Universidad de Barcelona de Geografía e Historia  

 

 
 

 

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      ATRÁS.  
 
 
  LOS PROBLEMAS DE 1902.  
 
Hemos podido comprobar en el capítulo anterior -y en los temas relacionados al mismo- los amargos resultados que obtuvo España en 1898 y como perdió sus últimas posesiones de ultramar después de un simulacro de guerra con Estados Unidos, simulacro porque fueron los Estados Unidos los que pusieron las victorias mientras que España solamente puso los muertos.
     
  DESASTRE DE CAVITE.  
     

El investigador naval Alejandro Anca Alamillo nos pone en antecedentes sobre lo sucedido en Cavite: "[...] hay que reiterar el mal estado de mantenimiento en el que se encontraban los buques españoles, y es que el arsenal de Cavite había quedado del todo punto obsoleto para las necesidades de éstos. En el momento de estallar la guerra, tres de los principales buques estaban siendo sometidos a grandes reparaciones y el resto se encontraba en deficiente estado. Diríase que aquella parecía más una escuadra que acabara de salir de un combate que una que se preparara para empezarlo. A esta deplorable situación del material a flote se unía la escasez y la falta de preparación del personal que componía en aquellos momentos la Armada Española".

En estas condiciones tan deplorables no era demasiado sencillo plantear una guerra contra una potencia emergente como los Estados Unidos y menos ganarla.

Este preámbulo, recordando hasta cierto punto lo que hemos visto en temas anteriores, viene para que nuestro lector se haga una isea de los hechos que sucederán a continuación.

En el año 1902 el gobierno de España manda lo que le queda de la escuadra, prácticamente destruida en la guerra contra los Estados Unidos de 1898 a la ciudad africana de Tánger. La orden recibida es la de permanecer en estado de máxima alerta ante la posibilidad de comenzar una inminente invasión de Marruecos. Los detonantes de estos hechos tenemos que buscarlos en el desarrollo la política africana de Francia, que trata de expandir su dominio sobre la costa norte del continente para crear una gran colonia (que correspondería a los territorios sumados de Marruecos y Argelia), este expansionismo francés despierta los recelos de España que considera como territorios propios una parte de Marruecos que Francia pretende dominar y por esa razón está dispuesto a defender sus aspiraciones territoriales hasta con la fuerza de las armas.

El resto de las potencias europeas, y muy especialmente el Reino Unido, ven con malos ojos esos movimientos tácticos galos pues temen  esa gran colonia que los franceses pretenden crear en el norte de África y que dominaría totalmente la entrada al Mediterráneo.

     
  SAGASTA  
     

Las palabras de Sagasta son significativas al respecto: "No solo hay que pensar en los inconvenientes de Marruecos, sino en los peligros de no ir. Preveo todas las consecuencias del paso que vamos a dar, pero, ¡que remedio!, no se hacen tortillas sin romper huevos... Para un Rey joven cuyo reinado comenzó con un Desastre, es este negocio de gran trascendencia. A él le será dado coger el fruto material y la gloria que pueda producir, y tendrá la satisfacción de ver compensadas ampliamente las desventuras que en sus primeros años presenciara".

León y Castillo, político español, apostillaría con suma precisión la situación internacional del momento y las palabras de Sagasta: "La cuestión de Marruecos se resolverá en breve con nosotros o sin nosotros, y en este caso, contra nosotros"

El historiador Pedro Pichón reflexiona al respecto: "[...] sin la perdida de las últimas colonias de ultramar es muy posible que España no hubiera hecho nada por ganarse el sitio que ella creía que le correspondía en Marruecos, seguramente que hubiera reclamado a Francia la ampliación de los territorios cercanos a sus plazas de Ceuta y Melilla y hubiera aceptado que los galos se apropiaran de toda la zona sin poner demasiados problemas. La pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas fue el detonante de la nueva política colonial española.

Receloso a que Francia y España alcanzaran una serie de acuerdos secretos que interfirieran en su política colonial (de hecho los dos países ya estaban negociando sobre Marruecos en secreto en 1902), el Reino Unido hace que su soberano Eduardo VII viaje a París en visita oficial en 1903, lo que abrirá una nueva etapa de cordialidad y diálogo entre ambas potencias -los dos países andaban buscando aliados de fiabilidad ante el creciente y muy precoupante militarismo germano-. Esa repentina civilidad se verá remarcada y rubricada con el viaje del presidente francés, Loubet a Londres, devolviendo la visita regia.

     
   
     

Esta serie de contactos concluirían con la firma del convenio secreto franco-inglés de 1904 por el cual ambos países se comprometían a no involucrarse en las aspiraciones británicas sobre Egipto y a las de Francia sobre Marruecos  y aunque el Reino Unido aseguró al representante hispano que: "[...] no negociaría con Francia sin ponerse previamente de acuerdo con España" , es evidente que, una vez más, no cumplió con su palabra y el acuerdo prácticamente obligó a España a adherirse al mismo si quería conseguir algún territorio que Francia considerase sin importancia y se lo cediera generosamente, porque en caso contrario se encontraría con una situación un tanto delicada con una poderosa Francia al norte y otra al sur de su península.

En el articulo VIII de ese convenio secreto franco-inglés de 1904 se decía lo siguiente: "Los dos Gobiernos, inspirándose en sus sentimientos sinceramente amistosos para España, toman en particular consideración los interesase que tiene por su posición geográfica y por sus posesiones en la costa marroquí del Mediterráneo y a propósito de los cuales el Gobierno francés se concertará con el Gobierno español" . La reacción española comenzó siendo de indignación, pues estaba claro que la darían un simple premio de consolación, para luego ser de resignación. Cuando los representantes españoles se reunieron con los franceses para negociar sobre la parte que le sería asignada lo primero que comprobaron fue que la zona que en 1902 ya habían negociado ambos estados en 1904 había sido considerablemente reducida.

     
  ALLENDESALAZAR  
     

Como epílogo a este apartado creo que es interesante aportar las palabras de José Manuel Allendesalazar en su obra "La diplomacia española en Marruecos 1907-1909", palabras que sirven perfectamente de corolario a los problemas iniciados por Francia en 1902 y que desembocaron, como ya hemos visto, en el reparto de Marruecos bajo la supervisión británica: "La suerte estaba echada, y ello tanto para España, que había deseado durante años que nada cambiase en Marruecos, y que ahora tenía que actuar allí en virtud de una decisión concertada en principio sin su participación, como para Marruecos, que había confiado durante todo el siglo XIX en el apoyo inglés, y veía ahora que Londres se ponía de acuerdo con Francia, el país que más decidido estaba a acabar con su independencia. Pero todavía durante algún tiempo, Marruecos se iba a encontrar con un nuevo e inesperado defensor, el imprevisible y alucinado káiser Guillermo II de Alemania".

 
 
 
         
  ATRÁS.   SIGUIENTE.