuestras ametralladoras salen de la posición a batir al enemigo las compañías 2º y 13º , mientras que por la loma de la izquierda, otra compañía de la Legión rebasa el flanco enemigo. Ante el avance de los legionarios, los moros parecen declararse en huida, y con poca resistencia las guerrillas ocupan el frente y flanco derecho en las lomas, delante de la posición; pero en estos momentos el enemigo reacciona y el combate se empeña a pocos pasos; en los fusiles de los legionarios brillan los machetes, los vivas e interjecciones se suceden: ¡perros!, ¡cobardes!, ¡toma!..., ¡ay! Al banderín de la 13º compañía, enarbolando su bandera, se le ve gritar. Cae a tierra; es el célebre cuentista de la compañía citada; el que en los días de fiesta nos entretiene con sus cuentos y canciones.

Las secciones de sostén acuden al sitio del ataque, pero, rechazadas en este lado, tienen que retirarse y acudir al otro, Nadie piensa en recoger las bajas; ya se hará luego; nuestros ordenanzas y agentes de enlace intervienen también en la lucha.

Un oficial cae herido o muerto; sobre él muere un legionario; los moros ruedan la ladera, pero el fuego sigue muy intenso. Es preciso resolver el combate alejando al enemigo con la maniobra; pero no nos quedan tropas; los acemileros y conductores de ametralladoras se encuentran ya formando un sostén en el frente. Entonces echamos mano de los policías y moros adictos, enviándoles a ocupar por la derecha unas lomitas que baten la ladera de revés. La empresa no les agrada mucho, las disculpas se repiten; " no tener cartás " (municiones); se los entregamos, y por un barranquito de la derecha les hacemos aparecer en su puesto sin ser vistos. En estos momentos, el enemigo al verse amenazado por retaguardia, se declara en huida y las ametralladoras y fusiles se encargan de perseguirle con sus fuegos por las múltiples barrancadas.

La calma renace en nuestro frente y llega el momento de retirar las bajas. Dos oficiales, el Teniente Infantes y el Alférez Marquina, han muerto gloriosamente; el Teniente Hidalgo, que manda la segunda compañía, es herido de gravedad, y son muchos las clases y soldados caídos en la lucha.

En la extensa loma de la izquierda, el combate sigue duro durante todo el día, y la primera compañía, que se ha establecido enlazando las dos lomas, ocupa un pequeño collado donde el enemigo ataca constantemente.

Los aeroplanos siguen incansables su tarea, y delante de las guerrillas colocan sus bombas, prestándonos importante ayuda.

Los trabajos de fortificación adelantan, y pronto se emprenderá la retirada. Un cañón enemigo nos dirige sus disparos; los proyectiles caen delante y detrás de las guerrillas, algunos dentro de la posición, pero son muy contados los que explosionan y causan bajas.

Recibida la orden de repliegue, el enemigo está tan cerca, que en algunos puntos del frente hay que falsear la retirada.

A la primera compañía, que ocupa el collado, en los momentos que intenta el repliegue, le aparece el enemigo coronando la loma; por esto avanza nuevamente, matando a varios de los harqueños; pone al resto en huida y aprovecha este momento para retirarse a su vez. Un rato después los moros reaparecen en el collado.

Una batería de montaña y las ametralladoras protegen el repliegue de las tropas, manteniendo a raya al enemigo.

El combate nos ha costado a la Legión seis muertos y cuarenta y un heridos; han sido heridos los Tenientes Virgilio García y Toribio Marcos; pero los legionarios regresan satisfechos; las bajas enemigas han sido muy crecidas.

Al día siguiente, la Legión regresa al campamento de Segangan.

En mi visita al hospital pregunto por el cuentista. Le operaron de su herida del vientre sin resultado. ¡Ha muerto! En sus últimos momentos había echado su discurso. Le iban a dar el cloroformo y presenciaba la operación un hijo del General Sanjurjo, que estudia Medicina. Toma, Sanjurjo le dice el médico al hijo del General, entregándole la mascarilla del cloroformo.

- ¿ Sanjurjo? -dice el legionario- ¿Será usted pariente de mi General?

-Sí, hijo.

- ¡Cuánto lo celebro!, yo a su papá le quiero mucho, bueno, como todos los legionarios, ¡ése sí que es un hombre... ! ¡más valiente!, es un General estupendo, es el General que acompaña a los soldados. Si nos encuentra en el campamento, nos habla como un camarada, y nosotros le queremos mucho...

Y así sigue un buen rato hablando al chico de su padre. El médico tiene que imponer su autoridad: Vamos, calla; ya hablarás luego.

Le dan el cloroformo y le operan. No había de volver a la vida... ¡Hermoso ejemplo de soldado que dedica sus últimas palabras a cantar las glorias de su General!


XVI - Operaciones sobre Drius

Los primeros días del año 1922 siguen de descanso en el campamento de Segangan, pero en ellos se dice que muy pronto ha de seguir el avance a Dríus.

A las once de la mañana del día 7 llega la orden de pernoctar en Monte Arruit.

El camino a seguir es el del Jemis de Beni-bu Ifrur, y la hora de partida, las dos. Con anterioridad han salido los carros con la impedimenta, pero al llegar al Zoco del Jemis, los encontramos detenidos al lado de la posición; la pista acaba allí; el camino no permite el paso de los carros y lo avanzado del día no les deja volver.

Es preciso que lleguen, y la sección de zapadores les abrirá camino.

Se adelantan los legionarios armados de picos y palas; en poco tiempo quedan salvados los pasos difíciles, y a las siete de la noche entran en el campamento de Monte Arruit los carros con la sección de zapadores.

En la mañana del siguiente día, y después de una misa de campaña, salimos para Batel, y en el camino no dejamos de pensar en los días de julio y en la retirada del ejército por el ardiente llano.

En el campamento de Batel concurren las columnas de Berenguer y Cabanellas; la aglomeración de tropas es grande y los animales tienen que esperar turno para abrevar; el agua es muy escasa en este lugar y se hace preciso traerla en aljibes desde la retaguardia.

Junto al pozo número 2 se agrupan los caballos esperando la codiciada agua, mientras un oficial del Batallón de África me va refiriendo la defensa que de aquel pequeño fortín han hecho un cabo y tres soldados de su cuerpo y un cabo y dos soldados de ingenieros. El pozo de Batel es el que surte de agua a todo el llano y su agua es solicitada por los indígenas.

Al pasar por Batel la columna en retirada, la guarnición del pozo recibió del General Navarro orden de repliegue, que no cumplieron, por no haberla recibido de sus jefes naturales, y más tarde tuvieron que resistir los ataques enemigos.

