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  Universidad de Barcelona de Geografía e Historia  

 

 
 

 

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    OCTAVIO AUGUSTO 3  
         
 
         
     
         

Pero lo que más le gustaba no eran los espectáculos sangrientos en que se complace al mal gusto de la multitud, sino ver celebrar los juegos troyanos a la juventud más distinguida de Roma, creyendo que era bello y digno de los antiguos tiempos el que aquellos jóvenes comprendiesen lo esclarecido de su estirpe, descendiente de Eneas. Habiéndose lastimado al caer en una de estas luchas el patricio C. Nonio, le regaló un collar de oro y le autorizó, a él y a sus descendientes, a llevar el sobrenombre de 'Torquatus' (de 'torques', collar). Pero a consecuencia de las amargas quejas que le dirigió un senador, porque un sobrino suyo se había partido una pierna en estos certámenes, suprimió los juegos. Desde aquel día ya no se presentó en los Juegos nadie que tuviese nacimiento distinguido. Aunque no fuese día de representación, si se traía a Roma algún animal exótico o algo que aún no fuese conocido, lo mostraba enseguida al pueblo en todos los puntos de la ciudad indistintamente. De esta manera exhibió un rinoceronte en el Campo de Marte, un tigre en el teatro, y una serpiente de cincuenta codos de largo en la Plaza de los Comicios. Prohibió que las gentes de cierto rango social se mezclasen entre sí en el teatro, y las separó rigurosamente para engendrar el mutuo respeto. El presenciaba los juegos del Circo desde la casa de algún amigo o liberto suyo, y algunas veces desde un lecho semejante al de los dioses, en el que se sentaba junto a sus familiares. Experimentaba cierta pasión por los combates de pugilato, en especial entre latinos, incluso los que se celebraban entre aficionados, aunque sin reglas y sin arte. Prohibió que se hiciese combatir a los gladiadores hasta darse muerte.

   

Siempre tuvo horror al título de señor, como si fuese injuria. Estando un día en el teatro dijo un actor: '¡Oh señor equitativo y bueno!'. Los espectadores, aplicándole estas palabras, aplaudieron con entusiasmo; pero Augusto contuvo enseguida con la mano y la mirada estas indecorosas adulaciones, y a la mañana siguiente les censuró en un severo edicto. Prohibió que sus hijos y nietos usasen también este nombre, ni seriamente ni en juego. Procuraba no entrar ni salir de Roma, ni de cualquier otra ciudad, más que por la tarde o por la noche, para no molestar a nadie con vanas ceremonias. Cuando era cónsul andaba ordinariamente a pie; cuando no lo era se hacia llevar en litera descubierta. Los días de recepción admitía hasta a las gentes del pueblo y recibía con la mayor afabilidad las peticiones que se le dirigían. Un día riñó cariñosamente a uno que temblaba al darle un memorial, diciéndole que empleaba tanta precaución como para presentar una moneda a un elefante. Los días de sesión, en el Senado, no saludaba a los senadores hasta estar todos reunidos y sentados, y entonces nombraba a cada uno, sin que nadie auxiliase su memoria. Al marcharse se despedía de ellos de la misma manera. Mantenía amistad particular con muchos ciudadanos, y no dejó de asistir a sus fiestas privadas hasta que fue muy viejo. El senador Galo Tirrino, que no era amigo de Augusto, se quedó ciego de repente y quería dejarse morir de hambre. El emperador fue a visitarle, le consoló y le reconcilió con la vida.

Cuando era testigo, en justicia, se dejaba interrogar y contradecir, con suma paciencia. Construyó un Foro mucho más estrecho de lo que había planeado en un principio, para no obligar a los dueños de las casas vecinas a demolerlas. Nunca recomendó sus hijos a la estimación del pueblo sin añadir la fórmula: 'Si lo merecen'. Quiso que sus amigos fuesen poderosos en el Estado, pero sometidos a las mismas leyes que los demás y justiciables por los mismos tribunales.

   

Ahora que he mostrado como era en el mando y las magistraturas, daré a conocer su vida íntima y privada; diré cuáles fueron, desde su juventud hasta sus últimos días, sus costumbres y hábitos familiares.

Perdió a su madre durante su primer consulado, y a su hermana Octavia cuando contaba cincuenta y cuatro años. En vida les mostró toda clase de atenciones y les tributó grandes honores después de su muerte.

Casó en terceras nupcias con Livia Drusila, luego de haberla obligado a divorciarse de su primer marido Tiberio Nerón (padre del futuro emperador Tiberio. N.A.), y una vez casado la amó durante toda su vida con profunda perseverancia. De un matrimonio anterior tenía Augusto una hija llamada Julia, a la que casó con Agripa, ministro y gran amigo suyo, que fue su brazo derecho en el gobierno. Muerto Agripa, después de buscar Augusto durante mucho tiempo un nuevo esposo para su hija, eligió a su hijastro Tiberio. De Agripa y Julia tuvo Augusto tres nietos: Cayo, Julio y Agripa, y dos nietas: Julia y Agripina. A ésta la casó con Germánico (hermano del futuro emperador Claudio y padre del futuro emperador Calígula. N.A.)

