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Universidad de Barcelona de Geografía e Historia |
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En el mes de marzo del año 1939 se anunciaba la noticia de la entrada de las tropas alemanas en Praga y la ocupación de Bohemia. La antigua República de Checoslovaquia (hoy separada en dos países) se encontraba indefensa ante la gigantesca máquina militar nazi.
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El día 29 de octubre de 1918 se proclamaba la República de Checoslovaquia, la joven nación nacía con un tremendo problema vecinal, Alemania se encontraba en occidente y la URSS en oriente.
El hijo de un cochero checo y de una sirviente eslovaca, Thomas G. Masaryk se convierte en el primer presidente del país. Es curioso leer la sencillez de sus palabras cuando llegó al poder: "Dormí por primera vez en palacio, es decir, no dormí [...] La infalibilidad es una manifestación de falta de cultura o de escasa educación [...] Mi socialismo es, sencillamente, amor al prójimo, humanidad. Tratar de mejorar las circunstancias mediante ley y orden. Si eso es socialismo, bien está".
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Masaryk tenía casi setenta años cuando fue elegido presidente, su primer ministro fue un discípulo suyo, Edvard Benes, éste ya había reclamado como 'territorio nacional' en la Conferencia de Versalles el antiguo reino de Bohemia, o sea, Bohemia, Moravia, la Silesia austriaca, parte de la Silesia prusiana y enclaves en la Baja Austria, tierras -además de su reivindicación histórica- necesarias para garantizar a Checoslovaquia su independencia militar y económica.
Para comprender mejor los problemas de Checoslovaquia hay que repasar al censo de febrero de 1921, de 13.613.000 habitantes, un 65,5 por ciento de ellos eran checoslovacos; un 23,4 por ciento, alemanes; un 5,6 por ciento, magiares; un 3,4 por ciento, rutenos; un 1,3 por ciento, judíos y un 0,6 por ciento, polacos. Masaryk, consciente de la debilidad del Estado checoslovaco, se reservó el derecho de veto, de disolución del Parlamento y centralizó los poderes de la República. Entre otras cosas admitió inmediatamente que en los distritos donde la minoria racial supusiera la quinta parte del total de la población, esa minoría quedaba autorizada para utilizar su lengua en las tareas administrativas y en la aplicación de la ley. Sus concesiones se ampliarían con el paso del tiempo. |
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Las amplias adquisiciones territoriales y la existencia de núcleos industriales heredados del Imperio Austro-Húngaro hicieron de Checoslovaquia un país relativamente próspero. Una moneda estable y un moderado plan de redistribución de tierras contribuyeron a hacer frente a la crisis económica de posguerra y a la Gran Depresión mundial iniciada en 1929.
Otro factor atentaba directamente contra Alemania, en 1921 Checoslovaquia había creado unos pactos de defensa mutua con Yugoslavia y Rumania. Esta pequeña entente había estado muy cerca de crear un pequeño Mercado Común y había tratado de limar todo tipo de asperezas con los países limítrofes, especialmente con la URSS (desde la guerra civil rusa ambos países se habían alejado con motivo del envio de una 'legión checa' que combatió a los soviets).
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Tratando de resguardar a la joven República, Benes se adhirió a todos los tratados que consideró que pudieran mantenerla a salvo y firmó otros de defensa mutua: con Francia, Italia o la URSS, e incluso lo hizo con el Vaticano (lo que satisfizo las aspiraciones de los católicos).
La combinación de la debilidad interna con la amenaza exterior destrozó en último término a Checoslovaquia. Tras la llegada al poder en Alemania de Adolf Hitler y el nacionalsocialismo en 1933, los tres millones de alemanes de los Sudetes se adhirieron al Frente Patriótico de los Alemanes de los Sudetes, fundado por Konrad Henlein. Alentado por Hitler, Henlein planteó al gobierno checoslovaco unas demandas cada vez más radicales para el futuro autogobierno de la minoría alemana. Rechazó el ofrecimiento de concesiones que garantizaban la igualdad de oportunidades en la actividad de gobierno y de iguales subsidios de desempleo, y exigió una reestructuración del país siguiendo criterios nacionalistas. La angustia subió de tono tras el 'Anschluss' austriaco (Anschluss: voz alemana, cuyo significado es 'unión', que hace referencia al objetivo propuesto por Alemania y Austria de llevar a cabo la unificación de ambos países.), de este movimiento 'imperialista' por parte de los nazis la joven República checoslovaca tomó muy buena nota y se puso inmediatamente en contacto con sus aliados (aunque éstos no precisaron las medidas que tomarían en caso de agresión).