Los moros creyeron en un principio empresa fácil rendir a este pequeño número de soldados, que en el llano son los dueños del agua. Desesperados de su empeño, entran en trato con los defensores, y a cambio del agua los soldados reciben gallinas, huevos y víveres. Diariamente hay una tregua en que cambian sus productos.

En sus conversaciones con los moros se enteran de que tienen en el aduar un oficial herido y un soldado prisionero, y se niegan a darles agua si no les hacen entrega de ambos; pero pasan los días, los cartuchos escasean, y una noche, enterrando los fusiles, abandonan el pozo en dirección al Muluya.

En el camino aún tienen que probar su recio temple; sorprendidos por dos moros, luchan con ellos, consiguiendo desarmarles y darles muerte; y con los dos fusiles llegan tranquilos a la zona francesa.

¡Cuánto heroísmo encierra la conducta de estos sencillos cabos y soldados!

En la tarde de este día, el General Berenguer nos reúne y nos explica el objetivo de la operación, misión de la columna y parte que cada uno ha de tomar en el combate. El terreno es ideal para combatir; un llano extenso y lomas suaves, en que sólo la cuenca del Kert y el Gan pueden servir de refugio a los tiradores enemigos.

Varias son las columnas que han de tomar parte en la operación, y el frente de combate es muy extenso.

La columna Fernández, por la derecha, ocupará la Hariga; la del General Cabanellas, compuesta en gran parte de caballería, Dar Azugag y Casa Quemada; mientras la nuestra se dirigirá a Dar Busada y Amesdán. El terreno es tan fácil que nos las prometemos muy felices.

De madrugada se concentra la vanguardia, y antes de amanecer rompemos la marcha en dirección al Gan; en él habíamos de encontrar restos de las tristes escenas del pasado julio, y sin ser hostilizados, nos concentramos pasado él río Seco.

Un escuadrón de caballería, en exploración, avanza sobre Dar Busada; suenan unos tiros y vemos a los jinetes galopar hacia la posición; avivamos el paso; al llegar a ella, unos pacos, desde las lomas de enfrente, nos hostilizan, y una compañía de la Legión marcha a ocupar los derruidos muros de la avanzadilla.

De las lomas cercanas siguen disparando, aunque débilmente, pero una maniobra del escuadrón de caballería los pone en huida; ocupamos posiciones y el día transcurre tranquilo para la Legión, habiéndose recogido armones de artillería y proyectiles de campaña y montaña abandonados.

A media tarde; un movimiento de tropas que van y vienen se distingue con los gemelos en dirección a Dar Azugag; unos escuadrones de regulares avanzan al galope hacia aquel lado; algo raro pasa. A los pocos momentos recibimos la orden de que una Bandera vaya en aquella dirección; parece que el enemigo está farruco.

Cuando llegamos a Amesdan, nos ordenan relevar a las tropas desplegadas. Los regulares han empezado el repliegue y el enemigo, que entonces se presenta, no corresponde a la alarma.

A nuestro lado pasan los regulares. Preguntamos a un moro lo sucedido, y sólo nos sabe decir. " Caballería de rifeño estar como diablo, nosotros tirar, tirar y no jaserles nada " .

La retirada la hacemos sin ser hostilizados, y en las inmediaciones de Dar Busada vivaquea la columna.

En la madrugada del siguiente día se reanuda el avance en dirección a Dríus. Nuestra columna, por la parte del monte, a la izquierda de la carretera, irá ocUpando las alturas de Uestia y Haman, en las que se encuentran las ruinas de las antiguas posiciones, y si la columna de la derecha encontrase resistencia, podremos seguir a Dríus.

Los camiones blindados nos preceden por la carretera y alejan de la barrancada del Kert a los tiradores enemigos. Hostilizados débilmente, ocupamos Uestia y Haman. Cuando nos preparamos a seguir a Dríus, donde llevan ya un rato los camiones blindados, vemos entrar en la posición la caballería del general Cabanellas. El enemigo en su huida había abandonado varios cañones.

Nuestro campamento queda establecido a un kilómetro de Dríus, junto a unas casas moras, y a él nos encaminamos.

La operación ha sido muy brillante; en ella se comprobó, una vez más, la escasa resistencia que el enemigo opone al segundo día de combate; esto ha sido aprovechado por nuestro General para llegar con toda facilidad a Dríus, pese a los alarmistas, que creían ver la empresa dura y preñada de peligros.

Frente a la posición se extiende un enorme llano. Cuanto más se avanza, menos se explica lo pasado. ¿Cómo no se habrá detenido en Dríus la triste retirada?

Recorred estos campos; conversad con los soldados y clases que participaron del desastre e interrogad a los indígenas; sólo entonces encontraréis la clave de esa retirada que empezó en Annual y acabó en las matanzas de Zeluán y Monte Arruit.


XVII - En Drius

Durante los primeros días de la ocupación, la vida en Dríus es tranquila; nuestras descubiertaS avanzan sin ser hostilizadas, los poblados próximos de la Abbada parecen estar en actitud pacífica, y sólo los cadáveres y huesos, de que el llano está salpicado, nos hablan de la crueldad que se ensañó en los nuestros.

Conforme nos internamos, los pequeños montes de costillas, cráneos machacados, quemados y sin posible identificación, jalonan el camino, algunas ropas, con el número 59, indican que pertenecieron a soldados del Regimiento de Melilla En espuertas recogemos los restos de aquellos soldados, algunos de los cuales encerrarán heroísmos sublimes para siempre ignorados.

En estos días se presentan los jefes de los Poblados situados en la pequeña elevación del llano en dirección a Tafersit. El Coronel de Policía, con los escuadrones indígenas, va a conferenciar con los moros. Una columna compuesta de legionarios y artillería se pone en movimiento y se aproxima al lugar de la conferencia, como reserva de los escuadrones. Cuando llegamos a mitad del camino, una orden urgente nos hace avanzar sobre Abbada.

El Jefe de Policía, en medio de numeroso corro de moros, conferencia con los indígenas, que aparentan sumisión. Los silos de las casas están llenos de grano, pero sus ganados se encuentran alejados en dirección al monte. En los patios de los aduares se encuentran mil huellas de crueldad. Un patio llama nuestra atención; junto a una pared están los restos de unos cadáveres, y sobre ellos, en el blanqueado muro, los impactos de los disparos salpicados de sangre.

Una ola de indignación pasa por nosotros. Que hagan alto los legionarios y que no entren en el poblado. ¡No vean tanta infamia y estropeen la política!