Augusto deseaba fundar una dinastía y acostumbrar a sus descendientes a la práctica de los negocios públicos; cuidaba, pues, mucho de su educación; pero fracasó en la empresa de encontrar sucesor directo. A la larga tenía que sucederle Tiberio, que de sus parientes era el que contaba menos con su simpatía.

 
Educó a su hija y nieta con extraordinaria sencillez, incluso enseñándoles a trabajar la lana y otros humildes oficios, y prohibiéndoles decir o hacer nada que no fuese delante de otras personas y que pudiese constar en los anales diarios de su casa. Les prohibía en absoluto toda relación con extraños, y llegó hasta el extremo de decirle a Lucio Vinicio, joven muy digno y distinguido, que había sido poco juicioso dirigiéndose a Baia a saludar a su hija. Él mismo enseño a sus nietas a leer, escribir y contar, cuidando especialmente de que imitasen su letra. Pero la desventura, que perseguía a Augusto, acabó por destruir poco a poco todas las esperanzas que había puesto en su familia. Murieron Cayo y Lucio en el espacio de dieciocho meses. Sus hijas no se mostraron, por su conducta, dignas de él, y hubo de desterrarlas. Tuvo, pues, que adoptar a Tiberio, previendo que no tendría más remedio que nombrarle sucesor, pues Agripa el joven también acabó por ser desterrado (por sus vicios y ferocidad. N.A.).

A cambio de la gran amistad que concedió a sus ministros Agripa y Mecenas, les exigió Augusto una adhesión que no terminase ni siquiera en la tumba, si bien era poco aficionado a regalos ni testamentos. Fue justiciero y hasta cruel con algunos que le faltaron de distintas maneras: mandó quebrar las piernas a un secretario suyo llamado Talo, que había recibido quinientos denarios por comunicar una carta secreta; hizo arrojar al río con una piedra al cuello al preceptos y esclavos de su hijo Cayo, que habían aprovechado su enfermedad y muerte para cometer actos de avaricia.

En cuanto a su fama de jugador, jugó siempre sin freno, considerándolo un descanso, sobre todo en la vejez, por lo cual jugaba tanto en diciembre como en cualquier otro mes, fuese o no fuese festivo. De esto no hay duda. Se conserva una carta suya en la que dice: 'He cenado, querido Tiberio, con los que sabes. Vinicio y Lilio el padre han venido a aumentar el número de los convidados. Los viejos hemos jugado a los dados durante la cena, ayer y hoy. As y seis perdían, y pagaban el juego un dinero por dado'.

En otra carta dice: 'Mi querido Tiberio: Hemos pasado agradablemente las fiestas de Minerva, habiendo jugado sin descanso todos los días. Tu hermano se quejaba, pero en último caso no ha perdido mucho. Al fin cambió la suerte y se ha repuesto de sus desgracias. En cuanto a mí, he perdido veinte mil sestercios gracias a mis liberalidades ordinarias, porque si hubiese querido hacerme pagar los golpes malos de mis adversarios, o no dar nada a los que perdían, habría ganado más de cincuenta mil. Pero prefiero esto, porque mi generosidad me valdrá eterna fama'.

  OCTAVIO AUGUSTO  

Augusto fue muy modesto en su vivienda particular, y pasaba todos los inviernos en Roma, aunque el aire de la ciudad era perjudicial para su salud en esta estación. Cuando tenía que tratar algún asunto secreto o deseaba trabajar sin que le interrumpiesen, seencerraba en la parte alta de la casa, en un gabinete que llamaba 'Siracusa' o su 'Museo'; se retiraba a una finca de campo cercana, o a casa de cualquiera de sus libertos. Cuando se encontraba enfermo iba a acostarse a casa de Mecenas.

Los retiros que le agradaban más eran los inmediatos al mar, como las islas de la Campania o los pueblecillos situados alrededor de Roma (Lanuvio, Preneste, Tibur), donde frecuentemente administró justicia bajo el pórtico del Templo de Hércules. No le gustaban las casas de campo demasiado grandes y costosas, e hizo arrasar hasta los cimientos una casa cuya construcción había costado enormes cantidades a su nieta Julia. En sus quintas, que eran muy sencillas, se cuidaba menos de las estatuas y pinturas que de las galerías, bosquecillos y cosas cuyo valor dependiese de su rareza o antigüedad, como los huesos de animales de colosal magnitud que aún se ven en Capri, y a los que se da el nombre de 'huesos de gigante o armas de los héroes'.