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Universidad de Barcelona de Geografía e Historia |
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| "EL CUERVO", POR EDGAR ALLAN POE. |
Indudablemente, la obra del escritor norteamericano Edgar Allan Poe que lleva por título "El Cuervo" es la más popular de su creador. Muchos han sido los entendidos y estudiosos que han tratado de analizar profundamente esa poesía y muchos son los libros que se han escrito al respecto.
Nosotros hemos querido dar un paso más allá y ponemos a disposición vuestra los resultados de un estudio sobre "El Cuervo" pero con la particularidad que en esta ocasión será el propio Edgar Allan Poe, su creador, el que analice la obra y nos explique los trucos que utilizó para componerla.
"El cuervo", escrito en 1845 es un auténtico ejemplo de la utilización de términos tan universales como la melancolía, la desesperación y la muerte al servicio de la poesía. El extraordinario dominio de Poe del ritmo y el sonido es particularmente evidente en todas sus composiciones. Su obra poética refleja la influencia de poetas británicos como Milton , Keats , Shelley y Coleridge.
El conocimiento de Allan Poe para los europeos llegó de la mano del poeta Charles Baudelaire (el famoso creador de "Las flores del mal"), que tradujo sus obras al francés. |
Sin más preámbulo ni introducciones os invitamos a leer este interesante texto que el propio Edgar Allan Poe escribió para explicar la composición de su inmortal poema "El Cuervo": |
Habiendo decidido que habría un estribillo en mi obra, la división del poema en estancias resultaba un corolario necesario, pues el estribillo constituye la conclusión de cada estrofa. No admitía duda para mí que semejante conclusión o término, para poseer fuerza, debía ser necesariamente sonora y susceptible de un énfasis prolongado: aquellas consideraciones me condujeron inevitablemente a la "o" larga, que es la vocal más sonora, asociada a la "r" porque esta es la consonante más vigorosa.
Ya tenía bien determinado el sonido del estribillo. A continuación era preciso elegir una palabra que lo contuviese y, al propio tiempo, estuviese en el acuerdo más armonioso posible con la melancolía que yo había adoptado como tono general del poema. En una búsqueda semejante, hubiera sido imposible no dar con la palabra NEVERMORE (= nunca más). En realidad fue la primera que se me ocurrió. |
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El desideratum siguiente fue éste: ¿cúal será el pretexto útil para emplear continuamente la palabra "nevermore". Al advertir la dificultad que se me planteaba para hallar una razón válida de esa repetición continua, no dejé de observar que surgía tan solo de que dicha palabra, repetida tan cerca y monótonamente, habría de ser proferida por un ser humano: en resumen, la dificultad consistía en conciliar la monotonía aludida con el ejercicio de la razón en la criatura llamada a repetir la palabra. Surgió entonces la posibilidad de una criatura no razonable y, sin embargo, dotada de palabra; como es lógico, lo primero que pensé fue un loro; sin embargo, éste fue reemplazado al punto por un cuervo, que también está dotado de palabra y además resulta infinitamente más acorde con el tono deseado del poema.
Así pues, había llegado por fin a la concepción de un cuervo. ¡El cuervo, ave de mal agüero! repitiendo obstinadamente la palabra "nevermore" al final de cada estancia en un poema de tono melancólico y una extensión de unos cien versos aproximadamente. Entonces, sin perder de vista el superlativo o la perfección en todos los puntos, me pregunté: ¿Entre todos los temas melancólicos cuál lo es más, según lo entiende universalmente la humanidad? Respuesta inevitable: ¡la muerte! ¿Y cuándo ese asunto, el más triste de todos, resulta ser también el más poético? Según lo ya explicado con bastante amplitud, la respuesta puede colegirse fácilmente: cuando se alíe íntimamente con la belleza. Luego la muerte de una mujer hermosa es, sin disputa de ninguna clase, el tema más poético del mundo; y queda igualmente fuera de duda que la boca más apta para desarrollar el tema es precisamente la del amante privado de su tesoro.
Tenía que combinar entonces aquellas dos ideas: un amante que llora a su amante perdida. Y un cuervo que repite continuamente la palabra "nevermore". No solo tenía que combinarlas, sino además variar cada vez la aplicación de la palabra que se repetía; pero el único medio posible para semejante combinación consistía en imaginar un cuervo que aplicase la palabra para responder a las preguntas del amante. Entonces me percaté de la facilidad que se me ofrecía para el efecto de que mi poema había de depender: es decir, el efecto que debía producirse mediante la variedad en la aplicación del estribillo.
