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  Universidad de Barcelona de Geografía e Historia  

 

 
 

 

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    OCTAVIO AUGUSTO 2  
         
 
         
     
         

Durante su reinado estuvo amenazado por varias sediciones, que pudo reprimir de diferentes modos; no solo de patricios, sino también de gentes de baja estofa. Varias veces fue herido: una vez en una rodilla, de una pedrada; otra, en un muslo y ambos brazos, por la caída de un puente. Tomó parte en algunas expediciones en Panonia y Germania, o al menos estuvo cerca del teatro la guerra. Sometió, personalmente, o por medio de sus generales, Aquitania, Cantabria (los cántabros y astures, último reducto de la resistencia hispánica contra Roma. N.A.), Panonia y Dalmacia con toda Illiria (antigua región de Europa que, en su mayor extensión, incluía la parte occidental de la península Balcánica desde el río Danubio hasta Epiro. N.A.). Arrojó a los germanos al otro lado del Elba y recibió la sumisión de varias tribus germánicas, trasladándolas a la Galia y asignándoles tierras inmediatas al Rin. Sin embargo, no movio guerra a ningún pueblo sin causa justa e imperiosa necesidad. Su moderación determinó a los indos y escitas, de los que tan solo se conocía entonces el nombre, a solicitar por medio de embajadores su amistad y la del pueblo romano. También los partos le cedieron fácilmente la Armenia, que reivindicaba, devolciéndole además, a petición suya, las insignias militares arrebatadas a Craso cuando le derrotaron en la batalla de Carrhae.

  ESTATUA DE OCTAVIO AUGUSTO.  

No tuvo más derrotas graves e ignominiosas que las de Lolio y Varo, ambas en Germania, siendo la primera más ignominiosa que irreparable. Pero la de Varo pudo ser fatal al Imperio, habiendo sido pasadas a cuchillo tres legiones, con el general, legado y auxiliares. En cuanto recibió la noticia del desastre de Varo, hizo colocar en Roma guardias militares para prevenir disturbios, y experimentó tal tristeza que no se repuso de ella en muchos meses. Se le oía exclamar, encerrado en su dormitorio: '¡Varo! ¡Devuélveme mis legiones!'. Y se golpeaba la cabeza contra las paredes.

Los aniversarios de este desastre furon siempre, para él, días tristes y lúgubres. Esto aumentó la vigilancia que ejercía sobre los jefes de las tropas. A un caballero romano que había cortado el dedo pulgar a sus dos hijos para librarlos del servicio militar, le hizo vender como esclavo en subasta pública. Pero después de esta verguenza le compró él mismo y le puso en libertad tras alejarle de Roma. Fue severísima su disciplina con las legiones, y a las que retrocedían las castigaba diezmándolas, esto es, condenando a muerte a un legionario de cada diez.

La máxima favorita de Octavio Augusto era una sentencia griega: 'Speude bradeós' ('Apresúrate despacio'). Y usaba también esta otra: 'Más vale ser prudente que temerario'. Decía que no debe emprenderse una guerra niuna batalla más que cuando se puede esperar más provecho de la victoria que perjuicio de la derrota, pues, según él, el que en la guerra aventura mucho para ganar poco, se parece al hombre que pesca con anzuelo de oro, cuya pérdida no podría recompensar ninguna presa.

  OCTAVIO AUGUSTO Y SU ESPOSA EN UNA SECUENCIA DE 'YO CLAUDIO'.  

Se le elevó antes de la edad reglamentaria a las magistraturas y honores, de los cuales muchos fueron de creación nueva y a perpetudad. Fue nueve veces cónsul.

Cuando era jefe del segundo triunviratu, antes de ser emperador, se resistía a que sus colegas hiciesen una lista de proscripción como las que habían hecho Mario y Sila. Pero después, obligado a hacer la lista, desplegó más crueldad que ninguno de ellos. Antonio y Lépido se dejaron ablandar algunas veces por las súplicas de amistad. Solo él desplegó su autoridad para que no se perdonase a nadie. Una vez Tedio Afer, cónsul designado, ridiculizó con un chiste un acto suyo. Octavio le dirigió tan terribles amenazas que el desgraciado se dio muerte.

Cuando subió al poder, Roma no tenía aspecto digno de la majestad del Imperio y estaba además sujeta a inundaciones e incendios; y supo embellecerlas de tal suerte que con razón pudo alabarse de haberla hecho de mármol, habiéndola recibido de ladrillo. Entre el gran número de monumentos públicos cuya construcción se le debe figuran principalmente el Foro y el Templo de Marte Vengador, el de Apolo y el de Júpiter Tonante en el Capitolio. Construyéndose el nuevo Foro, porque el gran número de litigantes y abogados hacian insificiente los dos anteriores. En sus últimos años convocaba frecuentemente al Senado e iba a él muy a menudo. El Templo de Júpiter Tonante fue un monumento de su gratitud por haberse salvado cierto día en que, durante la guerra de los cántabros, atravesó su litera un rayo, matando al esclavo que marchaba delante.