La conferencia termina pronto, los grupos que se veían en dirección de Tafersit, y que motivaron nuestro avance, parecen acercarse. Recibimos la orden de repliegue y nos volvemos con el sentimiento de no poder hacer justicia a nuestros hermanos cruelmente asesinados.

A los pocos días, los moros de estos poblados habían desaparecido, una vez trasladado el grano.

Días después salimos las Banderas, constituyendo una pequeña columna con elementos de artillería, sanidad, ingenieros e intendencia, a ocupar la avanzadilla de Dar Azugag, que había quedado sin fortificar el día de la toma de esa posición.

Avanzamos hasta la orilla del Kert sin ser hostilizados; en tres horas queda fortificada la posición y nos retiramos al campamento.

El resto del mes pasa tranquilo en el campamento de Dríus, sólo en la noche del día 28 numerosas descargas 'enemigas nos llevan al parapeto. Las balas silban por encima de los sacos terreros, y rápidamente las unidades ocupan sus puestos de alarma.

Los fogonazos de los disparos enemigos se suceden a corta distancia; al campamento le tiran por todos sus frentes, y rápido se escucha el martilleo de nuestras ametralladoras.

Una sombra blanca anda por el parapeto del tambor; una pequeña chispa se mueve en el aire y un estampido como un cañonazo se siente en el barranco; es el Teniente de la Sección de granaderos que ha salido desnudo al saber que el enemigo estaba próximo. Unas cuantas granadas más son arrojadas y los moros se alejan.

A la pequeña plazoleta del campamento llega una camilla con un soldado muerto. Trae la cabeza atravesada. De la puerta de la posición conducen a otro soldado herido y de uno de los puestos de servicio avisan que hay un muerto. El fuego enemigo sigue intenso y se siente el sonido antipático de la " arbaia " .

El campamento ya no tira y de nuestros tambores salen gritos e insultos para el enemigo; se les pide que vengan; que ataquen de nuevo, y en burlas y bromas en árabe se cambian denuestos. El enemigo, muy alejado, nos contesta en castizo castellano mil finezas.

De pronto rasgan el espacio las notas vibrantes de un clarín de guerra se hace un silencio profundo en todo el campo, y unos aires de Granada siguen dulces y sentidos. La corneta parece interpretar el momento, y al morir sus notas lentas y vibrantes, los vivas a la Legión se oyen en los puestos del servicio avanzado.

La corneta ha impuesto el silencio con un sentido canto, y el campamento duerme soñando con el recuerdo que evocó la música.

Con el mes de marzo parece haber llegado otra época de movimiento. A un paseo militar al boquete de Tamasusi, sucede el día 7 la ocupación de la Chauía, a tres kilómetros del campamento, y el día 8 la ocupación en el llano, a la derecha, de una posición que toma el nombre de Sepsa. Este día se mantiene fuerte tiroteo con el enemigo.

Mientras las tropas se encuentran fuera del campamento, un ataque por el cauce del Kert ocasiona sensibles bajas al Batallón de Álava, de servicio en la aguada.

El día 14 sale la Legión en vanguardia de la columna Berenguer a colocar una posición en la meseta de Arkab, dominando el poblado de Itihuen.

Con escasa resistencia se ocupan las posiciones y se establecen los legionarios a vanguardia de las mismas; pero los arbolitos y matorrales de que está cubierta la extensa meseta facilitan al enemigo el acercarse sin ser visto, y en algunos puntos del frente el fuego es más intenso, encontrando gloriosa muerte el Alférez Ojeda, de la segunda compañía. Así tenía que morir este joven Alférez, siempre alegre y decidido para el combate.

La retirada se hace más tarde con facilidad, al abrigo de las posiciones establecidas.

En el campamento se habla de que seguirán las operaciones sobre Beni Said, cuyos moros han prometido someterse cuando nuestras tropas lleguen a la posición de Tuguntz


XVIII - Ambar y Tuguntz

Se establece, el día 17, en Itihuen el campamento provisional de la columna. En este día llegan los carros de asalto de infantería, que han de tomar parte en la acción. Los oficiales cenan en nuestro campamento; el Teniente Coronel ofrece todos los elementos de la Legión a sus compañeros de la Escuela de Tiro, y después de un apretón de manos, deseándoles un buen éxito, se retiran todos en busca del descanso.

Al amanecer del día 18 sale la Legión, precedida de los carros, en vanguardia de la columna; los moros hostilizan débilmente, y los carros de asalto avanzan por la barrancada anterior al aduar de Ambar. Siguen los legionarios a ocupar los aduares, y después de breve detención, descienden los carros por el profundo barranco que separa Ambar de la Loma Alta, conocida más tarde con el triste nombre de la " loma de los ataques " . Las guerrillas de la Legión ascienden las cortadas laderas y toman posiciones pasado el barranco.

El barranco ha sido largo y penoso; el enemigo hostiliza vivamente, y la columna aún viene retrasada. Se ha de seguir, ¿Dónde está Tuguntz? ¿el avance? El combate se sostiene duro y los Beni-Said y Beni-Ulisek se extreman en el ataque.

La columna, al borde de la meseta inmediata a los aduares de Ambar, sostiene fuego en su flanco izquierdo con el enemigo. Después de un gran rato llega la orden de dar por terminado el primer salto hacia Tuguntz y que se fortifiquen las casas de Ambar.

Los tanques, que se adelantaron unos ochocientos metros delante de nuestras guerrillas, desaparecen durante un rato de su vista; cuando reaparecen, los moros les rodean arrojándoles piedras; furiosos, tratan de luchar con el nuevo elemento de combate; buscan el ángulo muerto de sus ametralladoras, pero inútilmente, muchos caen acribillados por sus fuegos.

Un carro regresa a las guerrillas la ametralladora se encuentra interrumpida, No es extraño, el día anterior fueron desempacadas y colocadas en los carros, y el personal, que debiera estar muy práctico en su conocimiento, no parece estarlo. El apuntador llega levemente herido; un moro metió por la mirilla una gumia, hiriéndole ligeramente.

Los moros, escarmentados de su primer ataque contra los tanques, esperan ocultos en las barrancadas el momento del repliegue.

Las guerrillas siguen durante el día en fuego con el enemigo, y terminada la fortificación de las posiciones, el grueso de la columna se repliega a Itihuen, mientras la vanguardia ha de retirarse sobre la posición de Ambar. El Teniente Compaired, de la 13 0 compañía, ha sido herido.

