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Universidad de Barcelona de Geografía e Historia |
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BONAPARTE |
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A principios del año 1809 todo parecía perdido para los intereses españoles; el ejército imperial había vencido claramente al hispano y había conseguido que los británicos embarcaran inmediatamente para salvarse de una masacre segura. Fue en ese momento cuando el gobierno del Reino Unido apostó por implicarse profundamente en la que llamarían 'Peninsular War', la guerra de la indpendencia. En otro orden de cosas tenemos que apuntar la consolidación de la guerrilla, que se convirtió en un fenómeno de masas. |
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Mientras que el ejército estaba bajo el control de la nobleza, la guerrilla era un movimiento puramente popular. Martín Badajoz escribe al respecto: 'La guerrilla fue, e incluso es, la demostración más clara del espíritu hispano; dispuesto a morir por una idea si lo hace por su propia iniciativa pero reacio a ser controlado por un mando que le determine cual debe ser su cometido. Bajo esta premisa, el desarrollo de la guerrilla durante la Guerra de la Independencia estaba predestinada a triunfar.' Los guerrilleros actuaban de modo disperso, en cuadrillas o partidas formadas principalmente por campesinos, desocupados, vagabundos, penados, desertores y trásfugas de las tropas imperiales, sobre todo suizos, alemanes, polacos e italianos.
Su jerarquía era sencilla: mandaba cada partida un cabecilla carismático, ayudado por algunos hombres de confianza que, mas tarde, tomaron denominaciones militares como capitán o teniente. Su prestigio venía determinado por su procedencia, era gente del pueblo, en la mayoría de los casos analfabeta; zapateros, agricultores, estudiantes...
Algunas guerrillas acabaron convirtiéndose en un pequeño ejército, como la de Javier Mina, que comenzó con doce hombres y un mes más tarde contaba ya con doscientos. A su muerte, en 1813, mandaba nueve regimientos de infantería y dos de caballería.
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La uniformidad de los guerrilleros no les delataba como luchadores. Vestían ropa civil, calzaban alpargatas y se armaban con toda clase de armas blancas, escopetas, trabucos y armas de fuego capturadas al enemigo. Quien tomaba un caballo pasaba a ser de caballería y el que era capaz de hacerse con una buena carga de pólvora, era ascendido de forma inmediata.
La rapiña mejoró su equipo y la población civil, colaboradora ella, les proporcionaba todos los elementos de primera necesidad que pudieran necesitar para subsistir en las montañas; desde alpargatas a vívers pasando por camisas o mantas. Su principal objetivo era la de atacar a pequeños grupos de franceses aislados, asaltar a los convoyes, interceptar los correos e incluso hostigar las retaguardias del ejército galo. Estas operaciones debilitaba la moral del ejército imperial, dificultaba sus comunicaciones y le mantenía en una tensa intranquilidad -tal llegó a ser el control guerrillero de los correos franceses que, el desastre de Rusia fue conocido por el pueblo diecinueve días antes que el propio José I-.
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La población colaboraba con ellos muy eficazmente; los informaba, curaba, abastecía y escondía si era necesario. La Iglesia también los apoyaba, ya que la guerra contra Napoleón era concebida por el clero español como una cruzada en la que se debía salvaguardar la verdadera fe -verdadera fe que curiosamente solamente ellos, el clero hispano, parecía poseer-.
Los guerrilleros conocían perfectamente el terreno y su estrategia a la hora del ataque es quer este solamente se producía si las condiciones eran muy favorables. En caso contrario huían y se dispersaban ocultándose hasta que el peligro había pasado. Su disciplina era extremadamente expeditiva, así, si un hombre había hecho algo por lo que debiera ser juzgado, el juicio no se demoraba nada y el castigo o la puesta en libertad se hacia de forma inmediata. A un indisciplinado reincidente se le fusilaba, a un traidor o a un espía se le ahorcaba -pudiéndose haber cortado la nariz o las orejas antes-. En Navarra los franceses llamaban a los guerrilleros navarros 'cortaorejas'.
