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Hitler entra en Praga II
     
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En septiembre de 1938, monseñor Tiso, vicepresidente del Partido Popular Eslovaco -que acabaría siendo juzgado y ajusticiado por los checos tras la guerra mundial- dio marcha atrás en su aceptación a las bases propuestas por Benes para acceder a la autonomía de Eslovaquia. Muchos de los miembros de la 'guardia de Hlinka', pagados por Berlín, dominaban la situación.

El 24 de septiembre, el ministro eslovaco en el Gabinete Sivory, Matús Cernak, se descolgó pidiendo en un plazo de 24 horas, la resolución del problema de su región. El Partido Popular de Hlinka convocó a su Consejo Ejecutivo para el 6 de octubre, pidiendo en él la autodeterminación y plenas garantías internacionales que reconocieran 'la unidad e indivisibilidad' del pueblo eslovaco. Polonia y Hungria afilaban sus garras...

Tras la firma del Pacto de Munich por los 'cautro grandes' (el Reino Unido, Francia, Italia y Alemania) la situación, el futuro de Checoslovaquia quedaba pateticamente pendiente de un hilo. Tras haber perdido un cuarto de su población, un 54 por ciento de su producción hullera, un 17 por ciento de sus minerales de hierro y un 40 por ciento de su capacidad industrial (uno de los objetivos básicos de Hitler, amén de las materias primas, fue la fábrica Skoda, ella se encargaría de fabricar los motores para los carros de combate germanos), con esta situación Checoslovaquia tuvo que volverse hacia la Alemania nazi.

El 21 de enero de 1939, Hitler recibía e injuriaba en la capital del Reich al 'premier' checo Chvalkovsky, aconsejándole sin ningún tipo de pudor que lo mejor que podía hacer Checoslovaquia era irse olvidando de su historia: "una sarta de tonterias para escolares". Ribbentrop (ministro de Asuntos Exteriorers alemán) aconsejó al político checo que ajustara más su política a la del Reich, para ello Checoslovaquia debía abandonar la Sociedad de Naciones, reducir los efectivos de su Ejército, ceder un tercio de sus reservas-oro a Alemania, dejar a la minoria alemana que manifestara libremente su nacionalsocialismo, tomar medidas antisemitas más eficaces y hacer desaparecer de la prensa y la radio a todos aquellos informadores que pudiera hacer politica de 'chequismo'.

 

En Eslovaquia, Tiso fue nombrado primer ministro y encargado de formar Gobierno; una comisión de la 'guardia de Hlinka', presidida por el fascista Bela Tuka, que visitó el 12 de febrero de 1939 a Hitler, fue alentada por el dictador germano a que se independizaran definitivamente de Praga, declarando los eslovacos que era absolutamente imposible 'moral y económicamente' toda posible alianza con el pueblo checo. Mientras desde Radio Viena se apoyaba el secesionismo, el gobierno checo destituyó a monseñor Tiso, al vicepresidente eslovaco Durkensky y a dos de sus ministros. El nuevo jefe del Gobierno checo, Sidor, declaró el estado de sitio. Este último y desesperado acto de soberanía acabó por enfurecer a Berlín.

Monseñor Tiso fue invitado a vicitar Berlín, el abate fue animado a que proclamara definitivamente la independencia de Eslovaquia, de hecho le pusieron una pluma en la mano para que firmara una proclama de independencia previamente redactada por el Reich, documento que iba acompañado del texto de un telegrama que al día siguiente, 14 de marzo de 1939, al regresar a Bratislava, monseñor Tiso dirigiría a Berlín, pidiendo la intervención de las tropas germanas. Cosa que monseñor cumplió al pie de la letra.

 

Sin embargo, la protección alemana iba a suponer la esclavitud de Eslovaquia, la reorganización de su Ejército y la explotación desmedida de todos sus recursos naturales.

El día de la independencia de Eslovaquia (14 de marzo de 1939), el presidente checo Hacha y su ministro de Asuntos Exteriores, Chvalkovsky, partían hacia Berlín tratando de salvar lo insalvable. A las 10.40 de la noche, mientras unidades SS ocupaban ya las ciudades fronterizas checas, Hacha y su ministro llegaban a Berlín.

La entrevista entre el enfermo presidente checo y un Hitler absolutamente prepotente solo puede clasificarse como dramática, las salvajes palabras del Führer, que informó de la incorporación de Checoslovaquia al Reich alemán pacificamente o por la fuerza, acabaron por hacer que Hacha perdiera el conocimiento en plena entrevista y tuviera que ser atendido de urgencia por el médico personal de Adolf Hitler.

