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Universidad de Barcelona de Geografía e Historia |
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La idea del secreto no duró mucho. No podía hacerlo por ley natural y los reyes posteriorers parece que aceptaron este hecho y volvieron al antiguo sistema de hacer evidente el lugar de sus tumbas. Como se había establecido la costumbre de colocar todas las tumbas reales en un área restringida, probablemente creyeron que así se evitaba definitivamente el robo de tumbas, pensando que sería en propio provecho del monarca reinante ocuparse de que el lugar de las tumbas reales estuviera bien protegido. Si así lo hicieron se engañaron completamente. Sabemos por evidencia interna que la tumba de Tutankhamon fue profanada por los ladrones diez o a lo más quince años después de su muerte. También sabemos por grafitos de la tumba de Tuthmosis IV que también este monarca cayó en manos de los ladrones muy pocos años después de su muerte, ya que encontramos al rey Horemheb en el octavo año de su reinado dando instrucciones a un alto oficial llamado Maya para que "restaure justamente la tumba del rey Tuthmosis IV en la Valiosa Morada al oeste de Tebas". Los que emprendieron la aventura debieron ser muy osados; es evidente que llevaban prisa y tenemos razones para creer que fueron sorprendidos en pleno trabajo. Si así fue, tuvieron, sin duda, muertes lentas e ingeniosas. |
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Estela Metternich, repleta de representaciones antropoides. |
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El Valle debe de haber presenciado extrañas escenas y desesperadas aventuras que en él ocurrieron. Podemos imaginarnos planes madurados durante mucho tiempo, la cita en los riscos por la noche, el soborno o drogado de los guardias del cementerio y luego la búsqueda desesperada en la oscuridad, arrastrándose por un estrecho agujero hasta la cámara funeraria; la urgente búsqueda de objetos que fueran transportables a la débil luz de una antorcha y el regreso a casa al amanecer, cargados con el botín. Podemos imaginar todo esto y al mismo tiempo darnos cuenta de lo inevitable que era. Al disponer para su momia el elaborado y costoso atuendo que él creía indispensable para su dignidad, el rey preparaba su propia destrucción. La tentación era demasiado grande. Riquezas superiores al más avaricioso sueño yacían allí, a disposición del que pudiera encontrar los medios para alcanzarlas, y antes o después el profanador de tumbas había de ganar la batalla.
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Máscara mortuoria de Tutankhamon (foto Esteban) |
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Durante varias generaciones, bajo los poderosos reyes de las Dinastías XVIII y XIX, las tumbas del Valle debieron de estar bastante seguras. El saqueo a gran escala hubiera sido imposible sin la colaboración de los oficiales responsables. En la Dinastía XX las cosas cambiaron. El trono estaba en débiles manos, un hecho del que las clases oficiales, como siempre, estaban prontas a tomar ventaja. Los guardianes de cementerios se volvieron relajados y poco escrupulosos y una orgía de profanadores de tumbas parece haber dado comienzo. Éste es un hecho del que tenemos pruebas de primera mano, ya que ha llegado hasta nosotros una serie de papiros sobre este asunto, fechados en el reinado de Ramsés IX, con informes de investigaciones sobre acusaciones de robo de tumbas, así como relatos de los juicios de los criminales envueltos en ellos. Son documentos de un interés extraordinario. Además de valiosa información sobre las tumbas, obtenemos de ellos algo de lo que carecen sistemáticamente los documentos egipcios, una historia con su elemento humano, y así podemos leer en las mentes de varios oficiales que vivieron en Tebas hace miles de años.
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Estas figuras, a modo de sirvientes, eran depositadas en las tumbas. El difunto no debía de echar de menos nada de lo que tenía en su vida terrenal. |
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Los principales personajes de esta historia son tres: Khamwese, visir o gobernador del distrito; Peser, alcalde de la parte de la ciudad que se alcanza en la orilla oriental, y Pewero, alcalde del lado occidental, encargado de la guardia de la necrópolis. Los dos últimos, según podemos ver, no estaban en muy buenas relaciones y tenían celos el uno del otro. Por ello a Peser no le supo mal recibir un día informes de profanaciones de tumbas que tenían lugar a gran escala en la orilla occidental. Aquí tenía la oportunidad de poner a su rival en un aprieto, así que se apresuró a informar al visir del asunto dando, algo arriesgadamente, cifras exacatas en cuanto al número de tumbas abiertas: diez tumbas reales, cuatro de sacerdotisas de Amón y una larga lista de particulares.
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Jeroglíficos encontrados en una tumba |
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Al día siguiente, Khamwese envió a un grupo de oficiales al otro lado del río para hablar con Pewero e investigar sobre la acusación. Los resultados de sus averiguaciones fueron los siguientes: de las diez tumbas reales se encontró una que había sido profanada y se habían realizado dos intentos más. De las tumbas de las sacerdotisas, dos habían sido saqueadas y dos estaban intactas. Las tumbas de los particulares habían sido robadas todas. Pewero presentaba estos hechos como una vindicación de su administración, una opinión al parecer compartida por el visir. Se admitía únicamente el robo a los particulares, pero esto no era gran cosa: ¿qué pueden importar a gente de nuestra clase las tumbas de los particulares? De las tumbas de las sacerdotisas, dos estaban saqueadas y dos no. Vayan unas por otras y, ¿quién puede quejarse? De las diez tumbas reales mencionadas por Peser solo una había sido profanada, una entre diez. Así pues, la historia era falsa de principio a fin. Finalmente vemos a Pewero abandonar la sala de juicio sin mancha alguna bajo el argumento, al parecer, de que no hay culpa si estando un hombre acusado de diez asesinatos solo se le encuentra culpable de uno.
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Uno de los pasos del proceso de momificación del difunto era la extracción de los órganos internos. |
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Para celebrar su triunfo, Pewero reunió al día siguiente a "los capataces, los administradores de la necrópolis, los trabajadores, la policía y todos los empleados del cementerio" y les envió en corporación a la orilla oriental con instrucciones de pasear en desfile por toda la ciudad, pero en particular por los alrededores de la casa de Peser. Podemos estar seguros que llevaron a cabo sus órdenes con toda fidelidad. Peser lo soportó cuanto pudo, pero al fin su irritación subió de tono y en un altercado con uno de los oficiales del lado oeste anunció, ante testigos, su intención de informar sobre el asunto al mismo rey. Este fue un error fatal del que su rival no tardó en aprovecharse. En una carta al visir acusó al degraciado Peser, en primer lugar, de poner en duda la buena fe de una comisión nombrada por su inmediato superior y, en segundo lugar, de intentar pasar por encima de éste, presentando el caso directamente al rey, un procedimiento ante el cual se horrorizaba el virtuoso Pewero, por ser contrario a la costumbre y subversivo por lo indisciplinado del mismo. Esto fue el fin de Peser. El ofendido visir convocó un juicio al que tuvo que asistir el desgraciado, por ser juez, y en el fue acusado de perjurio y hallado culpable. |
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