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Tras declarar publicamente su confianza en que ni París ni Londres tolerarían otro 'Anschluss' en la Europa Central, Benes -temeroso de que llegando la ocasión sus aliados se olvidaran de Checoslovaquia- inició una política de acercamiento a Berlín. Sin embargo, el acercamiento nacía muerto desde un principio porque, aunque el gabinete de Benes había accedido prácticamente a todo lo requerido por Henlein, Berlín forzó a éste a pedir más y más, pues de lo que realmente se trataba era de no negociar. Al mismo tiempo se donaban unas generosas cantidades de dinero al 'partido germano de los sudetes' incitándole a que tratara de secesionar su territorio. Al mismo tiempo, una astuta campaña de propaganda ideada por el propio Goebbels -con el beneplácito de Hitler- propagaba en Alemania de lo que los 'salvajes' checos hacían a la educada población germana de Checoslovaquia.
Ante esta situación (el fracaso de una salida negociada), los checoslovacos se prepararon para lo peor y pusieron a punto a su ejército para una posible invasión. Hitler estaba convencido de que los aliados no moverían un dedo para salvar Checoslovaquia. Así, considerando los Sudetes como un primer paso hacia el 'espacio vital' del que tanto hablaban los nazis en sus proclamas, Hitler se fue e ver a Mussolini para dejarle las cosas bien claras (mayo de 1938): "Es mi irrevocable voluntad, y es una consigna que doy al pueblo alemán, de considerar para siempre inviolable la frontera de los Alpes". Checoslovaquia estaba perdida...
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El siguiente paso de Hitler fue estrechar sus alianzas con los países que cercaban Checoslovaquia. Así, a finales de 1938, el regente Horthy de Hungria fue recibido por el Führer en la capital alemana con estas palabras: "Quien quiera comer del mismo plato tiene que ayudar a cocinarlo".
La tensión se disparó y el fantasma de la guerra recorrió de nuevo Europa. El general alemán Halder escribió en su diario: "A principios de septiembre lo teníamos todo previsto para detener a este loco (Hitler). Por entonces la perspectiva de una guerra horrorizaba a la mayoría de los alemanes. No pensábamos asesinar a los dirigentes nazis; solo detenerlos y formar un Gobierno militar que explicara al pueblo el porqué de un golpe de Estado que evitaba a la nación una segura catástrofe".
Se sabe que la división acorazada del general Hoeppner y el mismo alcalde de Berlín, Helldorf, tenían órdenes de ocupar la capital del Reich y detener a la cúpula nazi. Pero al deteriorarse la situación en Praga y ante el temor que la URSS interviniera cerca de la frontera eslovaca, los conspiradores no movieron pieza esperando acontecimientos.
De esta manera (la historia es así de caprichosa), Adolf Hitler continuó con sus planes sobre los Sudetes y obligó a Chamberlain (Primer Ministro británico) a visitarle en Beterschgaden el 15 de septiembre.
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Hitler exigió al viejo 'premier' británico que accediese a la pretensión alemana de la devolución de los Sudetes por parte de Checoslovaquia. El Führer aseguró al político inglés que la cuestión podría arreglarse, partiendo de la base del derecho de los pueblos a su autodeterminación. El 'premier' marchó hacia Londres para evaluar lo argumentado por Hitler no sin antes hacer prometer al dictador alemán que no utilizaría mientras tanto la fuerza para resolver la cuestión.
