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Universidad de Barcelona de Geografía e Historia |
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EL SUEÑO DE LA
NACIÓN INDOMABLE 2 |
Las conquistas de la revolución liberal también han sido cuestionadas últimamente. El concepto de la revolución liberal (y sobre todo, la presunta revolución burguesa con la que muchos la identifican) ha sido puesta en duda por muchos historiadores. En unos casos porque no creen en este concepto, que sustituyen por el de 'proceso'. En otros, porque no se ha encontado en la revolución española un sujeto político colectivo y homogéneo ni se ha sabido dar con el modelo (francés, británico o prusiano) en el que presuntamente se inspiraría el caso español. El problema del revisionismo es que, en su ansiedad por enterrar los mitos de 1808 y 1812, ha acabado elevando a tal categoría sus propios artefactos conceptuales, como el de la invención de la guerra nacional, la invención de España o el paradigma de la no revolución. Lo cierto es que se ha llevado a cabo una labor revisionista, pero sin que la deconstrucción fuera acompañada de alternativas conceptuales. |
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Este libro [El sueño de la nación indomable] pretende revisar esa amplia flora de construcciones y deconstrucciones mentales llevadas a cabo por los historiadores en torno a 1808 y 1812, en aras de aplicar la función crítica que se supone inherente a la historia. Somos conscientes de que hoy es más fácil deconstruir que construir. Incluso la novela histórica de los últimos años, desde ópticas ideológicas distintas, ha tendido a la desmitificación posmoderna de la guerra. Vallejo Najera ('Yo el rey'), aparte de glosar a José I, consideró el 2 de mayo como un gran error de Murat, que rompió las esperanzas depositadas en Bonaparte. Pérez Reverte ('La sombra del aguila') ha subvertido el paradigmo heroico clásico escribiendo un alegato contra la guerra en sí misma. Fernández Santos ('Cabrera') describió las miserias humanas de la guerra a partir del episodio del aislamiento de los vencidos en Bailén. Hasta Torrente Ballester ('La isla de los jacintos cortados') trató sarcásticamente a Napoleón como una metaficción historiográfica. No se trata de ironizar sobre efusiones emocionales que se esconden dentro de la épica de la guerra ni de hacer sarcasmos sobre la retórica romántica de los diputados gaditanos. Detrás de toda esta historia hay mucha sangre derramada, ilusiones rotas, fracasos políticos, biografías atormentadas, que exigen respeto por parte de los historiadores. Pero el respeto no exime de la necesidad de desvelar las legitimaciones -verdaderas y falsas- en las que los mitos se fundamentan, ni de exorcizar las servidumbres sentimentales o las devociones irracionales a los mismos. Y ello desde la reivindicación de la complejidad, de la exigencia de matices, como vacuna necesaria contra las interpretaciones reduccionistas o sectarias. Además, aquí no solo se analizarán las distorsiones llevadas a cabo por los historiadores. Los mitos fueronconstruidos, en su mayor parte, por los propios sujetos agentes y pacientes de los hechos de 1808-1812. El lector encontrará en este libro un estudio crítico del ruido mediático con el que se invistió 1808, desde aquel célebre 2 de mayo y su presunta espontaneidad. En este análisis de 1808 se desmenuzan los fundamentos irracionales del levantamiento: desde el mito del traidor, personalizado en el pérfido Godoy, al mito del invasor exógeno, el francés Napoleón, con su dócil hermano al lado, pasando por el mito del príncipe inocente, representado por Fernando VII, el deseado nada deseable.
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Por otra parte, no solo se replentea la lógica en que se ha amparado el levantamiento de 1808, sino que también nos ocupamos de la guerra y sus mitos, junto a los debates que han generado. ¿Cúal fue la significación efectiva del ejército regular español? ¿Fue decisiva para ganar la guerra la aportación española de la guerrilla? ¿Fue más fundamental la ayuda británica? ¿Qué hay de mito y qué de realidad en la gloria de los sitios y la defensa heroica de ciudades como Zaragoza y Girona?