Los carros de asalto, que hace unos momentos se encontraban a la altura de las guerrillas, se han de replegar a retaguardia de las mismas, evitando que el enemigo se eche encima, mientras las tropas cruzan las profundas barrancadas.

Empezado el repliegue, el enemigo, muy numeroso, ataca por todas partes y el combate se entabla duro; en estos momentos, cuando las últimas unidades de legionarios han cruzado el barranco, ven a las guarniciones abandonar los tanques y correr cuesta abajo por la loma. Los legionarios recogen al Capitán de los tanques y un soldado herido y entran en la posición. El enemigo ataca duramente y se encuentra en algunos puntos cerca de las alambradas; los defensores les hacen nutridas descargas, que les causan muchas bajas.

En estos momento, al bravo Comandante Fontanes, que manda la Segunda Bandera durante toda la campaña, le traen herido con un balazo en el vientre; a su lado viene su ayudante, el Teniente Lizcano, también herido, mientras a lo lejos los moros se agrupan rodeando los tanques. Las sombras de la noche impiden ver a distancia y las posiciones rechazan el ataque.

El Padre Antonio Vidal, escolapio, agregado voluntario en la Legión, muere gloriosamente.

La noche es triste en Ambar, el Comandante Fontanes está muy grave, y todos saben lo que significa una herida de vientre con el hospital tan lejos. El Doctor Pagés, es toda la preocupación del herido; él podría salvarle. En la Legión se siente admiración por este notable cirujano, que ha librado a tantos legionarios de una segura muerte. Por esto piensa en Pagés el bravo Comandante de la Segunda Bandera.

En la madrugada del 20 muere en la posición el heroico Comandante. La Legión está de luto, ha perdido uno de sus mejores Jefes y los soldados están tristes; sus ojos no lloran porque en sus cuencas ya no quedan lágrimas, ¡han visto caer ya tantos oficiales y camaradas!....

La operación de Ambar y la pérdida de los carros de asalto suscitan en la opinión diversos comentarios; los tanques han fracasado, se oye decir, los tanques no sirven para Marruecos, no son apropiados para este terreno Suposiciones todas hechas sin más conocimiento que los relatos poco verídicos que se hicieron de su actuación.

Los Carros de asalto y tanques son de gran aplicación en esta guerra, veremos si el tiempo me da la razón.

Prescindiendo de las características de los carros de asalto de infantería, aquí empleados, superados por otros carros de asalto en servicio de los ejércitos extranjeros, las causas de su poca eficacia en los primeros combates, y de su pérdida, han sido muy diversas.

El armamento del carro de asalto consiste en una sencilla ametralladora; es necesario mejorarlo y dotarlo de una doble ametralladora, como llevan en otros ejércitos, medio único de asegurar la continuidad de su acción Y evitar que la menor interrupción deje sin armamento al carro.

La ametralladora Hochkiss, no obstante sus excelentes condiciones balísticas, necesita una cartuchera seleccionada que disminuya las interrupciones, tan frecuentes en nuestras unidades de ametralladoras, por las municiones tan diversas que se emplean.

El personal de estos carros ha de ser competentísimo y su instrucción perfecta, además de estar escogido entre personal entrenado en la campaña.

Los tanques, en esta clase de guerra, han de operar prestándose mutuo apoyo, y en los períodos de instrucción han de practicar sus ejercicioS en combinación con aquellas tropas con las que han de sostener enlace en el combate.

La falta de gasolina, causa a que se atribuyó la pérdida de los tanques, es, como se ve, tan pequeña e indica al mismo tiempo tal falta de preparación en el personal, que no por ello han de sentenciarse esas unidades al fracaso.

Los enemigos de los tanques son: la artillería, los fusiles y las ametralladoras contratanques; si nuestro enemigo no dispone de estos medios de acción, evidentemente su empleo no ha de tener contratiempo y causará a los harqueños hondo quebranto, evitando al mismo tiempo las bajas propias.

No quiero decir con esto que el carro de asalto vaya a solucionar la campaña, pero sí que ha de ser un poderoso elemento para nuestra acción militar, y su empleo en mayor número encajará dentro de las aspiraciones de la Nación de reducir los efectivos que en África combaten. La construcción de un tanque ligero, con más de un tirador, especial para Marruecos, aumentaría la eficacia y radio de acción de esta arma.

Las unidades de tanques tienen un valor que hoy parece desconocerse, y no hay que olvidar que lo más caro en esta guerra no es el material, sino los hombres.

El avance sobre Tuguntz continúa. El día 29 sale la columna a las órdenes del General Berenguer y se concentra al abrigo de las posiciones de Ambar y Velázquez, permaneciendo las baterías ligeras y del Grupo de Instrucción en el borde de la meseta de Arkab.

Con la Legión por la derecha y los Regulares por la izquierda, avanza la vanguardia en dirección de " la loma de los tanques " y va coronando las sucesivas alturas hasta llegar a las que se han de conocer en lo sucesivo con los nombres de Tuguntz y Cala. El enemigo, en estos momentos, tirotea con alguna intensidad, pero el combate se desarrolla fácil, y descendiendo de esas posiciones ocupamos las alturas siguientes, anteriores al río Bas. A nuestra derecha avanzan tropas de Policía, y por este lado, y a retaguardia, se ve a lo lejos la caballería de la columna Cabanellas.

El terreno hacia el Bas es malísimo; las lomas están surcadas de profundas grietas, que, muriendo en el cajón del río, constituyen magníficos caminos cubiertos, y la altura de estas lomas oculta el valle del Bas a las baterías de montaña establecidas en la posición, que sólo de muy lejos pueden batir los caminos que bajan de Dar Quebdani.

Por la izquierda avanza un escuadrón de Regulares. En el collado aparece de pronto numeroso enemigo. Le deja avanzar, y cuando está a media ladera, rompe sobre él sus mortíferos fuegos. Muchos jinetes caen, otros mueren con sus caballos y varios de éstos, sin jinete, galopan asustados entre el nutrido fuego, mientras los restos del escuadrón se retiran al galope por los costados de la loma.

La infantería de Regulares avanza a apoyarles, y el combate se entabla duro en todo el frente; las grietas del terreno son empleadas como trincheras, y los moros llegan sin ser vistos hasta pocos metros de las guerrillas.

En esta situación transcurre el día. A lo lejos, por los caminos de Beni Ulixek y Dar Quebdani, se ve venir numerosos grupos de moros que se pierden en las profundas barrancadas del Bas. Algunos entre ellos llegan a caballo; éstos son los que frecuentemente se adelantan en la retirada Y ocupan al galope las lomas por nosotros abandonadas. Es una de las herencias del desastre. La abundancia de caballos les permite emplearlos como infantería montada; en las retiradas pueden caer rápidamente sobre los escalones de retaguardia, y en el avance defienden las lomas hasta el último momento.

