Nuestra admiración, nuestro agradecimiento, la recompensa de la Patria, el galardón colectivo, debe ser para ese desconocido muerto cruelmente, al frente de sus subordinados que hoy son el cojín de cadáveres en que se apoya el oficial que no ha podido ser identificado.
Son estos bravos que nunca veremos retratados en las mejores páginas de los periódicos ilustrados; cuyos nombres no leeremos nunca en los grandes titulares de los periódico; cuyos hechos históricos mas o menos ciertos no contamos jamás los cronistas de guerra, los que merecen con entera justicia el elogio y el recuerdo, aunque solo fuera porque nadie podrá comerciar con los adjetivos.
Ese oficial, como todos los demás soldados -ante la muerte no hay graduación- debe ser una dura lección para los gobernantes, para los españoles impresionables, para nosotros los periodistas que no aprendemos nunca a despreciar a tiempo.
El Desconocido, tiene la pureza de su sacrificio en el misterio de su soledad. Nadie podrá decir que es su pariente, su hermano, su superior...
Nadie podrá esperar nada ni de él ni de sus deudos agradecidos.
Quizá por eso nadie le llorará...
Y sin embargo, es preciso que cumplamos el deber de proclamar su heroismo. El montón enorme y horrible de cadáveres que en Monte Arruit han sido enterrados a paladas, sin saber quienes eran, sin precisar su grado ni su valentía, es algo imborrable en la historia de esta guerra, cuyos momentos salientes comenta aquí a diario el cronista.
¿Quiénes serán los que nadie identificó?
¿En quién pensarían al morir? ¿Hacia qué corazón fué el suyo al sentir de cerca el frío encantado de la Eternidad?
El muerto desconocido es para mí el verdadero patriota que dió su vida por España, renunciando para siempre a la necia vanidad de la gloria humana..." |