Mientras tanto Mussolini, fiel aliado de la Alemania nazi, escribía en el periódico 'Il Popolo d´Italia' una carta abierta al mediador, lord Ruciman: "Habéis podido llegar a la conclusión de que no existe Estado ni Nación checoslovaca alguna. En vez de crear la Bohemia -designación histórica del pueblo checo-. Versalles ha parido una entidad que jamás ha existido: Checoslovaquia".
El día 22 de septiembre Hitler y Chamberlain volvieron a reunirse en Godesberg. Hitler rechazó la entrega de los Sudetes que el gobierno británico había 'negociado' incluso con Praga. El Führer se agarró a una serie de acontecimientos, de seguro inventados por Goebbels, contra los alemanes residentes en Checoslovaquia. Hitler exigía la inmediata ocupación de los Sudetes por las tropas alemanas y que Praga diera satisfacción a los Estados amigos, Polonia y Hungria antes del 1 de octubre.
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Cuando Chamberlain regresó a Londres, después de du entrevista con Hitler, hizo saber de inmediato a Praga el memorándum de Godesberg. El general Sivory -el hombre que mandaba las tropas checas en la campaña de Siberia en 1919- lo rechazó de forma tajante y formó un Gobierno de resistencia, presto a desplegar a las tropas checas puso en guardia las defensas antiaéreas (e incluso repartió entre la población civil máscaras antigás). Benes le apoyó en su desesperada política de resistencia con la esperanza que Londres y París reconsideraran su política de 'apaciguamiento' ante la determinación checa de no capitular. Desde Estados Unidos Roosevelt recordó a Alemania que con el pacto de Kellog, se había comprometido a no utilizar la fuerza para resolver problemas fronterizos.
La tensión pareció cerca de estallar cuando Hitler en un discurso ante sus fieles argumentó: "¡Solo puedo decir una cosa; nos enfrentamos dos hombres; el señor Benes y yo! ¡Somos distintos! ¡Mientras él viajaba por el mundo, yo cumplía con mi humilde deber de honrado soldado! ¡Hoy, en calidad de primer soldado de mi pueblo, me enfrento con este hombre! ¡Mi paciencia ha llegado a un límite en lo que se refiere a la cuestión sudete! ¡Hago proposiciones al señor Benes que no son otras que la no realización de aquello que él mismo había prometido! ¡La decisión está ahora en sus manos: paz o guerra!"
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Mussolini, temeroso del rumbo que están tomando los acontecimientos, sugirió a Chamberlain la posibilidad de un acuerdo negociado entre los 'Cuatro Grandes' en Munich, mediación que el propio Hitler aceptó. El efecto que esta noticia produjo en el Parlamento británico fue descrita así por un cronista: "La tradicional Cámara de los Comunes, la madre de los Parlamentos de todo el mundo, reaccionó con una manifestación de delirio colectivo sin precedentes en su larga historia. Los diputados lanzaban gritos de clamor, tiraban al aire copias, papeles, órdenes del día; muchos lloraban y, dominando el tumulto, se dejó oir una voz que parecía expresar el sentimiento general de toda la Asamblea: 'Dios bendiga al Primer Ministro' [...] Jan Masaryk, el ministro checo, hijo del fundador de la República checoslovaca, asistía a la escena desde lo alto de la galería diplomática y no daba crédito a lo que veían sus ojos"
Tras la entrevista de los 'Cuatro Grandes' en Munich, los sudetes pasaron a ser territorio alemán: 700.000 de los tres millones y medio de checoslovacos cambiaron de nacionalidad en horas. Casi toda Europa saludó con gozó y tranquilidad la 'traición de Munich'. Una paz que permitió a Polonia y Hungria 'sangrar' a la desmembrada Checoslovaquia. Cuando los embajadores de Francia y Gran Bretaña en Praga intentaron dirigir palabras de condolencia al ministro checo de Asuntos Exteriores, Krofta, éste les cortó en seco, advirtiéndoles: "Se nos ha impuesto esta situación; ahora todo ha terminado. Hoy nos toca a nosotros, mañana será a otros..."
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