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EL RAPTO DEL PAPA
   

En el siguiente artículo vamos a ver la declaración que bajo juramento hizo Karl Wolff, comandante de las SS en Italia desde septiembre de 1943 hasta el final de la guerra.

Karl Friedrich Otto Wollff nació en 1900, se adhirió muy joven al movimiento nazi. Tras ingresar en las SS hizo en este cuerpo una 'brillante' carrera llegando a convertirse en Jefe del Estado Mayor de Himmler. Desde 1939 a 1943 fue el oficial de enlace entre Himmler e Hitler. Amigo personal de Goering, frecuentaba su casa y sus fiestas. Desde Rusia se encargó de la deportación de numerosos judíos destinados al campo de exterminio de Treblinka.

El 26 de julio de 1943, tras la caída de Mussolini, fue encargado por Hitler de formar y organizar en Munich un contingente SS para trasladarse a Italia en el momento oportuno. El 9 de septiembre de 1943 entraría en dicho país como Comandante Supremo de las SS en Italia. Desde ese momento hasta el final de la guerra fue el dueño de la nación italiana. Él decidió que fuera Salo la capital de la República Social Italiana.

El 10 de mayo de 1944, poco antes de la liberación de Roma, se entrevistó con el papa Pio XII (sin hacer ninguna alusión al plan de Hitler de raptar al pontífice). A partir de ese momento fue cuando Wolff comenzó a establecer contactos secretos con los aliados, contactos que harían de él el protagonista de la rendición de los ejércitos alemanes en Italia. A cambio consiguió la impunidad de todos sus crímenes cuando concluyó la guerra.

Sin embargo fue arrestado por sus compatriotas, primero en 1949, y posteriormente en 1963, pero tuvo suerte porque, a pesar de sus muchos crímenes contra la humanidad, no permaneció en prisión por más de dos años.

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'Inmediatamente después de la ruptura por parte de Italia de la alianza militar con Alemania, fuí ascendido por orden de Hitler, al grado de SS Obergruppenführer, es decir, Comandante Supremo de las SS y de la policía que estaba en Italia y general de las Waffen SS. Cuando atravesé la frontera por el Brénnero, el 9 de septiembre de 1943, tenía instrucciones que se referían a la organización de mis fuerzas en Italia, así como a todo que pudiese favorecer mi actuación dentro de la turbulenta situación italiana. Sin embargo, no había recibido ninguna orden que hiciese mención de una posible intervención contra el Vaticano. Dos o tres días después fuí nuevamente llamado de Alemania. Regresé, en un vuelo nocturno, a Prusia Oriental y me presenté en el puesto de mando de campaña de Himmler. Este me puso al corriente de que Hitler me esperaba para darme personalmente una orden urgente en relación con una misión secreta extremadamente importante: la ocupación del Vaticano y la deportación del Papa Pío XII a Alemania o a Lichtenstein.

El Führer, según me dijo Himmler, había tenido varios ataques de cólera, causados por la llamada 'traición de Badoglio', dada las imprevisibles consecuencias militares y políticas que ello podía suponer, y pronunciaba oscuras amenazas contra la Casa Real italiana y contra el Vaticano.

   
  El embajador Rahn, a la izquierda, y el general Wolff, a su lado.  

Por ello, debería cuidar mi postura ante esta situación psicológica y, sie ra posible, calmar los nervios de Hitler. A título personal, Himmeler me sugirió que me preocupase durante la ocupación del Vaticano de que los antiguos escritos rúnicos y otros tesoros culturales germanos que se hallaban en los archivos y subterráneos, y que él consideraba 'testimonio de la antigua fe germana'; no solo no fuesen destruidos, sino que debían ser puestos en lugar seguro, presumiblemente en Alemania. Comprendí así, con auténtico terror, que Himmler tenía los mismos propósitos que Hitler.

Preocupadísimo, me dispuse a acudir a esta entrevista secreta en el Cuartel General del Führer de 'la guarida del lobo'. Mientras me dirigía allí, tan solo dispuse de cuarenta y cinco minutos para prepararme para esta conversación, tan peligrosa para el Vaticano como para mí mismo.

Para que se comprenda mejor cuanto sigue, me permitiré hacer algunas aclaraciones sobre mis relaciones personales con el Führer. Durante los últimos años había tenido ocasión de conocer muy bien la personalidad de Hitler y sus características. Sabía que:

1) Si quería tener éxito y pretendía que cambiase de idea en caso de que ya hubiese tomado impulsivamente una decisión, era necesario presentarle todo un panorama de dificultades e inconvenientes.