Comprendí que podía hacer formular la primera pregunta por el amante, a la que respondería el cuervo: "nevermore"; que de esta primera pregunta podía hacer una especie de lugar común, de la segunda algo menos común, de la tercera algo menos común todavía y así sucesivamente,... hasta que por último el amante, arrancado de su indolencia por la índole melancólica de la palabra, su frecuente repetición y la fama siniestra del pájaro, se encontrase presa de una agitación supersticiosa y lanzase locamente preguntas del todo diversas, pero apasionadamente interesantes para su corazón: unas preguntas donde se diesen a medias la superstición y la singular desesperación que halla un placer en su propia tortura, no solo por creer el amante en la índole profética o diabólica del ave (que, según le demuestra la razón, no hace más que repetir algo aprendido mecanicamente), sino por experimentar un placer inusitado al formularlas de aquel modo, recibiendo en el "nevermore" siempre esperando una herida reincidente, tanto más deliciosa por insoportable. |
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Viendo semejante facilidad que se me ofrecía o, mejor dicho, que se me imponía en el transcurso de mi trabajo, decidí primero la pregunta final, la pregunta definitiva, para que el "nevermore" sería la última respuesta, a su vez: la más desesperada, llena de dolor y de horror que concebirse pueda.
Aquí puedo afirmar que mi poema había encontrado su comienzo por el fin, como debieran comenzar todas las obras de arte: entonces, precisamente en este punto de mis meditaciones, tomé por primera vez la pluma para componer la última estancia. |
Podría decir también aquí algo sobre la versificación. Mi primer objetivo era -como siempre- la originalidad. Una de las cosas que me resultan más inexplicables del mundo es cómo ha sido descuidada la originalidad en la versificación. Aun reconociendo que en el ritmo puro existía poca posibilidad de variación, es evidente que las variedades en materia de metro y estancia son infinitas: sin embargo, durante siglos, ningún hombre hizo nunca en versificación nada original, ni siquiera ha parecido desearlo.
Lo cierto es que la originalidad -exceptuando los espíritus de una fuerza insólita- no es manera alguna, como suponen muchos, cuestión de instinto o de intuición. Por lo general, para encontrarla hay que buscarla trabajosamente; y aunque sea un positivo mérito de la más alta categoría, el espíritu de invención no participa tanto como el de negación para aportarnos los medios idóneos de alcanzarla.
Ni que decir tiene que yo no pretendo haber sido original en el ritmo o en el metro de "El Cuervo". El primero es troqueo; el otro se compone de un verso octómetro acataléctico, alternando con un heptámetro cataléctico que, al repetirse, se convierte en estribillo en el quinto verso, y finaliza con un tetrámetro cataléctico. Para expresarme sin pedantería, los pies empleados; que son troqueos, consisten en una sílaba larga seguida de una breve; el primer verso de la estancia se compone de ocho pies de esa índole; el segundo, de siete y medio; el tercero, de ocho; el cuarto, de siete y medio, el quinto, también de siete y medio; el sexto, de tres y medio. Ahora bien, si se consideran aisladamente cada uno de esos versos habían sido ya empleados, de manera que la originalidad de "El Cuervo" consiste en haberlos combinado en la misma estancia: hasta el presente no se había intentado nada que pudiera parecerse, ni siquiera de lejos, a semejante combinación. El efecto de esa combinación original se potencia mediante algunos otros efectos inusitados y absolutamente nuevos, obtenidos por una aplicación más amplia de la rima y de la aliteración.
El punto siguiente que considerar era el modo de establecer la comunicación entre el amante y el cuervo: el primer grado de la cuestión consistía, naturalmente, en el lugar. Pudiera parecer que debiese brotar espóntaneamente la idea de una selva o de una llanura; pero siempre he estimado que para el efecto de un suceso aislado es absolutamente necesario un espacio estrecho: le presta el vigor que un marco añade a la pintura. Además, ofrece la ventaja moral indudable de concentrar la atención en un pequeño ámbito; ni que decir tiene que esta ventaja no debe confundirse con la que se obtenga de la mera unidad de lugar.
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En consecuencia, decidí situar al amante en su habitación , en una habitación que había santificado con los recuerdos de la que había vivido allí. La habitación se describiría como ricamente amueblada: con objeto de satisfacer las ideas que ya expuse acerca de la belleza, en cuanto única tesis verdadera de la poesía.
Habiendo determinado así el lugar, era preciso introducir entonces el ave: la idea de que ésta penetrase por la ventana resultaba inevitable. Que el amante supusiera, en el primer momento, que el aleteo del pájaro contra el postigo fuese una llamada a su puerta era una idea brotada de mi deseo de aumentar la curiosidad del lector, obligándole a aguardar; pero también del deseo de colocar el efecto incidental de la puerta abierta de par en par por el amante, que no halla más que oscuridad, y que por ello puede adoptar en parte la ilusión de que el espíritu de su amada ha venido ha llamar... |
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Hice que la noche fuese tempestuosa, primero para explicar que el cuervo buscase la hospitalidad; también para crear el contraste con la serenidad material reinante en el interior de la habitación.
