Sr. Embajador: Suplicamos a Vuecencia se sirva transmitir a su Gobierno las siguientes palabras de un pueblo héroe, de un pueblo mártir, de un pueblo fuerte, de un pueblo invencible.
Hace veinte y un día y veinte y una noche que están vomitando sobre nosotros el hierro de la muerte, como si fuéramos fieras del bosque o perros rabiósos.
Ninguna autoridad ha dado aviso a los niños, a las mujeres, a los enfermos y a los ancianos.
Ninguna autoridad ha dicho a la madre española: muere con tu esposo, pero salva a tu hijo.
Ningún Gobierno nos ha intimado a la rendición; nosotros no nos hubieramos rendido, no nos rendiremos, aunque nos dijeran que nos rindiéramos.
Pero el hecho es que no nos han dicho que nos rindamos. Nadie ha pronunciado una sola palabra; nadie nos ha dado un consejo, nadie nos ha dado una sola razón; con nosotros se hace lo que con una víbora; aquí te cojo, aquí te aplasto.
No nos aplastará, Sr. Embajador; el objeto es aplastarla.
Nosotros no sabemos a estas horas quién nos combate; no sabemos si son ladrones; no sabemos si son asesinos; no sabemos si son incendiarios; y resistiremos hoy, resistiremos mañana, y siempre, a esos presuntos incendiarios, a esos ignorados ladrones, a esos silenciosos asesinos.
Sépalo la América, sépalo la Europa, sépalo el mundo, aquí se comete un atentado horrible contra el derecho de familia, de la patria, de la civilización, del cristianismo, del ser humano; y en nombre del ser humano, del cristianismo, de la civilización, de la patria y de la familia; en nombre del pueblo y de Dios preguntamos a la gran República americana si no autoriza en un caso extremo, como medio último de salvación, enarbolar en nuestros buques, en nuestros castillos, en nuestros baluartes un pendón federal glorioso y acatado en todo el Norte.
El pendón que ondeará en Filadelfia, aquel Congreso que supo dar un día generoso, un día infinito, un día sacrosanto a las nacientes libertades americanas.
Tenemos una gloria inmensa en ser españoles, raza de héroes, genio de gigantes.
Tenemos una gloria inmensa en heredar el nombre y las cenizas de nuestros mayores: mas si España consiente estos sacrificios gentiles, esta crueldad desconocida, esta crueldad inmolada en los Kamulkos de la Siberia, aprenda España que hay en el mundo una criatura más grande que ella, la Humanidad.
Delibere la Unión del Norte sobre estas maldades de Occidente y háganos saber su resolución con la calma del justo.
Sí, con calma, pueblo americano, porque Cartagena tiene que ser como la roca de los mares, que ni se rompe, ni se rinde, ni tiembla.
Cartagena 16 de diciembre de 1873. |