Todos estos grupos que acuden al combate llegan a él al mediodía, que es cuando generalmente se empeña la acción. En estos momentos, toda la vigilancia es poca, y los barrancos, a los flancos y retaguardia, deben ser observados con pequeños destacamentos; muchas veces la práctico en esta clase de guerra nos dice por adelantado dónde ha de aparecer el enemigo.

La presencia de unos grupos a pocos pasos de los policías de nuestra derecha motiva una vacilación en este lado, al que tenemos que acudir haciendo reaccionar la línea. El fuego sigue muy intenso, y en estos momentos duros de la acción, el Alférez Llaneza, de la 13 0 , recibe muerte gloriosa.

Los cañones enemigos colocan sus proyectiles entre nuestros sostenes sin causarnos bajas, mientras en la izquierda, una compañía del Batallón de Galicia avanza en auxilio de los Regulares. Con los gemelos vemos aproximarse al lugar donde el fuego es más empeñado un enorme guerrillón; los moros de Regulares, retrasados en la loma y parapetados, nos indican lo que va a pasar, ¡Quién pudiera detenerlos! El enemigo espera que se adelanten, y cuando están al descubierto rompen el fuego y caen sin combatir una porción de soldados. Muchos se tumban y disparan, pero, ¿ a dónde?, ¡si uno de los problemas de esta guerra es aprender a ver al enemigo! La gente se porta bravamente, pero como dicen los moros: "Todavía no saber manera"..

La retirada es difícil; los harqueños están tan próximos, que en pocos metros pueden coronar las lomas y nosotros tenemos que descender de ellas y subir a las anteriores.

Al empezar la retirada, los nuestros se detienen, vuelven unos momentos y después de hacer unas descargas descienden por la pendiente, mientras las ametralladoras y unidades colocadas a retaguardia ponen sobre la cumbre su fuego de barraje. La retirada sigue luego ordenada al abrigo de las posiciones.


XIX - Chemorra, Dar Quebdani, Tahuima. En el Peñón

El mes de abril es feliz en operaciones, y con escasas bajas se alcanzan los distintos Objetivos.

Sigue el avance sobre Beni Said. Esta vez nuestro papel es distraer la atención enemiga, batiendo con nuestra artillería las concentraciones en el valle del Bas, mientras la columna Cabanellas ocupa Chemorra y otras posiciones.

Salimos antes del amanecer, y a las siete de la mañana se ocupan las alturas a la derecha de Tuguntz, sin ser hostilizados. El enemigo se presenta a lo lejos en actitud de espera; los cañones de nuestra columna y el Grupo de Instrucción baten las concentraciones y aduares enemigos; en el fondo del valle las fuerzas de Cabanellas empeñan combate y fortifican las posiciones.

La retirada se hace normal, y regresamos sin novedad al punto de partida.

Para el día 8 se prepara la toma de Dar Quebdani; la columna Cabanellas lo abordará de frente y nosotros avanzaremos a establecer contacto con ella y cortar el paso del enemigo en la cuenca del Bas.

La operación resulta preciosa. Las columnas avanzan en direcciones perpendiculares. Llegamos al Bas, y desde Ambar Oriental al río extendemos nuestra línea, cortando el paso al enemigo. Nuestra situación es muy favorable, y las ametralladoras Y fusilería mantienen a raya a los harqueños, causándoles bastantes bajas; Y en la retirada, aunque los moros pretenden acercarse, no consiguen más que causarnos tres heridos.

Cuando regresamos de Dar Quebdani, el General nos da la noticia de que el Peñón de Vélez de la Gomera es constantemente atacado, y ordena el envío urgente de 50 legionarios voluntarios con dos oficiales a reforzar la guarnición.

En las compañías, todos los soldados se presentan voluntarios para la empresa, y se disputan el honor de ser nombrados, y, por fin, son designados un cabo Y ocho legionarios entre los mejores tiradores de cada compañía.

Entre los oficiales se repite la misma escena, y es nombrado el Teniente Esparza jefe de la expedición.

En el " Bustamante " , y en la oscuridad de la noche, se acercan a la costa; a un kilómetro del Peñón transbordan a una gasolinera Y protegidos por el cazatorpedero se aproximan al Peñón.

Una línea de pequeñas luces se ve hacia la playa. Los disparos de la artillería y fusilería enemiga avisan que el enemigo ha advertido la maniobra, y siguiendo una luz roja llega la gasolinera al abrigo del cortado.

Una escala de cuerda se ofrece para el desembarco, y con dificultad suben por ella muchos de los soldados, mientras otros ascienden metidos en el serón de subir la carga. Los legionarios pasan desde este día a ocupar el sector peligroso.

Los puestos de servicio son seis, en unas pequeñas cuevas a la orilla del mar, y a cuarenta metros, en la costa, se encuentran los tiradores enemigos.

La situación del Peñón no es mala; no obstante los bombardeos de la artillería enemiga, los legionarios se encuentran encantados, y con sus fusiles y ametralladoras han organizado un contrapaqueo que no deja parar a los indígenas a la vista de la posición.

Los trabajos de fortificación se activan, y algunas noches bajan los legionarios por una cuerda de nudos al pie del cortado, y por medio de otra cuerda han subido más de mil tablones en la playa abandonados y refuerzan con ellos las obras de sacos.

Durante las noches se cruzan mil insultos con los cabileños, que han aprendido los nombres de las clases y oficiales, hasta el extremo de que la misma noche que los legionarios llegaban preguntaban los moros, ¿si llegar los del Tersio?

A los pocos días de llegar los legionarios, se siente decaimiento en el campo moro. Entre los que a diario vocean a la Plaza se encuentra Hamido, el hijo del dueño de un comercio del peñón, el marrajo moro que también habitaba con los españoles y que algunas noches corea y aun canta la jota de Navarra, aprendida en sus muchos años de convivencia con los cristianos.

Estos moros abandonaron, en víspera del ataque, el Peñón y se pasaron al enemigo creyendo en las promesas de Abd-el-Krim y en la toma de la Plaza por los indígenas, y hoy están ya arrepentidos; perdieron las mercancías de sus tiendas; y sus fardos de té, tabaco y azúcar, abandonados en el muelle, son de noche recogidos por los legionarios.