La entrevista se había desarrollado en términos que el corazón de Hacha no pudo resistir. Hitler había llegado a decir al anciano presidente: "Si hay lucha, el ejército checo será exterminado en dos días [...] el pueblo checo es el hazmerreir de todo el mundo, mi invitación a Berlín es para que rinda su último servicio al pueblo checo. Su visita puede evitar lo peor pero queda poco tiempo, las horas van pasando y, a las seis de la mañana, las tropas nazis franquearán la frontera...[...] Es una lástima, pero si no se decide pronto, nuestra aviación arrasará la hermosa Praga en menos de dos horas"

Según escribiría el intérprete alemán presente en las conversaciones: "En ese momento Hacha y Chvalkovsky parecieron transformarse en estatuas de piedra. Solo su mirar denunciaba que estaban vivos".

Fue ese el momento en que, víctima de una crisis cardiaca el viejo presidente checo se desmayó. Reanimado por la intervención del doctor personal de Hitler. Hacha se encontró al recobrar el conocimiento con el teléfono en la mano y Praga al otro extremo de la línea. Tras informar a su Gobierno de como estaban las cosas y aconsejar que se aceptasen las condiciones de Berlín, Hacha estampó junto al Führer su firma al pie de un documento previamente redactado y en el que sentenciaba a muerte la nación checoslovaca.

   

El documento comenzaba diciendo: "A petición suya, el Führer ha recibido hoy en Berlín al doctor Hacha, presidente de Checoslovaquia, en presencia de Von Ribbentrop, ministro de Asuntos Exteriores. En el curso de esta reunión, la grave situación creada por los acontecimientos de las últimas semanas en el actual territorio checoslovaco ha sido examinada con completa franqueza".

Para continuar de esta manera: "Las dos partes se han declarado mutuamente convencidas de que había que hacer todos los esfuerzos para mantener la calma, el orden y la paz en esta parte de la Europa Central. El presidente del Estado checoslovaco ha declarado que, para alcanzar este objeto y conseguir la pacificación definitivamente, ha puesto con confianza el destino del país y del pueblo checo en manos del Führer del Reich alemán. El Führer ha tomado nota de esta declaración; ha expresado su intención de poner al pueblo checo bajo la protección del Reich alemán y de garantizarle el desarrollo autónomo de su vida étnica, tal como conviene a su propio carácter".

Los altavoces situados en la plaza San Wenceslao informaban a la multitud: "Queda confirmada la noticia anunciando la entrada de las tropas alemanas en Praga y la ocupación de Bohemia. Conservad la calma. Evitad las provocaciones. Volved al trabajo".

 

A primeras horas de la mañana la Gestapo comenzaba sus primeras redadas, poco tiempo después las primeras tropas llegaban a Praga. Estupefactos, los checos permanecieron en silencio mientras contemplaban al Ejército invasor tomar posiciones a lo largo y ancho de su capital.

Al caer la noche el propio Hitler hace su entrada en Praga y proclama desde el Hradschin el Protectorado de Bohemia y Moravia, tierras sobre las que Alemania reafirma sus derechos históricos. "El Estado checo -afirma el propio Hitler en tono completamente irónico- ha provado su incapacidad para vivir su propia vida y, en consecuencia, se ha disipado en la delicuescencia..."

Al nombramiento oficioso de Von Neurath como 'protector' seguira el 'efectivo' y masivo envio de las tropas SS para 'pacificar' de manera definitiva todos los focos problemáticos y acabar con los enemigos de Alemania: a su frente hombres como Henlein, Heydrich y Frank están dispuestos a hacer cierta la consigna dictada desde la propia cancilleria del Reich y que muestra la verdadera dimensión de la agresión nazi a Checoslovaquia: "En menos de dos generaciones el pueblo checo será reducido al estado de curiosidad histórica, como los wendos de la Lusacia".

Los países aliados, las potencias extranjeras que permitieron que Hitler hiciera y deshiciera todo cuanto le pasara por la cabeza en Centro-Europa pagaron bien caro las traiciones que realizaron en su momento. Al igual que hicieron en la guerra civil española, no intervinieron argumentando razones de pobre peso historico o político. Su dejadez y permisividad las llevó al final a una guerra de seis años de duración en la que todos perdieron, aun ganando la contienda.

La Historia, como nos ha demostrado en multitud de ocasiones, se vuelve tanto contra los que utilizan la fuerza como medida de razón, como contra aquellos que, pudiendolo evitar, lo permiten. Después de tantos millones de muertos, va siendo hora de ir aprendiendo estas lecciones...

 
       
     
                         
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