2) Era posible decirle cualquier cosa, incluso una noticia fatídica, a condición de que fuera cierta y verificable, presentada en forma correcta y que no se atribuyese ninguna culpa a las fuerzas del ejército. Tras presentar mi informe sobre la situación italiana, tuvo lugar el siguiente diálogo entre Hitler y yo, que transcribo a continuación, no literalmente, pero de manera totalmente veraz.

   

HITLER: Tengo un encargo especial para usted, Wolff, que deseo confiarle por su importancia mundial. Le ordeno que no diga ni una palabra de ello a nadie sin haber recibido mi autorización, a excepción del Reichführer Himmler, quien ya se encuentra al corriente. ¿Ha entendido?

WOLFF: ¡A la orden, mi Führer!

HITLER: Quiero que, lo más pronto posible, ocupe con sus tropas el Vaticano y la Ciudad del Vaticano, dentro de las medidas de contraofensiva alemana contra la inaudita 'traición de Badoglio'. Ponga en un sitio seguro los archivos y objetos de arte del Vaticano y deporte al Papa al norte, para que no pueda caer en las manos de los aliados o bajo su influencia política. Según la marcha de los acontecimientos, tanto militares como políticos, derivados de esta situación haré que el Papa se instale en Alemania o en el neutral Liechtenstein. ¿Para cuándo podrá realizar esta acción?

WOLFF: Mein Führer, confieso abiertamente que temo que me está pidiendo demasiado. Mis agrupaciones de SS y de policía no se han terminado de constituir. En la actualidad estoy tratando de formar unos núcleos de voluntarios con elementos del sur del Tirol y con fascistas italianos, a fin de tener nuevos refuerzos. Sin embargo, por muy buena voluntad que se ponga, es necesario de disponer de cierto tiempo. ¿Qué plazo puede concederme para ejecutar su orden?

   
  Soldados alemanes a las puertas de la Ciudad del Vaticano.  

HITLER: En este caso no queda más remedio que tener paciencia y esperar hasta que usted, Wolff, termine sus preparativos. Además, dejando a un lado el hecho de que, en la turbulenta situación italiana actual, todos los soldados alemanes deben estar a disposición del frente meridional, tampoco querría que, por motivos políticos, ninguna unidad del ejército se arriesgase en una tarea tan delicada, Para una cosa de este estilo, prefiero confiar en las agrupaciones de SS. ¿Cuánto tiempo piensa que necesitará para proyectar y preparar el plan?

WOLFF: Permítame que le diga, mi Führer, que, para llevar a cabo esta orden de una manera cuidadosa y a conciencia, debo de disponer de un número mínimo de especialistas con gran experiencia que conozcan no solo el italiano y las principales lenguas extranjeras, sino también el latín y el griego escritos y hablados para poder cuidar los archivos y demás obras de arte insustituibles. Estos especialistas de un campo tan específico faltan en la actualidad de Alemania y, por tanto, debo buscarlos en el grupo tirolés. Aproximadamente, para preparar totalemente la operación, necesitaré de cuatro a seis semanas, o tal vez más.

HITLER: Me parece demasiado tiempo. Realice los preparativos lo más rápidamente posible y manténgame informado personalmente, cada dos semanas, de los progresos y del estado de la operación. Lo que más deseo es ocupar el Vaticano y vaciarlo.

Abandoné el despacho de Hitler con una sensación de alivio. En primer lugar había obtenido, en esta primera entrevista, algunas semanas de tiempo, y además había evitado enfrentarme al nerviosísimo Führer, cosa que, sin ninguna duda, habría sucedido si me hubiera opuesto abiertamente a sus planes, incluso esgrimiendo los argumentos más razonables. Si me hubiera comportado de esta forma, no me quedaría otra cosa que esperar (conociendo por experiencia propia la personalidad de Hitler, y sabiendo que estaba decidido, en su sentimiento de venganza por 'la traición de Badoglio', a proceder contra el Vaticano) ser sustituido por 'inadaptado', o incluso por 'falta de confianza ideológica'. Ello me excluiría de participar en las míltiples posibilidades de cooperación y salvamento en terreno italiano. Además, detrás de todo ello se hallaban muchos y muy ambiciosos jefes de las SS, quienes ardían en deseos de conseguir ascensos y condecoraciones con la ejecución de acciones enérgicas y sin escrúpulos, tales como ésta.

     
     
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