La situación del Peñón es buena; sólo de cuando en cuando los moros cañonean o disparan sus fusiles, pero esto no priva a los soldados de bañarse y dedicarse a la pesca durante el día para ir matando el enorme aburrimiento del Peñón en calma.

Las malas condiciones en que se hace el convoy, la falta de desembarco y el tener que efectuar de noche la maniobra de descarga, hace que los convoyes se lleven de tarde en tarde y que la guarnición pase algunas privaciones. La carne no existe y los ranchos tienen que reducirse al condimento de alubias, garbanzos, arroz con tocino y, en algunas épocas, un poco de chorizo. Los legionarios han encontrado compensación y durante el día se dedican a cazar gatos, que adobados y puestos al sereno se les convierten en riquísimos conejos, y así han ido dando cuenta de los cincuenta o sesenta gatos que habitaban en el Peñón; sólo uno era respetado, el del Comandante militar, pero un día que el convoy tardaba, cuentan los legionarios que el gato se suicidó; nadie lo había matado.

La situación en el Peñón sigue siendo tranquila y la guarnición de legionarios reducida a treinta hombres.

Días después de salir los legionarios para el Peñón, se recibió de S. M. el Rey (q. D. g.) el siguiente telegrama: " el Rey al Teniente Coronel Millán Astray, Jefe Tercio. -Felicito al Tercio por la hermosa defensa del blocao Miskrela y por el espíritu que demuestra al ser todos voluntarios para ir al Peñón de las Banderas de Melilla, y tú como creador de esa fuerza recibe las gracias de tu Rey y un fuerte abrazo.-Alfonso, Rey " .

Las incursiones de algunos merodeadores enemigos en el camino de Batel motiva la colocación de un blocao que, vigilando los pasos de la montaña entre Haman y Uestia, aleje el peligro de la carretera; para conseguirlo, sale la Legión con una batería a proteger los trabajos de fortificación, ocupando por sorpresa el rocoso y alto pico frente a las posiciones antes dichas.

Quince legionarios decididos, con sus oficiales, hacen la penosa ascensión y a los pocos momentos sus disparos alejan al enemigo, que intenta molestar los trabajos.

Conforme avanza el día, de la harca de Tamasusi se acercan por el monte algunos grupos de harqueños, pero los legionarios, en su nido de águilas, se entretienen en cazar a todo el que se aventura en los collados.

Al mediodía, construido el blocao en piedra, descienden los legionarios y al poco tiempo los moros aparecen en las estribaciones del crestón; el fuego se intensifica un poco en la retirada y tenemos tres heridos.

Este puesto fue durante varios días objeto de las preferencias del enemigo, que no pudiendo pasar hacia la carretera, lo hostilizaba diariamente, llegando una noche a atacarlo con artillería, sin lograr hacerles bajas.

Las confidencias acusan estos días el aumento de efectivo de la harca de Tamasusi, y una mañana los proyectiles de un cañón de montaña caen delante de la posición de Dríus. Se observa el campo y no es posible ver el humo de los disparos. Es admirable el arte con que se ocultan de la vista estos fantásticos pacos de cañón.

Estos días se proyecta la ocupación de Tamasusi, y al amanecer del día 14 avanzamos, en vanguardia de la columna, en dirección al collado.

El paqueo empieza y, débilmente hostilizadas, dos compañías emprenden la subida al monte. El enemigo se pronuncia en huida por la otra vertiente y, al coronar la loma, le perseguimos con nuestro fuego por el llano. No es este el moro duro y valiente de días anteriores; son los judíos de M'Talza, que huyen al primer encuentro.

Por la derecha, en dirección a Midar y montes del fondo, se ve venir numeroso enemigo que se oculta en los barrancos; entre ellos abundan los jinetes y todos parecen dirigirse hacia la loma rocosa que ha de ocupar la caballería.

Nuestras baterías de montaña, batiendo la loma, protegen el avance de Policía y caballería de Regulares, y los carros de asalto, por el llano, cooperan a la acción.

A los pocos minutos, los regulares llegan y el enemigo se dispersa hacia la montaña; nuestras baterías les alcanzan con el fuego; se ven caer los jinetes; muchos muertos quedan diseminados por el llano; desaparece del escenario del combate aquella gran concentración guerrera, y al pie de Tamasusi se recupera el cañón enemigo.

Las bajas de la columna son escasísimas y el repliegue se efectúa sin apenas ser hostilizados.

Tres días después se ocupa la Chaif; los camiones blindados y carros de asalto avanzan por el llano y orillas del Kert, manteniendo a raya al enemigo. Las baterías dispersan las concentraciones enemigas, que intentan acercarse desde Midar.


XX - Consideraciones generales

Llevamos un mes de paz en el campamento de Dríus; las empresas guerreras parecen suspendidas y nuestro sueño de ir sobre Alhucemas y dar digno remate a la acción militar, se aleja indefinidamente.

Acción política, empleo de los grandes caídes, protectorado civil y ejército colonial. Sobre esto giran en la actualidad todos los comentarios.

Un apasionamiento grande ha llevado al ánimo de los españoles que la política ha estado ausente en nuestra acción africana; y olvidando tal vez demasiado la psicología de los cabileños, han hecho creer al pueblo que la labor política nos ha de dar el territorio pacificado.

En Marruecos, en todas las épocas, la labor política y militar han ido emparejadas y no ha sido la ausencia de la primera lo que nos llevó, como alguien cree, al desastre de julio. Si hubo algún error o desacierto en la labor de policía, no es justo atribuir a ello las causas del desastre; examinemos nuestras conciencias, miremos nuestras virtudes aletargadas y encontraremos la crisis de ideales que convirtió en derrota lo que debió haber sido pequeño revés.

España necesita, y necesita pronto, dominar la costa, establecerse en ella y dar al mundo la sensación de que las calas y ensenadas marroquíes han dejado de ser nido de piratas y que en ellos los faros de civilización marcan la ruta a los navegantes.

Mientras tengamos enfrente contingentes armados; mientras Beniurriaguel no sea sometido, el problema de Marruecos ha de seguir en pie. De Beniaurriaguel salió el levantamiento de julio, a ellos pertenecían los guerreros que levantaron Gomara y sitiaron a Magán; y en Miskrela y los Peñones existen sobradas pruebas de su rebeldía.

Alhucemas es el foco de la rebelión antiespañola, es el camino a Fez, la salida corta al Mediterráneo, y allí está la clave de muchas propagandas que terminarán el día que sentemos el pie en aquella costa.