Cuando un guerrillero era capturado por los franceses sabía que no podía esperar piedad del enemigo. Desde 1810 fueron considerados bandidos y tratados como tales.
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Sea por patriotismo o por miedo a los guerrilleros, el pueblo no intimó demasiado con el invasor, lo que privó a los franceses de confidentes y los hizo sentirse aislados y vulnerables.
Las guerrillas desgastaron a las tropas imperiales, entretuvieron a sus soldados y quebrantaron su potencial económico. Requisaban armas, caballos, rebaños, alimentos y, en la época de la cosecha, los guerrilleros dejaban las armas para hacer la recolección como si de simples agricultores se tratase.
A comienzos de 1810, la península estaba prácticamente ocupada por los franceses, excepto Lisboa, Cádiz, Valencia, Baleares y Canarias (que nunca llegaron aser ocupadas) y algunas zonas de Galicia y Cataluña -lo de Cataluña merece capítulo especial ya que finalmente fue incorporada a Francia por decisión del propio emperador, ya que Napoleón opinaba que los catalanes eran: 'franceses descarriados que debían reencontrar a su patria '. Posiblemente Bonaparte hacia referencia a cuando Cataluña era una región francesa, tiempo antes de que conquistara su independencia con el conde Borrell (N.A.)-.
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En enero, tras las murallas de Cádiz se estableció una nueva legalidad que sustituyó a la Junta Suprema de Gobierno por una Regencia, convocándose más tarde las primeras Cortes sin Estamentos.
Los choques entre el 'poder' y las guerrillas fue constante. La Junta Suprema trató de formalizar un reglamento que todos los guerrilleros debían de acatar -demostración empírica por la que podemos llegar a la conclusión que dicha junta estaba llena de idealistas o de tontos-. Solamente en Cataluña la cosa funcionó más o menos ya que los guerrilleros se fusionaron con formaciones ya existentes como los Tercios de Miqueletes, mitad soldados y mitad guerrilleros, y los Somaten, parcialmente una milicia y una guerrilla.
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Los guerrilleros complementaban pero no sustituían al ejército hispano, que luchaba como podía contra los franceses. Para ser ciertos, debemos señalar que el balance era favorable a los imperiales, aunque hemos de reconocer que el ejército español no se amilanaba y seguía presentando combate a las tropas de Bonaparte.
En enero de 1810 el rey José I y el general Soult comenzaron a ocupar Andalucía. El 1 de febrero de 1810 entraron en Sevilla, aunque fracasaron en su intento de tomar Cádiz, donde residían las autoridades supremas españolas, y debieron conformarse con sitiar la ciudad. El ejército de Sebastiani tomó Granada, y Saint-Cyr ocupó Cataluña, donde Gerona resistió hasta diciembre y Tarragona hasta 1811. Sucher se desplegó en Aragón, tomó Zaragoza y sitió Valencia, que resistió hasta el 9 de enero del año 1812.
Ahora el gran problema eran los ingleses instalados en Portugal. Masséna se hizo cargo de las operaciones y se dirigió a Lisboa con la intención de vencerlos definitivamente. Sin embargo, chocó con una línea defensiva compuesta por 30.000 ingleses y 30.000 portugueses. Requirió refuerzos para entablar batalla, pero Soult no logró sobrepasar Badajoz al ser derrotado en La Albuera, por lo que Masséna tuvo que retirarse acosado por los aliados que lo sabían debilitado para entablar combate.
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A principios de 1812, numerosas tropas francesas abandonan la península para dirigirse a la Campaña de Rusia. Fue el momento en que los ejércitos aliados de Portugal, el Reino Unido y España comenzaron una potente ofensiva por la que se recuperó Ciudad Rodrigo y Badajoz. A pesar de todo, el conflicto prosiguió sin decantarse claramente por un bando hasta que, el 22 de julio de 1812, Wellington derrota a Marmont en Arapiles (cerca de Salamanca), una victoria que, esta vez sí, cambió el curso de la guerra.