Asimismo se someten a examen la mitología liberal de Cádiz y su legado de 1812, tanto en sus visiones triunfalistas y nostálgicas como en las derrotistas y victimistas. Uno de los aspectos que hace más apasionante el tema que nos ocupa es precisamente el de la multiplicidad de representaciones que nos dejaron sus protagonistas, con la lógica pluralidad de espejos a través de los cuales hemos mirado esta época. La palabra 'representación' adquiere gran fuerza en este momento. Cada hecho es visto de manera distinta por cada uno de sus proyagonistas o testigos. Y casi todos nos dejaron sus correspondientes testimonios, que ellos mismos llaman representaciones. Ello nos abre un abanico apasionante de lecturas de la realidad. Nunca el género autobiográfico o memorialístico ha sido tan boyante como en esta coyuntura, porque nunca ha habido tal preocupación por la imagen propia: parecer ser antes que ser, el imperativo de lo público sobre lo privado. La dependencia de la opinión de los demás exige la correspondiente explicación o aclaración de la conducta propia.
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Todos parecen competir en el monopolio de la razón moral. Todos quieren justificarse, explicar por qué optaron por lo que optaron en cada una de las encrucijadas que vivieron. Fernando Durán ha registrado nada menos que 114 autobiografías escritas para contar las experiencias vividas en la guerra, y no están todas las que son. Las divide en memorias justificativas y testimoniales, las primeras escritas para justificarse por unas determinadas decisiones o por toda una trayectoria vivida; las segundas, para dejar testimonio histórico de la experiencia vivida o sufrida. A mi juicio, todas las memorias tienen un componente justificativo más o menos explícito. Los escritos de descargo o de promoción se confunden con los que presuntamente quieren ejercer de albaceas testamentarios del pasado para ofrecer su imagen del mismo modo como legado ante la historia. El rey, la opinión pública y la historia como destinatarios van demasiado unidos. Ciertamente existe la diferencia lógica entre los escritos en caliente, en plena efervescencia de los hechos que se narran, y los cocinados en frío, larvada la reflexión mucho tiempo (de un Cervallos o un Escóiquiz a un Godoy, por ejemplo), pero la capacidad de reflexión no exime de la pasión ni el tiempo corto invalida la serenidad interpretativa.
La intención de este libro [El sueño de la nación indomable] es ordenar el caos de las representaciones que nos hicieron sus protagonistas, poniendo en evidencia la construcción de las representaciones lógicas conservadora y liberal, desde la convicción de que la polarización ideológica no excluye la frecuente mixtificación, la emergencia de las terceras Españas en juego. Porque, efectivamente, entre los extremos ideológicos, entre la alternativa bipolar conservadores-liberales, hubo una enorme variedad de posiciones con abundantes liberales moderados y conservadores discretos. ¿Cómo clasificar ideológicamente a Capmany? ¿Por qué hubo tanto conservador apresado por Fernando VII en 1814? No hay duda de que en la larga lista de las personas detenidas en Madrid por Fernando VII en la noche del 10 al 11 de mayo de 1814 encontramos un montón de nombres de pelaje ideológico conservador, solo unidos por el nexo constitucional a las grandes figuras del pensamiento liberal. Así pues, el legado constitucional de las Cortes de Cádiz fue la obra conjunta de españoles muy diferentes entre sí, de historias personales muy dispares, que discreparon mucho pero coincidieron en la asunción de una necesidad histórica.
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Eso explica las contradicciones internas de la propia Constitución de 1812 y las tensiones entre los fundamentalistas y los posibilistas. En las Cortes se jugó con la opción de la ruptura, pero se acabó imponiendo el criterio de la reforma muy moderada. Al final, la memoria histórica nacional previa contó tanto con el modelo de la Revolución francesa, puesto que el propósito permanente fue hacer una revolución a la española, conjugando la identidad del país con las expectativas de homologación a Europa.
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