La organización militar del Protectorado y la creación de las unidades coloniales son problemas muy complejos y dignos de mayor estudio, en el que la calidad y no el número de tropas han de dar la solución al problema.

Para organizar ese ejército, base legionarios o base regulares, hace falta que los banderines enganchen voluntarios, que las leyes que se dicten beneficien al voluntario y que en la vida militar encuentren los soldados los periódicos descansos y el relativo bienestar de las tropas coloniales.

Su calidad no depende sólo de la materia prima. El soldado voluntario es como todos los soldados y lo que mejora su calidad es la elección de cuadros, el poder llevar a ellos una oficialidad entusiasta y valerosa que les eduque en un credo de ideales, que no ha de sostenerse con unos puñados de pesetas. Es necesario el estímulo, que los oficiales se especialicen en la guerra, que conozcan al enemigo y que no sueñen con el momento de regresar a la Península, cumplida su forzosa estancia. Sólo el premio justo puede en esta época de positivismo conservar en África los cuadros de oficiales apropiados para las unidades de choque.

En la organización militar del Protectorado, el empleo de las modernas armas automáticas con la organización de batallones de ametralladoras y fusiles ametralladores, permitirán en el porvenir la reducción de las numerosas guarniciones de posiciones y los servicios de aprovisionamiento. Lo que unido a las modernas unidades de tanques, ha de ser la más firme base para la reducción de nuestros efectivos.

Relatadas las operaciones, no he de dejar de hacer unos comentarios a esta clase de guerra, pues si en algún capítulo señalo defectos, no ha sido el deseo de crítica el que dictó mis palabras, sino por el contrario, el explicar los medios con que pueden corregirse.

Todos los que hemos servido en fuerzas indígenas conocemos la frase tan frecuente en esta guerra entre los moros: TENIENTE FULANO NO SABER MANERA; quieren decir con esto, que no tiene todavía la malicia de la guerra y hace la aplicación rígida de los reglamentos, sin amoldarlos a la índole especial del combate.

En esta campaña hemos visto frecuentemente los casos en que por NO SABER MANERA (emplearemos la frase), se acrecentó el número de bajas.

El combate en Marruecos se caracteriza por no presentarse el enemigo en los avances en una situación decidida y franca; los moros no aparecen al descubierto y hacen del terreno un aprovechamiento ideal. Si se avanza, generalmente retroceden combatiendo; y si las tropas se estabilizan, se aproximan por las barrancadas y zona desenfilada y pronto existen un sin número de tiradores que aprovechan los momentos propicios para causar numerosas bajas.

Si a esos tiradores oponéis las rígidas secciones en guerrilla de nuestros reglamentos, aumentarán vuestros heridos. Esto sólo lo evita el oficial obligando a su tropa, al estabilizarse, a hacer un perfecto aprovechamiento del terreno, formando con las piedras pequeños parapetos, que más tarde han de resguardarse de los fuegos enemigos, sin colocar más hombres que los necesarios para la acción, permaneciendo detrás, a cubierto y todo lo próximo que sea posible, el resto de la unidad, despiertos y prevenidos para contrarrestar, caso preciso, cualquier reacción enemiga.

Al subir a las lomas y en los avances, ocurre frecuentemente ver aparecer unos enormes guerrillones sobre las crestas. El enemigo hace unos disparos y ocasiona las consiguientes bajas; por esto hay que enseñar al soldado a subir a las crestas con precaución y gateando, si así conviniese, los últimos pasos, dispuesto siempre a tropezar al enemigo y evitar ser sorprendido.

El oficial debe tener instruidas a sus escuadras y clases para que la sección no forme un todo rígido y que si la loma es pequeña o existe una casa, chumberas, etc., las escuadras exteriores rebasen por las laderas o por los flancos el obstáculo a ocupar y de esta manera se evitarán sorpresas.

Esto que aquí se indica deben practicarlo las compañías con sus secciones y el batallón con sus compañías formando un conjunto flexible en que las unidades o fracciones se apoyen o flanqueen.

El enemigo emplea en esta guerra mil procedimientos para ocasionar en nuestras tropas efectos de sorpresa. Así se ve una loma ocupada por numeroso enemigo, que éste abandona al parecer ante el fuego preparatorio de nuestra artillería.

Las fuerzas avanzan a ocuparlo y en esos momentos en que el soldado se cree libre de peligro, los harqueños, en oleadas, se presentan dando gritos y aprovechan sabiamente la impresión causada.

Contra esto hay que prevenir constantemente a los soldados, volverlos desconfiados y que si llega el caso, serenos, rechacen la agresión convenciéndose de que los moros no llegan al arma blanca más que cuando los soldados corren.

Otra de las modalidades se presenta en la ocupación de las crestas. En una guerra regular, la colocación de las guerrillas en la cresta militar es lo apropiado, pero en Marruecos hay que abandonar la mayoría de los casos esta práctica y ocupar las crestas topográficas, colocando sólo en la militar un pequeño número de soldados que vigilen el acceso a la loma y el fondo de la barrancada, escogiendo para ello lugares a los flancos o aquellos puntos en que el terreno permita llegar a cubierto.

Esta colocación de tropas, que contraría lo preceptuado, nos ofrece por la índole del combate muchísimas ventajas, librándonos de los inconvenientes que lleva aneja la ocupación de la cresta militar.

En la cresta topográfica las guerrillas encuentran abrigo de los fuegos enemigos y el municionamiento y retirada de heridos no ocasiona ese sinnúmero de bajas que lleva consigo el rebasar las crestas topográficas. En el caso de ocupar la militar, los soldados estarán al descubierto, las bajas aumentarían, la retirada de cada hombre costará las de otros varios y en los momentos de la retirada es difícil el evitar que quede abandonado algún soldado.

El único peligro aparente de este dispositivo es el caso de una reacción enemiga, pero para evitarlo están esos soldados o escuadras adelantadas en los sitios favorables y el buscar la observación sobre las laderas por otra unidad inmediata que domine este terreno. Sin olvidar que la reacción enemiga no es la característica general de los combates en Marruecos, en los que la mayoría de las bajas son ocasionadas durante las interminables esperas en tiroteo con el enemigo, mientras se construyen las posiciones.

Los barrancos tienen también para este enemigo más importancia que las lomas; constituyen excelentes caminos cubiertos para aproximarse y no basta ocupar las lomas y vigilar las alturas vecinas; es imprescindible vigilar las hondonadas a los flancos y retaguardia y adelantar por ellos, si así conviniese, escuadras de seis u ocho hombres, que en la hora de la retirada lo hacen a cubierto siguiendo el barranco.