Los imperiales levantaron el sitio de Cádiz y el rey José abandonó Madrid para refugiarse en Valencia. Wellington entró en la capital el 12 de agosto de 1812 pero luego se replegó nuevamente a Portugal, para acabar con el ejército francés que todavía se encontraba allí. En diciembre José I regresó a Madrid pero la causa francesa ya estaba perdida... Mientras tanto, el emperador era derrotado en Rusia y centroeuropa.
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La brava resistencia española había facilitado la de otros muchos países, entreteniendo a una serie de tropas imperiales que hubieran sido necesarias en otros escenarios. La alianza con Gran Bretaña permitió proseguir la guerra, aunque muchos gastos del ejército británico corrieron a cargo del tesoro real hispano o directamente de la población. Aunque el ejército mejor preparado del antiguo continente era el inglés, el nuevo tipo de guerra con la que se enfrentaron los galos, la de guerrillas, socavó su retaguardia, debilitó sus líneas de comunicaciones y mermó profundamente su moral sin que pudiera hacer nada para remediarlo.
Buena parte del fracaso de Masséna en Portugal se debió a los incesantes ataques de los guerrilleros de Espoz y Mina contra sus líneas de comunicación y de abastecimiento en Navarra, Aragón y la Rioja.
En el último momento, y contando tan solo con 100.000 hombres, José I abandonó sus funciones como soberano y trató de dirigir la guerra personalmente. Sus enemigos contaban con fuerzas similares, 65.000 anglo-portugueses y 60.000 españoles. En cinco años, el dominio francés en la península se había desmoronado, el gobierno de Cádiz preparaba su inminente traslado a Madrid y los franceses solo conservaban una franja una franja de terreno, desde Valencia a la frontera.
El 23 de marzo de 1813, el rey José I se vio obligado a abandonar nuevamente Madrid, trasladando la capital y su corte a Valladolid -la antigua e histórica capital de España-, pero pronto tuvo que retirarse ante la inminente llegada de las tropas aliadas por el valle del Duero.
Ante los acontecimientos, José decide retirarse definitivamente hacia Francia. Wellington lo persiguió sin lograr alcanzarlo hasta que, a la altura de Vitoria, José decidió hacerle frente, alineando los 60.000 hombres con los que todavía contaba, frente a los 80.000 de Wellington.
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El 21 de junio los aliados atacaron con todas sus fuerzas tratando de buscar una victoria definitiva, los franceses, ante el temor de ser envueltos, se retiraron en total desorden. Habían sufrido 5.000 muertos y heridos, y perdido 3.000 prisioneros, numerosas piezas de artillería y un enorme número de carros cargados con botín de guerra. El ejército aliado no persiguió a los galos, prefiriendo saquear los carros llenos de monedas de oro que habían abandonado apresuradamente.
El 21 de julio de 1813, tuvo lugar en San Marcial la última gran batalla de la guerra, que no terminó con los franceses pero les hizo perder más tropas y material, y supuso la liberación de Pamplona.
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El conflicto concluyó ya en Francia, Wellington cruzó los Pirineos persiguiendo a Soult hasta Tolouse, donde entró el 12 de abril de 1814. Entre tanto, Suchet pudo retirarse tranquilamente de Cataluña, cruzando la frontera en marzo sin ser acosado por los guerrilleros catalanes.
Así finaliza la doble aventura napoleónica en España, la de poner a su hermano en el trono hispano y la de haber integrado a Cataluña como parte de Francia y en consecuencia, como parte del Imperio. El 11 de diciembre en Valençay Napoleón firma con Fernando VII el tratado del mismo nombre, merced al cual el Borbón recupera el trono español. La idea de Bonaparte era la de liberse de la sangria española para tratar de conservar el Imperio. Pero sin embargo sus días estaban contados, y se vio en la necesidad de abdicar el 11 de abril de 1814.
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