Así también, hice posarse el ave sobre el busto de Palas para establecer el contraste entre su plumaje y el mármol. Se comprende que la idea del busto ha sido suscitada únicamente por el ave; que fuese precisamente un busto de Palas se debió en primer lugar a la relación íntima con la erudición del amante y en segundo término a causa de la propia sonoridad del nombre de Palas.
Hacia mediados del poema, exploté igualmente la fuerza del contraste con el objeto de profundizar la que sería la impresión final. Por eso, conferí a la entrada del cuervo un matiz fantástico, casi lindante con lo cómico, al menos hasta donde mi asunto lo permitía.
El cambio de tono se inicia en el primer verso de la estancia que señala que el cuervo se posa solitariamente en el busto. A partir de este momento, el amante ya no bromea, ya no ve nada ficticio en el comportamiento del ave. Habla de ella en los términos de una triste, desgraciada, siniestra, enjuta y augural ave de los tiempos antiguos y "siente" los ojos ardientes que le abrasan hasta el fondo del corazón. Esa transición de su pensamiento y esa imaginación del amante tiene como finalidad predisponer al lector a otras análogas, conduciendo el espíritu hacia una posición propicia para el desenlace, que sobrevendrá tan rápida y directamente como sea posible.
Con el desenlace propiamente dicho, expresado en el "nevermore" (traducido como "nunca más" o "jamás") del cuervo en respuesta a la última pregunta del amante -¿Encontrará a su amada en el otro mundo?-, puede considerarse concluido el poema en su fase más clara y natural, la de simple narración. Hasta el momento, todo se ha mantenido en los límites de lo explicable y lo real.
Un cuervo ha aprendido mecánicamente la única palabra "nevermore"; habiendo huido de su propietario; la furia de la tempestad le obliga, a medianoche, a pedir refugio en una ventana donde aun brilla una luz; la ventana de un estudioso que, divertido por el incidente, le pregunta en broma su nombre, sin esperar respuesta. Pero el cuervo al ser interrogado responde con su palabra habitual; "nevermore"; palabra que inmediatamente suscita un eco melancólico en el corazón del estudioso; y este expresando en voz alta los pensamientos que aquella circunstancia le sugiere, se emociona ante la repetición del "nevermore".
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El estudioso se entraga a las suposiciones que el caso le inspira; más el ardor del corazón humano no tarda en inclinarle a martirizarse a sí mismo y también, por una especie de superstición , a formular al ave preguntas tales que la respuesta inevitable, el intolerable "nevermore", le proporcione la más horrible secuela de sufrimientos, en cuanto a amante solitario. La narración, en lo que he designado como su primera fase o fase natural, halla su conclusión precisamente en esa tendencia del corazón a la tortura, llevada hasta el último extremo; hasta aquí, no se ha mostrado nada que sobrepase los límites de la realidad.
Pero, en los temas manejados de esta manera, por mucha que sea la habilidad del artista y mucho el lujo de incidentes con que se adornen, siempre queda cierta rudeza y cierta desnudez, que dañan la mirada de la persona sensible. Dos elementos se exigen eternamente: por una parte, cierta suma de complejidad o, dicho con mayor propiedad, de combinación; por otra, cierta cantidad de espíritu sugestivo, algo así como una vena subterranea del pensamiento, invisible e indefinida. Esta última cualidad es la que confiere a la obra de arte el aire opulento que a menudo cometemos la estupidez de confundir con el ideal. Lo que trasmuta en prosa -y prosa de la más baja estofa- la pretendida poesía de los que se denominan trascendentalistas es justamente el exceso en la expresión del sentido que sólo debe quedar insinuado, la manía de convertir la corriente subterránea de una obra en la otra corriente, visible en la superficie.
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Convencido de ello, añadí las dos estancias que concluyen el poema, porque su calidad sugestiva había de penetrar en toda la narración antecedente. La corriente subterránea del pensamiento se muestra, por primera vez, en estos versos: |
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¡Aparta tu pico de mi corazón, aleja tu forma de mi puerta!
El cuervo dijo: "Nunca más"
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Quiero subrayar que la expresión "de mi corazón" encierra la primera expresión metafórica del poema. Estas palabras, con la correspondiente respuesta; "nevermore", disponen al espíritu a buscar un sentido moral en toda la narración que se ha desarrollado anteriormente. Entonces el lector comienza a considerar el cuervo como un ser emblemático. Pero sólo en el último verso de la última estancia puede ver con nitidez la intención de hacer del cuervo el símbolo del recuerdo fúnebre y eterno. |
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Y el cuervo inmutable, sigue instalado, siempre instalado sobre el busto plácido de Palas, justo encima de la puerta de mi habitación; y sus ojos parecen los ojos de un demonio que medita; y la luz de la lámpara, que le chorrea encima, proyecta sus sombra en el suelo; y mi alma, fuera del círculo de aquella sombra que yace flotando en el suelo, no podrá elevarse ya más, ¡nunca más! |
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