La retirada es una de las maniobras que más se practica, y siendo estos movimientos la piedra de toque de la moral de las tropas, todas las precauciones han de ser pocas para llevarlas a feliz término. Esas retiradas lentas, por escalones, tan frecuentes en nuestras escuelas prácticas, en que los saltos se acomodan a las reglas de la guerra regular, olvidando tal vez demasiado la realidad del combate, tienen que desterrarse de nuestra campaña de Marruecos.

El moro aprovecha los momentos de la retirada para echarse encima, ganar la cresta y sorprender con su fuego a la tropa en los momentos del repliegue. En las retiradas, en que una fuerza se para a hacer un escalón, recorrido el espacio que le dicen los reglamentos, si el enemigo ha ganado la cresta, aumentará muchísimo el número de bajas, y si la moral de las tropas no es excelente y la zona está muy enfilada, se acaba abandonando los heridos y sembrando en ella el germen del chaqueteo.

Para evitar esto, es conveniente que los saltos se ajusten a las condiciones del terreno, teniendo establecidas previamente a retaguardia otras unidades que protejan la retirada, que harán los soldados al paso ligero y teniendo una señal convenida para volver a ocupar el puesto en caso de que alguno caiga herido, estando siempre los sostenes dispuestos para reaccionar en este sentido.

La situación a retaguardia de las ametralladoras, batiendo las crestas y collados en que el enemigo hará su probable aparición, permitirá en la mayoría de los casos, colocando en ellas un fuego de barraje, retirarse sin ser hostilizado.

Si el enemigo está muy próximo y el terreno puede favorecer su avance, entonces es preciso simular la retirada esperándole con serenidad que llegue a pocos metros, hacerle unas descargas y aprovechar la segura huida para desplegarse, en la seguridad que no se echará encima nuevamente; pero para esto hace falta que la moral de las tropas sea muy elevada.

Todas estas prácticas, el aprovechamiento del terreno disimulando la situación de los tiradores, la ocupación de las crestas, las retiradas, etcétera, esa malicia del combate, los moros la señalan con las palabras españolas de saber manera, y es indispensable en esta guerra que todos aprendan a saber manera.


XXI - Infantes heroicos

No he de cerrar mi libro sin dedicar un recuerdo a los gloriosamente caídos en la heroica defensa de las posiciones.

En los primeros momentos del desastre, el dolor de la tragedia nubló la gloria de muchos de nuestros compañeros muertos en la defensa heroica de sus puestos, y humanos egoísmos más tarde dejaron en silencio estos hechos gloriosos; y el pueblo sabe cómo se rindió tal posición, pero ignora cómo han muerto sus mejores soldados.

El nombre de los defensores de Igueriben debiera figurar con letras de oro en el libro de nuestra Infantería. El comandante Benítez hizo de esta posición la defensa más heroica; sin agua, sin víveres, Benítez resistía y el convoy no llegaba... Un día triste se desistió del socorro, se les autorizaba a rendirse, a entrar en tratos con el enemigo; pero Benítez y los suyos conservan en su alma el temple de los heroicos infantes, y de labios de un testigo hemos oído el último telegrama: " Los jefes y oficiales de Igueriben..., mueren pero no se rinden " , y ponen fin a sus vidas con el más grande de los heroísmos.

Los moros, más justos, pronuncian con admiración y respeto el nombre de Igueriben.

En Sidi-Dris, Velázquez escribe con su guarnición otra página gloriosa, y en ella muere con la mayoría de sus soldados.

No pasaba un día, en aquellos de nuestra llegada, sin que algún soldado herido o extenuado del hambre y del cansancio no fuera recogido por nuestro servicio, o puestos avanzados, y nos refiriese el término glorioso de tantas posiciones. De ellos he obtenido estos relatos, cuando la emoción nublaba sus palabras y aún no se había podido urdir la fábula.

Un día es un soldado del regimiento de Melilla que viene de Dar Quebdani, donde una compañía de dicho regimiento se ha cubierto de gloria. Voluntario marcha el capitán con la compañía a la aguada donde es atacado por enemigo numeroso; se fortifica en una casa mora y en ella resiste los duros ataques de los cabileños.

La posición principal se rinde, y recibe de los jefes enemigos las mismas proposiciones, que son rechazadas con orgullo por los sitiados.

Pronto los moros, que cercaban la posición rendida, le rodean, y con las propias armas y municiones españolas ponen sitio a aquel baluarte de heroicos soldados; la compañía se defiende gloriosamente y al capitán se le oye decir: " Ánimo, muchachos, que si salimos de ésta ya nos la pagarán. "

Gloriosamente van cayendo la mayoría de los soldados; quedan pocos en pie y el capitán también se encuentra herido; y cuando la defensa llega a su fin, cuando ya no quedan hombres para seguir en el empeño, quema los billetes y retratos y muere sin rendirse...

¿ Su nombre?... ENRIQUE AMADOR ASÍN... ¿ Sus soldados? " La sexta del tercero de Melilla. "

Pacificado Beni Said, los moros relatan el glorioso episodio. Les habían causado con su defensa cuarenta y ocho muertos y ciento cuarenta heridos, y los cabileños, admirados de su valor, le dieron sepultura.

No es éste solo el caso en que los moros, rindiendo admiración al heroísmo, entierran los restos gloriosos de un oficial. En Arrof, el teniente García Méndez, de la escala de reserva, se niega a retirarse cuando lo hace su compañía, y herido de gravedad se hace pasear en la camilla animan do a los defensores y rechazando las proposiciones enemigas; mueren en la heroica defensa todos menos uno de sus soldados. El cadáver del teniente fue enterrado por el enemigo.

En otra posición, el capitán Escribano escribe otra página gloriosa. Agotados los víveres y medios de defensa, sale a la alambrada a parlamentar con los jefes enemigos, dejando preparados en la posición a los defensores para que mueran matando y disparen a su voz, y cuando tiene a su lado a los jefes y grupos moros, da la voz de ¡fuego! y muere entre los cabecillas.

Muchísimos son los detalles de los hechos gloriosos, y Wieiti, Verdiguer, Navarro, Rodríguez Chapel, Gil Cabrera, Bulnes, Galán y otros heroicos capitanes y oficiales de nuestra Infantería, defendieron sus posiciones hasta perder el último soldado, al frente de los cuales encontraron muerte gloriosa.

¡Salve!, heroicos defensores de Igueriben; ¡salve!, gloriosos soldados de la Infantería.

El horror del desastre no podrá nunca nublar vuestra gloria.

FIN

 

 
 
 
  ATRÁS.