Dividió a Roma en secciones y barrios, encargando la vigilancia de las secciones a los magistrados anuales (ediles, tribunos, pretores), que la obtenían por sorteo, y la de los barrios a inspectores elegidos entre el pueblo que habitaba en ellos. Estableció rondas nocturnas para los incendios, y para prevenir las inundaciones del Tiber hizo limpiar y ensanchar su cauce, obstruido desde largo tiempo por ruinas y estrechado por la caída de edificios. Con objeto de facilitar por todas partes el acceso a Roma, se encargó de preparar la Via Flaminia hasta Rímini, y exigió que todo ciudadano que hubiese sido honrado con la ceremonia del triunfo emplease parte de su botín en pavimentar las calles.

   

Cuando, después de muerto Lépido, consiguió el pontificado máximo, que en vida de éste no se atrevió a quitarle, hizo juntar y quemar más de dos mil volúmenes de predicciones griegas y latinas, que andaban repartidos entre el público y solo tenían sospechosa autenticidad. Únicamente conservó los libros sibilinos, y en estos hizo un expurgo, conservándolos en cofrecillos dorados bajo la estatua de Apolo Palatino. Puso en vigor el nuevo calendario reformado por Julio César, y que, en su negligencia, los encargados de su vigilancia habían dejado en desorden y confusión. Dio su nombre al mes 'sextilis', que pas´0 a llamarse 'augustos' (agosto); aumentó el número de sacerdotes, su dignidad, sus privilegios y hasta el número de las vestales. Resucitó también algunas ceremonias caídas en desuso, porque quería que los romanos recobrasen el antiguo amor a las tradiciones. Corrigió multitud de abusos detestables y perniciosos, que habían quedado de la época de las guerras civiles. La mayor parte de los ladrones de caminos llevaban públicamente las armas, bajo pretexto de tener algo con que defenderse, y los viajeros, tanto esclavos como libres, eran secuestrados con frecuencia. Había muchas asociaciones de malhechores que cometían toda clase de delitos. Augusto reprimió a esta gente del hampa, colocando vigilancia en todos los puntos convenientes.

Asiduamente administraba justicia por si mismo, y algunas veces incluso de noche. Cuando estaba enfermo juzgaba en una litera colocada delante de su tribunal, o en su casa, y hasta en el lecho, y, además de atender con exquisito cuidado, desplegaba suma suavidad y dulzura en su cometido. Queriendo librar a un acusado de parricidio del horrible suplicio de ser cosido en un saco de cuero junto con un perro, un gallo, una vívora, un mono, y arrojado al mar, le interrogó, según dicen, en estos términos: '¿No es verdad que tú no has matado a tu padre?'

Revisó todas las leyes, particularmente las que reprimían el lujo y fomentaban las buenas costumbres. Concedía privilegios a las familias con muchos hijos, y en cambio gravaba con impuestos especiales a los que permanecían solteros, pues quería que todos los romanos fundasen una familia, a fin de que la patria no se quedase sin campesinos y sin soldados. El mal que amenazaba a Italia era la desplobación. Las gentes huían del campo y acudían en masa a la ciudad, formando una plebe turbulenta, ignorante y ávida de diversiones y repartos gratuitos de trigo. La ley contra los solteros produjo cierto día un incidente en el teatro. Allí estaban Augusto y su pariente Cayo Germánico, el cual tenía muchos hijos. Cuando vieron a Augusto, los caballeros comenzaron a protestar contra la nueva ley, y entonces el emperador llamó a su estrado a los hijos de Germánico, que acudieron los unos en sus brazos, los otros en los de su padre, y mostrándolos al pueblo lo exhortó, con su actitud y con la mirada, a imitar el ejemplo de su familia.

   

Depuró Augusto el Senado, en el que habían muchos hombres indignos y advenedizos que habían llegado a aquel puesto favorecidos por los disturbios. Así, muchas de sus reformas se parecieron a las de Sila y fueron hechas en sentido aristocrático. Buscaba el bienestar del pueblo, pero solo en aquellas cosas que pudiesen tenerlo apartado de los vicios. En cierta ocasión, habiéndose alzado quejas contra el alto precio del vino, reprimió los gritos y dijo con voz severa que su yerno Agripa (casado con su hija Julia) había construido muchos acueductos para que nadie padeciese sed. En cierta época de su largo reinado, la escasez le obligó a expulsar de Roma muchas bocas inútiles, a todos los esclavos en venta, a todos los gladiadores, a todos los extranjeros, exceptuando los médicos y profesores, y hasta una parte de esclavos de servicio. Cuando al fin volvió la abundancia, concicbió, según él mismo contaba en sus memorias, el atrevido proyecto de abolir perpetuamente las distribuciones de trigo, porque la esperanza de recibirlo hacia descuidar el cultivo de las tierras.

Sobrepujó a todos los gobernantes que le habían precedido en el número y variedad de los espectáculos. Según su propio testimonio, dio cuatro veces juegos en su nombre y veinte en nombre de magistrados ausentes, que no podían sufragar el gasto. No era raro que diese espectáculos en diferentes barrios a la vez, en varios teatros, y que hiciese representar a actores de todos los países. Sus juegos se celebraron en el Foro, en el Anfiteatro y en el Circo. Algunas veces se limitaba a combates de fieras, encuentros de atletas en el Campo de Marte y un combate naval cerca del Tiber, en un paraje preparado a este efecto.